─Si llega a venir la policía debes decir que eres voluntario, ¿vale? Que no percibes dinero.
Así me dijo Berta, mi primera jefa en Barcelona. Era el 2021, yo había llegado hace dos meses a vivir a la ciudad, estaba tramitando mis papeles y ese día conseguía mi primer contrato de trabajo en Solidari: una cadena de librerías que el padre de Berta había fundado y ella, como buena catalana, continuó. Era un contrato de “voluntario”, debía cumplir un horario, igual que cualquier trabajador, pero sin seguridad social, sin cobertura médica y ganando menos de la mitad del sueldo mínimo. Dinero que se nos entregaba por debajo de la mesa, como el bolero de Luis Miguel, en una bolsita ziploc.
Aunque estas prácticas laborales, en la idealización europea que como buen latinoamericano albergaba, me resultaban, a lo menos, curiosas, permitían que yo y otros chilenos, venezolanos, colombianos, peruanos y mexicanos, pudiéramos trabajar sin tener papeles. Y, de paso, contribuir a una causa noble. Esto porque Solidari era una librería cuya diferenciación estaba en la venta de libros usados que la gente donaba, y los donaba con gusto, ya que el dinero iba destinado a organizaciones de ayuda social.

Comencé en la sucursal del barrio Les Corts, más tarde me pasaron al puesto de libros del metro Diagonal de la Línea 5. Este puesto, o chiringuito que sería el término preciso, consistía en ocho pesadas planchas de madera sostenidas sobre caballetes que debíamos montar todas las mañanas y desmontar todas las noches. Sobre ellas, varios exhibidores colmados de libros, categorizados en novel-la negra, novel-la catalana, novel-la espanyola, novel-la estrangera, novel-la llatinoamericana, ciencia ficció, filosofia, poesia, autoajuda…, libros cuyos valores no superaban los 6 euros.
Antes, cuando me hablaban de una librería de usados, de inmediato se me venían a la cabeza las librerías de calle San Diego, en el centro de Santiago, o esas de Valparaíso donde reinaba el caos y los libros de hojas amarillentas con el lomo roto. Alguna rareza descatalogada se podía encontrar o alguna joyita como sacada de debajo de los escombros de un edificio demolido. Textos en su mayoría hechos polvo, pero que de repente a alguien le apetecía revisar. No era este el caso. Aquí los libros eran nuevos, con la única diferencia de que algún ser humano los había leído. O los había comprado y ni siquiera los había terminado de leer. Compactos Anagrama, lo último de Random, Periférica, Acantilado, Proa, Cátedra, Debolsillo.
Una de nuestras labores consistía en pegar una etiqueta con el precio en las portadas, de acuerdo a un criterio más o menos compartido. Los primeros libros que tuve frente a mí fueron Leviatán, de Auster, uno de Judith Butler y La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Acostumbrado a mi país, donde los índices de lectura están por los suelos pero aun así los libros siguen siendo muy caros, tomé las etiquetas para ponerle un 6 al libro de Kennedy Toole. Estaba en eso cuando el colega venezolano con el que trabajaba se acercó y me dijo: muy caro, ponle un 4. ¿4 euros…? ¿A La conjura de los necios…? 6 ya es muy barato. El venezolano asintió. A él, con un doctorado en literatura por la Universidad de Barcelona como varios otros colegas igual de precarizados, también le gustaba la novela y entendía mi resistencia. Acordamos ponerle 5. Era sorprendente. Todos los días llegaban mejores libros que el día anterior.


El primer título que me llevé fue Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela, que en Chile solo se podía conseguir importado, a 25 euros. Aquí estuvo a 4 una semana y, a la siguiente, como nadie lo compró, pasó a integrar las cajas de reciclaje, es decir, los libros que se iban a la papelera (del reciclaje rescaté casi toda la obra de Stendhal y varias novelas de Kawabata). Lo interesante es que al ser libros que la gente donaba después de haber leído, se podía establecer con bastante certeza qué se leía y qué no. Por ejemplo, la literatura latinoamericana que llegaba era principalmente Isabel Allende seguida por García Márquez, Cortázar, Borges, Vargas Llosa —que, hasta que se murió, nadie lo compraba— algo de Fuentes, algo de Sábato, de Puig y Esquivel. Los huecos en la repisa los rellenábamos con algún Pron, alguna Restrepo, alguna Belli o algún Villalobos que llegaba de rebote y que, luego de juntar polvo durante un mes, pasaba al sector de reciclaje.
El vendedor que me hizo la inducción para el chiringuito fue un señor que llevaba varios años trabajando en Solidari, ostentaba el título de ser uno de los mejores vendedores. Yo situaba en la zona más alta del exhibidor a los consagrados, a los que uno siempre vuelve: Carver, Woolf, Cheever, Oé, Coetzee… pero quizás el lector del metro de Barcelona, que al paso se llevaba un libro por 4 euros, prefería leer autores y autoras catalanas, Mercé Rodoreda, Montserrat Roig, Juan Marsé… Estaba dispuesto a aprender.
─¿Juan cuánto…? No, no. Libros llamativos ─me dijo.
¿Libros llamativos? La Nueva novela es un libro llamativo, pensé, aunque no me quedaba muy claro. Enseguida señaló varios volúmenes de tapa dura tipo Los pilares de la tierra, de esos que uno lleva en la maleta y te cobran sobrepeso. Stephen King, Idelfonso Falcones, Ken Follet, la saga Crepúsculo, títulos y autores que no tenían ninguna relación salvo la edición tipo tocho. Para el mejor librero de Solidari, un libro llamativo era cualquier huevada grande, tapa dura, con portadas coloridas y un título de alto contraste en medio. Levantó un ejemplar del Código da Vinci. Lo zarandeó de arriba a abajo como si le tomara el peso y le puso una etiqueta de 7. Luego agarró Stoner, la edición del 50 aniversario. Lo miró, lo movió un poco: un 4. Nada de esto me cabía en la cabeza, pero de alguna forma lo terminaba por aceptar.


Muchos clientes, buenos lectores, seleccionaban las novedades y se llevaban cinco o seis libros por un precio que en una librería cualquiera alcanzaría para uno. Entablé amistad con varios de estos clientes. Conversábamos de libros, me recomendaban autores locales de los que nunca había oído y tomaban nota de otros que yo les compartía. Se pasaba bien.
Eso hasta que un día nos cayó Hacienda.
Dos funcionarios acompañados de dos policías entraron a la tienda y exigieron nuestra documentación, el talonario de boletas, el libro de reclamaciones, los balances y varias otras cosas de las que nunca había escuchado. Mientras me conminaban a abrir los cajones, mis ojos se concentraron en un punto detrás de ellos, específicamente en la salida al fondo del pasillo, por donde mis colegas libreros huían en tropel como si se tratara de una redada del ICE. Fue ahí cuando me acordé de la frase clave, la que me habían hecho aprender el primer día.
─Soy voluntario ─dije a pito de nada. Me había entrenado para ese momento.
Los funcionarios se miraron.
─¿Voluntario de qué?
Pero esa parte no la había estudiado.
Se destapó que Solidari acarreaba deudas millonarias. Berta le debía a cada santo una vela, cargaba con no sé cuántas denuncias debido a su provechoso sistema de explotación al migrante, había desfalcado dinero de la familia (ya se imaginarán lo feliz que estaba esa familia) y de Solidari la librería solo tenía el nombre. O, para ser justos, Berta había decidido destinar toda la solidaridad a su propio bolsillo. Un periódico local cubrió la noticia: “Falsos contratos de voluntarios en una ONG para ayudar a los más vulnerables”. Todo era una ficción y nosotros, Latinoamérica unida, sus comic reliefs.
Quedamos de patitas en la calle, sin un peso y sin un plan B, aunque con muchos libros, eso sí. Los mejores libros que pudimos cargar en nuestras manos el día que Solidari bajó la persiana.
Berta se hizo humo. Nos quedó debiendo dinero y nunca más respondió el teléfono, ni el correo ni el Whatsapp. Desapareció. Algunos decían que había ido a parar a una clínica psiquiátrica, otros, que se había ido a vivir a una masía en el Montseny. Otros aseguraban que había cruzado el Atlántico, que se había arrancado con las lucas a la Patagonia, que se había cambiado de nombre, que estaba armando una librería en un palafito y que buscaba voluntarios. Esta es, al día de hoy, la versión que más me convence.
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Ricardo Elías (Santiago de Chile, 1983) es autor de la novela A la cárcel (Alto Pogo, 2018), traducida al francés por Éditions de l’Arbre vengeur, Expediciones al núcleo de la zoología moderna (Libros del Fuego, 2020) y Los frustradores (Alto Pogo, 2025). Actualmente reside en la ciudad de Barcelona.







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