Llegué al barrio de casualidad. Estaba lona después de haberme separado y necesitaba un lugar donde vivir. Pregunté por un monoambiente en Twitter, uno me descansó por ser de derecha y pobre, pero una chica me contactó con una señora, que después resultó ser un amor, y alquilé una caja de zapatos con ventanas con sol todo el día, atrás del Hospital Fernández.

Los hospitales irradian dolor, las estaciones de tren, tedio. Alrededor el metro cuadrado es más barato, así que alquilé cómodo en precio pero a cuatrocientos metros de la avenida Libertador, la zona de los ricos, que son unas de mis pasiones.

Era 2022, el poco trabajo que tenía lo podía resolver en tres horas de computadora. Empecé a ir a Tabac a las siete y media de la mañana, para obligarme a salir de la cama temprano y para inventar la ficción de que soy una persona productiva.

También quería llegar primero a la mejor mesa para trabajar, que está contra la ventana, en la esquina del salón, por la vereda de Libertador. Durante un par de semanas me la disputé con un señor. El que llegaba más temprano la agarraba. Estuvo peleado al principio pero después empecé a llegar siete y media puntual, el señor se desmoralizó y empezó a conformarse con una mesa peor.

A las once me iba a una mesa en la vereda, a empezar el recreo interminable. Al lado se sentaban un señor con pelo blanco y barba y chiva de mosquetero, y un sesentón fit por naturaleza, elegante como si estuviera una mañana en Marbella, con cara de estar tranquilo en la vida. Un día me invitaron a la mesa. En los bares significa algo que te inviten por primera vez a sentarte, señala interés e implica mesa de examen. Agradecí con mi actitud la oportunidad y fui amable y perfecto.

El mosquetero se llamaba Edgardo Cristiano, había sido jefe de Neurología del Italiano y crack mundial en una enfermedad de la cual nunca terminé de saber el nombre, tenía una alegría ácida y curiosa del mundo. Una vez, tiempo después, me dijo que una de las cosas que más disfrutaba era ir al bar a jugar a los amigos.

El otro era Pato Nayar, beneficiado por la perspectiva que da la sangre árabe, con vocación por la amistad y el cuidado por los detalles que la alimentan.

Se sumó Jorge Willy, según él, el mejor jugador de fútbol que nunca se vio en un Intercountries. Jorge es igual a una estrella de cine de los noventa, eso le da alegría. Lo liquidó el plan Bonex pero en el Corralito la vio venir y sacó la plata a tiempo.

Cacho Davin trajo el esplendor a la mesa. Cuando lo conocí aceleraba hacía los ochenta. Había arrancado de vendedor en una tienda en Pehuajó y llegó a campeón del mundo, en una vida que incluyó conocer de adentro los boxes de la Fórmula Uno, donde el olor de las cubiertas calientes es estimulante.

La casa hacía mal negocio con nosotros. La relación consumición contra tiempo en silla le daba perdidas, pero los mozos, Roger, Cristian, y Marcelo, enseguida nos quisieron y fueron parte de los chistes.

Al minuto llegaron a la mesa los jóvenes luminosos del Golán. Tienen menos de treinta, son judíos turcos, creyentes en la magia divertida que hace multiplicar la guita y los negocios, festejadores de la vida, pedían la tostada de huevo con palta, por encima del ticket promedio de la mesa.

Se lucía Iuri. Un verano en Punta del Este se peló en el casino. El último día volvió y recuperó nada más que unos mangos, pero fue y se compró un Omega con esfera celeste, porque la plata va y viene.

Iuri, que es extrovertido, tenía un socio callado y neto, Lucas Estevenet, que está en un tema de satélites y otro de lugares para comer bien en barrios buenos. El resto de este grupo eran Lukita, que se reía todo el tiempo pero al que yo le veía el dolor del mundo; el Leopardo, que a los 18 se había metido en una villa para comprar un DNI porque necesitaba un CUIT virgen; Nicolás, que a los veintiuno tenía un Casino online morocho; el Caiman, operador del sistema financiero, que no contaba mucho en qué andaba; y Augusto, medallista en Judo que un día, en la vereda, me enseñó el secreto del Osoto Gari, la barrida que casi asegura que el enemigo se vaya al piso.

Cuando fuimos varios empezamos a necesitar un nombre. Toda asociación respetable de personas necesita uno. Edgardo, el Doc, decidió que eramos la mesa 40, por la ubicación en el mapa del lugar. Pienso que está bien el nombre, porque nos apropiamos de un dato operativo, como si el bar fuera también un poco nuestro.

El encuentro de generaciones muy diferentes hacía que el aire tuviera más oxígeno, como pasa en la laguna de Mar Chiquita y en la bahía de Chesapeake, donde el agua del río se encuentra con el mar.

Siempre haciamos los mismos chistes. Iuri increpaba a Jorge para que confesara cuanta plata viva tenía. Jorge lo mandaba a recapacitar por el despilfarro permanente, todos los días lo mismo nos daba risa.

Alguna vez hablé en serio. Sobre todo con Barco Guibelande, que fue funcionario de Frondizi y todavía se sentía parte del Movimiento de Integración y Desarrollo. Me contó como era estar en un gobierno siempre pendiente del humor de los militares y de detalles de Don Arturo, como le dice a Frondizi.

También hablaba en serio con Juan Strazzolini, impecable a los ochenta, siempre vestido perfecto, que trabajó treinta años en la oficina que cocina los números del Presupuesto, en el ministerio de Economía y sabe que el poder real se consolida en una planilla tipo lo que hoy es el Excel.

Me acuerdo sobre todo de los veranos largos, desde octubre hasta marzo, del 22 y el 23. Disfrutaba mucho al sol pero me corroía la incertidumbre de mi vida. Algunos mediodías seguíamos en una parri o en un lugar de fusión oriental que queda atrás del ACA. Lo lógico para mí era ir a almorzar en mi casa pero, como en el momento dulce de la adicción, necesitaba seguir con los muchachos lo más que se pudiera, hasta que se termine y llegase lo duro del día sin cosas para hacer.

Coco también peleaba contra el vacío. Desarrollaba una marca de anteojos de un material natural y nuevo. Le di una mano con el plan de comunicación pero cuando lanzó el producto no ligué un par. Ya llegará.

No se estresaba para nada Nacho Uzquiza, que de cara me hace acordar a los gauchos que dibujaba Luis Benedit y circula en la política que impulsa el deporte con la tranquilidad de los que son parte de algo dónde el show no se termina.

Eramos esos. De los ancianos aprendí que el partido se juega para adelante como sea, de los niños del Golán a disfrutar todo el tiempo y palabras en el lunfardo sefardí que hablan cuando quieren que los de afuera no entiendan. Shafe quiere decir potra, Flus guita, Janune japi, me da Jaram, me da pena, Escoteá, hacela más corta, Fajme, marginal, shuff, fichá que va a pasar algo.

La muerte hizo que fuéramos algo que sucede en el pasado. Primero empezó a estar mal Cacho. Cuando lo vi más flaco le pedí que me recomendara unos tangos. Me dijo que lo tenía que pensar, porque el tango no es para cualquiera. Un par de semanas después me dió una hoja de agenda Morgan con recomendaciones escritas con la letra firme de un hombre decidido. Los tangos no me enamoraron, salvo uno que se llama «El Aguacero», por Rubén Juarez.

Cacho estaba de salida, pero todos los fines de semana iba al Tigre a buscar un barco para comprar: lo quería con un camarote chico para poder dormir la siesta en el medio del río. Estuvo en la búsqueda hasta muy cerca de que se termine.

Después se complicó el Doc. Una navidad me invitó a su casa, eramos la familia y unos pocos amigos. Llevé la caja de chocolates del zodíaco de Elite, siempre quedas bien. El doc me acompañó a fumar porro en el balcón, le pregunté si estaba preparado, me dijo “sí, Licha”.

Había un sol radiante en el entierro del Doc. Una vez me dijeron que cuando el muerto está ok con el tema el día es lindo y que cuando se quería quedar llueve. Llovía a cántaros cuando murió Carlota Sarmiento de Llambí, que dejó cosas por atender, y en el de mi padre, que se murió en la misma fecha que Perón.

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Lisandro Varela es Licenciado en Comunicación. Se especializa en análisis político y discurso. Se tiene por poeta. Fue jefe de prensa de Domingo Cavallo, trabajó en comunicación en la Secretaría de Industria en el gobierno de Menem, en el Ministerio de Economía en el gobierno de la Alianza y en el Ministerio de Producción en el gobierno de Macri. Trabajó diez años en consultoras de comunicación para empresas multinacionales, Pymes y profesionales independientes. Escribió un consultorio sentimental en La Agenda BA, fue columinista de El Canciller, publicó artículos en Infobae y otros medios. Escribió en los blogs Vidadocampo, Buenbipolar y Callategordo. Tuvo durante cinco años el programa de radio Hablemos de Langostas por FM Cultura.


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