En 1992, el estadio José Amalfitani de Vélez Sarsfield en Buenos Aires se preparaba para recibir a la banda estadounidense Nirvana. Ese día telonearon a la banda un grupo íntegramente femenino de Portland liderado por Gilly Ann Hanner, llamado Calamity Jane. Aquello provocó que el show fuera un punto de inflexión en la escena del rock internacional.

El público argentino esa noche fue muy hostil y brutal. Con alrededor de 40.000 espectadores en el recinto, mayormente hombres, insultaron, agredieron y lanzaron objetos a las artistas que desplegaban su talento sobre el escenario. Las chicas, impactadas por tal violencia, decidieron dejar de tocar. Se fueron al backstage con lágrimas en los ojos y un sentimiento de furia total. Sintieron que les faltaba experiencia para enfrentar la situación.

Calamity Jane

Nirvana no estaba de acuerdo con tocar esa noche, pero tenían que cumplir con un contrato. El enojo era demasiado, decidieron cambiar el setlist por canciones menos conocidas. Frente a esta situación, Kurt Cobain expresó su descontento de una manera única. Decidió no interpretar “Smells Like Teen Spirit”, su tema más popular, como señal de protesta, pese a haber amagado varias veces con tocarla, dejando al público expectante.

Los músicos tocaron rápido y sin ganas. Esos cuarenta y cinco minutos de show fueron tensos: primero por parte de la banda pero también por el lado del público, que fue puro descontrol.

Nirvana: The Chosen Rejects, el libro publicado en abril de 2004, fue escrito por Kurt St. Thomas y Troy Smith. La obra cuenta el recorrido de toda la historia de la banda hasta el final trágico de Kurt Cobain. Para construir la narrativa de Nirvana, los autores se basaron en una investigación y en entrevistas personales que hicieron en el año 1992 a los tres miembros: Kurt Cobain, Krist Novoselic y Dave Grohl.

Entre esas entrevistas, aparece el recuerdo crudo y directo del cantante de la banda sobre su recital en Argentina, donde Cobain relata: “El público no se dio cuenta de que estábamos protestando contra lo que habían hecho. Tocamos durante unos 40 minutos y la mayoría de las canciones estaban fuera del álbum Incesticide, por lo que no reconocieron nada. Terminamos tocando ‘Endless, Nameless’ que está al final de Nevermind, y como estábamos tan furiosos y tan enojados por toda esta situación, esa canción y todo el set fueron una de las mejores experiencias que tuve en mi vida”. 

De alguna manera, lo que sucedió en el barrio de Liniers aquella noche fue una lección. En ese momento, en Argentina, no se hablaba de la mujer en los escenarios. Lo que no quiere decir que no existieran mujeres que se dedicaran a la música, al rock. Siempre estuvieron, siempre formaron parte de nuestra historia. 

En 1981, se formó una de las primeras bandas de mujeres. Se llamaron Las Bay Biscuits y estaba formada por Diana Nylon, Viviana Tellas, Fabiana Cantilo, Isabel de Sebastián y Edith Kucher. Ellas vivieron varias situaciones en las que el público las odio tanto que les tiraron monedas. Pero nunca se bajaron de los escenarios y siguieron tocando. Era un grupo de performance, donde lo visual y lo rupturista eran rasgos fundamentales. Una especie de rock teatral, sin ser una ópera, sin ser del todo rock, sin ser del todo teatro.

Tenían una propuesta diferente con una ironía tan fina que los espectadores no entendían y quedaban confundidos cuando las veían. Entre pelucas mal puestas, descoloridas, vestidos descosidos y medias corridas, lograron transformarse en fieras de alegría y talento. Subían a los escenarios a interpretar canciones como “Cuando calienta el sol», un hit del chileno Antonio Prieto, como si no registraran las reacciones del público. Hacían grandes shows junto a bandas de la talla de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Serú Girán. “La gente nos quería matar, gritaban, aullaban, pero no nos importaba nada”, cuenta Fabiana  Cantilo en el libro de Fernando Noy.

En el libro Brilla La Luz Para Ellas, Romina Zanellato recupera la historia de mujeres y feminidades músicas, periodistas de rock, managers, trabajadoras de prensa, fotógrafas, técnicas y todas aquellas que pelearon por un lugar en la industria musical. La autora cuenta cómo el rock fue una forma de rebelión para ellas dentro de la rebelión que implica “ser rockeras” y cómo discutieron el deber ser para seguir su deseo, conquistar espacios y permitir que otras creyeran que era posible ser parte de la música, no solo como escuchas.

En el 2019,  las mujeres Argentinas tomaron un protagonismo nunca antes visto en la industria. Presentaron una ley con el objetivo de reparar las desigualdades históricas por razones de género y sexualidad, en un contexto regido por lógicas patriarcales. Dieciséis años después de que el público argentino fuera discriminativo con una banda formada por mujeres en Vélez Sarsfield.

Este proyecto de ley de cupo femenino tiene como objetivo reclamar un piso del 30% de mujeres en toda actuación que convoque a más de tres agrupaciones musicales, en una o más jornadas, en ciclos y en programaciones anuales, sean privadas o estatales. Más de setecientas artistas apoyaron el proyecto. Encabezado principalmente por Celsa Mel Gowland, corista de Spinetta y Soda Stereo, ex vicepresidenta del Instituto Nacional de la Música y encargada de agrupar a las músicas, debatir el proyecto y proponerlo en el Congreso.

Celsa siempre se las arregló para aliarse con mujeres, emprender proyectos con ellas, y armar colectivos artísticos, como la banda con Isabel de Sebastián o los dúos con Fabi Cantilo. 

“Falta mucho todavía para lograr una democratización efectiva de las relaciones de género en los ámbitos musicales, ya que la música en vivo no es la única forma de ejercer el oficio (también lo son las instancias de formación, la docencia, la composición, la producción artística, entre otras).  

Tampoco es la falta de espacios en escenarios la única ni la principal dificultad o tarea que enfrentan las músicas mujeres y diversidades (también lo son la falta de sostén económico en el proceso de maternar, la defensa de los derechos intelectuales, la lucha contra el destrato en el ámbito profesional, entre otras), pero resulta imprescindible observar y dar cuenta de cuánto se avanzó en estos últimos tiempos y así continuar la búsqueda de estrategias que enriquezcan nuestra música, estética y humanamente”,  dice Celsa.

Si bien el hecho del que fue objeto Calamity Jane en 1992 expone un capítulo oscuro de la historia del rock en Argentina, es importante destacar que la actualidad es mucho más positiva. La implementación de leyes y políticas públicas, junto al activismo y el trabajo de las propias artistas, han contribuido a un cambio significativo en la escena musical del país, promoviendo la participación equitativa y el reconocimiento del talento femenino.

A nivel nacional, algunas mujeres de asociaciones del sector musical, como las Directoras de Coros, lograron la inclusión de su especialidad en la normativa de aplicación de la ley elaborada por el INAMU (Instituto Nacional de la Música), asegurando el régimen particular de cumplimiento en los eventos corales. Charo Bogarín, cantante, actriz, comunicadora social, gestora cultural  y   actual vicepresidenta de la institución, cuenta en el Informe sobre el cumplimiento de la Ley de Cupo 2023 que ha crecido 260% la participación femenina en los escenarios con respecto al año anterior. El dato es recabado de las Declaraciones Juradas por parte de los productores y programadores de las grillas de los festivales, a los que la ley obliga a incluir. 

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Zoe Godoy tiene veinte años y está en su tercer año de la carrera de periodismo en la Universidad Nacional de Avellaneda. Le gustaría construir un camino propio dentro de los medios, explorando nuevas formas de contar historias.


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