Esta nota fue publicada en The Drift Mag el 12 de febrero de 2026, originalmente en inglés. El texto fue traducido al español rioplatense por Paula Puebla. Esta imagen de Jeffrey Epstein fue revelada por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos.

Junto con sus otros hobbies, Jeffrey Epstein leía por placer. La última tanda de sus correos electrónicos, publicada el 30 de enero por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, exhibe la sintaxis de un estudiante de artes liberales que tomó demasiado Adderall, pero también documenta su gusto literario en profundidad.

Ya conocíamos la apreciación de Epstein por Nabokov y Lolita; su correspondencia revela a numerosos hombres y mujeres intentando congraciarse con él a través de sus lecturas del maestro ruso –incluyendo al periodista Edward Jay Epstein, al científico en computación de Yale David Gelernter, a la bióloga de Princeton Corina Tarnita, y a la por entonces profesora de inglés en Harvard Elisa New).

Epstein también disfrutaba de la literatura francesa: admiraba a Proust y a Jean‑Paul Sartre, recomendaba la novela sodomita Historia de O, de Anne Desclos, y escribía con entusiasmo sobre Simone de Beauvoir, a quien describía como la brillante “novia” de Sartre, deletreando su nombre tanto “simone de beauoirs” como “simone de bauvoi”. En un texto dirigido a la princesa heredera de Noruega, Epstein calificó de “horrible” la traducción de Gavin Bowd de La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq.

Dentro de la tradición anglófona, Epstein podría haber leído Ulysses de Joyce —él y el matemático David Berlinski parecen haber debatido sobre los méritos relativos de Joyce y Nabokov en una cena en París. En un mensaje, Epstein toma prestado el título de la novela irlandesa para referirse a un complejo esquema contable, más difícil de seguir que «Los Bueyes del Sol». Pero, otra vez, tal vez solo haya visto la película (el asunto de un correo electrónico le informa de una entrega de “Ulises” es “DVD”). Recibió versos de “Little Gidding”, de T.S. Eliot, de parte de Deepak Chopra y, en un intercambio inesperadamente sincero, un remitente censurado con puntuación de características Epstenianas, citó a Yeats a un destinatario desconocido: “When you are old and gray;How many loved your moments of glad grace And loved your beauty with love false or true,But one man loved the pilgrim soul in you…….”

Historia de O, novela firmada por Pauline Reage, uno de los seudónimos de la Desclos.

Epstein entendía que estas referencias intelectuales lo iban a ayudar a establecerse en círculos de élite, tal vez uno de los últimos dominios en donde la literatura todavía confiere prestigio. Es tentador tratar de decodificar qué otras revelaciones hacen sus selecciones: ¿Estimaba a Borges (“excelente,, literatura,, poemas,, traducciones imposibles”) porque “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y su conspiración mundial de intelectuales le hablaban? ¿O porque tenía afinidad por el interés de Borges en la filosofía pop y la ciencia?

Como tantas otras cosas en su vida, la exploración literaria de Epstein estaba típicamente subordinada a su incansable construcción de redes. La mujer de Noam Chomsky le regaló una traducción de Clarice Lispector, recomendó Tala de Thomas Bernhard; y compró Collected Short Fiction de V.S. Naipaul en Amazon el día después de que Berlinski lo mencionara. Uno de sus corresponsales literarios principales parece haber sido la publicista Peddy Siegal, quien una vez lo invitó a una cena junto a Jonathan Franzen y Salman Rushdie y trató de que Nora Ephron y Philip Roth asistieran a otra.

Uno de los pocos intereses personales que aparecen en los archivos es la historia y la identidad judía. Epstein recomendaba El mal de Portnoy, de Roth, a la exasesora de Obama en la Casa Blanca, Kathryn Ruemmler, así como la epopeya propagandística antipalestina El Peregrino, de Leon Uris. Soon-Yi Previn, esa casi-hijastra-devenida-esposa de Woody Allen, agradeció profusamente a Epstein después de que su hija se inscribiera en un seminario de Bard sobre Isaac Babel y la Revolución Rusa. Mencionaba la Bilbia con frecuencia en su correspondencia con Chopra, Chomsky y Ghislaine Maxwell, quien lo instó a tomar clases de escritura sagrada con ella («¿Qué deberías hacer?», escribió Ghislaine, «Extrañarme… Luego siempre está esa reunión del Talmud que creo que ya te mencioné una vez»).

Epstein realmente parecía sentir que todas sus lecturas le otorgaban un espíritu más profundo y reflexivo. Se ha dicho mucho sobre la capacidad de la literatura para mejorar nuestra sensibilidad moral, pero Epstein parece señalar, al contrario, la habilidad de la literatura para corrompernos o justificar nuestra corrupción. Identificándose con el Bardo, una vez escribió: “Entiendo, Shakespeare lo entendía, lealtades en pugna… sigue tu principio más alto. La verdad, de verdad, y hazlo cuanto antes. No te hará querer, pero te ganará respeto”. Al final, era menos un rey Enrique y más un Yago.

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Julia Kornberg es autora de Atomizado Berlín y Las Fiestas.


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