A lo largo de una década, este cliché ha sido una manera confiable —y vaga— de convertir características molestas en tendencias. Un ensayo de Dan Brooks para The Atlantic.

La broma infinita, la larguísima novela de David Foster Wallace cumplió 30 años y un viejo fantasma volvió con su aniversario: el lit-bro, irritante y probablemente sexista, lee un libro que vos seguramente no leíste con aires de suficiencia. “El libro se convirtió en un detector de un cierto tipo de ‘bro‘ pretencioso, performativo y chabón fan de la literatura ”, observa el newsletter de Lit Hub’s Literary History. “Ya no es cool y probablemente sea una red flag”. ¿Alguna vez se describió mejor la quintaesencia de un tipo de persona? Pretencioso: el lit bro piensa que es inteligente. Performativo: el lit bro lee para impresionar a otros. Chabón: el lit bro no es una mujer. Red flag: quizás creíste que querías salir con él, pero no, no querés.
El lit bro es uno de una serie de arquetipos que proliferaron en la última década; elegir alguna actividad, gusto o preferencia y agregarle bro se transformó en un cliché, en una forma de transformar cosas que nos molestan en una tendencia. Pensá en algo que te molesta, conectalo con la masculinidad al agregar el término bro y transformalo así en una categoría de personas. Robinson Meyer produjo un ejemplo temprano de esto con «Here Comes de Bernie-bro» (N de la R: hace referencia al senador Bernie Sanders), un ensayo gracioso que, como Rage Against the Machine, fue destruido cuando se transformó en un género. El tech-bro, el gym-bro, el film-bro, estos arquetipos le han dado a las personas una excusa para quejarse de cosas inocuas mientras imaginan a otras personas que hacen esas cosas como si fueran su identidad completa.
No me malentiendan: amo quejarme sobre cosas que probablemente estén bien y amo inventar personas que las hacen para enojarme con ellas. Pero la construcción del bro nos roba el placer de esas actividades y evita que pensemos por qué no nos gustan esas cosas inocuas y esa gente imaginaria. Es un obstáculo contra la claridad en el odio. Quiero posts de Instagram sobre por qué ir al gimnasio es perder el tiempo, ensayos sobre cómo el sector tech gastó billones para hacer de las ciudades lugares aburridos y videos de TikTok sobre las nueve nominaciones al Oscar de Marty Supreme. Quiero estar intoxicado en negatividad en su estado más puro, pero, en lugar de eso, solo tenemos descripciones lavadas sobre a qué tipo de personas le gustan cosas que al bro no. Después de más de una década de añadir el bro a nuestros resentimientos, llegó el momento de quemar la construcción, quizás para siempre.
Primero, la autopsia: bro tiene obviamente sus raíces en brother (hermano), pero no todos los brothers son un bro. Brother puede ser un hermano, o puede ser un título honorífico para miembros de una organización religiosa, y puede ser usado como una dirección, todas esas concepciones son previas al uso específico del bro del que estoy hablando acá. Este uso es estrictamente en tercera persona; los bros son las otras personas, y son malos ¿Puede el bro en tercera persona ser positivo? No todavía. No se han hecho post virales todavía sobre bros que hacen caridad.
El bro es alguien que conforma una categoría al punto tal que es irritante, pero él es similar a sus críticos en muchas maneras. Pensemos en el lit bro, definido por su defensa entusiasta de ciertos autores hombres —Wallace Jonathan Franzen, Cormac McCarthy— y por qué intenta, de manera condescendiente, que las mujeres lean a estos autores. Para reconocer este comportamiento tenés que conocer a estos escritores y su valor en el campo de la literatura contemporánea. En otras palabras, tenés que ser una persona literaria vos mismo. Así el sufijo bro habilita el narcisismo de las pequeñas diferencias: el problema no es la literatura —o las películas, o ir al gimnasio, o Bernie Sanders, o trabajar con computadoras, cosas que a muchas personas les gustan— sino los chabones a los que les gustan esas cosas y son bros al respecto.
Y son chabones. Mientras que el concepto de mujer-bro puede sostenerse en la teoría, en la práctica las personas están hablando de chabones cuando hablan de bros, porque la función esencial de “lo bro” es conectar una característica molesta para pasarla como crítica feminista. En internet, la crítica es habitualmente reducida a la idea de que los hombres son problemáticos, por ejemplo, el manspreading, un concepto que introdujo una interpretación feminista a un hábito molesto que previante no tenía género específico y ahora está asociado a los hombres. No es una conceptualización de Andrea Dworkin, pero estos memes transformaron en una ventaja el hecho de que todos, excepto los bros tradicionalistas, están de acuerdo con que la crítica feminista es buena, y las personas en general entienden la esencia, incluso si no han leído libros al respecto.
Esta distancia específica es cuando los bro entran en escena. Digamos que me molesta la cerveza artesanal, cosa que es parcialmente cierta, incluso a pesar de que tomé cervezas artesanales. Si yo digo que deberíamos desaparecer la IPA, probablemente vos demandes evidencia de esto o al menos algún tipo de argumento, que probablemente no pueda darte. Pero si digo que estoy harto de los bros-cerveza artesanal, y especialmente si argumento mi postura con detalles concretos —por ejemplo, que usan anteojos de sol debajo de la parte plana de sus gorras y, especialmente, que son condescendientes con las mujeres cuando les dan lecciones sobre los estándares de la elaboración de la cerveza artesanal— de repente estoy haciendo una crítica feminista, más o menos. La conexión precisa entre la cerveza y la subordinación social de las mujeres no es clara, pero vos podés experimentar ese sentimiento, y ese es el tipo de sentimiento con el que cualquier persona bienpensante no quiere discutir.
De alguna forma, la construcción bro explota vagamente connotaciones negativas atribuidas a la masculinidad para atribuirle esas mismas características injustamente a otras cosas, actividades, personas. La masculinidad no es mala per se, pero es sospechosa. Al conectarla con alguna otra cosa que es sospechosa, por ejemplo, la industria tecnológica —que no es unívocamente mala, pero es un campo en su mayoría dominado por hombres, un campo que es desagradable para muchas mujeres que trabajan en él, y aparentemente está dedicado a explotar elementos que previamente eran estables de la sociedad solo por dinero— producimos un tech bro, que acumula sospecha sobre sospecha y, por lo tanto, nos da motivos fundados para desconfiar de él. En el proceso, las discusiones sobre qué es exactamente objetable sobre esta industria tienden a quedar perdidos en expresiones de disgusto por el arquetipo.
Los tech-bro son un gran problema, por si no quedó claro. Los defino como los hombres que trabajan en tecnología pero que no son mis amigos que trabajan en la industria, los bros están en todos lados ahora, usan chalecos negros con zapatillas blancas y comen y beben en los mismos lugares que yo, pero de formas que encuentro molestas. Mis amigos que aprendieron a escribir código o tienen trabajos como project managers no son así; ellos tienen intereses específicos por fuera de la tecnología y usan remeras cool que tienen desde que estábamos en la universidad, y son graciosos, a diferencia de la masa de veinteañeros todos iguales que esperan alrededor del local que vende falafel mirando sus celulares. Si no fuera por esos tech bros, tal vez podría comprarme un departamento en la ciudad y, definitivamente, habría logrado comprar mi falafel más rápido.
Aquí yace la esencia de los bros: son todos iguales y todos ellos están unidos contra el resto de nosotros. Esta manera de pensar deja el “nosotros” indefinido —nosotros que no somos los bros, pero las condiciones distintivas no están claras. Esa ambigüedad echa mano a la fantasía paranoica de internet, que una masa de personas que se comportan parecido que están conspirando en contra tuyo, y que vos no sos uno de ellos a pesar de que hacés muchas de las cosas que ellos hacen. Las redes sociales y los artículos de tendencias basados en el género masculino de los últimos diez años han proporcionado un suministro exhaustivo de este tipo de gente exasperante en su entusiasmo por ciertos libros, películas, deportes, comidas, cocktails, músicos, candidatos políticos, y la internet misma, pero aún obstinada e impenetrablemente otros. Ellos son —a riesgo de sonar yo mismo como un bro existencial— extraños.
Tener resentimiento por los extraños ha sido un hobby de toda la vida para mí, y no estoy sugiriendo que nadie renuncie a ello. Todo lo que pido es que pensemos clara y específicamente por qué resentimos a estos bros, dada su probada tendencia a ir a los mismos lugares y hacer las mismas cosas que nosotros. Hay tantas cosas que merecen nuestro resentimiento allá afuera y probablemente en nosotros mismos, también. Los bros nos distraen al hacernos pensar a quién condenamos, cuando la pregunta, en realidad, debería ser qué y por qué.
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Rosario Radaelli es periodista. Trabaja como redactora en la 750 web. Además es estudiante de Ciencias de la Comunicación, entusiasta de la fotografía y las rom-coms.







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