A propósito del estreno de Companion en Max y el dilema moral del maltrato a la inteligencia artificial en tiempos de vínculos digitalizados.
La historia es más o menos simple: un chico lindo accede a una chica robot que hace las veces de novia. Juntos van a pasar un fin de semana fuera de la ciudad, a la casa de los amigos de él, y ahí ocurren cosas. Companion es una de esas películas cuya gracia se basa en los puntos de giro del guión. Es puro entretenimiento: dos o tres chistes, la destreza actoral de la magnética Sophie Thatcher —quien brilló como la Nat adolescente de la serie Yellowjackets y también como una de las mormonas víctima de Hugh Grant en Heretic— y, como vemos muchísimo hoy día en el cine, una mezcla de distintos géneros cinematográficos. Hay violencia, sangre, robots y comedia romántica. La fotografía es afín a la mayoría de las películas promedio de las plataformas, donde se ve todo muy lindo, muy limpio, muy ordenado, es decir, con una estética muy lifestyle, similar a la que se encuentra en redes sociales.

Pero Companion dirigida por Drew Hancock, tiene algunos problemas, por ejemplo, asume que el público la verá mientras scrollea en el celular. Por eso, muchos diálogos resultan redundantes e incluso llegan al punto tal de nombrar lo que con la sola observación de los movimientos de los actores podría entenderse. Otro punto débil de la película es lo lineales que pueden resultar la mayoría de los personajes: todo lo que dicen está más en función de hacer avanzar la historia y sus vueltas de tuerca que de conferirles profundidad psicológica.

Por todo esto se puede decir que esta es una de esas películas cuyas virtudes se encuentran más fácilmente en su capacidad para abrir conversaciones que como pieza cinematográfica. Las preguntas que surgen después de ver Companion giran en torno a cómo las personas pueden —o van a— vincularse con las IAs. Es larga la tradición del cine con la ciencia ficción, especialmente la que incluye inteligencias artificiales y robots humanoides. Las más clásicas van desde Metrópolis de Fritz Lang, 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, Blade Runner de Ridley Scott, Terminator de James Cameron, I.A. Inteligencia Artificial —basada en el último proyecto del ya nombrado Kubrick y terminada por Steven Spielberg—, hasta algunos ejemplos de los últimos años como Her de Spike Jonze, Ex Machina de Alex Garland o la alemana El hombre perfecto de Maria Schrader.
Al comparar estos ejemplos se nota cómo las preocupaciones en torno a estas creaciones fueron diversas y han ido cambiando en función de las épocas: algunas se preguntaban si las IAs tienen sentimientos, si pueden ser auto-conscientes, si pueden reemplazar a una persona real, si son capaces de distinguir entre bien y mal, si pueden dominar el mundo y a los humanos, si pueden vengarse por haber sido subyugadas.


En los últimos años, se puede afirmar que la noción misma de inteligencia artificial ya comenzó a formar parte del lenguaje cotidiano y atraviesa muchas de las acciones que las personas realizan a diario, más allá del uso directo de plataformas como ChatGPT o DeepSeek. A medida que la tecnología avanzó, el cine se fue acercando a esta temática a partir de nuevas preguntas, o al menos las hace desde nuevos lugares.
Spoilers a continuación. Companion retrata un vínculo tóxico y por eso también algunas reseñas la describen como una película feminista: Iris toma consciencia de que está siendo manipulada y maltratada por su novio y decide liberarse del chico en cuestión, de los mandatos y de su look de tradwife. Todo esto con unos planos finales que son una clara referencia a Thelma & Louise. Pero Iris es un robot, todos lo saben menos ella, hasta que su “novio” —dueño, o más vale, quien la alquila— se lo dice, y ahí las cosas se complican un poco más.

En el universo de Companion, la gente compra o alquila robots para que hagan de sus parejas, se les programan recuerdos, una vida y una personalidad a gusto del cliente. Hay también en este fin de semana en el bosque una pareja gay compuesta entre un humano y su robot, y una pareja 100 % humana entre un ruso y Kat, la amiga hot de Josh, el dueño de Iris. A veces, con malicia entre este grupo de amigos, los humanos se refieren a los robots de los otros como “fuckbots”, o si uno comenta algo despectivo del robot del otro es acusado de “roboshaming”, en analogía con “fatshaming” y “bodyshaming”.
Estos robots, tal como fueron hechos por la compañía que los provee, no pueden mentir ni cometer delitos. Todo acto realizado por estas IAs es, de algún modo, responsabilidad de sus usuarios, pero Josh (Jack Quaid), con alguna habilidad de hacker, altera el programa de Iris para que pueda matar al amante de su amiga Kat y así ellos dos quedarse con la plata que él tiene. La coartada de Josh será que fue un defecto de la máquina y así quedar impune del crimen. Pero obviamente las cosas salen mal. Desde acá, la historia empieza con sus vueltas y vueltas de tuerca. Aunque ya dejó plantadas las semillas para los debates, especialmente aquel sobre la forma en que las personas se vinculan y tratan a las IAs, y si estas podrían ser entendidas como víctimas o victimarios.

En las redes está circulando un posteo que dice la cantidad de litros de agua y energía que consume el ChatGPT cada vez que una persona le dice “gracias” o “por favor”. También hay memes sobre el GPT tomando venganza de quienes le daban órdenes sin la cordialidad humanamente esperable y están también quienes sostienen que son máquinas, que no hay que humanizarlas.
Pero ¿qué pasaría —o tal vez lo correcto sea preguntar qué pasará— si estas IAs fueran humanoides cuya apariencia a simple vista es imperceptible? Ahí ya no parece tan sencillo justificar la simple descortesía, el maltrato físico o verbal. Hoy por hoy, el uso (¿vínculos?) de las IAs se da en la mayoría de los casos en el ámbito privado, en “conversaciones entre la persona y su dispositivo” —y la compañía de los software que acceden a esos datos que se van generando. Pero en cualquier café con wifi o en los hoy extendidos co-workings hay gente dando prompts vía voz a Siri y otras IAs. ¿Qué pasaría si de repente una persona empieza a gritarle al teléfono, a insultar al ChatGPT, a hablarle con amenazas pero quienes escuchan no saben con quién —o más vale, con qué— habla?

¿Nos espera un mundo donde personas vayan por la calle con seres de compañía robótica pero tan similares a los humanos que ya no se pueda distinguir quién es quién? Con la legislación vigente, si uno de estos perfectos robots fuera utilizado violentamente por personas, siendo que no es una persona humana, no tipificaría como delito. ¿Pero cuál será la legislación y las nociones mismas en las que se basen las regulaciones legales del futuro en torno a quiénes son víctimas, quiénes victimarios y cuáles son los límites y el alcance de los hechos hoy entendidos como criminales? Incluso la circulación de vehículos totalmente automatizados (sin conductores humanos) ya ha causado accidentes y ocasionando discusiones legales en torno a la responsabilidad de esos daños.
En ese debate tan propio de la filosofía del derecho, Companion pareciera abogar para que la excusa de “la pollerita muy corta” de hoy no sea el “es solo un robot” del mañana.
Vicky Murphy es @tubetabel en Instagram y X. Estudió y trabajó en cine. Es autora del libro de cocina Deconstruyendo el paladar. Actualmente está terminando la Licenciatura en Artes, dirige el cineclub @peliypicada y, obviamente, cocina bastante.







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