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La Guerra de Malvinas debe ser de los pocos momentos históricos en los cuales me pesan más los recuerdos que todo lo que leí luego sobre el asunto. Las sensaciones para muchos de los que fuimos niños en esa época es que entramos a un momento de adultez —un golpe a la inocencia— para luego volver a nuestra programación habitual. Como si Malvinas hubiera sido un mal sueño del que los adultos, al despertar, intentaron olvidar. Y en parte, los niños también.
Desayunarnos con la idea de entrar en una guerra fue un maremoto de sensaciones generales: los que creían que era lo correcto, los que pensaban que era una locura de trasnochados, los que no sabían qué pensar y los que temían enviar a sus hijos a pelear al inhóspito sur austral frente a una potencia como Gran Bretaña. Todo eso compartido en las mesas familiares donde, obvio, los niños participamos de todo porque era una época en la cual no había protección al menor, ni de día ni de noche.
Por eso la famosa anécdota que cuenta Juan Luis González en El loco, la biografía no autorizada de Milei, sobre el altercado del niño Javier con su padre —que el propio presidente llegó a reponer en televisión cuando era un habitué de los programas de Mauro Viale— es un gran retrato de la época. El pequeño discutiéndole a su progenitor sobre la locura que le parecía ir a una guerra me suena absolutamente normal, ya que en todas las familias existían esos debates. Claro que no tan violentos como se relata en esa anécdota, donde, al parecer, el presidente recibió una tremenda paliza de parte de su padre que tal vez se haya convertido, sin imaginarnos, en un parteaguas en nuestra historia actual: ese niño golpeado, defendido por su hermana (que termina internada porque se desmaya del miedo) acaba odiando cualquier atisbo de argentinidad. Años después, se venga de su padre al convertirse en la autoridad máxima de un país que pareciera no terminar de querer. Quizás mucho de su encono con este suelo haya brotado ahí.
Más allá de ese episodio, lo que sí queda claro de mis recuerdos infantiles fue que el miedo y la confusión se mezclaron en un abrir y cerrar de ojos. Porque allí estábamos nosotros, los niños, testigos de un momento que sacudía a los mayores y de yapa nos incluía en un espiral de sensaciones encontradas. La guerra y la paz como un cambalache.
2
La escuela fue un lugar donde todo se potenció desde el primer día. Aún guardo el cuaderno del turno tarde de aquel año. Lo tengo, en realidad, gracias a mi madre que mantuvo a resguardo varios cuadernos míos de la primaria.




“Las Malvinas son argentinas”, escribimos aquel viernes 2 de abril dando inicio así a los meses en los que cada día hablaríamos de Malvinas. Ya fuera para interiorizarnos sobre la fauna o la flora de nuestro territorio austral, picando con papel glacé el contorno de las islas para grabar en nuestra mente sus formas o llevando algún recorte de diario que tratase sobre el conflicto para estar al tanto de lo que iba sucediendo. Fueron días y días donde los niños nos compenetramos con la guerra. Al izar y arriar la bandera, se cantaba el himno a Malvinas, que nos conmovía porque sonaba hermoso; pero además se nos invitaba a ser solidarios, ya que el compromiso de cada uno de los argentinos iba a ser fundamental al enfrentarnos a ese enemigo que tenía todo para ganar. Y así se hizo, nadie quedó fuera del espíritu solidario de ese instante de la historia, que es muy reciente.
Aunque un par de años antes la dictadura ya había coqueteado con la idea de entrar en un conflicto bélico con Chile, esta guerra había tocado la fibra nacional, ya que recuperar las Malvinas del robo perpetrado por Gran Bretaña era, para la mayoría, una causa justa. Así pues las colectas fueron la manera de colaborar que tenían los que no iban a poner el cuerpo en esas tierras pero deseaban lo mejor para los que sí iban a ponerlo.
Mi escuela, la Escuela N°34 Almirante Guillermo Brown de Villa Ballester, armó una gran colecta donde cada alumno debía llevar lo que pudiera. Y los padres decidieron poner bastante. Mis papás ampliaron su compra mensual en la proveeduría del banco Provincia agregando chocolates y diversas latas. Para ellos era fundamental que los chicos no pasaran hambre. Mi abuelo tenía aún su fábrica de frazadas, fundida ya y él a punto de rendirse, pero donó muchas. Los soldados no podían pasar frío, decía.
Y es ahí cuando vuelvo a mis ojos de nena y recuerdo como si hubiese sido ayer, el patio interno de la escuela completamente cubierto de donaciones de todos los alumnos, y mi sensación de que si esto sucedía calcado en todas las escuelas, los soldados iban a estar bien. Muy bien diez.
Pero hubo un pico de alegría solidaria. Y fue durante “Las 24 horas de las Malvinas”. Un fin de semana de donaciones maratónicas transmitidas por ATC. Ese sábado y domingo, de un mayo frío, lo pasé en la casa de mis abuelos. La casa donde podía hacer lo que quisiera y donde siempre fui feliz, el sitio donde la nocturnidad, con mi abuela como cómplice, no era ningún problema y donde me di el lujo de ver la transmisión casi de corrido. Porque además me parecía fascinante poder ver la televisión toda la noche. Y aclaro esto porque hubo un tiempo donde la programación tenía un horario de comienzo y un fin. Y para nosotros, los niños criados a pura caja boba, la idea de que nunca se apagara el televisor era casi ciencia ficción.

Así que esa noche la Argentina toda podía ayudar cuando tuviera ganas. No había límites horarios para donar. La Argentina que no duerme antes del “Buenos Aires no duerme”.
3
Las “24 horas” fue conducido por dos de las caras y voces más famosas de los medios, Pinky y Cacho Fontana. Dos profesionales que reinaban en la pantalla desde sus comienzos y que eran garantía de seriedad. Para la ocasión, alternaban ratos de descanso con cambios de vestuarios y shows musicales mientras recibían a las celebridades del mundo artístico, cultural y deportivo que pasaban por allí dejando objetos de valor o dinero para la causa. Todo eso mientras otros famosos atendían los teléfonos donde la gente llamaba para donar lo que pudiese. La Argentina famosa y la Argentina de a pie unidas por Malvinas.
La lista de los famosos iba de Susana Giménez a Jorge Porcel y Alberto Olmedo, a René Favaloro y Andrea del Boca. De la selección nacional de fútbol, con Maradona, Passarella, Ardiles y Patricio Hernández, también una ex prohibida por la dictadura como Norma Aleandro. Sin olvidarnos de Mirtha Legrand que hasta se ofrecía para ir a las Islas Malvinas para darle ánimo a los soldados. O Susana Rinaldi y Carlos Monzón.
Podría estar horas escribiendo la lista de personajes importantes que visitaron ese estudio. Pero hay una escena que recuerdo vívida. Pierina Dealessi, una actriz muy mayor que hacía tiempo no trabajaba, modesta y humilde, entregó lo único que le quedaba: un tapado y unas joyas módicas que le habían pertenecido a su madre. Uno de los picos de emotividad de la jornada que, además, recuerdo con claridad porque, en mi casa, mi abuela y mi madre, cinéfilas ambas, sabían muy bien quién era esa viejita y se emocionaron por su nobleza. Pero la gran trampa de la memoria hizo que me olvidara —todos nos olvidáramos— de la escena completa. Algo que gracias a los Archivos Prisma pudimos subsanar hace unos años. Y es que en esa escena estaba toda la desilusión que viviríamos poco tiempo después.
Mientras Pierina donaba sus pertenencias muy emocionada, ahí mismo se la ve a Pinky, conmovida, dirigiéndose a la producción raudamente para que los aros, que con tanto cariño Pierina estaba ofreciendo, no fueran con el oro que se había juntado sino que se subastaran. Como si Pinky quisiera proteger lo único que le quedaba a esa mujer de cualquier desvío inconveniente.
Nunca sabremos qué tanto sabía Pinky o si no conocía nada de lo que terminó sucediendo con esas donaciones —nunca llegaron a destino— pero lo que sí nos queda claro es que todos borramos de la memoria ese instante donde una tremenda incomodidad sobrevolaba el aire.
4
La guerra se perdió. Un día amanecimos con la triste realidad de que no estábamos ganando como nos mentían los medios. Y que todo había terminado mal en este país, como suele decir Jorge Asís.
El 8 de julio de 1982, poco antes de la finalización de la Guerra de Malvinas, hizo su entrada triunfal en los cines el emblemático film “Plata dulce”, la cara oscura de la economía de los años del Proceso Militar. Justo en un momento dónde el horno anímico de los argentinos ya no estaba para bollos: se había perdido una guerra y la idea de estafa moral y económica flotaba en el aire como una daga. Además, los números de la economía no cerraban, y el que no había apostado al dólar, siguiendo el consejo que un año antes había dado el ministro de economía durante el gobierno del General Roberto Viola, Lorenzo Sigaut, se encontraba en una situación acuciante.
En ese contexto, al gobierno militar le entraron todas las balas contenidas durante años. A la censura, la violencia y la economía rota, se le sumó, encima, la sensación de robo perpetrado, no sólo en la clásica corrupción del sobreprecio, sino también en un acto de lo más rastrero: la vuelta de los soldados trajo consigo las pésimas condiciones en las que vivieron durante sus días en el campo de batalla. Dejando en claro que nada de lo donado fue a parar a donde correspondía.
El país ya estaba mirando las urnas. Y no de tan lejos, aunque faltaba aún que se supiera bien sobre la violencia clandestina estatal, las cartas ya estaban echadas. Los militares estaban de salida.

Para principios del año 83, aparte de secuestrar el número 97 de la Revista Humor, el gobierno de facto estaba convencido de que había que abrir las urnas y las noticias sobre la desaparición de personas empezaba a romper el cerco de la censura.
Para ese entonces, yo tenía 9 años y entre la inocencia y leer todo de costado, armé la más extraña de las confusiones: la irrupción en alguna página de la Humor —revista que en mi casa me dejaban ojear tanto como la TV Guía o la revista Gente— de las Madres de Plaza de Mayo me hizo creer que se trataba de las mamás de los soldados cuyos cuerpos no habían aparecido en Malvinas. En mi mente infantil esas eran las madres que reclamaban. Porque para mí, en ese momento, el hecho maldito de la dictadura había sido esa guerra.
Al tiempo me enteré de que eran otros cuerpos los que no aparecían, otras madres las que reclamaban. Pero la sensación de descubrir que el mundo era hostil no cambió. Es que 1982 fue el año en el que perdimos la inocencia. Todos.
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Lore Álvarez es periodista y columnista de radio. Colabora en Revista Panamá. Participó junto a otras autoras de Todo Diego es político (Editorial Sincopa) y ¿Qué hacemos con Menem? (Editorial Siglo XXI).







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