“Sugerimos tener planificadas actividades y trabajos para las dos semanas de intensificación que se aproximan. En primer caso, para quienes estén aprobados y a los efectos de repasar y profundizar contenidos. En segundo caso, para quienes deban recuperar y alcanzar los objetivos y contenidos del primer cuatrimestre. Y, en tercer lugar, para estudiantes que deban intensificar materias pendientes de acreditación”, reza uno de los tantos mensajes que llegan a los diversos grupos de WhatsApp de las seis escuelas en las que trabajo.
En criollo: nos piden que pensemos actividades para aquellos estudiantes que este año no aprobaron la materia, actividades para quienes sí hayan aprobado y actividades para quienes tengan la materia “previa”.

La escuela, tal como la conocíamos, ha dejado de existir hace rato: las mesas de diciembre, las materias previas y esas modalidades de evaluación solo viven en nuestra memoria. En su lugar, contamos con múltiples instancias de intensificación de la enseñanza, el eufemismo que adoptaron desde la Dirección General de Cultura y Educación bonaerense (DGCyE) desde la pandemia.
Este año, la Provincia de Buenos Aires comenzó a aplicar un nuevo “Régimen Académico” en el nivel secundario. Es decir, una nueva modalidad de enseñanza y, sobre todo, de organización. En pocas palabras, la reforma implica la eliminación de la repitencia. En su lugar, las y los estudiantes que no aprueben podrán recursar hasta cuatro materias y, si adeudan más de cuatro, el resto serán “intensificadas” ¿Qué quiere decir esto? Que en las distintas etapas de intensificación —algo así como una instancia de recuperatorio que tiene lugar cuatro veces al año al principio y final de cada cuatrimestre— ese estudiante podrá volver al año anterior y “acreditar su saber”. Más o menos como rendir en cuotas.
Mientras tanto, las y los docentes, debemos encargarnos de pensar y planificar los contenidos a dar en el ciclo lectivo sumado a las actividades de intensificación y profundización, otro de los nuevos eufemismos. Casi me olvido: para aquellos estudiantes que adeuden más de cuatro materias, se pensó en la creación de un Equipo de Definición de Trayectorias Educativas (EDTE). Esto consta de un grupo de docentes, equipo directivo y, en algunos casos, familias que usualmente tendrán reuniones para definir qué materias se recursan y cuáles se intensifican. Todo esto, sin ver un peso. Quiénes forman parte del EDTE no reciben una remuneración extra a cambio: la docencia es ese trabajo que hacemos a sabiendas de que nos pagan solo por las horas frente al curso. No se reconoce para nada el trabajo fuera del aula.

“Se trata de instancias centradas en el aprendizaje y la mejora de los procesos formativos, no en exámenes”, resaltan en el mail enviado por otra escuela. Lo que nos quieren decir es que no basta con tomar una prueba y ya. No, se supone que debemos volver a enseñar, intensificar la enseñanza. Lo dicen así porque el término sobrecarga laboral no sirve para maquillar nuestra situación actual.
El problema es la implementación de una reforma que, supuestamente, fue consultada y debatida, pero que mágicamente la mayoría de las y los docentes desaprueban. El director general de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires (DGCyE), Alberto Sileoni, sostuvo que quieren transmitir que es “posible exigir sin repetir”; al mismo tiempo, esgrimió que la aprobación por materia se asemeja al régimen universitario. La diferencia es que las infraestructuras de las escuelas distan bastante de las universitarias.
“Cabe decir que la propuesta para cada estudiante tiene un cierto grado de diversidad ya que se piensa para cada trayectoria; sin embargo, usualmente las y los estudiantes hacen recorridos modales respecto a los contenidos de una materia, por lo cual es posible armar propuestas para parejas o pequeños grupos”, indica uno de los tantos documentos elaborados por la DGCyE.
Recapitulemos: debemos pensar múltiples actividades para cada grupo de alumnos, procurar no tomar examen y a eso sumarle pensar “actividades para cada trayectoria”. Es algo así como “personalizar la educación”, tratar de tener en cuenta las particularidades de cada estudiante para planificar de acuerdo a eso. Lo cual no estaría del todo mal, de no ser por nuestras condiciones laborales.
En este momento trabajo en seis escuelas y tengo siete cursos, unos 150 alumnos y alumnas aproximadamente. El chiste de la “personalización” de la planificación y la educación se cuenta solo. Un docente que recién inicia y trabaja 20 módulos (es decir, 20 horas) cobra alrededor de $840.000, según la calculadora de haberes de la Federación de Educadores Bonaerenses (FEB). Trabajar 20 módulos implica tener, en promedio, 10 cursos, suponiendo que en general se tienen dos horas por curso, sin contar que estas 20 horas suelen estar repartidas entre varias escuelas.

A todo esto, una de las promesas de futuras reformas apunta a la concentración horaria de los docentes, al menos eso dijeron desde la DGCyE. ¿Cuándo y cómo? Quién sabe.
Poner el énfasis en esa “individualización” de la enseñanza y no en la concentración horaria de los docentes demuestra que empezaron por el final. Deja al descubierto que las políticas educativas emanan de un escritorio y no de las aulas, porque si un funcionario pasara sus horas yendo de escuela en escuela, entendería que nadie puede, en su sano juicio, planificar esto.
En enero de 2024, el presidente Javier Milei decidió aplicar su ajuste sobre nuestro salario y nos quitó el Fondo Nacional de Incentivo Docente (FONID). Un fondo creado por ley en el año 1998 —obtenido tras una ardua lucha docente— que se financiaba a través de un impuesto anual a vehículos de alta gama. Hace ya un año y medio que dejamos de percibir esa suma. Según un cálculo de SUTEBA, un docente que trabaja un cargo debería estar percibiendo $110.000 del FONID. Trabajar un solo cargo implica recibir un salario que está por debajo de la canasta básica y es por esta razón que una gran cantidad de educadores tenemos más de uno y, por lo tanto, la suma que nos adeudan del FONID escala más alto. El Fondo Nacional de Incentivo Docente lo cobrábamos los educadores de todo el país. Víctimas de la motosierra del Poder Ejecutivo, podemos decir que somos uno de los tantos sectores que sostenemos el superávit fiscal. Al final, la casta éramos nosotros.

Es en este contexto de reducción salarial que desembarcó este Régimen Académico. El mismo fue presentado bajo el lema: “es más secundaria”, “más enseñanza”, “más aprendizaje”, “más esfuerzo de docentes y estudiantes” ¿Con qué descaro nos piden más esfuerzo?
Otro de los lemas de presentación decía “más inversión y creación de cargos”. A propósito de esto, hace poco salieron los cargos de Coordinador Institucional de Trayectorias Educativas (CITE) y módulos FORTE, docentes que obrarán como apoyo a las y los estudiantes en sus respectivas intensificaciones. En un contexto de reducción salarial y de magros aumentos que dejan nuestros sueldos mirando de lejos las cifras de la canasta básica, no es descabellado que profesoras y profesores salgan a la pesca de estos nuevos cargos. Para acceder al CITE es necesario estar en el Listado Oficial (es decir, ya estar recibido), poseer disponibilidad horaria en turnos alternados y los días sábados y presentar un proyecto pedagógico situado en el marco de la normativa del Nivel Secundario de la Provincia de Buenos Aires. Combatimos el bajo salario con más carga laboral, pero ya lo habían anticipado: “más esfuerzo de los docentes”.
Luego de escribir estas líneas voy a terminar de planificar las actividades para quienes aprobaron, es decir, delinear estrategias para “profundizar la enseñanza”. Por un lado, pienso que podrían ser actividades que no los sobrecarguen porque ya estudiaron y aprobaron el cuatrimestre. Por otro, creo que podría aprovechar el potencial de esos estudiantes para que sigan adquiriendo herramientas que les sirvan para sus futuros laborales o académicos. Es ahí donde me mareo, en el dilema de sentir que esta nueva modalidad profundiza la brecha entre los propios estudiantes, entre los que aprueban y los que no.
Este es el panorama de las y los profesores bonaerense del nivel secundario: una reforma que plantea nuevas exigencias y desafíos que de ninguna manera es coherente con lo que vemos en nuestro recibo de haberes y encima coincide con un contexto general en el que la desigualdad avanza.
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Pamela Méndez es profesora de enseñanza media y superior de comunicación (UBA). Actualmente trabaja en diversas escuelas de la zona norte del conurbano bonaerense. Es hincha de Racing.






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