
En una entrevista que diste para La Gaceta, decías que Tucumán, tu provincia de nacimiento, no fue muy narrada, y que te interesa trabajar sobre ese territorio para poder diversificarlo. ¿A qué te referís con “diversificación”? ¿Cómo considerás que fueron hasta ahora los relatos que la atañen? ¿Qué te empuja a romper esos sentidos?
La identidad nacional argentina se construyó sobre la idea del desierto y han sido aislados, por decir de alguna forma, los intentos por cambiar esto. La supremacía de la pampa en la narrativa del país ha hecho mucho por invisibilizar otras geografías y culturas, y así se ha llevado puesta a las visiones de sus habitantes, sus expresiones artísticas, y por supuesto, su diversidad. En este sentido, la narración que hay sobre el Noroeste del país es folclórica y está caricaturizada, en un principio, por los narradores que miran esos espacios desde el centro, y después por los medios de comunicación porteños que ridiculizan constantemente lo que no es parte de la Capital.
Hace ya un tiempo hasta acá hay muchos autores que trabajan visiones diversas sobre su tierra como Marina Closs, Selva Almada, Luciano Lamberti, María Sonia Cristoff, María Lobo, Ariel Williams, Mariano Quirós, María Teresa Andruetto, etc. Sin embargo, sigue siendo algo reciente, y faltan voces para modificar las ideas anquilosadas de lo que representa la escritura de provincia: por ejemplo, en mi libro de cuentos, hay solo dos relatos que remiten a la naturaleza que son en la montaña, sin embargo en medios porteños se ha hablado de que escribo del campo, que hago literatura rural. Eso es un prejuicio simplemente porque soy de Tucumán y se considera que las provincias son campo, nada más. Después, para ponerte otro ejemplo, me interesó trabajar la figura del brujo también porque me sorprende la mirada oscura que fabrican algunos autores rioplatenses sobre las creencias populares cuando en muchos casos son saberes ancestrales y nobles que acompañan con total naturalidad la vida de sus habitantes. Mis luchas son esas: romper los prejuicios, abrir un poco el campo de juego, ver qué otras historias están ahí para ser descubiertas, y proponer también una mirada más luminosa del Noroeste y de la Argentina en general.

¿Percibís la tensión entre los escritores rioplatenses y los escritores de otras regiones del país? ¿Cómo la describirías? ¿Qué pensás que hay en pugna?
Sinceramente no percibo tensión. No considero que haya una pugna porque no somos una amenaza, somos pocos y tenemos otro recorrido, no ocupamos los lugares de los escritores porteños porque justamente tenemos otro “cupo”.
En realidad, en mi caso, el campo literario porteño fue sumamente amable y generoso con mi trabajo, desde siempre, desde que me mudé hace ya unos seis años. Cuando hago estas críticas federales no las pienso para una persona en particular sino más bien visualizo estructuras que todavía son difíciles de romper. Creo que el mundo literario argentino sería mucho más rico e interesante si hubiera los fomentos económicos estatales (una utopía en el 2026) para que se profesionalicen las industrias culturales provinciales. Mucho de lo que pasa tiene que ver con la plata y la circulación. Lo digo porque además, desde 2015, organizo el FILT y eso me permitió ver estos intercambios porteños/provincianos y entender un poco más el centro de la cuestión.
Publicaste varios libros de poesía, pero encontraste una nueva dimensión creativa en los cuentos. ¿Cómo fue pegar ese salto?
La narrativa llegó a mi vida cuando me mudé a Buenos Aires. No sé muy bien qué pasó pero los poemas dejaron de salir o ya no al menos de la forma en la que lo hacían antes. Inclusive Los ángeles son vacas, un libro que saqué el año pasado, es cronológicamente anterior a los cuentos, lo escribí mucho antes.
Pasó que las historias comenzaron a venir a mi cabeza, más bien voces que no podía soltar, quizás por el mismo desarraigo. Sentía que esas voces no entraban en un poema y ahí escuchándolas comencé a armar las historias, dejaba que se liberaran. Luego no pude salir de esa dinámica y ahora me pasa lo mismo con la novela que estoy escribiendo. Yo creo que a pesar de no escribir un poema hace muchísimo tiempo, sigo siendo poeta porque escribo de esa forma: pensando imágenes, sonidos, estructuras. Me cuesta mucho la trama y es a lo último que le presto atención, por eso siempre me preocupa aburrir. Para mí la literatura es el poema, la belleza está ahí, en el juego de palabras.

Los cuentos de De los potrillos nacen ríos tienen algo de místico y todos parecen bordear las zonas oscuras que tenemos las personas: los secretos, las confesiones, los deseos. Como si mostraras, aunque sin terminar de desnudar, eso que nos empeñamos en guardar para nosotros. ¿Qué te gusta de caminar esa delgada línea? ¿Cómo te las ingeniás para hacerlo?
Quizás al haber crecido sumergida en la religión católica hizo que el pecado o lo secreto siempre haya tenido un lugar preponderante en mi vida. No reniego de eso, estoy a favor de la culpa, siento que la moral es necesaria para las sociedades, pero también eso fabricó una atracción hacia lo prohibido, hacia lo que no se puede. Y a veces lo que no se puede es algo bastante absurdo, por ejemplo, en el cuento de la monja está la ambición por ser la cantante de la procesión y ese pecado pequeño después se termina volviendo algo gigante. A mí la confesión me parece un sistema fascinante y la practiqué muchas veces, repasar los detalles de lo “que hice mal” para contarle a otro fue la primera forma que encontré para elaborar cuentos de chica, por eso era tan importante para mí que la confesión sea en sí un cuento en este libro.
En la confesión aparece la vulnerabilidad y es ahí donde me interesa trabajar, en las grietas de los humanos, lo grotesco, lo incorrecto, porque en ese estado además de la búsqueda del perdón, hay una defensa del por qué se hizo lo que hizo en la narración. En este sentido, pienso en Flannery O’Connor que propuso la idea del realismo católico, y con esos parámetros me gusta pensar estos cuentos.
Hacés mucho trabajo en gestión cultural, que es una actividad 100% social. Al mismo tiempo, escribís mucho, algo que demanda tiempo de soledad, de introspección, de ir y venir dentro de la cabeza hasta “tener” una historia. ¿Cómo lográs suturar ambas instancias?
Mi trabajo con “la palabra” es una práctica de escucha, me interesan sobre todo voces que, por distintos motivos, no tienen un lugar muy mayoritario en la literatura. La escritura se ve a menudo como una búsqueda individual, pero yo escribo en comunidad. Por supuesto, son necesarios los momentos de silencio y soledad, por eso amo vivir sola, pero yo me transformé en escritora por estar en contacto con otros. Cuando empecé a organizar el FILT (Festival Internacional de Literatura Tucumán) yo tenía 20, entonces en esos años de formación literaria tenía muy a mano lo colectivo y me acostumbre a ir y venir, entre el yo y el grupo, no tengo muy escindido el lugar de autora con el de gestora. Además de que me interesa mucho más el mundo exterior y sus rarezas, sus detalles, que mi propio mundo, yo me siento más un receptáculo que con imaginación hace una especie de collage de lo que escucha de afuera. Creo que el diálogo, el movimiento y la comunicación son los motores en todo lo que hago.
¿Qué desafíos creés que enfrenta la literatura argentina en tiempos de atomización? ¿Qué opinión te merece el desplazamiento de la valoración al genio o al talento hacia la figura autoral como mayor capital?
En un ensayo que escribí hace un tiempo me explayé en esto. En resumidas cuentas, ahí me pregunto por el lugar de la imaginación en la literatura argentina contemporánea ya que percibo que se encuentra en un estado un poco árido: hallo a muchos libros aburridos, repetitivos, literales y que se transformaron en un producto perfecto para estos usuarios (no los llamaré lectores) que solo buscan identificación. Lo que pienso es que la ficción en sí está en un lugar complicado porque en la actualidad la imaginación no está bien vista: es peligroso imaginarte en otro lugar posible al que estás. Entonces este mundo, donde los accesos a la cultura se achican cada vez más y los tiempos para crear pertenecen en gran medida solo a los ricos, concentra una literatura “cómoda” para estas clases sociales, donde el status quo permanece en un lugar sin turbulencias. Podríamos decir que aquí se inscriben muchas literatura del yo, historias mínimas, anécdotas sin vuelo literario, sin belleza, libros que solo denotan un ansia por mostrar de forma morbosas sus secretos. Por otro lado, está la forma radicalizada de esto que es la imaginación encapsulada, la literatura de género, ciencia ficción y terror sobre todo, que son los escritores de mayor prestigio en nuestra época, libros que leo y muchas veces disfruto pero que al proponer un espacio oscuro sin matices ordenan una futuridad homogénea y destructiva, sin escapatoria. Me interesa, de vuelta, la diversidad, que pueda aparecer más visiblemente una imaginación “del medio”.

¿Qué andás leyendo por estos días?
Los últimos libros que me gustaron mucho fueron La encendida silenciosa, de Marina Closs, un libro que propone una mirada autobiográfica sobre el miedo y el amor y termina siendo algo mucho más que eso. Después leí el libro de Javier Cercas sobre el Papa Francisco y su visita a Mongolia, la verdad que me sorprendió y me gustó en partes iguales. Ahora estoy en un programa de leer todo los libros que me faltan de Saer, estoy en el medio Nadie nada nunca fascinada.
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Paula Puebla es autora de Una vida en presente, Maldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Da clases de escritura en NN, hace clínica de obra y colabora en medios. En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.






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