Fue la historia que encendió la furia y la empatía de mujeres en todo el mundo. Ahora, en la primera entrevista de Gisèle Pelicot en el Reino Unido desde que su exmarido fue condenado por drogarla y violarla de manera reiterada, junto con otros 50 hombres, Gaby Wood viaja a París y desentraña el relato de una familia moldeada por la tragedia —y de una mujer sostenida por la esperanza. 

Fotos: Annemarieke van Drimmelen. Estilismo: Kate Phelan.

Un día de mayo de 2024, Gisèle Pelicot cambió de opinión. Durante tres años y medio había convivido con hechos inimaginables: su esposo la había drogado y violado, a veces dos o tres veces a la semana durante una década, y había invitado al menos a 72 extraños a violarla también. Ella no lo sabía en ese momento, y cuando descubrió la verdad, no recordaba nada. Dominique Pelicot ponía con regularidad somníferos y medicación para la ansiedad en la comida, vino o trago de su esposa que la inducían a un estado comatoso: luego fue revelado que las dosis eran potencialmente mortales. 

Como todas las víctimas de crímenes sexuales en Francia, Gisèle tenía derecho al anonimato y había procedido de tal forma que, cuando el juicio comenzara en septiembre, sería a puertas cerradas. Sin público, sin prensa, sin nombres reales. Pero ese día de mayo, caminando por la playa cerca de su nuevo hogar en Île de Ré, en la zona oeste de Francia, se imaginó la audiencia cerrada: de un lado del tribunal, los 50 coacusados que la policía había logrado identificar; su ejército de 45 abogados; su marido y el abogado de este. Del otro lado, solo sus dos abogados y ella, una mujer menuda de 71 años.

Entendió, como diría más tarde, que “la víctima siempre es culpabilizada”,  y que, estando tan superada en número, “no sería más que su presa otra vez”. Sintió que “físicamente necesitaba al resto del mundo”. También pensó que, si no hacía de este un juicio público y no ayudaba a otras mujeres a sentirse menos solas, “me arrepentiría toda la vida”. Ese no era el lugar para el anonimato ni el silencio. Miró el mar y recordó una frase que había oído a mujeres sobrevivientes de violencia doméstica: “La vergüenza debe cambiar de bando”. Decidió que abriría las puertas, desenmascararía a sus violadores y mostraría su rostro.

Cuatro meses después, Gisèle Pelicot cambió la historia: el juicio por violación más grande del que Francia haya sido testigo duró tres meses y medio, dio lugar a una nueva ley de consentimiento y —mientras las sociedades de todo el mundo se preguntaban cómo hombres y mujeres podrían aprender a convivir mejor—  tuvo resonancia mundial. 

Un día gris de mediados de diciembre, cuando nos encontramos en París, le pregunto cómo debería llamarla. “¿Señora Pelicot? ¿Señora Guillou?” Estamos en una casa en el centro de la ciudad, donde ha pasado la mañana siendo fotografiada para Vogue. Antes de que comience nuestra conversación, estoy ansiosa por saber si debería dirigirme a ella por su apellido de soltera, y si preferiría que el nombre de su marido no sea asociado a ella en la conversación de ningún modo. “Gisèle me va bien”, responde con una sonrisa.

La atmósfera en la sala es respetuosa —todos parecen conmovidos de estar en su presencia—, pero hay en Gisèle una luminosidad que ninguno de nosotros esperaba. Han pasado tres días desde su cumpleaños número 73. Sus ojos oscuros brillan y su corte bob recto, del color de una moneda recién acuñada, se balancea mientras habla. Se ha dado a sí misma, como me dirá más tarde, “permiso para ser feliz”.

Está vestida elegante con una chaqueta de gamuza verde oliva y una falda de punto con diseño geométrico. (Durante el juicio, cuanto más sugería la gente que una mujer sometida a semejantes horrores no se estaría preocupada por su apariencia, más desafiante y minuciosa se volvía con lo que elegía ponerse).

Su nueva pareja, Jean-Loup, está con ella, y se miran con una naturalidad afectuosa. Es hermosa. Digo esto no para detenerme en su aspecto, sino para señalar su espíritu: una sensación palpable de libertad y una transmisión casi sobrenatural de optimismo hacia quienes la rodean.

En los últimos once meses, Gisèle Pelicot ha escrito Un himno a la vida junto a la ghost writer Judith Perrignon, memorias que ella describe como “una saga familiar”. Ha aceptado dar algunas entrevistas con motivo de la publicación y, aunque todas deben aparecer simultáneamente en distintos países, una casualidad en los tiempos hace que esta exclusiva en el Reino Unido sea la primera que concede a un periodista.

Soy consciente de ello y siento su peso; le digo que seré cuidadosa, que podemos hacer una pausa en cualquier momento. Al final, solo hay un instante que la lleva a las lágrimas: cuando recuerda la valentía de su madre, que murió de un tumor cerebral cuando Gisèle era niña. Mientras busca un pañuelo, avergonzada y pidiendo disculpas, explica que proviene de una larga estirpe de estoicos.

—“En nuestra familia escondíamos las lágrimas” —dice.

Más tarde me pregunto si mi preocupación dice menos sobre ella que sobre mí: estoy lejos de ser la única que se identifica con ella. Durante meses, frente al tribunal de Avignon, hubo una multitud de personas que la apoyaban y de quienes ella tomó fuerza. Llevaban pancartas, escribían grafitis: “Justicia para Gisèle, justicia para todas las mujeres”. Algunas lloraban.

En cuanto a Gisèle, había hecho un pacto consigo misma: “No tengo otra opción que ser invencible”.

Era un día caluroso de septiembre en el sur de Francia cuando un guardia de seguridad del supermercado E.Leclerc en Carpentras vio a un hombre de cabello blanco filmando en secreto bajo las faldas de mujeres que se inclinaban para tomar productos en los pasillos. Llevaba una cámara oculta en un bolso negro. El guardia alertó a la policía y animó a las mujeres a presentar una denuncia. Una de ellas pensó que quizá el guardia estaba exagerando un poco: cuando vio al hombre que supuestamente las había estado grabando desde abajo, le pareció un “pobre inocente”.

Mientras Dominique Pelicot era interrogado por la policía en Carpentras aquel día de 2020, Gisèle Pelicot cuidaba a sus nietos en Paris. También fue entrevistado por un psiquiatra, quien consideró que Pelicot minimizaba tanto el incidente del supermercado que aconsejó a la policía profundizar la investigación. Comenzaron por confiscar los dos teléfonos móviles que llevaba consigo. Pelicot fue enviado de regreso a su casa, en el cercano pueblo de Mazan, mientras avanzaban las pesquisas.

Fotos: Annemarieke van Drimmelen. Estilismo: Kate Phelan.

Al inspeccionar el segundo teléfono de Dominique Pelicot, el sargento Laurent Perret se sorprendió al descubrir que no tenía tarjeta SIM y solo contenía dos aplicaciones: Skype y Fotos. Al abrir Skype, encontró mensajes intercambiados con 72 hombres, todos bajo seudónimos, incluido uno en el que se detallaba la dosis de somníferos que Pelicot utilizaba para drogar a su esposa. Cuando el sargento intentó acceder a las fotos, sin embargo, comenzaron a desaparecer. Evidentemente, alguien en otro lugar las estaba borrando. Rápidamente puso el teléfono en modo avión para preservar las pruebas que la conexión a internet estaba eliminando.

Cuando Gisèle Pelicot regresó de Paris, Dominique Pelicot sollozaba mientras le contaba sobre su voyeurismo en el supermercado. —“Mais qu’est-ce qui t’a pris?” —recuerda haberle dicho ante su confesión. “¿Qué te pasó por la cabeza?”

Insistió en que pidiera disculpas a las mujeres y que acudiera a un terapeuta. Al mismo tiempo, según recuerda, pensó: “Podría haber sido mucho peor”. Él estaba en tal estado de angustia que creyó que iba a decirle que le habían diagnosticado una enfermedad terminal. Sus pensamientos volvieron a los recuerdos de su madre.

—“Solo la muerte me daba realmente miedo”

Un mes después, Gisèle Pelicot estaba otra vez en París, esta vez con otros nietos, cuando recibió una llamada del sargento Laurent Perret, a quien hoy describe como “extraordinario”. Le preguntó cuándo regresaría a Mazan. El 21 de octubre, respondió ella, y se ofreció a pasar por la comisaría en cuanto volviera. No, no —contestó él. Tenían mucho trabajo por delante y necesitaban más tiempo. Aunque entonces no se lo reveló, Perret y sus colegas habían descubierto más de 20.000 imágenes y videos en los dispositivos de Dominique Pelicot —muchos de ellos en una carpeta titulada “abuso”— y revisarlos llevaba tiempo. Perret dijo que sería mejor que Gisèle acudiera con su marido unos días después, el 2 de noviembre.

(Años más tarde, Perret le diría a Gisèle que no durmió durante esos diez días, consciente del peligro en el que ella se encontraba —y con razón. Se sabría después que Pelicot había intensificado los ataques cuando supo que la policía estaba tras él. Gisèle fue violada el 3, el 10 y el 21 de octubre: todas fechas comprendidas entre su arresto inicial en Carpentras y la cita de la pareja en noviembre.)

El 2 de noviembre, Gisèle Pelicot y Dominique Pelicot fueron juntos en auto a la comisaría, y Gisèle asumía que se trataba de una mera formalidad. Dominique fue interrogado primero y, media hora más tarde, ella fue entrevistada por separado. El sargento Laurent Perret le preguntó a Gisèle por su relación con su marido y si practicaban el intercambio de parejas (“échangisme”). Ella estaba confundida; en absoluto. Entonces Perret le mostró tres fotografías de una mujer inconsciente siendo violada por tres hombres distintos. Llevaba puesto un portaligas que Gisèle nunca había visto.

“Ni siquiera te das cuenta de lo que te están mostrando”, me dice Gisèle Pelicot cuando ya estamos sentadas en nuestros sillones, su forma de conjugar introduciendo una distancia instintiva entre el ahora y aquel momento—. “Te dices: ‘no me reconozco’. De hecho, creo que mi terapeuta me explicó que mi cerebro se disoció. Se desconectó de la realidad y yo regresé a mi vida anterior a ese instante. Quería irme a casa, volver con mi perro… y entonces pensé: evidentemente, él va a volver a casa. Todo esto es una broma de mal gusto, las cosas volverán a ser como eran. Me llevó un tiempo darme cuenta de que no sería así.”

—¿Cuánto tiempo?— pregunto.

—El sargento Laurent Perret y uno de sus colegas me llevaron a casa. Era un desorden indescriptible, porque habían estado buscando sedantes. Me dijeron: ‘No puede quedarse aquí sola’. Así que llamé a mi amiga Sylvie y vino poco después. Se sentó. Y creo que fue entonces cuando pronuncié por primera vez la palabra ‘violación’.

Otros dos hechos resultaron decisivos. (1) Entre las imágenes halladas en la computadora de Dominique Pelicot había fotografías de las esposas de sus dos hijos, tomadas con una cámara oculta cuando salían de la ducha, y dos fotos de su hija, Caroline Darian, dormida, con ropa interior que ella no reconocía. Estas imágenes fueron recuperadas pese a que se había eliminado una carpeta titulada “my daughter naked”. (2) También se supo que Pelicot había sido sorprendido filmando bajo las faldas de mujeres ya en 2010, cuando la pareja aún vivía en las afueras de París. Recibió una multa de 100 euros y Gisèle nunca fue informada de su detención. Sin embargo, una ley aprobada algunos años antes había hecho obligatoria la toma de muestras de ADN para una amplia gama de sospechosos, y el hisopado realizado ese día situó a Pelicot en la escena de una tentativa de violación en 1999: coincidía con una gota de sangre hallada en el zapato de la víctima. (La víctima, que utiliza el seudónimo Marion, tiene la misma edad que la hija de los Pelicot, Caroline).

Estas pruebas nunca llegaron al expediente correcto y solo salieron a la luz durante la investigación reciente, 23 años después de los hechos. Como consecuencia, se reabrieron otros casos sin resolver de la década de 1990. Entre ellos figura la violación y el asesinato de Sophie Narme en 1991, en el que el autor actuó con un modus operandi sorprendentemente similar al del agresor de “Marion”: un hombre con nombre falso reserva una visita a un departamento en Paris; la agente inmobiliaria es una mujer joven, recién llegada al puesto; él la droga, quizá con éter, le ata las manos, coloca con cuidado sus zapatos junto al cuerpo, que yace boca abajo en el suelo. Dominique Pelicot, que en ese momento trabajaba como agente inmobiliario, está bajo investigación oficial por ambos crímenes, lo que extiende la cadena de sospechas a lo largo de tres décadas. Ha admitido el ataque de 1999, pero niega haber cometido el asesinato. El cuerpo de Sophie Narme está siendo exhumado.

Gisèle Pelicot y Dominique Pelicot se conocieron en el verano de 1971. Ella tenía 19 años; él, uno menos. La madre de Gisèle había muerto una década antes y, según sentiría más tarde, eso le dio tanta fortaleza como tristeza. “Ya nada peor podría pasarme”, recuerda haber pensado. Aquel verano de 1971 estaba de regreso en los paisajes de su infancia, visitando a su querida tía entre los castillos del Loire. Su tía había contratado recientemente a un joven electricista y, cuando Gisèle lo conoció, escribe en sus memorias: “Supe de inmediato que iba a amarme”. Ambos habían crecido a la sombra de la guerra; los dos habían dejado la escuela siendo muy jóvenes para empezar a trabajar. “Fue el primer hombre en mi vida, y yo fui su primera mujer también”, me cuenta. Ella y Dominique se convirtieron en amantes y en “gemelos”, aunque por temperamento, dice, ella era optimista y “él tendía a ver las cosas bajo una luz negativa”. Cuando se casaron dos años después, “sentimos que habíamos escapado a nuestra desgracia”.

Dominique había crecido en una castillo en desuso en el bosque, que había sido reconvertido en un refugio para veteranos con discapacidad y enfermedades mentales —su padre era el celador allí, y Dominique era burlado sin piedad por este motivo en la escuela. Sus padres acogieron a un chico para tener un ingreso que los ayudara. Algunos años después, Gisèle y Dominique empiezan a preguntarse si el padre de él abusaba sexualmente de ese niño, y si lo hacía frente a su madre infeliz. “Solo la tiranía mantenía unida a su familia”, escribe Gisèle sobre Dominique.

Durante el juicio, Gisèle supo de cosas de su marido que él nunca le había contado. En un viaje de camping, habia visto a su madre practicarle sexo oral a su padre a la fuerza, con las manos atadas detras de la espalda. Durante una estancia en el hospital, cuando tenía 8 años, Dominique se despertó haciendo arcadas, con el pene de un enfermero en la boca. Mientras trabajaba en una obra en construcción, cuando era adolescente, fue obligado a participar de una violacion en manada. “Cuando descubrí estas cosas, me di cuenta de que era una bomba de tiempo”, dice ahora.

En el momento, no sabía ninguna de estas cosas. La pareja se mudo a las afueras de París, tuvieron tres hijos y, eventualmente, siete nietos (uno nació con su abuelo ya en prisión). Gisèle ascendió en la jerarquía administrativa de la compañía nacional de electricidad y se convirtió en el principal sostén económico del hogar. Dominique tuvo dificultades con su carrera —era electricista, inició su propio negocio, se convirtió en agente inmobiliario, se endeudó—, pero se ocupaba mucho de las tareas domésticas. 

Fotos: Annemarieke van Drimmelen. Estilismo: Kate Phelan.

Con el paso del tiempo, su hija, Caroline, comprendería que Dominique tomó el control de los asuntos domésticos de un modo que desplazaba a su esposa: hacía las compras, preparaba las comidas, abría el correo. Lo que significaba que podía ocultar las deudas, además de darse oportunidades para sus salidas y para la administración de drogas a través de la comida.

En 2013, la pareja se jubiló y se mudó al sur de Francia. Alquilaron una casa amarilla con persianas azules en el pueblo de Mazan, donde el Marqués de Sade también tuvo, en su momento, su residencia familiar. La suya tenía piscina y hermosos jardines. Para sus hijos, Dominique era el padre jovial en la parrilla, que salía a andar en bicicleta temprano por la mañana y pintaba en su tiempo libre. Lo asociaban con bebidas en la terraza y largas partidas nocturnas de Trivial Pursuit en familia. Más tarde quedó claro que Dominique había convencido a Gisèle de mudarse allí con la intención de aislarla. Pero ella no lo sabía entonces. Le diría al magistrado que en los últimos años “hacíamos el amor cinco o seis veces al mes”. “Después de todo, teníamos una buena vida”, dice ahora Gisèle, al mirar hacia atrás su matrimonio. “Creo que él era feliz.”

“Durante 40 años estuve casada con un buen hombre”, continúa, restando los últimos 10 de sus 50 años de matrimonio. “Mis amigas me preguntaban: ‘¿No tiene un hermano?’. Cocinaba, hacía arreglos en casa, era atlético, ordenado; tenía muchas cualidades”. Cuando se reveló la verdad, la gente le decía: “Madame Pelicot, usted estaba bajo su influencia”. Pero ella me dice que no fue así. “Nunca. Químicamente, sí, pero psicológicamente, no. Eso es lo terrible. Preferiría que hubiera sido un bastardo para poder decirme: ‘Lo sabías. Sabías que era un hombre horrible’”.

Durante el juicio, el psiquiatra que examinó por primera vez a Dominique Pelicot sostuvo que tenía una personalidad escindida: que estaba “dividido en dos”. Aunque no todos los peritos coincidieron, a Gisèle eso le resulta comprensible. “Había un lado A y un lado B”, explica, “yo nunca vi el lado B. Solo lo descubrí durante el juicio”.

En diciembre de 2024, Dominique Pelicot fue condenado a 20 años de prisión, la pena máxima por violación en Francia. En su libro, Gisèle enumera las preguntas que le haría a su marido si fuera a visitarlo —algo que muchas personas le han desaconsejado. Entre ellas figuran: “¿Abusaste de nuestra hija?”, “La noche en que volviste a casa llorando, ¿fue la noche en que intentaste violar a aquella joven?”, “¿Mataste?”.

—No he ido a verlo a la cárcel —dice ahora—. Estuvo el juicio y… en realidad, necesito un poco de tiempo antes de volver a encontrarme con él. Pero intento comprender. Me digo: él tenía la llave, podría haber dicho: ‘Voy a buscar ayuda, algo no está bien, ¿por qué soy así?’

—¿Cree que su exmarido es capaz de matar? —le pregunto.

—De verdad espero que no sea capaz de eso —responde—. No tengo la respuesta. Porque sí, está todo este asunto de las sospechas: hay quienes piensan que fue él, pero espero que no sea culpable. Ante todo, pienso en la familia: creo que solo la madre sigue viva; la joven murió hace 30 años. Sé que podrían exhumar su cuerpo. Hay algo que deseo: que encuentren el ADN del hombre que lo hizo.

Si resultara ser su exmarido, sería “otro descenso al abismo”. Pero por ahora, dice Gisèle, “mis recuerdos permanecerán. En cierto momento, uno resurge de las cenizas, pero no puede borrar el pasado. Es parte de nosotros”.

Los crímenes de Mazan podrían entenderse como dos casos entrelazados: uno doméstico, otro social. En el primero, el perpetrador es un hombre que podría interpretarse como un monstruo. En el segundo, los violadores son tan numerosos que cualquier intento de patologizarlos resulta inútil. La magnitud y la diversidad de los cómplices de Dominique Pelicot mostraron la terrible banalidad de sus actos y lo fácilmente que la sociedad los perdonó. “Cada día la gente me agradece mi valentía”, dijo Gisèle en el tribunal. “Quiero decirles que esto no es valentía, sino una profunda urgencia y determinación por cambiar nuestra sociedad patriarcal y sexista”.

Entre los 50 coacusados que comparecieron ante el tribunal, los denominadores comunes escaseaban. (Uno de los 53 hombres identificados fue juzgado en ausencia; uno murió de cáncer y otro se suicidó antes de que comenzara el juicio). Sus edades iban de 26 a 74 años (uno tenía 22 en el momento del delito). Sus abogados defensores retrataron a algunos como víctimas de abusos en la infancia, a otros como adictos. Algunos habían pasado su niñez en instituciones, otros habían vivido en la calle. Pero no era así en todos los casos. Variaban en clase social, origen étnico y nivel educativo. Algunos tenían antecedentes de violencia doméstica; otros poseían imágenes de abuso infantil y uno había cumplido condena por violar a su hija de 17 años. Uno drogó y violó a su propia esposa siguiendo instrucciones de Pelicot, a quien se la ofreció; otro propuso a su madre como posible víctima. Uno, que regresó seis veces, era seropositivo (Gisèle dio negativo más tarde). Si hubo rasgos particularmente llamativos, fueron que muchos eran profesionales encargados de velar por la vida pública —enfermeros, bomberos, un funcionario penitenciario, un periodista, un soldado—; que dos tercios eran padres; que la mayoría vivía en un radio de 50 km de la casa de Gisèle; y que afirmaban no haber tenido intención ni conciencia de cometer una violación. Aunque algunos dijeron que notaron que algo no estaba bien, ninguno dio la voz de alarma. Lo que estaba en juicio, dijo Gisèle, era “la cobardía”.

En diciembre de 2024, todos los coacusados fueron condenados y recibieron penas de entre tres y quince años. Muchos seguidores del juicio consideraron que eran demasiado leves. Seis ya habían cumplido su condena en prisión preventiva y quedaron en libertad; 17 intentaron apelar y uno de ellos, Husamettin Dogan, siguió adelante, prolongando el tormento de Gisèle un año más. “Creo que aún no entienden”, me dice. “La mayoría no comprende que eran violadores.”

Fotos: Annemarieke van Drimmelen. Estilismo: Kate Phelan.

El fiscal del juicio de apelación, celebrado en Nîmes el pasado octubre, recomendó que la pena de Dogan se incrementara, bajo el argumento de que su negativa a reconocer el delito respaldaba no solo un ataque contra una mujer individual sino “todo un sistema social sórdido”. A diferencia del primer juicio en Aviñón, presidido por cinco magistrados profesionales, la apelación fue juzgada por un jurado. Cinco hombres y cuatro mujeres ampliaron la condena de Dogan de nueve a diez años.

Pese a esta experiencia, Gisèle advierte contra generalizar sobre todos los hombres. “El hecho de que esto me haya pasado y que hubiera 51 degenerados en la sala —más, al menos, 20 más— no significa que tengamos que poner a todos los hombres en la misma bolsa”, dice. “Muchos hombres se cuestionaron a sí mismos a raíz de este juicio. Se preguntaron: ‘¿Somos indignos, como hombres, si estos hombres fueron capaces de hacerle eso a esta mujer?’ Un hombre se me acercó fuera del tribunal en Aviñón y me dijo: ‘Sabe, me avergüenza ser hombre’. Le respondí: ‘No, no todos los hombres son así, y estoy segura de que usted no lo es.’”

La historia de la misoginia en Francia va desde el trato brutal a Juana de Arco y las mentiras lascivas sobre María Antonieta hasta las novelas de Michel Houellebecq y la adopción tardía del #MeToo. Dominique Pelicot afirmó durante el juicio que “no se nace perverso, se llega a serlo”, una torsión del célebre dictum feminista de Simone de Beauvoir. Su abogada, Béatrice Zavarro, intentó demostrar que su pasado lo había formado, pero la referencia encerraba una ironía cruel. El punto de De Beauvoir —“no se nace mujer, se llega a serlo”— era que la biología no es destino y que la feminidad se construye dentro de parámetros fijados por los hombres. El caso Pelicot demostró que esa idea sigue siendo tan pertinente hoy como cuando ella la escribió en 1949.

En Francia, el 94% de las violaciones no se judicializan, y antes de 2021 no existía una edad de consentimiento: el sexo con un menor de 15 años era ilegal pero no se clasificaba como violación. En el momento del juicio de Mazan, el consentimiento no formaba parte de la definición legal de violación. Lo que debía probarse era “violencia, coacción o sorpresa”.

Esto permitió que los acusados —muchos de los cuales ni siquiera recordaban si habían visto el rostro de Gisèle— eludieran la cuestión, pese a las pruebas en video. Varias abogadas defensoras eran mujeres (que atacaron a Gisèle con una dureza que aún no logra comprender) y una de ellas fue suspendida después de publicar un video en redes sociales en el que se refería a Gisèle gesticulando al ritmo de “Wake Me Up Before You Go-Go”.

Prácticas sexuales como el intercambio de parejas y el BDSM se engloban en Francia bajo el término “libertinisme”, lo que les otorga una pátina filosófica. Varios acusados dijeron tener experiencia en el ambiente swinger y afirmaron que era normal que el marido haga los arreglos. No creían necesitar también el consentimiento explícito de la esposa.

La cuestión del consentimiento llevaba años debatiéndose entre legisladores y, al fin, precipitada por el caso de Gisèle y casi un año después de que terminara su juicio, la ley cambió. Desde octubre de 2025, en Francia se entiende por violación cualquier acto sexual no consentido. Como señaló un legislador, la nueva definición llevó al país “de una cultura de la violación a una cultura del consentimiento”.

Sin embargo, Gisèle sugiere que, así como recibió cartas de apoyo internacionales durante el juicio, las actitudes misóginas que el caso puso en evidencia existen “en todo el mundo”, no solo en Francia. Semanas después de nuestro encuentro, Philip Young, exconcejal conservador de 49 años en Wiltshire, se declaró culpable de drogar y violar a su ex-esposa durante 13 años. Otros cinco hombres también fueron acusados de delitos sexuales contra ella. Posiblemente inspirada por Gisèle, Joanne Young renunció a su derecho al anonimato.

Gisèle siente cierta empatía por las mujeres vinculadas a sus violadores —esposas, parejas, madres—, todas las cuales abandonaron la sala cuando se proyectaron los videos. “Esas mujeres son como yo, porque están en negación”, reflexiona. Imagina sus circunstancias económicas y los hijos que crían. No es fácil, dice, divorciarse cuando se depende económicamente de un hombre. “Les diría: estén atentas.”

Un elemento clave de los crímenes de Mazan fue un sitio web, coco.fr, que luego pasó a un dominio en Guernsey. Dominique Pelicot reclutaba hombres en una sala de chat llamada “sin su conocimiento”. Fundado en 2003 y cerrado en 2024, Coco era un espacio donde la gente se reunía de forma anónima y ejercía sus prejuicios y deseos con impunidad. Estuvo vinculado a 23.000 causas penales en Francia: tráfico de drogas, agresiones sexuales, ataques homófobos, pedofilia, prostitución de menores y asesinato. (Los magistrados del juicio Pelicot se refirieron erróneamente a Coco como un “sitio de citas”). Su fundador, que había adquirido la ciudadanía italiana y se había mudado a Bulgaria, fue detenido en enero de 2025 por múltiples cargos —complicidad en tráfico de drogas, distribución de pornografía, lavado de dinero— que él niega.

Gisèle señala que muchos sitios similares siguen existiendo y trascienden las fronteras francesas. “Coco cerró, pero ¿cuántos más han reabierto en la sombra?”, dice. “Hay muchos, en todo el mundo. Es una verdadera maldición. Hay que cerrarlos.”

¿Qué más puede hacerse? “Tenemos que educar a nuestros hijos”, afirma. “Debemos protegerlos, amarlos y educarlos, porque eso creará el mundo de mañana. Sabemos que niños de nueve o diez años tienen acceso a imágenes pornográficas abyectas y espantosas. ¿Qué le hace eso a la mente de un niño? Niños y niñas deben aprender a convivir y a respetarse porque somos iguales. Siempre se ha considerado a las mujeres inferiores, es lo que la sociedad ha querido. Una mujer no es un objeto, es un ser humano”. Gisèle se muestra esperanzada: “Tengo fe en la humanidad. La sociedad cambiará para mejor.”

Hay una pregunta que se le formula a menudo: ¿cómo pudo no saber lo que le estaba ocurriendo? No solo la hacen sus detractores, sino también mujeres que proyectan en ella la memoria que guardan sus propios cuerpos.

“Hoy hay mucha gente que llega a decir: ‘¿Pero cómo no pudo darse cuenta?’”, me dice. “Dicen: ‘Es extraño; si me hubiera pasado a mí, lo habría notado’”.

La palabra francesa que utiliza para describir sus desvanecimientos es “absence”. Gisèle no notó que su marido le infligía daños rituales durante una década porque estaba ausente.

Dominique Pelicot le administraba con regularidad entre cuatro y diez comprimidos del ansiolítico Ativan y cuatro veces la dosis recomendada de Ambien, un somnífero. “Es aterrador pensar en las dosis”, dice. “Te preguntas cómo el cuerpo puede soportarlo. No creo que hubiera podido prolongarse mucho más”. A veces era “una muñeca de trapo”; las violaciones ocurrían en ese estado. Otras veces era como caminar dormida: una vez fue a cortarse el cabello y la peluquera temió que estuviera sufriendo un derrame cerebral. En otra ocasión, su hijo menor, Florian, la vio quedarse con la mirada vacía y el codo deslizarse del apoyabrazos, como hipnotizada. Dominique le había llevado una copa de rosado poco antes. “No te preocupes, estoy acostumbrado”, le dijo, “solo está cansada.”

Dominique Pelicot declaró en el tribunal que su fantasía era “hacer que una mujer no sumisa se sometiera”. En realidad, sus actos fueron más allá, hacia la degradación deliberada. Les decía a los desconocidos que invitaba que quería vengarse de una aventura que ella había tenido décadas antes. Noche tras noche, le arrebató todo control sobre su cuerpo. Y luego trabajó sobre su mente.

Cuando Gisèle advirtió sus lagunas de memoria —a menudo no podía explicar días enteros— consultó a neurólogos. ¿Alzhéimer? ¿Un ictus? ¿Un tumor cerebral como el que había matado a su madre? Las opiniones divergían. También tuvo problemas ginecológicos. No le hicieron pruebas de enfermedades de transmisión sexual hasta que la policía descubrió lo ocurrido, y entonces se constató que vivía con las consecuencias permanentes de cuatro. Esta búsqueda que amenazaba su cordura duró casi una década, con Dominique llevándola a cada consulta y desviando sospechas. “Mi cuerpo me decía lo que ocurría, pero yo no podía comprender su mensaje”, escribe.

¿Qué fue peor —le pregunto—: los crímenes contra el cuerpo o contra la mente? “Creo que las cicatrices físicas pueden sanar más rápido, quizá. La mente… es complicado. No es el mismo dolor. El dolor del alma es más difícil de manejar.”

Hablamos de la relación con su cuerpo: de la madrastra que la hizo sentirse fea; de cómo ocultaba sus pechos en la adolescencia cuando todas querían parecerse a Twiggy; de crecer con “un pequeño complejo”; de conocer a Dominique y sentir en su mirada: “Sí, sos linda, después de todo.”

Hay un pasaje de sus memorias que intentó eliminar. Narra una aventura de tres años con un colega llamado Didier, iniciada cuando Gisèle cumplió 35 —la misma edad a la que murió su madre. “Descubrí nuevas sensaciones”, escribe, “entre ellas, mi primer orgasmo”. Después de contarlo a su coautora, quiso retirarlo. Finalmente, su nueva pareja, Jean-Loup, la convenció de dejarlo. Llama la atención que fuera él quien la animara a reinstalar la historia de su placer. Gisèle se describe como “una mujer modesta”. Los videos de su violación se mostraron en público, sin embargo, ese detalle íntimo le parecía excesivo.

No puede contar —ni quiere— las miles de cartas de apoyo recibidas de todo el mundo, incluso de la Reina. Algunas iban dirigidas simplemente a “Gisèle Pelicot, Aviñón” y le llegaron. Ha sido condecorada con la Legión de Honor y figura en listas de personas influyentes. Se ha convertido en una especie de mártir pública. “¡Como si fuera la Virgen María!”, dice con risa perpleja.

Ha dejado atrás la palabra “víctima” y rechaza “heroína” e “ícono”. “Sobreviviente’, sí, porque si él hubiera continuado no creo que estuviera aquí hablando con usted. Pero prefiero ‘símbolo’, porque lo que valoro es haber dado voz a las mujeres”.

Sabe que más de 20 de sus violadores siguen en libertad; esa notoriedad puede ser ambivalente. Un día, al inicio del juicio, un hombre pagó su cuenta en un restaurante de Aviñón. De pronto, pensó: “¿Y si es uno de mis violadores que nunca fue detenido?”. Luego se dijo: “Basta. Te estás volviendo loca.”

El sargento Laurent Perret llegó a pensar que, al descubrir los crímenes de Dominique, “salvó a una víctima pero destruyó una familia”. Gisèle y sus hijos han asimilado los hechos a ritmos distintos. Ella pudo divorciarse; ellos no pueden divorciarse de su padre. Caroline, que se parece más a él, ha escrito dos libros bajo el seudónimo Caroline Darian y creó la organización #MendorsPas (“No me duermas”) contra la “sumisión química”. Convencida de que su padre la drogó y quizá la violó, vive en la incertidumbre de lo no probado. Tras el juicio, se distanció de su madre por considerarse “la víctima olvidada”.

Gisèle reconoce que su relación con Caroline es “terriblemente complicada”. “Mi deseo es que su sufrimiento disminuya con el tiempo”, dice. “Ser positiva no significa olvidar ni perdonar. Significa luchar para que no ganen, para que no destruyan a todas las generaciones.”

Sigue cercana a Florian. Años atrás, al revisar la computadora de su padre, encontró una carpeta titulada “Las bombachas de Martine”. Estaba vacía. La identidad de Martine sigue siendo un misterio.

En junio de 2023, un año antes del juicio, Gisèle conoció a Jean-Loup, un ex-azafato de Air France, en la Île de Ré. Ambos tenían un bulldog francés y gustos musicales similares. Él sabía lo ocurrido y venía de años duros: había cuidado a su esposa hasta su muerte. Se acercaron con cautela. “Si me hubieran dicho que encontraría el amor a esta edad, no lo habría creído”, dice Gisèle. “Las mujeres de mi edad todavía tenemos derecho a la felicidad.”

¿Cómo volvió a confiar? “Tengo total fe en él. Eso no puede pasarme cada cinco minutos. No todo el mundo está torcido.”

En su libro llama a su ex-marido Dominique, pero al hablar se refiere a él como “Señor Pelicot”. “No por respeto”, aclara. “Es para marcar distancia. Pero también para decir que sigue siendo un ser humano. Puede que digan que es un monstruo; para mí es un ser humano, pese a lo que hizo.”

¿Cree en el mal? “No quiero pensar en el mal. Creo que hay personas con malas intenciones”.

¿Lo perdona? “El perdón es muy difícil para mí. Incluso imposible. Pero no quiero vivir en el odio. Donde está ahora, está pagando su deuda con la sociedad”.

A menudo usa la palabra “impensable”. Nadie podía imaginar que aquellos crímenes fueran la causa de sus síntomas. Pero quizá también signifique que no ayuda quedarse pensando en ello.

Me impresiona que diga que Jean-Loup es solo el tercer hombre con el que ha dormido, pese a saber que fue violada por decenas; que se avergonzara en el tribunal porque la oían roncar en los videos; que, al hablar de un posible asesinato, pensara en el cuerpo de otra mujer y no en el suyo, puesto en riesgo tantas veces. Podría llamarse negación. Pero también puede ser una voluntad deliberada de recuperar su agencia. Al contar su historia así, restituye su vida consciente al registro. No será definida únicamente por lo que le hicieron mientras estaba inconsciente.

En su vida privada, ha retomado su apellido de soltera, pero mantiene Pelicot en lo público para resignificarlo para sus nietas. “Quiero que estén orgullosas de llevar el nombre Pelicot. La gente recordará más fácilmente a Gisèle Pelicot que a Dominique Pelicot.”

Cuando salimos a la calle aún hay luz y el aire es suave. “¿No soy afortunada de poder vivir esto?”, dice sonriendo. “Las pequeñas alegrías cotidianas que hacen un día como hoy: es magnífico.”

—¿Se considera, en efecto, afortunada? —pregunto.

—Sí. Creo en las fuerzas del universo. Estoy convencida de que algo me protegió porque podría haber muerto cien veces. Si no hubiera perdido a mi madre, quizá no habría conocido al señor Pelicot. La vida decidió otra cosa, así que acepto la trayectoria. No tengo arrepentimientos. Cuando me miro al espejo me digo: ‘Estamos bien, vos y yo. No es tan terrible, después de todo’.

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Vicky Sosa Corrales es licenciada en Ciencia Política y trabaja en comunicación. Es asesora de imagen profesional y colabora en distintos medios. Creó y escribe el blog de moda y política @realpolitichic. Junto a Paula Puebla es CEO de Vayaina Mag.





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