El costo no financiero de la moda, hoy coloca a la industria textil como la segunda más contaminante a nivel mundial. No bastaron las críticas sostenidas en el tiempo respecto de los problemas que suscita y exacerba, sino que fueron necesarios más de 92 millones de toneladas de desecho textil por año. El cuento es sabido: las empresas de moda buscan ahorrar costos de producción instalando fábricas o subcontratándolas en países con regulaciones ambientales laxas, donde no son necesarias tecnologías que mitiguen la contaminación. Este modo de fabricación no solo tiene altos impactos ambientales, por el uso de productos químicos y procesos industriales, sino también induce a los trabajadores a riesgos de salud, personas que cortan, cosen y realizan terminaciones en sweatshops bajo marcos laborales totalmente desregulados. Con esta preocupación ocupando un espacio menos periférico en las agendas globales, el daño inocultable sobre el ambiente hizo que la nena mimada del capitalismo esté en boca de todos y no por su glamour.

Se estima que la industria de la moda produce entre el 8% y el 10% de las emisiones globales de CO2, lo que equivale entre 4 y 5 mil millones de toneladas al año. Es un importante consumidor de agua —79 billones de litros cada 12 meses— y también responsable de su contaminación, 20% del total destinado a diferentes tratamientos y teñidos de textiles. Contribuye con el 35% de la contaminación primaria de microplásticos oceánicos, con 190,000 toneladas anuales. Este impacto acelerado se puede atribuir al aumento sustancial en el consumo de ropa y calzado: hoy en día las marcas producen casi el doble de volumen de prendas en comparación con el año 2000. Para tener una idea más acabada: si se parara hoy la producción total de la industria, se estima que es posible seguir vistiendo a las próximas 6 generaciones.
El aumento vertiginoso de compra de indumentaria ha consolidado, a través de los años, la denominada moda rápida o fast fashion, un modelo de negocio basado en ofrecer a los consumidores novedades permanentes, en forma de productos baratos y guiados por tendencias cada vez más volátiles —un mercado que superó los $122 billones de dólares en 2023. La moda rápida se basa en el incentivo y la generación del hábito de compra recurrente, cuando no compulsivo, y aunque algunos puedan creerse exentos, hoy el 50% de nuestras compras son realizadas no por necesidad sino por meros impulsos. La publicidad, las campañas de marketing, antes los modelos y ahora los influencers, operan para crear un sentimiento de posesión y urgencia en los compradores.
En Estados Unidos, por ejemplo, el consumidor promedio adquiere un artículo de ropa cada 5 días. Un ritmo de adquisición que suma al closet 73 prendas al año. La fórmula de este fenómeno es sencilla: a menor costo, mayor consumo. Como si fueran dosis narcóticas, los indumentos se usan cada vez menos cantidad de veces y por períodos de tiempo más acotados. Son bienes que tienen cierta durabilidad pero son utilizados casi como productos descartables.

El aumento dramático en los volúmenes de producción es incluso mayor al ritmo de consumo, también altísimo. La diferencia entre una variable y otra produce residuos textiles, algo que en el argot de la moda se conoce como deadstock. El impacto ambiental por la generación de energía, la producción de materiales, el consumo y la contaminación de agua que demanda la fabricación de prendas nuevas que no son vendidas -—ni siquiera en las rebajas— representa un desperdicio de recursos significativo. Las toneladas de ropa sin uso que no son incineradas, se desechan en el Sur global. Son vertidas en montañas como las de la zona desértica de Alto Hospicio, en Iquique, Chile, tan grandes que pueden verse desde el espacio. Las condiciones de sequía de la zona, unidas a las fibras no biodegradables —predominantemente sintéticas y derivadas del petróleo con las que se fabrica la ropa barata— provocaron que el montón nunca se encogiera. Por el contrario, durante más de dos décadas el vertedero creció con cada artículo que se añadía, hasta que fue quemado casi en su totalidad, lanzando al aire infinitas cenizas negras y tóxicas. Mientras tanto, mujeres pobres de la zona se acercaban a hurgar en las bolsas ropa para vestir a su familia o vender como feriantes. En las economías de subsistencia, el descarte de unos constituye el pan de cada día de otros.
Ante la posibilidad de un colapso climático inminente, la industria de la moda se debate entre plegarse a un modelo industrial de verdad más sustentable y menos dañino, o desacelerar apenas la velocidad del fast fashion. Si bien la moda circular, el uso de textiles orgánicos o reciclados, junto a la revalorización del vintage por parte de las clases medias, pueden contribuir a la apremiante causa ambiental, son recursos que corren el riesgo de ser impulsados apenas estéticamente, como parte de otra tendencia cooptada por el capitalismo salvaje que puede cuestionar todo menos suspender las reglas del consumo.

En esa dirección, ya existen emprendimientos que comercializan deadstocks como incunables, piezas únicas o fuera de serie. En Argentina, sostenidos principalmente a través de Instagram, estas ferias americanas cool logran transformar, por ejemplo, un jean en un indumento aspiracional y posicionarlo en el mercado a valores que poco se diferencian de las prendas recién salidas de los talleres de corte y confección. Unboxing mediante, la influencer del caso vestirá la prenda solo algunas veces para luego sí desecharla o revenderla. Lo que simula un gesto ecofriendly, actuado para el like, es en verdad un gesto de demora.
Julieta Mujica es diseñadora de vestuario. Desde el año 2002 trabaja para producciones cinematográficas, publicitarias y teatrales. Codirigió el cortometraje Acrepie (2022) y hoy se encuentra desarrollando Sobretodo la moda. Un documental urgente.







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