—¡Abuela, cuéntanos un cuento! 

Y la abuela les contaba entonces esos cuentos viejísimos que casi todas las abuelas saben de memoria: Blancanieves y los siete enanitos. La Cenicienta. Hansel y Gretel.. Ambos la escuchaban muy callados. Pero Susana se chupaba con fuerza el dedo pulgar y Miguel se acurrucaba bajo la colcha cuando —en cada uno de esos cuentos— aparecía la madrastra, una mujer mala como un ogro que hacía sufrir a los chicos que no tenían mamá, justamente como ellos dos. 

¡Qué alegría sentían entonces cuando el sol llegaba a la mañana siguiente, barriendo con su luz la noche y esas horribles madrastras de los cuentos!

(Elsa Bornemann)

1.

¿Cuántos de nosotrxs no fuimos Susana y Miguel cuando nos contaban estos cuentos? ¿Cuántos de nosotrxs no pensamos que las madrastras eran las villanas por excelencia de la literatura y de la vida? En este fragmento de cuento “La madrastra” —publicado en 1975 en el libro de cuentos Un elefante ocupa mucho espacio—, Elsa Bornemann retrata una escena que acaso es un pensamiento atravesado por nuestras mentes al menos una vez en la vida: Las madrastras son seres malos que trabajan para hacer el mal. 

Durante largo tiempo, la literatura —y la ficción en sus variadas formas— fue el espacio que la cultura popular utilizó para perpetuar códigos en cuanto a roles maternales. La literatura infantil tradicional muchas veces convirtió a la figura de la madre en un reflejo de las expectativas sociales que históricamente han recaído sobre ella: mujeres sensibles, con vocación natalista, entregadas inexorablemente al amor y al cuidado. En su versión opuesta, se ubica la madrastra: la intrusa, la mujer malvada, la antítesis de la eminente y sacralizada madre. Proyectadas siempre en su faceta arquetípica de brujas crueles que roba a los niños el cariño de su padre y atormenta a esos hijos que ni siquiera son suyos para atormentar. Esta constante representación simbólica invita a interrogarse cómo llegamos a asociar este rol con la  maldad.

2. 

El lenguaje nunca es inocuo. Cómo nombramos las cosas condiciona la percepción que tenemos de y sobre ellas, refuerza una idea y reproduce un imaginario cultural. Por eso es curioso que al buscar la palabra madrastra en el diccionario de la RAE se lea:

f. Mujer del padre de una persona nacida de una unión anterior de este.

f. Madre que trata mal a sus hijos.

La condena viene escrita en la palabra misma, madrastra se compone de la combinación entre madre y el sufijo astra de carácter peyorativo. Conviene precisar que este sufijo también se hace presente —no de manera ingenua— en palabras que designan parentescos como hijastro/a o hermanastro/a. Aunque en estos casos no se implique necesariamente maldad, sí se atisba una connotación negativa, como si fuera indispensable remarcar que se trata de un lazo otro respecto del biológico, por donde la falta de legitimidad incide en el valor atribuido. La diferencia es que en madrastra —y en padrastro, cuya condena queda difusa— la carga cultural se intensifica al incorporar a la definición la idea de que trata mal a los hijos y por supuesto su posterior propagación en discursos sociales.

Desde su autoridad, la institución lingüística del idioma español ubica a las madrastras en los márgenes de la maternidad: se duda de su capacidad de acompañar en decisiones, de querer genuinamente y de ser parte real de una familia.

3. 

Si retomamos la representación literaria, cabe preguntarse por qué la bruja ha sido el molde elegido para representar a las madrastras.

Durante la Edad Media, las brujas constituyeron un subgrupo dentro del orden herético que, perseguidas por la Santa Inquisición, se convirtieron en las antagonistas femeninas. Eran acusadas de realizar cultos diabólicos, de cometer crímenes —como el infanticidio— y de ejercer su sexualidad por fuera del matrimonio y los fines reproductivos. En suma, se las construyó como personificaciones de la perversión moral. 

Cuando los cuentos populares tomaron forma, esa figura comúnmente visualizada a partir de ancianas arrugadas, feas, vestidas con harapos y asociadas a lo marginal o campesino —como en el caso de la bruja del clásico “Hansel y Gretel”—  se desplazó hacia las madrastras, pero con una estética mejorada. A diferencia de aquellas viejas brujas, ellas fueron retratadas como mujeres bellas y sensuales, aunque siempre bajo el imperioso patrón común: altaneras, orgullosas y egoístas, capaces de deshacerse de sus hijastros a través de diferentes artimañas —tal como lo hace la madrastra de Blancanieves. Así nació su representación temida y despreciada, consolidándose como el estereotipo recurrente en la literatura infantil tradicional.

4. 

Hay voces que eligen seguir patrones y otras que los cuestionan. Este último es el caso de Elsa Bornemann que narrativamente abrió un nuevo imaginario para las infancias. En “La madrastra”, Bornemann plantea otra posibilidad a la consensuada por la tradición: los protagonistas de este cuento, dos niñxs que han perdido a su madre, encuentran en la nueva pareja de su padre no una amenaza, sino una persona capaz de dar amor y cuidado. Ella juega, protege, acompaña. Y al hacerlo, derriba el miedo instalado por las viejas historias que les contaba su abuela antes de dormir.

Bornemann se encarga de desmentir los prejuicios anticuados y simplistas que sobre las madrastras se construyeron. Reivindica este rol al desmontar una única forma de ser madre e, inclusive, una única forma de familia porque pone sobre la mesa la existencia de las familias ensambladas.

Fotograma de la película Cenicienta, 2015. Lily James interpreta a Cenicienta y Cate Blanchett a su malvada madrastra.

Claro que el relato no se encuentra totalmente exento de los resabios de un discurso patriarcal: subsiste una visión idealizada, homogénea y universal sobre la idea de cómo maternar. Sin embargo, en pleno 1975, cuando en Argentina no existía siquiera la Ley de Divorcio, Bornemann se atreve a desafiar un molde cultural que parecía inamovible. Y deja abierta la puerta para que nuevas generaciones puedan desmontar estereotipos y reconceptualizar lo maternal a partir de vínculos más justos y diversos.

Desde entonces, cada vez que la abuela les contaba el cuento de Blancanieves, el cuento de La Cenicienta o el cuento de Hansel y Gretel, en los que aparecía una madrastra terriblemente mala, fea y gruñona, Miguel y Susana le decían riendo:

—¿Pero cómo, abuela, no te diste cuenta todavía de que todos esos cuentos son mentirosos?

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Luciana Villarreal es tucumana y estudiante de Letras. Colabora con la formación de infancias, desde donde se aproxima a la literatura infantil. Su mirada hacia lo literario se centra en las representaciones de lo femenino y en las voces y situaciones que suelen permanecer invisibilizadas en los relatos.


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