—Hablan bajito —me dijo Alejo. Y, sarpado como era, no se quedó con la duda. Probó escuchar con el vaso apoyado en la pared y, al no funcionarle ese método, pasó varias noches en el cuartito, con una oreja pegada a la puerta y los pies fríos sobre el piso, para oír lo que su hermano hablaba con la novia. Se hacía rogar. Me iba dando información a cuentagotas. Quizá porque sabía que el relato me dejaba como loco. Pero al final, siempre me contaba todo.
Éramos amigos. Todo, excepto una cosa.
Alejo lo había pensado durante semanas. Desde que se levantaba con el pito tenso entre las piernas, hasta la noche, cuando su hermano iniciaba la llamada hot.
Él era el más fachero del grado. Ojos celestes y pelo rubio, siempre peinado raya al costado. Como a la gomina. Todas las chicas gustaban de él. No conocía un no, un rechazo, un corte de rostro.
—Tenés levante —le decíamos nosotros. Y cuando nos queríamos dar cuenta, ya lo estábamos bombardeando a preguntas. Cómo hacés, qué les decís…
Nos costaba un huevo acercarnos a una chica y él, con apenas un gesto o pasándose la mano por el flequillo, estirándolo para atrás, terminaba besándolas.
Éramos mayoría varones. El grado se completaba con siete chicas y su prima, que no contaba para ser novia de él. María era la única que no hablaba con nosotros. Era bajita y me intrigaba. No sé si era algo en su manera de mirar o que era la prima de mi amigo y eso la volvía una oportunidad para mí. Pero me hipnotizaba.
Igual, a esa altura, yo ya estaba bastante resignado.
Alejo me ganaba en todo. Siempre atraía las miradas con su gorrita de visera fluorescente o sus camperas nevadas. A mí no me llamaba la atención el fútbol, ni tirarme de cabeza en la pileta o jugar a las cartas. Si bien mido lo mismo que mi amigo y podría decirse que tenemos la misma contextura, tengo pelo marrón, piel marrón y ojos marrones. Soy tan común como corriente.
El día del estudiante fuimos a la quinta de los padres de Alejo. Mi mamá pidió prestado un auto y los que vivían cerca vinieron a nuestra casa para ahorrarse el viaje en combi. Durante el trayecto dijimos mucho la palabra “alucinante” y escuchamos música a todo volumen. Gastamos el lado A del disco Locura, de Virus. Habíamos acordado que el tema Pronta entrega era el mejor. Quizá lo elegíamos porque decía “busco un cuerpo para amar” y eso nos hacía pensar que podíamos estimularnos “con música y alcohol”, algo que esperábamos fuera a pasar en aquel atardecer. Como el cassette era mío, tuve miedo de que la cinta se arruinara así que pedí una tregua. Por suerte eso no pasó esa misma tarde sino un par de años después, cuando empezó a salir el CD y tuve que comprármelo para escuchar esas canciones ya sin la fritura propia del desgaste.
Mi vieja bajó del auto a saludar. En cuanto vi que se ponía a conversar con los padres de Alejo le hice un par de gestos para que entendiera que tenía que irse. Nos pusimos los shorts para ir más tarde a la pileta y armamos un picadito ahí nomás, en el pasto de la entrada. Al toque estábamos todos transpirados. Entonces nos pusimos a empujar a las chicas a la pileta. Creo que no se metían al agua porque les daba vergüenza sacarse la ropa pero en el fondo tenían ganas. Cuando me quise dar cuenta estábamos todos salpicándonos a los gritos. Algunos en cuero, otros con remeras.
Las chicas salieron del agua, se envolvieron en toallones y colgaron las ropas mojadas en unas reposeras. María, la prima de Alejo, iba y venía con vasos de jugo y bandejas de galletitas. Hacía notar que ella era un poco dueña de casa. Después se sentaba con el resto de las chicas y hablaban de cualquier cosa.
No entiendo mucho qué divierte a las mujeres, pero parecía que estaban pasándola joya, como nosotros, que podíamos verlas desde el agua fría de la pileta, sintiendo que no existía nada mejor en el mundo que ese pequeño espectáculo de pieles y pezones diminutos erizándose.
Tuve una erección y la disimulé metiéndome debajo del agua. Al salir, le pregunté a Alejo por qué iba a la escuela con su prima. Él me contó que la madre de María había muerto y que las familias habían organizado así las cosas para ayudar al padre de nuestra compañera. No supe qué contestar. Él cambió de tema. Ya no tuve que disimular mi erección. El comentario me había cambiado el ánimo de forma irreversible. Volví a mirar a María, ahora con menos miedo.
Estaba más hermosa que antes, indefensa en su malla azul entera y cruzada atrás, callada la mayor parte del tiempo, sonriendo solo a veces, cuando las demás chicas se desarmaban en una enorme carcajada. Entendí por qué a veces le notaba un gesto triste en los ojos, sin motivo alguno.
A la tarde, después de los choripanes que hicieron los padres de Alejo, nos tiramos todos a tomar sol. Pusimos unas lonas en el pasto y nos untamos en protector solar. Las chicas prefirieron ponerse Coca-Cola. Decían que así se tostaban más rápido.
—¡Damián! —dijo la voz de María. La reconocí sin darme vuelta y algo me hizo sentir un escalofrío en la columna vertebral. ¿Qué mierda me está pasando?, pensé. Me hizo una sonrisa a medias y yo le respondí de la misma forma. No supe hacer algo más.
Cuando encontró el momento, Alejo me contó que había chapado con Fernanda, la hija de la portera, de la que se decía que daba besos de lengua, y después me pidió que eso quedara entre nosotros. No le había ido mal con ella, pero no había podido meterle la mano por el cuello de la remera para tocarle las tetas. Dijo algo como que la pibita estaba nerviosa y no se dejó. Lo intentó dos veces, siguió aclarando, pero ella se había corrido ya molesta y no hubo caso. Le pedí más detalle sobre los besos de lengua y su explicación me pareció bastante desagradable. Alejo siempre sabía más que yo, sobre todo en esos temas. En la escuela nos iba bastante bien, siempre sacábamos notas parejas. Pero en lo demás siempre estaba adelantado, más despierto, no sé.
Cuando cayó el sol los padres de mi amigo salieron al pueblo a comprar algunas cosas para preparar la cena. Nosotros nos quedamos jugando a las cartas en la mesa del parque, justo al lado de la parrilla. Hicimos varios equipos y nos fuimos eliminando. Los finalistas eran Andrés, Juan Manuel, Alejandro y Martín. Alejo y yo quedamos afuera en la primera ronda. Él gritó falta envido con veintinueve y nos ganaron los otros de mano. Enojado, Alejo se metió en la casa. Las chicas alentaban a una dupla que llevaba más ventaja en el último bueno. Alguien pidió Coca-Cola y yo vi la botella vacía. Busqué a María con los ojos pero no la ubiqué entre las chicas.
—Traigo —dije, y fui para la casa.
Caminé apurado y cuando entré a la cocina no vi a nadie. Creí que iba a encontrar a María en el comedor, frente a la tele. Pero tampoco estaba. Entonces, escuché un ruido que venía de más adentro. Avancé unos pasos sigilosamente y, cuando estuve justo en el centro de la casa, me detuve para abrir la puerta del baño. Simulé que iba a entrar, pero con los ojos busqué alguna pista en dirección a la pieza. Alejo estaba ahí, lo supe por el naranja fluorescente de su gorra.
Abandoné el simulacro y me acerqué a la hendija de la puerta. Él notó mi presencia. Giró un poco la cara y levantó un dedo sobre sus labios como exigiéndome que hiciera silencio. María estaba un poco más adelante, poniéndose una remera sobre la malla. Ella sí estaba deliberadamente de espaldas a la puerta. No me veía. Alejo se adelantó y se bajó los pantalones justo al mismo tiempo que la remera blanca caía por la espalda de ella hasta su cola. Se oscureció la tarde en pleno día cuando el que era mi amigo llevó las dos manos hacia adelante, apretó a María contra su pelvis y después le dijo algo al oído. Yo solo escuché un murmullo y vi muy claramente cómo su prima saltaba bruscamente del lugar.
Él se rió despreocupado, diciéndole que se calme.
Ella estaba aterrada.
Yo quise decir algo pero me escondí detrás de la puerta. María extendió los brazos y le dio un empujón a su primo. Rápidamente, me metí en el baño. Escuché llorar a la chica que me gustaba. A la única que Alejo no podía disputarme. La puerta de la pieza se abrió y ella salió temblando.
Quise dejar de espiar por la mirilla de la cerradura y acercarme a consolarla. Pero no pude. María se tapaba la cara con las manos. La escuché desahogarse, fregarse la nariz y esperar ahí, mientras él abría la heladera y se iba para el parque muy tranquilo, llevándose la Coca-Cola que yo había venido a buscar.
Me quedé un rato encerrado en el baño sin saber qué pensaba realmente de todo lo que acababa de pasar. Después, salí al jardín y fui donde estaban todos. Los ojos se me habían acostumbrado a la oscuridad de la casa y me costaba ver bien. Estuve en silencio. Y Alejo estaba ahí, otra vez, entre las chicas. Todavía era mi amigo y estaba ahí, siendo el centro de atracción. Lo observé tratando de entender si podía olvidar todo lo que había visto antes. El sol me pegó en la cara y cerré los ojos.
Leticia Martin es escritora, editora y crítica cultural. Obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA) y el Posgrado Internacional en Gestión Cultural (FLACSO). Creó junto a Nazareno Petrone la editorial Qeja. En 2023 ganó el Premio Lumen de España por su novela Vladimir.







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