i.
Hace pocos días, en la inefable red social equis, se viralizó un texto que ponderaba las virtudes de criar hijos. Por entonces había leído varios tuits que afirmaban que quienes no tienen hijos no pueden opinar respecto de la crianza de los niños (¿ajenos?), y varios en sentido contrario: quienes reivindicaban el derecho a opinar más allá de no haber parido. Y también, la opinión de un divulgador tecnológico que sostenía que las personas sin hijos no tenían problemas realmente importantes.
Cada vez, el ruido que caracteriza las eternas y estériles grietas tuiteras. La superioridad moral de los que tienen hijos, la crispada autodefensa de los que no quieren tenerlos, las voces de los que quieren y no pueden y suplican que el tema sea abordado un poquito menos banalmente. En vano.
Logré no caer en las seductoras garras de la indignación, abstenerme del posicionamiento coagulado en 140 caracteres. Porque a mí me gusta mucho discutir, pero estrictamente hablando, en ese tipo de intercambios —harto conocidos por quienes habitamos las redes sociales—, no suele suceder nada parecido a una discusión: no hay más que posiciones férreas que buscan anular al otro, disputas narcisistas, mucho postureo, pronunciamientos a favor o en contra, postas, épica, y sobre todas las cosas, agresividad.
El fuego se extinguió más o menos pronto: mientras escribo estas líneas, toca posicionarse en torno a si los “matachorros” son más generosos con el dinero que los “progres” (y de paso señalar a algún progre con el dedo, porque a todos nos gusta ser un poquito vigilantes cuando se trata de abordar problemas estructurales en clave individualista y privatizada). En cualquier caso, también pasará. Pero por alguna cuestión yo me quedé pensando, casi al modo de la asociación libre, en ese asunto común a las escenas tuiteras que recorté más arriba. Quiero decir que me demoré ahí, creo que porque no tenía para nada claro qué pensaba en relación a mucho de lo que se decía.
Un tuit más en el que reparé por esos días: alguien se preguntó por qué está todo el mundo obsesionado con tener o no tener hijos.

ii.
Primera ocurrencia: no creo que el issue “tener o no tener hijos” sea una moda.
Rápidamente, tres libros que tocan la cuestión de la maternidad que me impactaron por lo hermosos: Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg, escrito en los años 60, El nudo materno (1976), de Jane Lazarre y Fugaz, publicado hace unos años por Leila Sucari.
Hace más de una década leí un texto de Mariana Enriquez que abordaba en primerísima persona su relación con el (no) deseo de ser mamá. Lo había titulado “Yerma”, como aquella pieza trágica que en 1935 trazó Federico García Lorca. Yerma, esa mujer desdichada que no puede realizar el deseo de maternidad que la habita y la urge, esa mujer que se choca con un cuerpo que no puede —el suyo, el de su marido, no importa.
Hay un libro muy lindo de María Malusardi, Una madre es un piano triste, publicado en 2021, donde la autora explora su “no maternidad” interrogándose si acaso no pudo, no quiso, no pudo cuando quiso, “no se dio”. Está el deseo, está la voluntad, está el acto, pero también está el cuerpo, los lazos con otros, las contingencias. El tiempo. El destino se va tejiendo entre esos determinantes.

Y siempre hay renuncia, siempre hay pérdida. Quizás por eso es lógico, creo yo, que se hable de eso, es lógico que se escriba sobre eso: son formas de darle sentido a los volantazos del deseo; a lo que se quiso, a lo que se pudo, a lo que no se dio. La literatura (buena o mala, no importa), la conversación, un análisis: son formas de ir acomodando los restos de una vida. De intentar darle un sentido —fragmentario, inestable— a la travesía.
iii.
Segunda ocurrencia: es una ingenuidad pretender que la reproducción sea un asunto privado. Sí, lo es, claro, pero a la vez, gestar, parir, criar, como vienen gritando las feministas hace décadas, son territorios en los que la consigna “lo personal es político” toma cuerpo, se encarna. Queramos o no.
La lucha por el derecho al aborto es un ejemplo clarísimo de lo que estoy pensando. Pero también la conquista que implicó la ley de Reproducción Médicamente Asistida: nuestro país es pionero en la región por haber dado lugar a un debate político plural y amplio en torno a las controversias que generan las TRA.
No procrear, otro asunto privado que no lo es del todo en la medida en que tiene hondas consecuencias sociales, políticas y económicas. Asumir que existen esas consecuencias no implica compartir los sentidos moralizantes, esencialistas y conservadores que agita, por ejemplo, la afligida Clara Muzzio, Vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: al contrario, creo que es el primer paso para empezar a disputar esos sentidos.
Y sería una necedad negar que hay coordenadas de la crianza que también se van tejiendo de manera colectiva, porque impactan en la vida en común. La educación sexual infantil, el uso excesivo de pantallas en criaturas que todavía no saben conjugar un verbo, la obligatoriedad de la vacunación. A qué edad pueden trabajar, a qué edad pueden ir en cana.
En otros términos, la potencia de dar vida, la potencia de renunciar a dar vida, el oficio de criar son asuntos íntimos que salen de la esfera privada porque nuestro cuerpo no es del todo nuestro. Porque, como dice Judith Butler, el cuerpo está constituido en la esfera pública como un fenómeno social, habita desde el comienzo el mundo de los otros, lleva sus huellas, está formado en el crisol de la vida social.

iv.
Tercera ocurrencia: me interesó un fragmento (sí, solo uno) de la columna celebratoria de la crianza. Me refiero a ese que dice que la época te invita, te ofrece opciones, y esa oferta es vivida como libertad, aun cuando termina imponiendo nuevos mandatos. El autor parece aludir a la elección en torno a tener hijos (cuestionar esa elección: todo un gesto político) como si el reverso de tenerlos fuera, en todos los casos, una vida entregada a un placer superfluo y efímero. Yo, en cambio, pensé en las opciones que algunos tienen a la hora de criar hijos: niñeras, jornadas educativas extendidas en instituciones privadas, abuelos que pueden cuidar a sus nietos. Pensé en los hombres y mujeres que no tienen esas posibilidades. Pensé también en las alternativas que el mercado ofrece a la hora de tener un bebé.
Subrogación, alquiler de vientres, gestación por sustitución: como queramos llamarle, contratar a una mujer por varios miles de dólares para gestar y parir nuestros hijos es, en el mundo de las clínicas de fertilidad y en los discursos de los promotores de la práctica (feministas liberales, juristas, lobistas), una alternativa más en materia de reproducción asistida. Una opción, entre otras, presentada con la asepsia conceptual con la que suelen presentarse los productos de catálogo.
Ahí también hay un asunto cuyo debate público pareciera despuntar cada vez que alguna estrella de Hollywood posa con su bebito-producto de esta controvertida práctica, pero que, finalmente, nunca termina de instalarse, como si la gravedad de ser un país del sur global con una cantidad enorme de mujeres vulnerables dispuestas a vender o rentar lo que nunca venderían de no verse en situación de tener que hacerlo no lograra espabilarnos.
Yo quiero que se discuta si efectivamente la subrogación, con todas las capas de complejidad que supone la práctica, es una TRA más. Me interesa explorar las paradojas de una práctica que dice promover una “desbiologización de la mater/paternidad” pero que refuerza la importancia del factor biológico y del vínculo genético como deseable a la hora de tener un hijo. Quiero discutir cada vez que se la quiere edulcorar bajo la gramática de los derechos reproductivos, cuando, al menos en su modalidad comercial, el acceso a la práctica es sin duda una prerrogativa de pocos: aquellos que cuentan con las posibilidades materiales para acceder a los cuerpos de otras, generalmente más pobres. Mujeres que también son madres, que han criado hijos, en la mayoría de los casos en condiciones bastante hostiles, sin ese abanico de opciones que la oda a la crianza da por ciertas.

v.
Cuarta ocurrencia: La época viene a darnos una cachetada cada vez que creemos que hay temas agotados, que hay asuntos saldados. Creo que los que estamos agotados, exhaustos, somos nosotros.
Me acordé de ese texto de Mark Fisher, “Salir del castillo de vampiros”. Fisher empieza admitiendo haber considerado seriamente retirarse de cualquier intervención política, luego de experimentar la depresión y el desaliento que le producían las formas que, ya por entonces, había adquirido la discusión pública en las redes sociales. No voy a sintetizar esas ideas, a las que recomiendo fervientemente volver, porque todo lo que escupe ahí es tan actual como irresuelto. Pero sí quería subrayar que lo que sacó a Fisher (al menos por un rato) del estupor deprimente fue asistir a un encuentro de la Asamblea del Pueblo: el autor relata cómo se va dibujando ahí un espacio distinto, estimulante y vital, donde activistas y obreros pudieron conversar, apoyarse, intercambiar experiencias y estrategias. Sin moralismos, sin culpabilización, sin la indignación paralizante.
Me gusta pensar que quedan espacios en los que aún es posible rechazar los términos que el neoliberalismo impone a la conversación pública: me gusta pensar que nos quedan espacios donde recuperar otras formas de hablar.
Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito
Águeda Pereyra es psicoanalista y autora de Putas. Erotismo y mercado (Síncopa 2022), coautora de Todo Diego es político (Síncopa, 2020). Colabora en Polvo, #lacanemancipa y otros medios.






Deja un comentario