No hay ninguna novedad en el hecho de decir que, de unos años a esta parte, se puso de moda posicionarse como víctima. Más que eso, se convirtió en una identidad. Ser víctima comenzó a considerarse una herramienta para aparecer en diversas narrativas, cualquiera sea. De manera individual o en forma colectiva. Ocupar ese lugar implica una garantía para quien lo toma, pero tambien garantiza la existencia de un malvado que opera desde el lado oscuro.
Todo lo que se pone de moda tiene un lado B que quizás constituya el verdadero problema: y eso es que se lima, se deslegitima, se licua el padecimiento real, el de aquel que sufre un daño en razón de un caso fortuito o a causa de una desigualdad manifiesta en el ejercicio del poder. Y también se lo expone al juicio social del dolor.
Ser víctima, de algún modo, es igual a no tener responsabilidad. O bien, a tenerla pero en distinto grado de aquel que genera el menoscabo. En el derecho, si hablamos de los casos en los que no existe dolo de ninguna parte interviniente, podríamos pensar si incluso el afectado tuvo algún grado de participación en las consecuencias del hecho dañoso. Lo que también abre otra puerta: una invitación a preguntarse si la mejor manera de abordar el conflicto es, en todos los casos, la de posicionarse de inmediato en el espacio reservado para la víctima.

¿Qué bondades irremplazables tiene ese lugar? ¿Cuáles son las cualidades supremas que hacen que nos peleemos a los codazos, como modelos en un desfile de Giordano, por ser los más vistos en la punta de la pasarela por la que caminan los que solo son sujetos pasivos de la maldad ajena?
Hacerse cargo —lejos de ser visto como una posibilidad de empoderamiento— es hoy el arma de los traidores. Si alguien pretende poner en duda la inmediatez con la que nos apuramos para llegar al lugar “confortable” que otorga el rol, es acusado por los demás de ser parte del ente victimario. Incluso ser víctima es cool, pero además parece ser “lo que corresponde”. Por lo tanto, pretender tomarse el tiempo para hacerse preguntas o para asumir alguna cuota de responsabilidad en el manojo de inconvenientes que resultan ser los conflictos, es sinónimo de “hacerle el juego” al malo de la película.
Recuerdo que, en el año 2019, la autora y psicoanalista Alexandra Kohan, mantuvo una charla con Agustina Escobar publicada en la revista Panamá: “Acostarse con un boludo no es violencia”. De inmediato, Alexandra —y también su interlocutora— fue blanco de un linchamiento inusitado. Ese episodio fue conocido, entre otras cosas, porque las autopercibidas abanderadas del movimiento de mujeres armaron al ejército para un bombardeo de violencia. Sobraron las acusaciones a una supuesta irresponsabilidad para con las víctimas de abuso. Lo notable fue, no solo que la entrevista resultó en una conversación rica porque proponía hurgar en los matices como práctica cotidiana para no cristalizar ideas y sentidos, sino que, de haber priorizado el contenido de la charla y no su título, se habría advertido que, a lo largo de todo el texto, la autora realiza una distinción concreta entre los temas que se analizan y el abuso. La entrevistada lo deja más que claro, sin embargo, la ofensa en nombre de las víctimas se llevó puesta la posibilidad de abrir un debate sobre asuntos que, de forma genuina, nos ocupan.

Hay algo del ultimo auge feminista que solo supimos escribir en banderas pero que no logramos hacerlo praxis. Poner en jaque lo políticamente correcto tiene como consecuencia directa la instancia de abrir preguntas para las que quizás haya respuestas múltiples. Si desarmamos un esquema para pasar a tener el deber de encajar dentro de otro, no nos liberamos de la evangelización: lo único que cambia es el pastor. Y los pastores siempre se toman a mal que la oveja se separe del rebaño.
Quizás esta última irrupción del movimiento de mujeres puede considerarse un momento clave para la prevalencia del discurso victimista, pero no el único ni tampoco el primero. Los antecedentes pueden encontrarse algunas décadas atrás, por ejemplo, en el discurso político. Quizás un acto previo y pregnante de este camino hacia la solidificación del binomio buenos y malos sea la aparición del concepto de “grieta”. Un tópico que se puso de moda para sacar a la política de lo que es (un juego de poder) y trasladarla al plano de la moral, estableciendo otro orden de cosas.
A partir de que esa idea prendió, la nueva disposición de la vida pública se ubicó en una suerte de ring en el que solo había garcas ajenos de un lado, y una “sociedad de los buenos” del otro, una sociedad víctima del sometimiento a la injusticia kirchnerista. Si alguien solía esbozar una defensa de ideas de las políticas del gobierno de turno, se convertía sin más en un cómplice de la corrupción. La profundización de ese revoleo de acusaciones también se instaló del lado del ring que ocupaba el kirchnerismo, y así se sostuvo hasta hoy la grieta que, aunque cambien los actores, sigue ponderando una única verdad: el disenso es un sacrilegio.

Si uno afina el ojo puede notar que, a la hora de tomar partido, son casi nulos los debates acerca de las decisiones en la ejecución de políticas públicas. La grieta es lo que delimita la diferencia entre aquellos que saben qué es “lo que corresponde” y los victimarios, aquellos que se corren de las normas de las buenas intenciones.
Los ejemplos históricos tienen primos hermanos en otros puntos de la línea de tiempo. No obstante, en los últimos años, existe una escalada social hacia la utilización de la carta de la victimización como primera vía de escape ante el más mínimo conflicto. Incluso, se suele hablar de la buena y de la mala víctima. Porque los estereotipos no solo no se quiebran sino que se multiplican.
Una amiga, que hace poco transitó por una situación personal compleja, repetía de forma constante “no me quiero hacer la víctima”. Pienso en lo difícil que es salir de ese esquema que nos obliga a tener que encajar. Tanto es así que alguien que solo quiere pensar cómo llegó, cómo se manejó y cómo pretende salir de una escena dolorosa, tiene que enunciar una serie de aclaraciones previas para que la falsa empatía ajena no la juzgue. O bien, para que, en nombre de la empatía, no se la adoctrine aún en el ámbito de sus acciones privadas. Seguro que mi amiga fue víctima y victimaria, aunque quizás le resulte mejor pensar si hay algo de esa experiencia que, de hacerse cargo, podría producir un efecto distinto en su vida, de ahora en adelante.
Una posibilidad de asumir es una posibilidad de hacer, de salir del estadío de la parálisis en la que solo esperamos que los demás ejecuten. Hay una cuota de elección en ese ubicarse en la silla de la víctima, no considero que sea un mero acto de ingenuidad. Existe una intención que tal vez se relacione con la garantía de no ensuciarse las manos pero sí de poder señalar rápido los enchastres ajenos mediante la declamación de lo que nos indigna. Dejar de culpar y asumir una responsabilidad habilita el movimiento, la salida de ese espacio escueto que existe para la víctima. Porque una víctima solo es un ser pasivo. Ve la vida pasar y, sobre todo, se encuentra atada de pies y manos, por lo que solo puede permanecer inmovil y pulcra. Todo lo que ocurra a su alrededor no depende de sí. Una víctima —dice el diccionario— está “destinada al sacrificio” y el destino es aquello que está fuera de nuestro alcance.
Por último, sospecho que hay una relación intrínseca entre la victimización y la necesidad de figurar combinada con la custodia de un interés subterráneo que se esconde. Y, en esa línea, hay una desesperación por sostener cierto individualismo. No me refiero a lo que nos identifica y nos distingue de los otros, sino a la ponderación de ser yo el que sobresale. Y si no puedo ser yo, entonces que nadie sobresalga. Quizás sea por ello que, cuando alguna oveja se quiere separar del rebaño es hostigada, desterrada, ubicada en el lugar reservado para los malos, y del que es tan difícil volver.

Escribo y pienso. Estructuro en mi cabeza mientras escribo y borro. No lo hago desde la solvencia, más bien tambaleo. Me pregunto, cada tanto, cómo podría repercutir tal o cual idea, y si no estoy siendo muy bestial. En estos momentos es cuando más disfruto del ejercicio de la escritura, porque voy y vengo, y me arrepiento y retrocedo. Porque esto que escribo nace desde la duda, del recorrido personal pero también desde la intención de pensar con otros. Desde la certeza profunda que me remite a la incomodidad: alguna vez yo también me subí al tren de la víctima para no hacerme cargo. No busco subir al pedestal moral, no sé muy bien adónde están los límites en tanto existe la subjetividad: no todo lo personal es político. Enhorabuena. Solo intento preguntar qué pasaría si dejamos de relegar la asunción de los riesgos propios del hacer. Si dejamos de percibirnos víctimas por las dudas. Si salimos de la liviandad de levantar el dedo índice para marcar el yerro del otro. Si algunos dejaran de priorizar el corporativismo y la rentabilidad para usar su visibilidad y proponer discusiones de fondo que habiliten el movimiento.
Un ejemplo que me encanta para reirme de esa deshonestidad brutal que maneja la víctima per se, es el de la señora que no levanta la caca de su perro de la vereda pero se queja de que “la sociedad está perdida”. Me da risa porque es algo ínfimo pero que delinea de forma precisa los bordes de una porción de nuestra idiosincrasia.
Florencia Lucione es abogada en ejercicio (y en construcción). Colabora con columnas sobre actualidad en distintos medios de comunicación. Escribe para saber qué piensa sobre las cosas que no entiende.







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