Nancy me llevó a conocer la ex-ESMA, el otro día. Lleva a sus alumnos del colegio todos los años. Le dije a M., días después, que él y C. tenían que ir a visitarla. Que el lugar es horrible y hermoso.

—Es  bueno  —le dije— dejar de mirar los horrores, y por una puta vez sentirlos.

En el recorrido, Nancy me cuenta cosas. De la ESMA. Del funcionamiento. Del salón de actos enorme del Pabellón Central, de los alumnos. El lugar se cae un poco a pedazos porque el gobierno no quiere poner un peso ahí. Me cuenta de la Casa del Almirante y la amiga de la hija que declaró en los Juicios. De algunos nombres propios, como el del fotógrafo Víctor Basterra. Actúa como guía turística, pero es más bien una guía a secas, sin adjetivos. Un puente que une, para mí, el pasado y el presente. 

Mientras pasamos por la marca que dejó la puta cadena de la torre de vigilancia en la calle de asfalto de la zona que lleva al Casino, la zona prohibida en esa época para el personal no autorizado y alumnos de la escuela, después de dejarla caer una y otra y otra y otra y otra vez durante años sellando condenas, me cuenta que muchos chicos y chicas, sus alumnos, en el medio del recorrido o después, se largan a llorar. Les agarra una angustia tremenda. Sus alumnos son mayores de 15 años, por lo que están habilitados a entrar y conocer el Casino de Oficiales y saber los métodos de tortura con los detalles que contaron los sobrevivientes. Nada se edulcora. Por qué habrían de, además. Y puedo entender intelectualmente, en ese momento, por qué unos pibes y pibas de quince años se echarían a llorar por las tragedias que unos seres humanos infligen a otros. 

Cuando tenía diecisiete, en mi colegio, un profesor nos explicó cómo funcionaba el método de la desaparición, cómo hacían para sembrar el terror en cada persona. Y nos explicó un método de tortura. Uno solo. Jamás me lo voy a olvidar. Pero no lo entiendo —visceralmente— hasta que subimos al altillo del Casino.

Es todo esplendoroso, el Casino, grande, de madera recubierto, mármol carísimo, fino al estilo europeo. Algo hecho para durar mucho tiempo. Puedo hasta ver las estelas de los altos rangos charlando y tomándose un whisky caro. Una casita de los horrores con música y risas de fondo. Algo nice, así en inglés. Había un ascensor acá, me dice Nancy, junto a las escaleras. Lo arrancaron cuando vino la Comisión de Derechos Humanos, seguro tu mamá que es arquitecta podría ver mejor las marcas que nosotras. Es raro, la estructura, marcas en la pared. Como las ventanas del otro lado del edificio que taparon casi a la mitad y arquitectonicamente no tiene sentido. Unas ventanas preciosas en arcos, que había que tapar porque todos describían una galería, no un pasillo más. Aire, aire, aire, no tenía que haber más aire. Hay también un cartel que dice Capucha, Capuchita y flechas indicadoras. Blanco sobre negro. Sencillo. Cuando la miro a Nancy para preguntarle qué mierda significan esas palabras, ominosas, grandes, dos palabras inofensivas  —todos usamos campera con capucha alguna vez—, su mirada me dice esperá. Igual soy ansiosa, la sensación de un abismo en el medio del estómago, y hago caso omiso a su pedido. Le pregunto: ¿Capucha? Su respuesta es simple, otra vez: Ya vamos a llegar.

Subimos las escaleras-del-ascensor-mutilado y ni siquiera es como cruzar un umbral. Apoyás los pies y ya está. No hay monstruos, no hay terrores cósmicos, no hay fantasmas. Hay una huella de la violencia extrema y la deshumanización como herramienta eficaz. Nada más. Y ahí entiendo, visceralmente, en las tripas, más adentro, en el tuétano, más adentro, atrás de la nuca, abajo de la clavícula, por qué estos pibes se largan a llorar.

Vos te parás ahí, en el medio de los pasillos del altillo, con el techo a poquísima distancia de tu cabeza, sobre una empalizada de madera que sirve para no pisar el piso y rechina. Y estás ahí, cincuenta, cuarenta y nueve, cuarenta y siete, cuarenta y cuatro años en el futuro, en el medio del horror. Y lo sentís.

Eso.

Escuchás las voces de los sobrevivientes que declararon en el Juicio a las Juntas, videos que se despliegan en las paredes de un lugar que habitaron a la fuerza. Donde no fueron humanos. Lees los métodos, con precisión, descriptos y dibujados por ellos mismos, lo que veían a través, debajo, de la capucha. Qué escuchaban, qué olían, sintetizaban. No hay sol. Hace un calor infernal. Canta el tren Belgrano, los pájaros, los aviones que aterrizan en Aeroparque y fue la pista que los orientó en tiempo y espacio, la risa de unos niños. Hay un colegio a metros. 

Te empieza a invadir un malestar en el cuerpo, que no empieza en ningún lugar particular. Está en todas partes al mismo tiempo, pero hay uno que persiste y es el dolor punzante, dirigido, palpable, en la nuca. Dolor de cabeza. Después de un tiempo siento que me late la frente. No me atrevo a sacar fotos. No es un lugar para andar pavoneándose con la pantalla negra de acá para allá, no siento comodidad en sacar el celular que guarda Nancy en el bolsillo del pantalón porque los míos son demasiado pequeños. No entra en el cuerpo, sea lo que sea que esté pasando, y entonces encuentra recovecos de explosión incómoda que se manifiestan en dolor. No es una tumba, no es un mausoleo. No sabés qué es.

Y en conjunto con las venas que tiemblan, el cerebro labura a la par. ¿Cómo, cómo, cómo? ¿Por qué, por qué, por qué? Leo que durante unos Reyes, un tal Pablo los dejó sacarse la capucha, como regalo. Que se vieran a los ojos y pudieran hablar cara a cara, sin miedo a represalias. Se los había prometido si estaba de guardia él esa noche. ¿Estamos todos desquiciados? Un torturador dejó que su puñado de cosas se vieran un rato a la cara porque era espíritu navideño o qué sé yo qué mierda. Y lo primero que pienso, el instinto que me agarra, es lo que pensará cualquier otra persona que lea esto: qué gesto amable. No. No, no, no es un gesto amable. No es ni siquiera un gesto, es un reflejo. Una alerta roja que enterró y que en ese momento emergió a la superficie. Un impulso social que le habrá quedado a este muchacho, señor, quien carajos fuera este Pablo, un viejo eco de reglas de conducta apropiadas. Estoy feliz, hay que festejar, suenan los villancicos, que se vean un rato a la cara. Listo. Y me agarra una furia que tengo que extirpar moviéndome, caminando, alejándome de esa historia, yéndonos de Capucha y cruzando a Capuchita. 

Hay infiernos dentro de los infiernos, porque en ese altillo dentro del altillo estaban todos más pegados, menos espacio, mientras cagaban a trompadas y le hacían cosas peores a otro. En ronda, y casi en el centro, el cubículo de tortura a puertas abiertas. Mientras miro hacia Capuchita, abajo de la escalerita estrecha, pienso en el video del Juicio, cuando un hombre dice: Capuchita era peor, escuchabas los gritos y lo único que querías era que pararan. Y me quiero reír porque hasta en eso somos creativos como especie, imponemos jerarquías en cualquier pelotudez, incluso en el medio del horror. Yo arriba. ¿Vos? Abajo. ¿Cómo mierda no se van a echar a llorar un puñado de pibes y pibas de quince años ante todo esto? No están viendo el horror a través de una pantalla, no está mediada por nada. Nadie les está contando un cuento de terror, no están invadidos por la premura de lo siguiente. Lo están sintiendo, lo estás sintiendo. Te está gritando encima de los huesos. Te estátaladrando la frente como un tornillo hidráulico industrial. No sé cómo hago yo para no largarme a llorar ahí. Supongo que es Nancy, y su estoico relato de guía que recuerda que la memoria se construye, se pasa, se recita, y con eso quizá impidamos que se repita. Ja. Pero sí es en parte Nancy y su presencia.

Arriba, en ese altillo con sus altillos más pequeños, por alguna razón que no comprendo y probablemente no comprenda nunca, es peor que en el sótano. En los dos lugares te torturaban, pero arriba era peor estar. Supongo que un sótano es cliché, incluso para la maquinaria deshumanizante. Hay que innovar. ¿Quién no teme un sótano oscuro? Pero un altillo es una novedad, un altillo donde se tiraban con la misma soltura gente y cosas. Quizá es porque ahí sí entra el sol y en esa mañana de la visita, está en todo su esplendor, mostrando la carcasa vacía de un lugar que fue modificado muchas veces. Porque por la Patria todo, menos torturar al aire libre. Eso sí que no. 

Me quiero ir, ya. Yo que tengo la oportunidad de salir caminando de este lugar, casi cincuenta años en el futuro, me quiero ir. El latido en la frente acompasa el dolor de cabeza, le da forma, entidad, peso. Acompaña mis pasos. Es el precio que hay que pagar, pienso de repente, para sentirse humana: siempre se pone el cuerpo. Nancy me pasa su botella de agua, me dice con paciencia y cariño, tomate un poco que te va a hacer bien. Le hago caso, y caminamos. En el fondo del rectángulo modificado que constituye lo que queda del sótano hay un panel con las fotos que sacó Víctor Basterra, y su historia. Como obrero gráfico, los Pablos y Pedros lo obligaron a sacar las fotos de los secuestrados y él hacía malabares imposibles para quedarse con los negativos. Para que se supiera lo que pasaba ahí. Imaginate vivir así aunque sea un solo mísero día de tu vida. Miro las fotos de las personas. Les miro a los ojos y pienso en Víctor. Todas esas personas en las fotos ahora están identificadas, pero en ese momento él no se enteraba de sus nombres. Ni quiénes eran. De nada. Secuestrados, sí, secuestrados como él. Pero algo mucho más, mucho más grande, mucho máscomplejo de englobar en unas palabras: compañeros, compañeras, trabajadores, madres, hermanos, sobrinas, hijos, amantes, luchadores, edificadores, soñadores, personas. Seres humanos.

¿Por qué es tan difícil, en esta época, reconocernos? O quizá soy yo la equivocada, y esa no sea la pregunta idónea para plantear. Quizá tiene que ser otra.

Nancy me toca el brazo y sé que llegamos a un punto de quiebre por hoy para ambas. Nos vamos. Solo tengo una palabra para ella, por mostrarme y enseñarme y contarme y acompañarme: gracias. Ojala en algún momento de mi vida pueda creer en el nunca más; mientras tanto queda emprender una tarea mucho más titánica y sencilla en su complejidad: no olvidar.


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Paloma Larrondo es abogada por la UBA, docente y actualmente Magister en proceso en la UNSAM, en la maestría de sociología de la cultura y análisis cultural. Tratar de cambiar el mundo es uno de sus pasatiempos predilectos.


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