El nervio óptico es el encargado de conectar el globo ocular con el cerebro de cada ser humano. ¿Para qué? Para enviar información visual desde la retina a ese sitio puntual donde se conjuga la interpretación. Tal y como la definición de ese manojo de fibras nerviosas lo indica, así opera el segundo libro de la escritora argentina María Gainza, incluso luego de sus exitosas 20 ediciones: conectando cosas. Llego muy tarde a decir lo propio, sin embargo lo intentaré.

En esta especie de nouvelle, diario, ensayo, guía pictórica, autobiagrafía y un largo etcétera, Gainza narra pasajes de su vida sin ánimos de ponerla en primer plano. Ver cuadros es, para su narradora, mucho más que adentrarse en ellos, en la historia de ese momento eternizado en la pintura, o en la vida del artista que la plasmó. Es mucho, mucho más, pienso mientras leo sin soltar el libro. Mirar el motivo de la obra es enviarle al cerebro imágenes que irán de forma directa a conectarse con recuerdos y anécdotas, preocupaciones y episodios personales de quien observa para luego narrar instancias que merecían ser contadas.

Gracias a la luz la retina captura una imagen que el nervio óptico lleva a cierta parte del cerebro, donde se produce un encuentro fortuito, una asociación libre, la recuperación de una memoria, de un pasaje de la propia vida que vuelve al presente —por contigüidad— y permite dar un sentido, configurar cierta  interpretación. Se trata de un delicado mecanismo de ensamble de tramas interiores y exteriores que, como en una danza, se van entrelazando y se sueltan con gracias y solidez. Y uno va notando que desea saber más y más con el pasó de cada página. Por momentos se trata de información erudita, datos puntuales de cuadros y pintores. Por momentos, de esa vida  velada que hay detrás del ojo que observa para luego generar una nueva obra que se dará a observar. Es una especie de mirada que descompone —recompone— y vuelve a dar la descomposición del ojo del lector. 

De algún modo, también, uno se da cuenta que no es solo entrar en el cuadro y establecer un salto, sino una forma de mirar, un recorte subjetivo que depende, una y cada vez, de la persona que interactua con la obra. De este modo, Gainza no solo crea un modo particularmente propio de escribir, sino que nos enfrenta a esa realidad móvil y cambiante del cuadro, que creíamos fijo y determinado para siempre en sus trazos, pero que no lo es. 

Hay una parte en la que sí se trata de eso que vemos ahí: perro, batalla, cielo, paisaje, retrato, escopeta. Pero hay otro mundo oculto, por encima y por detrás del cuadro, que se desata y significa, que implica un recorte y un modo particular. De ahí que uno al leer se pregunte por la importancia de lo que vemos. 

¿Podemos elegir no ver? ¿A qué nos lleva el estímulo visual? ¿Mejora nuestra forma de vivir, recordar, asociar y pensar el hecho de incorporar imágenes peores y mejores? Esa interacción no puede ser gratuita, no. ¿Debemos entonces seleccionar mejor a qué exponemos nuestra mirada? ¿Podremos recortar mejor ese fluir de imágenes (por fuera de las obras de arte) a que están constantemente expuestos nuestros ojos? 

Si un libro te lleva a hacerte muchas preguntas, si esas preguntas te hacen pensar, sí y solo sí, eso quiere decir que ese libro es bueno, que merece ser comentado y recomendado. 

Para terminar, un agradecimiento a María por la belleza de algunas escenas rurales de brutal potencia y violencia; por la prepotencia de trabajo en la investigación puntillosa y exhaustiva y por la gracia desplegada al contar.

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Leticia Martin es escritora, editora y crítica cultural. Obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA) y el Posgrado Internacional en Gestión Cultural (FLACSO). Creó junto a Nazareno Petrone la editorial Qeja. En 2023 ganó el Premio Lumen de España por su novela Vladimir.


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