¿Qué está pasando con Óliver Laxe? ¿Qué genera el artista? ¿Lo queremos? ¿Lo detestamos? ¿Lo apoyamos? ¿Lo apoyamos a pesar de? ¿Queremos que su película gane o pierda el Oscar? 

Sobre el terreno árido se posa una instalación que rompe con el paisaje de las dunas en el inmenso desierto. Sobre la arena están apoyadas las estructuras de lo que parece ser una fiesta: torres de sonidos, generadores, cables, focos de luz artificial, gente bailando en el centro. Cuerpos que bailan, en su mayoría, occidentales. Torsos desnudos. Lentes oscuros. Ropa de noche a la luz del día. Polvo, mucho polvo. Música que suena a tope donde había silencio. 

–El cine no tiene que explicar, tiene que invocar– dice Oliver Laxe. 

Después del lanzamiento de su película O que arde, en 2019 a sus 36 años, premiada y alabada en el Festival de Cannes, Oliver Laxe vuelve al centro de la escena con Sirât, una propuesta audaz producida por el mismísimo Pedro Almodóvar desde su productora El Deseo. La obra tiene la característica de estar construida sobre una estructura sensorial, donde la música y el paisaje cautivan y operan como ejes centrales de su producción. 

Oliver Laxe innova al romper con las expectativas del cine convencional: los ritmos pausados, los planos largos, los silencios sostenidos. El paisaje funciona como elemento para generar tensión y ambigüedad, mientras su narrativa abierta habilita un espacio para la interpretación del espectador, desafiando de alguna manera la historia fácilmente comprensible. 

Su última película fue nominada a los Premios Oscar por dos motivos: el primero, por mejor película internacional, representando un cine en lo márgenes de Hollywood, y podría ser también, por ser una película más humana; y el segundo motivo, por mejor sonido, debido al diseño y a la mezcla bien lograda.

El significado de la palabra Sirât remite a un puente fino, o poco sólido, que, según la tradición islámica, separa el infierno del paraíso. La película tiene saltos bruscos que descolocan al espectador, y tiene la habilidad de caminar por los bordes. Esta propuesta fuera del relato clásico genera emociones y sensaciones encontradas, y eso lo convierte en una obra, de base, valiente y llamativa, pero varias de las críticas coinciden en que hay un bombo importante alrededor del supuesto hit. 

La sobre-exposición de Oliver Laxe ha generado que su película esté por todos lados. Y eso está bien, debido a que la película está en campaña para ser ganadora de un Oscar, pero el barómetro mediático refiere a que se habla más del propio Oliver Laxe que de su película.

¿Es su pelo, largo y brilloso? ¿Su sonrisa perfecta? ¿Su forma de hablar? ¿Su snobismo? ¿Lo que genera un varón new age

Oliver Laxe es un personaje. El mismo ha reconocido que su forma de hablar sobre su obra y sobre sí tiene una dimensión performativa:

– Vivimos en una sociedad que no se quiere en esencia y que necesita generar una imagen idealizada de sí mismo… Necesito que la gente me vea especial porque yo en esencia no me lo considero.– refirió. 

Lanza frases armadas, giros poéticos, y, pasa del artista profundo espiritual al coachin’ en dos segundos. Algunos dicen que va de místico. Y sí. Hay un giro marketinero en su discurso que dista de la profundidad de lo sagrado en su supuesta invocación. 

–El cine occidental ha perdido su dimensión sagrada– afirmó Laxe. La pregunta, entonces, no es solo si su cine propone una recuperación de esa dimensión, sino qué decisiones toma para sostener sus afirmaciones: ¿Se trata de una búsqueda espiritual sostenida en una práctica cinematográfica, o, de un signo más performativo?

Se puede reconocer el valor y el riesgo de la propuesta, sí. Pero si volvemos a la imagen inicial se confirma otra cosa: en un mundo hiper-mediatizado, donde las redes y la obsesión por la cara dominan, la película parece funcionar tanto por lo que muestra como por quién la muestra… La singularidad de la obra se diluye frente a la máquina de la imagen. Más que la pelicula en sí, importa cómo el personaje reproduce y multiplica su presencia. La pregunta queda dando vueltas: ¿importa la película, o solo el espectáculo del hype que la rodea?

Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito

Stephanie Darling nació en Mar del Plata. Estudió en la UBA y en FLACSO. Es amante de la brujería. Vivió doce años en Buenos Aires y actualmente reside en Madrid. Trabaja en la publicación de su primer libro.


Descubre más desde VayainaMag

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

TEMAS

  • El que se indigna, pierde

    Hijos sí, hijos no: un tópico que no muere. Ahora, se reedita con cierto fundamento público: los números de la natalidad están a la baja. ¿Qué hay entre la superioridad moral de los que tienen hijos, la crispada autodefensa de los que no quieren tenerlos y los que sí quieren pero no pueden? Por Águeda…