La fantasía del helicóptero huyendo desde la terraza de la Casa Rosada luego del estridente final con muertos en la Plaza de Mayo que coronó esa estafa premium del Capitalismo de inicios del milenio que fue el corralito, se reedita con nuevos escenarios y aditamentos cada vez que el Presidente Javier Milei muerde la banquina. Pero la fantasía, lamento decepcionar a muchos, no se concretará. Así como la ex Presidenta Cristina Fernández no modificó la Constitución para ser reelecta —otro sueño húmedo de los fanáticos que no pueden ver el mundo fuera de la grieta— así, decía, no se repetirá el escabroso final anticipado de este gobierno, como no sucedió el final anticipado del gobierno del ex Presidente Mauricio Macri luego de la devaluación descontrolada y la fuga de capitales. La Argentina tiene todavía mucha tela y pocas agallas como para seguir descociéndose con parsimonia y sin estallar.
La flaca democracia de los últimos tiempos parece estable pese a la inestabilidad económica. Así que no se victimicen. No habrá clausuras por adelantado ni entrega de bastones de mando fuera de los plazos que establece la Constitución y pese a la coincidencia de algunos giros de la trama y la reaparición de personajes de 2001, que no son dobles ni clones, sino los mismos que nos endeudaron antes de que el voto popular los sacara de escena. Esos mismos que ya habían saqueado nuestros ahorros en connivencia con lo más rancio del Peronismo de derecha, ahora vuelven a meternos en escandalosos bretes que anuncian peores desajustes económicos y más volatilidad, pero con la novedad de un país alejado de la producción y sin demasiadas empresas estatales que privatizar.

Ni Milei pide su salida, ni los demás partidos están armando una transición ordenada a ningún interinato, como leí por ahí. Penosamente, el paciente enfermo deberá entrar a la terapia intensiva, luchar por su vida, salvarse solo o morir, con más o menos apoyos, pero solo.
Lo peor de este ya no tan flamante Capitalismo de Plataformas —como lo dió en llamar Nick Srnicek—, donde los pactos entre políticos se actualizan más a menudo que las comisiones de los bancos o los términos y condiciones de las billeteras virtuales, es que ha logrado que el individualismo penetre y se imponga en todas las instancias de la vida institucional, organizacional, familiar y social. Y esto no es una novedad Libertaria sino que viene de antes.
Los pactos de gobierno o co-gobierno, ya se ha dicho, son meramente electorales. La palabra «acuerdo» se ha gastado de tal modo que ya no dice nada. ¿Qué valores compartidos sostienen esos pactos de los que somos meros espectadores? No sabe / No contesta. ¿Por qué vamos a esperar algo bueno del Frankenstein que entre todos construímos si ni sabemos de qué está hecho?
Al sujeto del siglo XXI, ese que controla sus pensamientos para que no se le dispare el cortisol, ese que está bien cuando está solo, vive solo, no necesita del Estado ni de la idea de bien común, ese que arregla todo con donaciones altruistas, mindfullnes y mano dura, no habrá que juzgarlo ni perdonarlo. No se trata de encontrar un culpable sino de entender en qué nos estamos convirtiendo. La época pide que el show continúe. O la indignación total o la locura de la libertad total, pero que The Joker siga mostrando sus atrocidades, bordes y costuras. Mientras garpe en interacciones y seguidores, habrá gobierno.

La fantasía del golpe no sirve ni como argumento para aferrarse al poder, ni como súplica para por fin dejarlo. El público quiere más: memes, chismes, capturas de chats, borradores de acuerdos, internas a cielo abierto, dedos que dejen huellas digitales por todas partes. Una telenovela policial clase B con dejos de Reality Show a cada hora. Con eso alcanza para el entretenimiento veraniego a falta de financiamiento para la ficción. De eso vive el tedio del ciudadano medio devenido sujeto individualista. Todo es una mierda, no importa qué, pero que pase algo. El único enemigo a combatir es el aburrimiento.
La pregunta es por qué. Hasta qué punto seguiremos pidiéndole a la política que se aísle de la gran masa del pueblo para acaparar todos los roles, cualquier aspecto de la vida social, cada espacio de visibilidad que antes llenaban otros actores.
El votante Ponzi —como lo apodó mi esposo— se hartó de los grandes relatos y, como reacción a eso, asediado por la lógica des-subjetivante de las redes y atornillado a la grieta, apostó a Javier Milei como quien quema sus últimos cartuchos a ver si la pega, como quien va al casino y se patina unos billetes. Lo digo sin desprecio a ese votante, al contrario, lo digo responsabilizando un poco a los vecinos del conventillo que se armó durante los últimos 4 años de gestión kirchnerista que, entre dimes y diretes, dilapidó lo poco que quedaba de fe en la acción política. También lo digo responsabilizando a los poderosos del mundo, a esa ausencia de capitalistas preocupados por los problemas reales de la tierra y sus humanos, como la pobreza, la brecha, la distribución, o la falta de alimentos, y tan ocupados en estupidizarnos a todos con las pantallas y las apuestas online, los Only Fans y todo aquello que degrada a la persona humana en detrimento de la educación y el crecimiento.
Y, si de entretenimiento se trata, la casa de apuestas virtuales Polymarket —el nuevo e inquietante fenómeno de predicción de resultados electorales a cambio de dinero— ya muestra cómo los jugadores que apostaban a la caída del Gobierno de Javier Milei este mismo año, ha bajado del 40% al 16%. No quedan dudas de que “billetera mata ideología”.
La ingenuidad de crecer que cualquier palabra explica algo
A la fantasía golpista le corresponde su fantasía presidencialista. Puedo imaginar al más alto mandatario de la Argentina el viernes a la noche: «Ahora tiro un término nuevo, o una falacia ad hominem, y asunto sellado».
Esta semana el Presidente Milei difundió —usemos su término— una criptomoneda no probada que ni siquiera mandó a revisar por los expertos en la materia, que en la Argentina son buenos y muchos. Tras el derrumbe de $LIBRA y la pérdida millonaria de muchos inversores, que fue ganancia millonaria para solo unos pocos, Milei reapareció en medios y redes a intentar defenderse con nueva terminología y disquisiciones del lenguaje. «No promocioné, difundí».
¿Pero es que nadie le explica al Presidente de la Nación que transgrede el código de ética de la Casa Rosada si difunde una actividad privada, cualquiera sea ésta?
Nadie puede creer que un Presidente no sepa nada de algo que le mandan a decir o hacer sus asesores, menos aún cuando los creadores de la estafa fueron sus ex colegas en fracasados proyectos anteriores, y se la pasaron ingresando todo este tiempo a la Quinta de Olivos y las oficinas de Balcarse 50.
Pero, más preocupante es la incapacidad de la autoridad máxima del país para diferenciar actos de relatos. Intentar explicaciones con metáforas sin reparar en los efectos concretos de sus dichos, no disculparse por transgredir sus funciones, y no dar los nombres de las personas que lo involucraron —o con las que pergenió tamaña estafa— es como poco alarmante. En primer lugar, porque ubica a la gran masa de los receptores de su mensaje (los argentinos y las argentinas) como ignorantes e incapaces de discernir entre hechos concretos y efectos simbólicos. Pero después, y muy enseguida, porque uno entiende que esa lógica debe ser la que aplica al resto de las cuestiones de agenda. No se puede dar una respuesta terminológica a un herido de bala ni son bienvenidas las metáforas que exponen que, en beneficio de la libertad individual, a un Presidente le dé lo mismo difundir un casino o un esquema Ponzi, que una Universidad o la consecución de valores como la inclusión, la verdad o la justicia.

Pero los otros también
Esta semana se comparó este hecho con la famosa foto de Olivos, ¡oh, casualidad!, revelada por un medio opositor en plena Pandemia, momento en el que el ex Presidente Alberto Fernández pisoteó su 80% de imagen positiva y arruinó el posible éxito de su gobierno. Justo era el año de las elecciones intermedias, justo casi en el final del mismo primer tramo de gobierno. De nuevo, ¡oh, casualidad!
Demás está insistir en la influencia radical de los grupos mediáticos en las campañas políticas. ¡Para qué aburrir! Por aquel entonces también hubo que esperar los tres años que le quedaban al mandato contemplando la televisación y viralización de las miserias del palacio hasta el final. Como se ve, nada puede con la fascinación que producen los trapitos al sol mediatizados y sus millones de likes.
Lo que surge señalar, entonces, son las distancias que existen entre afectar simbólicamente la confianza de los ciudadanos vs una estafa hecha y derecha, visible y probable, a 5000 billeteras tangibles, o sean estas la cantidad que sean —cuando con una o dos alcanza para que la difusión genere sus efectos en lo real.
Lo sucedido, tanto la foto de la transgresión del aislamiento como el lanzamiento de un link que llama a invertir en una cripto de la que el Presidente «no está interiorizado», es comparable en su implicancia pero no en sus efectos, aún cuando ambos hechos puedan ser condenables.
Los nuevos damnificados son personas concretas, no susceptibilidades heridas. A ellos habrá que darles más que penosas disculpas. En lo sucesivo, además del daño a la investidura y a la reputación del país, habrá reclamos judiciales internacionales al Estado argentino, ese mismo que el topo quiere destruir por dentro, y de lo que ya hemos sido avisados.
Esos juicios no podrán ser saldados con palabras que se comprendieron mal, ni habrá falacias que los expliquen.
La palabra, sobre todo cuando se la escribe, crea realidad, por eso debe dársela cabalmente. Por eso no puede tomársela a la ligera para luego acomodarla a piacere donde convenga.
Leticia Martin es escritora, editora y crítica cultural. Obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA) y el Posgrado Internacional en Gestión Cultural (FLACSO). Creó junto a Nazareno Petrone la editorial Qeja. En 2023 ganó el Premio Lumen de España por su novela Vladimir.







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