Un gran club de solos y solos
Hace ya varios años, los vínculos se han vuelto cada vez más difíciles. Ya no existe el “¿trabajás o estudiás?” en un boliche ni el “vamos a tomar algo”. Tenemos tanto miedo al fracaso o al ridículo que preferimos la nada. O peor aun, preferimos el celular antes que un vínculo real con otra persona. A tal punto, que esa conexión real parece ser cada vez más difícil de construir. En especial para los hombres.
Las mujeres sabemos tejer redes. Desde siempre, nos hemos acompañado, hemos llorado juntas, hemos sufrido, hemos celebrado las victorias. Se nos permite el llanto y tomarnos de la mano. En cierta manera, se espera que ese sea nuestro comportamiento. Se nos enseña a pedir ayuda. Pero a ellos no. Ellos tienen que ser proveedores, no demostrar afecto, ni tampoco hablar de sus emociones. El patriarcado, tan mala palabra para más de uno, los perjudica a ellos también. Sin espacios para compartir sus dudas, dolores y tristezas, los hombres se han vuelto cada vez más solitarios. Y esta soledad se ha extendido tanto a lo largo y ancho del planeta que ya tiene un nombre: epidemia de soledad masculina. Este fenómeno no es un sentimiento pasajero ni una moda, sino una realidad que afecta a millones.

Una de las principales causas es la construcción social de la masculinidad. Dicho de otra manera, cómo se ven los hombres a sí mismos. A diferencia nuestra, que de chicas jugamos a la mamá y la maestra, las dos tareas de cuidado por excelencia; ellos juegan a manejar autos y disparar armas. Se los educa para ser fuertes. Se les enseña que la vulnerabilidad es sinónimo de fracaso y que la sensibilidad es “cosa de nenas”. Los hombres crecen con la noción de que no tienen que pedir ayuda ni compartir sus sentimientos. El apoyo emocional no existe para ellos; más de uno no sabe qué contestar a un simple “¿y vos cómo estás?”.
A esto se suma la falta de modelos a seguir. Los hombres crecen sin ejemplos afectivos cercanos que les muestren cómo tener relaciones genuinas o cómo compartir sus sentimientos de forma saludable. La ausencia de figuras masculinas que expresen vulnerabilidad o que fomenten un diálogo emocional abierto genera un vacío. En las familias, aún muchos padres jóvenes no cambian pañales y las charlas se limitan a partidos de fútbol o problemas laborales. En la televisión, siempre se han mostrado galanes, hombres perfectos listos para salvar a la damisela en peligro. Y ahora, en las redes, se multiplican los “masivo bro”, que muestran sus mansiones con piletas, sus autos de alta gama y sus viajes en vuelos privados. Es irrelevante que la casa sea alquilada por un día, el auto sea de algún familiar y el jet privado sea una escenografía; lo importante es mostrar un modelo de masculinidad que entra en el estereotipo. Es lógico que los hombres no sepan gestionar sus emociones si siempre se les ha enseñado a reprimirlas.
Esta epidemia de soledad masculina alcanza, por supuesto, al terreno de las relaciones amorosas y sexuales. La falta de habilidades emocionales se traduce en la incapacidad de desarrollar lazos con el género opuesto. Ante esta imposibilidad, han surgido nuevas maneras de buscar afecto. Justamente, maneras que no impliquen responsabilidad afectiva. Maneras que sean interacciones puramente físicas. Maneras que minimicen a cero la exposición y el posible rechazo. En este sentido, la tecnología se ha convertido en la mejor aliada del hombre. Literalmente.
Cyberburdel para la ¿innovación? erótica
En 2020, se inauguró en Berlín el primer burdel operado por inteligencia artificial. Ya no hacen falta mujeres. Sin necesidad de conversación, sin posibilidad de enfermedades de transmisión sexual, ni expectativas emocionales, las muñecas operadas por IA ofrecen una calma directa a la soledad masculina. Cybrothel nació como parte de un proyecto artístico de la mano del cineasta austríaco Philipp Fussenegger. El puntapié inicial fue un corto que contaba la historia de un hombre que vivía con muñecas sexuales. Luego, Fussenegger creó una exhibición inmersiva con muñecas. Y finalmente, tecnología mediante, fue un paso más allá. O varios.

Según sus propias palabras, el ciberburdel es una nueva era de innovación erótica. La propuesta es simple. Los hombres —y digo hombres porque según el creador el 98% de los consumidores son varones— llegan al burdel y hacen el check-in sin ningún tipo de contacto humano, para garantizar así que toda la experiencia y estadía sea anónima. Luego, van a la habitación privada, que tiene baño, cocina y una pantalla gigante. Allí se encuentran con la muñeca elegida con anterioridad. Pero, lógicamente, la elección no es nada fácil.
Hay veinte muñecas en el catálogo. Diecinueve son mujeres, en su gran mayoría de pechos grandes, cintura mínima y facciones delicadas. Cada muñeca tiene su categoría y su historia de vida. Luna la vampira, por ejemplo, es una muñeca de clase A, de pelo negro corto, nariz pequeña, pezones marcados y unas gotas de semen en los labios rojos. Su historia cuenta que Luna es una vampiresa que duerme de día y se despierta por la noche, hambrienta de sangre masculina. Incluso se le sugiere al usuario un juego de roles, donde él es un hombre recién separado, que no tuvo sexo en seis semanas, y se encuentra con Luna una noche de luna llena. El resto, claro, es imaginación. Luna, como las demás muñecas, viene con un detalle de sus medidas, peso, tipo de material e idiomas que maneja. Igual que Valentina, una muñeca de categoría A++, que se crió en una familia conservadora de América Latina pero busca liberarse de los valores tradicionales en el Viejo Continente. Como ella es de mayor categoría, tiene mejores detalles: su boca tiene lengua, tiene vagina realista y, en su descripción, se enumeran sus tres orificios corporales pero con el eufemismo de love openings porque se ve que Valentina es una muñeca en búsqueda del amor.

Cada muñeca cumple con un estereotipo de fantasía sexual: la maestra, la extraterrestre, la faraona egipcia, la atleta, la chica bien, la empresaria exitosa. Todas son políglotas y tienen cuenta de Only Fans. Todas están clasificadas desde A++ hasta D++ y se pueden reservar con turnos simples de una hora hasta turnos más largos y con un casco realidad virtual. En esos casos, se le da al usuario películas porno para que la recreen con la muñeca de su elección. En la página web, se ofrecen más de cincuenta películas, protagonizadas por mujeres que cumplen otro rango de fantasías: conejitas, super heroínas, tríos, caperucita roja, lo que sea. Por un monto extra, también se puede elegir una muñeca que hable en tiempo real. Para esto, hay actrices de voz que miran lo que sucede en la habitación y hablan en vivo desde una sala de control externa.
A julio de 2025, la experiencia más cara cuesta €1.450 e incluye 4 muñecas durante 24 horas, con acceso a realidad virtual, snacks, café y vino. La experiencia más básica cuesta €99 para pasar una hora con una muñeca. En el medio de esas experiencias, hay un sinfín de opciones que permiten reservar estadías de una noche, sumar a más personas, tener sexo telefónico con las muñecas, hacerles pis encima, cubrirlas un esperma artificial, insertarles una vara para precalentar la vagina o alquilar una manta para la muñeca entera tenga una temperatura de 39°C. Obviamente también se ofrece una gran cantidad de juguetes sexuales y ropa interior usada. Acá todo tiene su precio.

El creador del Cybrothel, Philipp Fussenegger, dice que los hombres que van a su cyberprostíbulo son tipos comunes, nada de pervertidos, que viajan a Berlín y pasan por ahí a tener sexo con una muñeca, como quien va a un museo de cera a sacarse fotos con famosos de mentira. Es más, agrega que muchos van con sus parejas mujeres para hacer un trío sin el riesgo de competir con otra mujer o sin que se considere una infidelidad. Matthias Smetana, su copropietario, sostiene que toda la experiencia busca redefinir la intimidad humana. Afirma, totalmente convencido, que el ciberburdel es, en realidad, un lugar cuya finalidad es el cuidado personal, donde cada uno puede priorizarse para explorar su propia sexualidad y enfocarse en sus necesidades. Desde luego, los límites se borran y se ofrecen experiencias que no podrían vivirse con una mujer, posiblemente ni siquiera con una trabajadora sexual.
Inteligencia artificial y misoginia
En 2024, la escritora y militante feminista británica Laura Bates fue al ciberburdel en Berlín como parte de su investigación para un nuevo libro que se centra en cómo la IA reinventa la misoginia. Según relata, su experiencia fue muy diferente a la visión futurista e innovadora que pretenden mostrar Fussenegger y compañía. Varios días antes de llegar al burdel, la muñeca que ella había elegido le empezó a mandar mensajes de texto subidos de tono. Cuando llegó al ciberburdel, con un nombre masculino, entró sin problemas, a pesar de estar cubierta con lentes y un gorro, y llegó a su habitación sin necesidad de mostrar identificación en ningún momento. Porque, claro, acá lo importante es mantener el anonimato del varón. Allí la esperaba su muñeca, con la ropa tajeada a pedido de ella. Una elección que no está entre las mencionadas en la página web. Tampoco figura que se puede pedir una muñeca bañada en sangre, aunque también es una posibilidad cuando el usuario llega al ciberburdel. Porque, claro, acá lo importante es satisfacer los caprichos del varón.
La autora sostiene que es evidente que el deseo no es tener sexo sino dominar, controlar y violentar. Este tipo de tecnología orientada, lleva a una normalización perversa de las dinámicas de poder. El ciberburdel no es un lugar para explorar la sexualidad, como insisten sus creadores, sino un modelo de consumo sexual —innovador, sí, pero milenario— basado exclusivamente en la satisfacción masculina, que contribuye a la construcción de una mentalidad que deshumaniza al cuerpo femenino. Bajo la excusa de personalización, a las muñecas se les puede hacer cualquier cosa sin consecuencias ni juicios de valor. Se fomenta un concepto distorsionado de la intimidad, donde el consentimiento y el respeto desaparecen por completo; una visión opuesta a una sexualidad sana y respetuosa. Una vez más, el cuerpo femenino, esta vez en formato muñeca, se convierte en un objeto sin voz propia. La ventaja de que nadie se queje.

Frente a la incapacidad para generar un vínculo sano, muchos hombres ven en esta clase de experiencias sexuales un alivio o una solución. Sin embargo, en un mundo individualista donde la soledad masculina es considerada una epidemia, este tipo de burdeles profundizan la desconexión emocional. En lugar de buscar ayuda o hacer terapia, muchos creen que la virtualidad es un refugio, cuando en efecto es una trampa donde se olvidan de lo que debería ser la esencia básica de un ser humano: empatía, solidaridad y la capacidad de amar. Cualidades que les faltan a aquellos que se esconden tras un teclado para culpar al feminismo de sus propias incapacidades o tras un casco de realidad virtual para poder acceder a ciertos placeres.
Mientras que estos “machos” buscan una muñeca porque no los molestan o reclaman, según sus propios comentarios en redes, las mujeres queremos vincularnos sin miedo de que nos violenten. ¿Deberíamos estar a salvo ahora que ellos tienen muñecas tan reales para hacerlo? Mientras tanto, nosotras seguiremos tejiendo redes, alejadas cada vez más de estos peligrosos princesos de cristal refugiados en el útero cálido de la virtualidad.
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Patricia Colombera es traductora de inglés, especializada en nicho educativo, y trabaja independiente. Además de traducir, le gusta escribir cuentos y leer distopías.







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