Sin padre, sin marido y sin Estado es el título del libro que Melina Vázquez y Carolina Spataro eligieron para publicar un trabajo de campo que intersecta dos fenómenos “en apariencia inconexos”: la masificación del feminismo y del liberalismo. Allí anuda lo que los absolutos feministas de los años en hegemonía juzgaron imposible: un feminismo liberal-libertario. Movimiento contraintuitivo, ridiculizado y prestado al malentendido, amedrentado por el partido político en el que la mayoría se referencia, estas activistas liberales-libertarias se organizan para volver a poner signos de pregunta ahí donde el feminismo mainstream puso punto final.

Las autoras de Sin padre, sin marido y sin Estado, publicado por Siglo XXI.

En las diversas organizaciones de mujeres del liberalismo-libertario que investigaron apelan a recuperar la bandera de aquel feminismo de la primera ola, el liberal. ¿Cómo definirían esa búsqueda y por qué consideran que este feminismo liberal-libertario es un work in progress?

MV: Cuando empezamos a investigar quiénes eran esas mujeres que en una movilización de 8M vimos todas juntas, entendimos que había diferencias significativas entre ellas. Sin embargo, las reunía una bandera común: se llaman a sí mismas liberales. Liberales, no mileístas, amén de que las más jovencitas se definan más como libertarias en un gesto contracultural. La relación entre ese feminismo liberal y el mileísmo es un poco lo que causa tanta sorpresa. ¿Cómo va a haber mujeres que militan bajo una bandera feminismo en un gobierno antifeminista? Pero este ser liberal agrupa a todas las generaciones que tienen diferencias de clase, de trayectoria social, educativa, inclusive en la propia relación con el feminismo. Para las más grandes, el feminismo es una palabra que no las interpela; a las jovencitas sí. Hay una gestualidad en definirse liberales con la llegada de Javier Milei a la presidencia: ellas saben que el liberalismo se convirtió en una conversación común. 

Nosotras decimos que es un work in progress en dos sentidos. Por un lado, porque todo espacio político busca construir una tradición. Y así como dentro del kirchnerismo en algún momento se plantea cuáles son las lecturas que había que tener para ser kirchnerista, estas mujeres también buscan una tradición en la que reconocerse. Notamos que en la discusión pública se decía que si estas mujeres se reflejaban en la primera ola, es porque son conservadoras, porque quieren volver a una discusión del pasado. Nosotras decimos, en cambio, que es una forma de buscar una historia, un sentido, que hace que el presente no sea un fenómeno circunstancial, destinado a desaparecer, y que además les da argumentos para discutir, como dicen ellas, con el feminismo “de las zurdas”, las que “les robaron la bandera”. ¿Por qué si el feminismo nació liberal les resulta tan raro que ellas se reconozcan liberales? Esta tradición las legitima dentro del aspecto ideológico pero también en ese reclamo por un espacio dentro del feminismo. No hay dudas sobre el rasgo liberal de aquel feminismo. Nadie lo puso en cuestión. Ni activistas, ni historiadoras, ni sociólogas, ni las de izquierda ni las liberales.

Pero además, la idea de work in progress tiene que ver con los contornos del feminismo liberal en el presente. Como parte de su práctica, además de leer, juntarse y discutir, ellas construyen decálogos del feminismo liberal. No son siempre iguales pero buscan determinar núcleos, señalar sus fronteras. Y parte de la práctica militante, tiene que ver con definir dónde empieza y dónde termina. Paradójicamente, antes de la ampliación de la discusión feminista, cuando Laura Masson estudiaba a las feministas de izquierda, a ella le hacian las mismas preguntas que a nosotras con este trabajo. ¿Cuántas son? ¿Son unas locas? ¿Son todas de clase media? Hoy nadie cuestionaría que esas feministas son feministas.

CS: Podríamos pensar que todos los feminismos son un work in progress. Qué significa ser feminista, cuál es el sujeto político del feminismo, cuál es su principal agenda, cuáles las principales deudas y reivindicaciones, quiénes pueden ir a la marcha del 8M o a los encuentros nacionales de mujeres, son preguntas que los feminismos, en general, se hacen de modo continuo. Y eso es algo que sucede en cualquier movimiento político y que sucedió en el feminismo a lo largo de toda su historia. Ellas se preguntan si vale la pena levantar la bandera del feminismo o ya quedó del lado de “las zurdas”, tomando su forma de mencionarlo. 

¿Qué rasgos fundamentales tiene el “feminismo de las zurdas” que hace que las mujeres liberales-libertarias operen, muchas veces, por oposición? ¿No consideran o sospechan, por ejemplo, que Ni Una Menos tiene un gen liberal, ideológica, política y estéticamente?

CS: Ellas no rechazan el Ni Una Menos. De hecho, muchas se sintieron muy interpeladas por los primeros años del NUM, por ponerle palabras a la pregunta de dónde están las mujeres en muchos ámbitos donde ellas circulan. En los universitarios, escolares, en los clubes de fútbol y en las empresas. A ellas esa pregunta les caló hondo. También por cuestiones vinculadas a la violencia, aunque no la denominen de la misma manera. Por ejemplo, una joven de Santiago del Estero encontró en el significante “acoso sexual” una explicación para lo que a ella y a otras les pasaba en la calle. Sí creen que, con el tiempo, Ni Una Menos se partidizó; según ellas, se “kirchnerizó” y dejó de representar a todas las mujeres. 

El primer elemento del decálogo del feminismo liberal es que “nadie puede arrogarse la representación de todas las mujeres”. Es un elemento muy importante, porque lo que ellas entienden del NUM en particular y del feminismo en general, es que quedó asociado a ciertos conceptos que ellas rechazan. Por ejemplo, a un feminismo estatista. Ellas son anti-Estado, militan por un achicamiento del Estado, por una eficiencia del Estado, y sintetizan esa crítica en el Ministerio de la Mujer, que consideran que no resolvió ni podía resolver los problemas de las mujeres, principalmente el femicidio. Rechazan el victimismo, la idea de que las mujeres necesitan un tratamiento especial, por ejemplo, respecto de las leyes de cupo y paridad para ocupar un lugar. Por un lado, las necesitan, las usan, saben que sin ellas no van a ocupar lugares, sobre todo aquellas que viven en provincias que denominan “feudos”. Al mismo tiempo, se preguntan por la normativa que las ubica en el lugar de la víctima a ser rescatada, y si acaso no les da una falsa sensación de justicia. Tienen posiciones contrapuestas y son, sobre todo, antiperonistas, antikirchneristas, antiprogresistas: rechazan de plano lo que ellas entienden como la factura del feminismo de esos espacios políticos.

MV: Hay un contraste significativo entre la agenda del Ni Una Menos y su deriva como movimiento. También hay una crítica hacia la captura partidaria de la agenda feminista. Se preguntan por qué si van a una marcha feminista, hay banderas a favor de Palestina, una a favor de los jubilados, etcétera. Cuestionan esa concatenación de agendas. 

El libro viene a decir que no todas las mujeres de derecha son iguales. Mostramos las que menos se puede creer que existan; por caso, que haya feministas liberales en el mileísmo. Pero la paradoja es que, cuando ellas hablan del feminismo “de las zurdas”, también abroquelan todas las diferencias de un movimiento que discute todo. Toman distancia pero comparten muchas de las discusiones.

A pesar de las coincidencias, se han estereotipado las unas a las otras en función de esas otras oposiciones ideológicas.

CS: En la conversación que tuvimos en la FED, Verónica Gago nos decía que, tal vez, dentro del feminismo “de las zurdas” también haya mujeres que critican el “estatismo victimista” aunque las liberales-libertarias vean un grupo totalizado.

Unas se definen “femeninas”, otras “de tendencias feministas”, otras “feministas liberales”, todas en oposición taxativa con el “feminismo hegemónico”. ¿Qué observaron estas mujeres en el feminismo mainstream que rechazan? O, más aún, ¿por qué el mainstream las rechaza a ellas?

MV: Nosotras exploramos las diferencias entre ellas, como en cualquier fenómeno político, abordando género, generación y clase. Entonces eso que aparecía como un conglomerado no solo estaba compuesto por mujeres diferentes sino diferentes a partir de estas claves de interpretación. Y en relación al feminismo, las generaciones surgieron como algo muy relevante. Aunque todas participan de la construcción de los decálogos liberales y se reconocen en casi todos sus puntos, unas se dicen a sí mismas “feministas” y disputan el significante, y otras lo rechazan. Las de “tendencia feminista” o las “femeninas” son las que llamamos señoras liberales. Para esas mujeres, de acuerdo a los entornos sociales de los que provienen, el feminismo fue y sigue siendo una mala palabra. Lo que ellas reconocen como algo parecido a la “tendencia feminista” es una incomodidad con su clase o con ser mujeres de su clase. Por ejemplo, una mujer nacida en San Isidro, de alta alcurnia, cuyos padres se separan y, cuando ella dice que quiere ser actriz, su madre le pregunta ¿vos que sos? ¿puta? Ellas señalan una incomodidad con ciertos mandatos sobre lo doméstico, el matrimonio, la maternidad. Las de cuarenta son las que vivieron o protagonizaron el Ni Una Menos, en el sentido de que fue contemporáneo y en algunos casos tomaron parte de esas acciones. Y las jovencitas, las más pibas, ya tuvieron ESI en las escuelas. La relación con el feminismo y el movimeinto feminista está muy signada por esa pertenencia generacional, de clase, y al mismo tiempo por una incomodidad. 

Ante la pregunta de si hay una posibilidad de hacer un estudio con perspectiva de las derechas, nosotras decimos que sí. Porque cuando ellas leen a Agustín Laje, leen una cosa, y los varones que leen a Agustín Laje, leen otra. Y porque cuando estas mujeres se quieren insertar en la política, encuentran lo mismo que una mujer ultra progre, de izquierda o peronista: el diagnóstico es transversal. Y las acciones que toman para empoderar mujeres en política, como ellas dicen, es reunirse y formarse como mujeres para que tengan lugar en el liberalismo —a pesar de que rechazan los colectivos y el colectivismo.

8M 2024.

CS: A lo largo de las entrevistas, nosotras escuchamos que el feminismo mainstream —el de “las zurdas”— además de ser un poco cerrado, se le adhieren significantes como  kirchnerismo, progresismo, Chávez, Maduro, Milagro Sala, Hebe de Bonafini, CFK, etc. Ese combo que se les presenta como un todo homogéneo, así compacto, ellas no lo compran. Por esto mismo, en las marchas del 8M, del 2015 adelante, se sentían incomodadas por los cantitos de “Macri, basura, vos sos la dictadura”, posteriormente “Milei, basura…” y, sobre todo, por los que van dirigidos a ellas: “Como a los nazis, les va a pasar, adonde vayan las iremos a buscar”. Ellas han vivido situaciones de rechazo, de incomodidad. Las invitaron a retirarse, les escupieron los carteles. A raíz de eso, construyeron también un estereotipo de la “feminista zurda” como esa que es intolerante, o expulsiva, a la que piensa distinto. Ellas no lo dicen así pero se refieren a las feministas que tienen la llave de la puerta y definen quién entra y quién queda fuera del feminismo. 

Sobre algunos puntos, como la legalización del aborto y ciertos aspectos de la diversidad sexual, es verdad que hay acuerdos. De todas formas, hay posiciones muy heterogéneas que van de un extremo a otro. Encontramos mujeres pañuelo celeste, y en general son las más grandes. Pero dentro del grupo que está de acuerdo con la legalizacion del aborto, también hay matices. Una de las chicas que vivió el debate por la IVE de verdes vs. celestes en la secundaria, contó que ella tenía una posición neutra. Su mayor preocupación era cómo iba a hacer el hospital de la zona sur del conurbano donde vivía para dar respuesta y garantizar ese derecho, cuando quizás alguien está esperando 12 horas en la guardia con fiebre para que lo atiendan. La pregunta, en el caso de ella, era más por el estado del Estado, como dicen Seman y Welschinger. Algunas creen que el Estado tiene que achicarse completamente y que, en un futuro, la salud debe ser privada y un aborto costeado individualmente. Otra de las chicas nos dijo que si LLA derogaba el aborto, ella se iba a militar con el MST. Estos temas, que para nosotros son tan importantes, para ellas no son el núcleo y aceptan posiciones muy heterogéneas. Los acuerdos no son absolutos. 

MV: Otra cosa interesante es que evocan figuras incuestionadas dentro de espacios políticos que ellas engloban en peronismo, comunismo y progresismo. Dicen que ni Perón, ni Evita, ni el Che Guevara fueron exponentes de las libertades civiles, devolviendo de alguna forma el modo en el que que son tratadas por el progresismo. ¿Por qué Silvia Lospennato, que vota lo que ellas mismas votarían en el Congreso, se convirtió en una aliada? Pero además, ¿en qué momento esa misma figura se volvió en algo monstruoso? 

Por otro lado, hay una subestimación moral de parte del progresismo. “Son tontas”, “Estas mujeres no existen”, lo hemos escuchado en encuentros donde se presentaron adelantos de este trabajo. O como cuando publicamos la nota en Anfibia, donde caracterizaban a estas mujeres como la criada de El cuento de la criada. Eso que parece imposible, que a nosotras nos genera inquietud intelectual, para otros lleva a la ridiculización. Cuando ellas van al 8M,  en 2021 y 2022, disputan su presencia ahí, pero también hay una gestualidad de provocación. Deciden ir con una bandera libertaria, única y diferente al resto de las otras banderas. Ahora ya no van, o van sin banderas o hacen sus propios encuentros. Una de las chicas nos transmitió que le parecía loco ir a una marcha de mujeres y tener miedo por lo que le podía llegar a pasar. 

Estas activistas participan de espacios ubicados en el extremo derecho del arco político y, sin embargo, utilizan el término “derechoso” o “conservador” para caracterizar a otros. Al mismo tiempo, son acusadas por los varones liberales-libertarios de “woke” o “marxistas culturales”. Hay una cita que me gustó mucho: “Si el progresismo le robó las banderas al feminismo, ahora parece que el conservadurismo le robó las banderas al liberalismo”. Corridas por derecha y por izquierda, estas mujeres buscan, de alguna manera, una tercera posición. ¿Cómo describirían la disputa por sus intereses hacia adentro del movimiento liberal-libertario liderado hoy por Javier Milei, que eligió al feminismo como enemigo público? 

CS: Ellas saben que estan en una posición difícil, sobre todo si quieren seguir reivindicando una agenda de mujeres, incluso una feminista. A diferencia de lo que venían haciendo, la bajada de este año fue que el 8M pasara de largo, entonces no hicieron actividades públicas. Pero se organizaron, de todos modos, en actividades cerradas via Zoom. Una de las más jóvenes organizó un encuentro de tiro con otras para conmemorar la fecha, pero sin publicitarlo. Ellas quieren pertenecer y, salvo el caso de Antonella que se retiró, nosotras no vimos mujeres que se estén yendo del mileísmo ni dejando de apoyar a Milei, aunque lo hacen con sus reservas. El Caso Libra generó conmoción, las declaraciones del presidente en Davos también; para ellas el avance conservador es un problema, no es algo que apoyan. 

Fue la metodología con la que trabajamos lo que nos permitió ver a estas mujeres, de otra forma son invisibles —a diferencia de Villarruel, Lemoine, Ponce. Ellas no solo buscan un cuarto propio dentro del feminismo y del liberalismo sino también hacerse ver. Porque ellas pueden juntarse para leer, discutir o pensar cómo avanzar, pero tienen un lugar mucho menor en la agenda.

Carolina Spartaro y Melina Vázquez.

MV: Así y todo, el liberalismo expandido que se personifica en Milei las representa. Aún cuando hay mucho de objetable. Muchas hablan del mileísmo como aquello que se está pareciendo al kirchnerismo, lo definen con una misma palabra: populismo. Ya sea de izquierda o de derecha. Ellas dicen que prefieren votar mil veces a Milei antes que votar a Massa. En el encuentro regional que hicieron por el último 8M, una de las chicas dijo: “Milei se define a sí mismo como liberal-libertario pero en algunos aspectos es conservador y tiene un discurso antifeminista. ¿Qué hacemos las mujeres liberales? ¿Como nos enfrentamos a esa dicotomía?”. El liberalismo sigue siendo el lugar que ellas prefieren y del que se sienten parte. Habitan la incomodidad como una manera de hacer política y Milei es visto apenas como un trampolín para sus ideas. 

Otra de sus características es que su activismo como mujeres liberales está en la intersección entre fundaciones, partidos y universidades. Ellas ven en LOLA —Ladies of Liberty Alliance— un resguardo, no quieren quedar pegadas a las contiendas partidarias, más allá de la afinidad política. Son miembros de partidos distintos que por momentos forman parte de las mismas alianzas y por momentos no. Generan intersección, lo que vuelve todo más interesante y las exime de quedar supeditadas a las contiendas y los conflictos entre partidos.

CS: También tienen temores. Cuando se destapó el Caso Libra, LOLA Perú sacó una publicación que decía: “Libertarianismo no es Milei, Milei no es libertarianismo”. No quieren que Milei se las lleve puestas, no quieren que le digan pedófilos a los homosexuales. Ellas quieren llevar su bandera liberal-libertaria.

MV: ¿Por qué Milei generó tanto atractivo, más allá de estas mujeres? Porque es un outsider, todavía más outsider de lo que era Macri, que fue presentado como el empresario que llegaba a la política para salvarnos de la corrupción y hacer un Estado más eficiente. Milei aparece como un ciudadano —una idea con la que ellos hablan mucho—, un economista que trae conocimiento, que termina de romper todo. Pero los riesgos de que en esa llegada se adquieran los problemas de la casta, por las alianzas con la casta y los problemas propios de la construcción de un partido, también aparece como una posibilidad. Hay un riesgo en la conversión del mileísmo a ser parte de la casta, pero también una oportunidad para que las ideas liberales lleguen a todos lados. Ellas tienen conciencia de que este es un momento excepcional, más todavía las señoras grandes que vivieron lo que era ese liberalismo de 4 o 5 varones en una fundación o un partido que sacaba 1 o 2 % de los votos. A mí me gusta recordar que José Luis Espert sacó menos del 2% en 2019. Ese crecimiento, esa masificación, para algunos liberales es un problema. Milei insulta, es ordinario y les da vergüenza, una vergüenza de clase que aparece con todo el componente plebeyo del mileísmo. 

En el capítulo Merecer el éxito, hay algunas pinceladas sobre las ideas de estas activistas respecto de la “cultura de la victimización”. Refieren que no es suficiente liberarse del marido o del padre, que también hay que liberarse de “la última trampa del machismo”—el Estado— en pos de una independencia económica garantizada por el libre mercado y el emprendedurismo. En este punto, despliegan una serie de imaginaciones respecto a la mujer liberal-libertaria. ¿Cómo es ese ideal? 

MV: Hay un posteo de unas feministas liberales chilenas que plantea que si tu visión del feminismo implica independencia del hombre pero subordinación del Estado, entonces probablemente no seas tan feminista. Habría un momento que se trataría de superar la dependencia con los padres, otro con los maridos y un tercer momento que ellas leen, en términos liberal-libertarios, como la independencia del Estado. Coinciden en este punto con los varones: militan por menos Estado y más mercado. 

Al mismo tiempo, la idea de Estado es muy diferente entre generaciones. Las más jovencitas no hacen un pronóstico o una propuesta político-ideológica sino un diagnóstico práctico a raíz de sus relaciones deficitarias con el Estado. Ahí la cuestión de la clase es muy importante: estas pibas laburan de telemarketers, en negocios de bijouterie, están precarizadas. No dicen simplemente “Hermana, empoderate”, la experiencia es problemática. También hay una aspiración a que el Estado no sólo sea mas chico, sino que funcione mejor. En relación a la vivencia de las más señoras, que tuvieron experiencia en los ochentas, en la UCeDé, en el conflicto con el campo, ven al Estado como aquel que les saca ingresos a través de los impuestos. Quizás la paradoja es que la consigna “Sin padre, sin marido y sin Estado” —que además tiene reminiscencias anarquistas— sea la misma a pesar de las controversias que hay entre ellas. Todas se reconocen ahí.

CS: La independencia, para ellas, es la independencia económica. Por eso le atribuyen tanta importancia al mercado. Y tienen una sensibilidad más contemporánea en relación a las cuestiones de educación financiera, como los libros de Lula Invierte, los cursos de oratoria y negociación de Flor Freijo para que tu jefe te aumente el sueldo, podcasts, newsletter. Ellas hablan de algo que no es un componente mileísta sino algo que hace sentido en el mileísmo y lo excede.

Estas mujeres adhieren cien por ciento a “La mujer independiente”, escrito por Simone De Beauvoir en El segundo sexo, que establece que las libertades cívicas de las mujeres no son tales si no están acompañadas por la autonomía económica, cuyo único garante es el trabajo. Solo cuando la francesa habla del mundo socialista, ellas marcan el límite. Observan una distancia respecto de lo que consideran una lucha de clases y una lucha de genero, pero la idea de que la mujer va a ser libre cuando pueda manejar su economía es algo que trasciende a las mujeres con las que nosotras trabajamos. Por eso nos resultaba tan interesante el modo concreto en que aparece acá. 

MV: Tal vez la diferencia es que estas mujeres lo hacen bandera al decir que aman al capitalismo, lo que puede sonar a provocación. Porque hay un supuesto de que el feminismo de izquierda, progresista, es naturalmente anticapitalista. Lo que también es un supuesto.

Hay muchos puntos en los que se puede coincidir. En mi caso, la posición refractaria respecto a la política de cupos y paridad, a la que ellas, por principio liberal, se oponen, a la que yo considero una medida cuantitativa y no virtuosa. Una de las entrevistadas se queja de que se la pasan hablando de mérito pero, al final, “ponen a las mujeres que se acuestan con el jefe”; otra dice que “si no existiera el cupo femenino, ni les importaría sumar a las mujeres a las discusiones ni al armado político. La dinámica de los varones es cuidar su clan y a las mujeres solo las cuidan si van detrás de ellos”, algo que podría decir cualquier “zurda”. ¿Advierten ustedes, como trabajadoras de campo, que hay en estas activistas una vocación de conformarse menos que en el feminismo mainstream?

CS: A nosotras el tema del cupo y del mérito se nos unió después de un tiempo. Porque escuchábamos las dos críticas. Lo de la “falsa sensación de justicia” —que alegan a las medidas como la ley de cupo— y lo de sentir que tomaban lugares de manera testimonial sin que a nadie le interese lo que tenían para decir. Comparten con otras la dificultad de hacer política siendo mujeres: quedarse para hacer la rosca de la rosca después de la reunión porque tenés que dedicarte a las tareas domésticas, atravesar situaciones de acoso sexual dentro de los espacios politicos, etc. Esa es una experiencia generizada. 

Ellas quisieran ser convocadas por mérito, y tienen mucha voluntad por leer, formarse, encontrar conceptos, armar bibliotecas, tener argumentos, discutir con otros desde un saber político. Y observan que muchas de las mujeres públicas del mileísmo no tienen ese mérito, sino que estan ahí por ser la amiga de, la esposa de, o por ser sexies. Cuando desvincularon a Diana Mondino del gobierno de LLA, estuvieron preocupadas porque ella era una de las mujeres que invitaban a sus eventos. Es una preocupación entendible porque consideran que la política es formación. Así es como la cuestión del cupo se encuentra con la del mérito. De todos modos, tienen un uso estratégico porque saben que de otra forma no tendrían un lugar en la mesa. Las tienen que ir a buscar y eso les cambia el panorama. En una actividad en la que participamos, en diciembre 2024 y de cara a las elecciones de este año, con representantes de diferentes países de América Latina, la representante argentina dijo “tenemos que reunirnos, disputar lugares, construir nuestra propia rosca”. 

MV: Creo que hacen un diagnóstico acorde a su biblioteca. El liberalismo diría que el cupo es un problema porque hay una acción positiva, un privilegio sobre un grupo determinado de personas, sean mujeres o minorías. Pero ellas hacen una apropiación práctica respecto del cupo como trampa. Para nosotras fue muy importante que las entrevistas no fueran ambacéntricas. Buscamos mujeres en distintas provincias que ven que el poder se perpetúa a través de linajes, familias, de esposas y amantes. Saben que las mujeres “llegan” pero por la relación con los varones.

Del otro lado, la paradoja se da en el “No sin mujeres”. Sin embargo, aparecen estas mujeres que dicen o votan cosas que no gustan. Algo que se escucha en muchas conversaciones últimamente, es que ahora a las diputadas se les puede decir sin ningún pudor que son putas y gatos. Como si todas las discusiones que dio el feminismo respecto de no utilizar ciertas adjetivaciones ahora estuvieran habilitadas. 

Las liberales-libertarias a veces usan espejitos que nos ayudan a volver sobre algunas cuestiones. Hay algo de cómo el mileísmo lee el progresismo devenido en gestión pública. Si el kirchnerismo recogió la bandera de los derechos humanos, y si Alberto Fernández dijo “volvimos mujeres”, son entonces impugnados a través de esas dos agendas. Por eso, aunque haya una bajada oficialmente antifeminista, nosotras vemos una sedimentación del feminismo en la conversación y la vida cotidiana de estas mujeres.

¿Con qué ojos ven a Karina Milei? ¿Con qué ojos a Victoria Villarruel?

CS:
Karina no aparece como ninguna referencia. Es la hermana del presidente y eso es algo que no valoran. No es una figura que las represente o aparezca en la conversación. Cuando preguntamos por sus referentes, la respuesta nunca fue Karina. 

MV: A pesar de que la humaniza haber vendido tortas o ser tarotista, algunas de las señoras que van a los cursos de empoderamiento la ven como una grasa. Pero aparte, y esto es algo que ven como un problema en el relevo del kirchnerismo, es que ellas consideran que el capital político no se hereda. Karina no porta el capital político que sí le atribuyen a Milei. Si bien es una Milei, Milei es Milei. 

CS: En el caso de Villarruel es distinto, porque sí la nombran como una mujer que rompió techos de cristal, que está preparada para el rol que ocupa. A pesar de que no es una mujer a la que admiran porque su agenda es más conservadora. No la invitan a los encuentros liberales, sí a Mondino, a Bullrich, a Corina Machado o incluso a Talerico.

MV: A ellas les genera admiración y respeto la mujer poderosa, la que “se la banca”, como Bullrich, Villarruel o Margaret Thatcher. 

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Paula Puebla es autora de Una vida en presenteMaldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Da clases de escritura en NN, hace clínica de obra y colabora en medios. En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.


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