Además de ser abogada y escritora, María Esther Gilio fue una de las mejores entrevistadoras de su generación. Participó en medios míticos como Marcha, Crisis, Revista Plural y el Semanario Brecha, de donde Vayaina Mag rescata esta entrevista a Zulema Yoma, quien fuera primera dama y esposa del presidente argentino, Carlos Saúl Menem.

El artículo fue publicado originalmente el 25 de julio de 1997. Hacía poco más de dos años que la familia Menem se había visto atravesada por la muerte intempestiva de Carlitos Menem Junior, cuando el helicóptero Bell 206B que pilotaba se desplomó en las cercanías de Ramallo, Provincia de Buenos Aires. Asediada por la prensa, el poder político y los servicios de inteligencia, bajo el fuego del machismo rampante de la época, Zulema Fátima Yoma supo desde el primer momento que no solo se enfrentaría al infierno del duelo materno. Supo que, si quería que su hijo alguna vez descanse en paz, también debía hacerle frente, en la más abyecta soledad, a una justicia totalmente hackeada.

En la trastienda del poder

La acusaron prácticamente de loca y de difamadora por haber afirmado que su hijo, Carlitos Menem, había sido asesinado. Zulema Yoma, “la ex” del presidente Carlos Saúl Menem, habla para BRECHA.

“Lo que está difícil es el hombre”, dice Zulema Yoma de pie, en medio del enorme living de su apartamento en un piso 23 de Avenida del Libertador. “¿Y si hacemos la entrevista en la antecocina?”, pregunta y hacía allí nos dirigimos. “¿Usted no cree que este lugar es más cálido?”, dice luego, señalando la mesa de madera clara y la ventana donde una cortina liviana cela el sol de las tres de la tarde. “A mí me gustan las cocinas”, dice Zulema echando una breve mirada a la cocina que se extiende más allá del vidrio que de piso a techo la separa del pequeño comedor diario. “¿A usted le gustan?”. “A mí también me gustan”, digo, mientras pienso que no me resulta fácil preguntarle así, de golpe, por la muerte de su hijo. Cambio la pregunta:

¿Y por qué le parece que el hombre está difícil?

—Por falta de amor. Eso está escrito.

—Por el Corán…

—En todos los libros de las religiones monoteístas. El hombre hoy está tomado, ya no por la ambición, lo cual sería bastante normal, sino por la codicia.

—Tal vez estaba más lejos de historias de codicia cuando vivía en La Rioja. Cuénteme de esa vida que usted hizo en otra época.

—Una vida de mucho contacto con la familia que es donde está el amor. Lo mejor de aquella vida era eso. Las reuniones de los sábados y domingos que dedicábamos a pasar juntos. Comer, charlar. ¿Cómo se llama?

—María Esther.

—Usted seguramente sabe cómo es eso, María Esther.

—Sí, claro. ¿Y ahora cómo es su vida?

—Ahora estoy toda volcada a lo que pasó con Carlitos. Él no era simplemente un hijo. Era un hijo especial. Era el protector de Zulemita y su madre. En síntesis, al papá lo tuvimos poco a nuestro lado. Carlitos era el hombre de la casa.

—Al papá lo absorbía la política.

—Lo que corre por sus venas comienza y termina en política y lo demás es secundario. Carlitos, en cambio, nos cuidaba tanto que le decían “el cuida”. Lo primer que hacía de mañana era llamarme. “¿Necesitás algo mamá? ¿Dónde está la nena? ¿Con quién salió?”. Yo le decía: “Cuidado, hijo, cuidado con las malas compañías”. Él me dijo más de una vez: “Mi gran honor es también mi gran desgracia; ser hijo del presidente de la nación. Esa es mi cruz”. Todos querían acercársele. La mayoría para conseguir algo.

—Usted hace años habló en televisión del poco que le gustaban los cambios sufridos por la vida de sus hijos a partir del cargo que ocupaba su padre.

—Sí, fue en el programa del doctor Mariano Grondona. Le dije que tenía miedo. Que era demasiado lo que estaban recibiendo mis hijos. “Temo por sus vidas”, le dije.

—¿Qué era lo que estaban recibiendo?

—En ese momento a Carlitos acababan de regalarle el helicóptero.

—Fue más o menos cuando empezó a colaborar en la campaña de su padre. ¿Le gustaba la política a Carlitos?

—No, él en eso se parecía a mí. No le gustaba la política ni el tipo de vida a que está obligado el político. El ceremonial, los viajes.

—Sin embargo él llevó la agenda del presidente, lo cual lo convertía en alguien con un poder político bastante grande.

—No solo grande. La agenda es una cosa muy peligrosa.

—¿Por qué es peligrosa?

—Sí, en ella está la llave para llegar al presidente.

—¿Pero no es el presidente el que decide a quién quiere y a quién no quiere ver?

—No, no crea que es así. El presidente no puede estar atento a eso. Lo bueno y lo malo pasan por la zaranda, y la zaranda es la agenda presidencial. Un día Carlitos me dijo: “Hay alguien que me tiene mucha bronca; si alguna vez me pasa algo, pensá en él antes que en nadie”. En el lugar donde estaba él veía muchas cosas. A veces veía cómo su padre era traicionado.

—Después de la muerte de su hijo, usted se basaba en la teoría de que lo ocurrido no era un accidente, hizo declaraciones e incluso se presentó en el expediente en que se analizaban los hechos.

—La mía no fue una teoría, fue una seguridad.

—No resulta tan difícil ver en lo ocurrido un accidente, si pensamos que Carlitos era muy arriesgado. El sufrió varios accidentes de auto, el último bastante grave.

—Sí, pero había llegado a una altura en que conocía bien los riesgos. Solo un loco podía andar a 11 metros de altura, no dos deportistas como Carlitos y Oltra. Carlitos era tan prudente que con él viajaban su padre, el canciller Guido Di Tella, el príncipe Andrés, el expresidente George Bush. Si alguien hubiera observado que era un chico imprudente, jamás lo hubieran designado para llevar a estas personas. Yo viajé mucho con mi hijo y sé lo cuidadoso que era.

—¿En qué momento nació su desconfianza?

—En el primer momento. No era creíble que anduviera a esa altura. Hoy le puedo decir que cuando chocaron con los cables, estaban zigzagueando por el impacto de varios tiros. Es posible, muy posible además, que las pericias confirmen que hubo, en ese ataque, dos tipos de armas.

—Pero parte de los restos del helicóptero ha desaparecido. ¿Cómo desapareció?

—El señor Seguetti y su hijo, quienes debían revisar los restos por la compañía aseguradora, dicen que los llevaron a su casa, que los revisaron y metieron lo que no interesaba en bolsas de polietileno y las tiraron. Pero yo dudo de que esto sea verdad. Creo que lo que falta está escondido. Ellos quieren que yo mastique eso, pero no lo voy a masticar. El hijo de Seguetti es posible que quede detenido.

—No resulta comprensible que tiren pruebas, salvo que haya mala fe. ¿Qué dice el juez?

—No sé. Esos restos de helicóptero fueron entregados por la Fuerza Aérea sin autorización judicial. Pero esto no es lo único. Hay muchas otras cositas que en este momento no se pueden decir.

—Creo que usted estuvo a punto de viajar con su hijo el día del accidente.

—No, no fui yo, fue mi hija, Zulemita, que esa tarde se iba a Estados Unidos para unos cursos de inglés. Fue a charlar con Carlitos en el dormitorio y le pidió que me llevara con él a Rosario. Le dijo: “Chancho, llévate a la vieja con vos a Rosario”. Carlitos le dijo: “No, Garza, no puedo, no digas nada a la mami, pero viene una mina con nosotros”. Zulemita no me dijo nada hasta 15 días antes de que fuera a declarar a San Nicolás. Ahí me contó. “El juzgado me cita y yo voy a decir mi verdad”, me dijo. Ellos siempre guardaban sus secretos entre ellos, pero ya en ese momento no tenía sentido callar, había que hablar.
Mire, María Esther, usted es uruguaya y tal vez no sabe cómo mis hijos y yo somos víctimas de un acoso permanente. No nos dan paz. Inclusive en Uruguay, en Punta del Este, donde provocaban a Carlitos, se tomaban a trompadas y él terminaba en la comisaría. Yo recuerdo que el señor Bernardo Neustadt aconsejaba a Menem que no interviniera, que no fuera a ver a su hijo detenido. Yo, que estaba en Suiza, llamé a Menem y le dije: “Sacate la banda presidencial una vez en tu vida y actuá como padre. Aunque después tengas que darle 20 trompadas a tu hijo”.

—No fue.

—No, pudo más la cosa política, el entorno. Mire lo que pasó en la universidad, con Zulemita. Una chica la acusa de copiar en un examen.

—Su hija dijo que si se hubiera copiado, habría sacado algo más que 5. Que no era una nota de alguien que copia.

—Sí, pero mire lo que le digo. La chica que la acusó sufrió luego un accidente de auto bastante grave. Gracias a Dios se salvó. Si a esa chica le hubiera pasado algo, no quiero imaginar la cruz que Zulemita tendría que haber cargado por el resto de su vida.

—¿Habrían dicho que la había mandado a matar? ¿Usted cree?

—¡Claro! Hay que estar en un lugar como este para saber cómo es. Yo conozco al coronel Mohamed Seineldín y su familia. Son árabes.

—Dijeron que usted andaba en tratos con militares.

—¿Pero cómo voy yo a participar en tratos con militares a no ser que mi marido me lo hubiera pedido? Yo no puedo mover un dedo en asuntos como este sin el aval de Carlos Menem. Cuando al poco tiempo de instalarnos en la quinta presidencial de Olivos, yo reviso la residencia, descubro los teléfonos pinchados y hablo de corrupción, a la primera que echan es a Zulema Yoma. ¿Usted se da cuenta, mamita, cómo es eso? ¿Lo difícil que es ocupar ese lugar?

—Sí, claro, muy difícil. ¿Y qué pasaría si entrara en relaciones con una nueva pareja?

(Zulema levanta los ojos al techo)

—Imagínese. Pero yo ya elegí.

—¿Sus hijos?

—Sí, mis hijos. Pero tampoco me dejaron, porque, ¿qué pasa cuando intento investigar lo ocurrido con Carlitos? “Zulema Yoma perdió la razón”, dicen, o “Está demente y no deja gobernar al presidente”.
Este lugar que nos ha tocado ocupar es terrible. ¿Cómo puede ser que el brigadier Antonietti, jefe de la Casa Militar, se animara a hablar del hijo del presidente muerto diciendo que era un irresponsable? ¿Diciendo que le iban a quitar el brevet de piloto? (lo cual, además, no es verdad). Muchas personas de la Fuerza Aérea van a tener que dar muchas explicaciones. No solo el brigadier Antonietti.

—¿Qué clase de personas?

—Encubridores y tal vez gente que tenga que ver con lo ocurrido a Carlitos y a Oltra.

—Pensemos en el tercer pasajero del que tanto se ha hablado, y en las razones que puede haber para ocultar su existencia.

—No sé si se trata de una chica que conocía Carlitos u Oltra. Según los testimonios, sería una chica que subió en Torcuato.

—¿Ahí bajaron a cargar nafta?

—Bajó Carlitos a cargar nafta y levantar a Oltra. Oltra lo esperaba en Torcuato. Un joven llamado Adrián Piñeyro declaró que él vio a los tres en el helicóptero antes de despegar. Adelante iban dos muchachos, que él no reconoció, y atrás una chica, preciosa, según su declaración. El joven mostró la foto de una amiga, diciendo que era parecida a la chica que él había visto en el helicóptero. El declaró esto a los medios. Quiere decir que sus palabras quedaron grabadas en una cinta.

—¿Dónde está la cinta?

—Está guardada en el juzgado, pero yo la escuché acá, en mi casa.

—¿Y qué sentido tendría ocultar a la chica?

—Yo creo que si la ocultan es porque tuvo que ver con algo. Por ejemplo, puede ser parte de un plan si alguien quería derivar a Carlitos hasta el lugar donde se realizó el atentado.

—Aunque en ese caso ella lo habría hecho sin saber el peligro que corría.

—Sí, por supuesto. En esta persona puede estar la clave de muchas cosas. ¿Usted conoce a Sdrech?

—Sí, Enrique Sdrech, de Clarín. Debe ser el periodista argentino que más sabe de policiales.

—Así es, madre. Sdrech dice que entre el 15 y el 16 de marzo de 1995 entro a la morgue judicial el cadáver de una señorita NN. Yo pedí permiso al juez para verla, pero no me lo concedió.

—¿Es un juez puesto por el presidente?

—Sí. Le digo algo. Si no fuera por la fiscal Amalia Sivori, esta investigación que se está llevando a cabo no habría avanzado nada.

—¿Y qué pasó con lo que escuchó uno de los funcionarios de la torre de Ezeiza?

—Lo que él escuchó está grabado. Yo escuché la grabación con los gritos de mi hijo. Inclusive él dice allí una palabra muy riojana que no se puede repetir. Estaba fuera de sí: “Me tiraron, me tiraron”, gritaba. Y luego esa palabra.

—No puede ser tan mala como para no poder repetirla.

—No, no, es una palabra grotesca. A la persona que me trajo la grabación se la pedí para hacer un estudio de voces. Me dijo que me la entregaba si yo le daba 30 mil dólares.

—¿Quién fue? ¿El que estaba en la torre?

—No, gente del Servicio de Inteligencia. ¿A una madre que está en esta lucha se le puede hacer algo así?

—Usted sabe que sí.

—Es terrible…Me voy entonces a Ezeiza a hablar con el jefe de control de la torre, el comodoro Pergolini, y le planteo el problema. “Yo quiero esa cinta en el expediente”, le digo. Él me dice entonces que si Carlos se comunicó con la torre la cinta tiene que estar. “Él se comunicó –le digo-, yo oí la cinta, en la cinta lo oí gritar Me tiraron, me tiraron”. “Bueno –dice el comodoro– disculpemé, si pudiera retirarse un momento, tengo que hablar con el brigadier general Paulik”. Yo me retiro y al rato él viene y me dice que las informaciones me las dará más adelante, que por el momento no puede aportar nada. “Pase a mi despacho –dice– a tomar el café que ya le han servido”. Yo entonces le respondo que el café me lo servirán donde estoy, que no vuelvo a su despacho, y que haberme hecho salir para hablar por teléfono había sido una falta de respeto. “Usted no tiene por qué faltarme el respeto”, le dije.
Así fue, María Esther. Me negaron la cinta. De cualquier manera, una copia está en el juzgado. En la torre de control puede perderse la imagen del radar, pero las voces llegan y se graban.

—¿Y qué sabe, Zulema, de esas muertes de personas, todas vinculadas al hecho en algún sentido?

—Para mí están todas relacionadas. Aquí hay que investigar bien, bien a fondo.

—¿Qué decía la carta que les envió a usted y al presidente aquel preso que mataron cuando salió de la cárcel?

—Decía que él sabía todo sobre la muerte de Carlitos. Desgraciadamente no pude hablar con él, porque cuando salió lo mataron, pero hablé con su padre, el señor Trota. Él me dijo que el muchacho les había dicho a él y a su otro hijo: “Al hijo del presidente lo mataron como a un perro porque molestaba al narcotráfico”.

—¿Y cómo murió ese muchacho?

—A los dos o tres días de salir lo agarró la policía. Lo golpearon tan brutalmente que le desfiguraron el rostro y, por supuesto, lo mataron. Su padre, en el juzgado, declaró que a su hijo lo reconoció por los pies.

—¿Pero qué dijo la policía?

—Que el muchacho estaba robando. Después que el padre sale de declarar, entra a declarar el otro hijo, quien dice que a su hermano lo mataron por lo que sabía de Carlitos y el narcotráfico.

—¿Y cómo fue lo del peón?

—Lo mató un auto en la carretera. Dicen que estaba borracho. Es posible. Pero no es difícil emborrachar a alguien y luego empujarlo para que lo arrollen en la carretera.

—¿Qué sabía el peón?

—Este campesino, de apellido Siri, dijo que oyó explosiones. Para mí, lo que él escuchó como explosiones fueron los tiros.

—¿Él pasaba por ahí en ese momento?

—Él vivía ahí, madre, en el campo.

—Finalmente tenemos a este que mataron el 26 de junio: el comisario Héctor Bassino.

—Antes tenemos otro. El perito de helicópteros de la Fuerza Aérea, el señor Ducó. Él tuvo una entrevista con la fiscal, a quien le dijo que se iba a caer de espaldas cuando le llevara el informe sobre la muerte de Carlitos Menem. Los días pasan y Ducó no lleva el informe al juzgado. La fiscal llama entonces a la Fuerza Aérea para preguntar por qué Ducó no le entregaba el informe. “¿Usted pregunta por el perito Ducó? El perito Ducó murió”, le dicen. La fiscal quedó de una pieza.

—¿De qué murió?

—Según dijeron lo habían matado para robarlo. Robarle qué, no se sabe. No le robaron nada. En cuanto a Bassino, estaba muy vinculado a la gente de Alberto Piotti, secretario de seguridad de la provincia de Buenos Aires, y al jefe de policía de esa provincia, Klodczyk. El año pasado, en uno de los almuerzos de la señora Mirtha Legrand, Klodczyk tocó el tema de la muerte de Carlitos.

—¿ Klodczyk era todavía jefe de la policía?

—Sí. En ese almuerzo, la señora Legrand le pregunta sobre mis afirmaciones respecto a la muerte de mi hijo y él le dice: “Ahí lo que tenemos es un problema de dolor de madre. Esto fue un accidente. Apenas ocurrido el hecho yo mandé a mi gente a hacerse cargo de todo el tema y sé que fue un accidente”.

—Más o menos al año de ese almuerzo, el 17 de junio pasado, mataron a Bassino, uno de los mandados por Klodczyk al lugar del accidente. ¿Por qué cree que lo mataron?

—¿Quién puede saberlo? Se sospechaba que Bassino retiró a la tercera persona y el portafolio con los 30 mil dólares que mi hijo llevaba.

—¿Y por qué Carlitos tenía con él 30 mil dólares?

—Porque tenía que pagar mecánicos, gente de los equipos de apoyo. Era una carrera grande la que se corría en Rosario, y ese dinero era para pagar gastos que tenían que ver con esa carrera.

—¿Se sabe quién mató a Bassino?

—Lo que se dijo fue que lo mataron para robarlo.

—¿Otro “para robarlo”?

—Sí, otro. Sin embargo, por informes que me llegaron a mí de la familia, a él no le faltó nada.

—Pero además, ¿cómo podría ser para robarlo, si lo matan dos tipos que pasan en una moto Yamaha, tiran y siguen?

—Claro. Dentro de esta historia, él es un personaje muy importante. Es la persona que primero llega al lugar de los hechos, el hombre de confianza de Klodczyk.

—Cuatro muertos es mucho.

—Podrían haber sido cinco.

—¿Por qué cinco?

—Porque hace unos días, le pegaron un tiro al hermano del perito gendarme que está haciendo el peritaje de lo que queda del helicóptero.

—Le pegaron un tiro pero no lo mataron.

—Quedó inválido. El tiro se alojó en la médula. Tienen que operarlo. No se sabe cómo puede salir.

—¿No le pasó algo también a su secretario?

—No, no es mi secretario, es la persona que hace de vocero en este momento. El otro día después del programa que hice con la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, alguien molesto con lo que dije en el programa, mientras él cargaba nafta, le baleó el auto.

—¿Tiene miedo, Zulema?

—A mi hijo no solo lo mataron sino que para ocultar pruebas profanaron su cadáver. No conocí el miedo antes, menos ahora.

A pocas horas de realizada esta entrevista, por pedido de la fiscal, la carátula del expediente fue modificada. De “accidente” pasó a “investigación de homicidio”.

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