En una entrevista realizada por Julia Mengolini en «Mirá quién vino», la actriz Cecilia Roth se atrevió a abordar un tema a veces ignorado por las juventudes, justamente porque funciona como su reverso: la vejez.
A lo largo de su carrera actoral, Roth fue convocada para diversos personajes, muchos de ellos ligados a la figura de la joven linda, esa que —según sus propias palabras— todos consideran “cogible”. Sin embargo, con el correr de los años, esos papeles comenzaron a diluirse y llegaron nuevas propuestas, en las que ya no era la chica linda sino la madre de la chica linda y luego la abuela. En ese desplazamiento, la protagonista de Una noche con Sabrina Love ofrece un gran punto de partida para pensar la vejez, en tanto permite explorar su representación en el cine como consecuencia —y refuerzo— de estereotipos sociales.

En la entrevista, Roth explicó qué es lo que piensa una actriz cuando su aspecto físico comienza a adultizarse: “¿Por qué no me llaman para ser la divina? Si estoy divina todavía. Pero (una se da cuenta de que) hay otras divinas que son más jóvenes”.
Esta frase resulta elocuente para comprender cómo se privilegia sistemáticamente el papel de la mujer joven por sobre la de adulta mayor. Y si bien con los varones puede suceder algo similar, ellos siempre encuentran su ventaja en la madurez, los casos abundan.
Socialmente sostenemos ciertos preconceptos en torno a la vejez que se reflejan en casi todos los ámbitos. En el caso específico del cine, y en particular de las mujeres, estos se manifiestan, entre otras formas, en la ausencia de ancianas que ocupen roles protagónicos, como si la vejez fuera un estado accesorio, sustentado y legitimado únicamente por la centralidad de los cuerpos jóvenes.

Nos detengamos en analizar el caso de la serie Grace and Frankie. Aunque suele ser presentada como un tratado sobre la amistad entre mujeres, la serie puede leerse, sobre todo, como una oda a la ancianidad. Despojada de estereotipos, protagonizada nada menos que por Jane Fonda y Lily Tomlin, la historia muestra a dos mujeres de entre 75 y 80 años que, luego de haber atravesado lo que socialmente se considera la “edad dorada”, vuelven a redescubrirse.
En esta comedia desmonta la noción de vejez asociada al saber absoluto o al cierre de la experiencia vital. Por el contrario, Grace y Frankie continúan en la búsqueda de quiénes son, construyendo un camino propio sin abandonarse a la idea de “ya somos grandes, ¿qué más podemos hacer en la vida?”.
Estas mujeres ficticias llegan a la pantalla para decir “seguimos en pie”. Pueden enamorarse, usar Tinder, dejar atrás viejos lazos que ya no las representan, ser atractivas y sensuales, salir a emborracharse, fumar marihuana y, sobre todo, reelaborar sus creencias en torno al deseo y la sexualidad. Incluso emprenden un nuevo negocio cuyo objetivo es devolver a las mujeres mayores el placer sexual, un terreno tabú para la vejez femenina.
La serie Grace and Frankie no se interesa por la vida de los nietos ni por evaluar qué tan buenas o malas abuelas son. Lo que muestra es algo mucho más disruptivo: mujeres ancianas activas, vitales, quizás atravesadas por ciertas limitaciones físicas, pero protagonistas de su propia vida.

¿Por qué hablar de esto? ¿Importa realmente cómo se representa a la vejez en la pantalla?
El cine —así como la música y la literatura— además de entretenernos funcionan como espacios de reproducción de sentidos. No es casual que en la pantalla se relegue la vejez femenina al lugar de la irrelevancia dado que es la sociedad misma la que la ha desvalorizado por los estereotipos que dibujamos sobre este grupo etario. Asumimos que llevan una vida pacífica y resuelta, que son personas sabias por definición, que no necesitan nuevos aprendizajes ni tienen demandas, que carecen de actividad laboral, amorosa o sexual, y que su único destino posible es el de “abuelar”. En el imaginario social, al traspasar la quinta década, la belleza cae y, con ella, también la vida útil o productiva.
Podríamos resumir que las viejas quedan al margen de la pantalla como efecto de lo cotidiano. Como jóvenes es necesario hablar de ello: no importa tanto desde qué espacio se lo haga —en este caso el cine, quizás en otro sea desde la literatura, la política, o cualquiera que lo habilite de forma justa— sino asegurarse de que la vejez exista en los discursos y no quede limitada a las dimensiones de silencio.
Como dice la filósofa argentina Esther Díaz, hay que ocuparse de la vejez, despertar la sensibilidad y no esperar a llegar a cierta edad para comenzar a pensar en ella. Pensar la ancianidad implica reconocer y romper estereotipos. Cuando ese reconocimiento se pierde, no aparece el deterioro del cuerpo sino el deterioro de la importancia: al margen de la cultura, de la sociedad y —en contextos políticos como el actual— al margen del propio Estado. El desamparo es casi total.
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Luciana Villarreal es tucumana y estudiante de Letras. Colabora con la formación de infancias, desde donde se aproxima a la literatura infantil. Su mirada hacia lo literario se centra en las representaciones de lo femenino y en las voces y situaciones que suelen permanecer invisibilizadas en los relatos.






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