Veinte años después de la original y en medio de un agotamiento cultural que dice que “todo es reboots y remakes” se estrenó la secuela de El diablo viste a la moda. ¿Revival artístico o resucitación forzada?

Cualquiera que esté relacionado al mundo de la moda vio por todos lados la laboriosa promoción de El diablo viste a la moda 2: trailers, videos de prensa con las actrices (chistes sobre el color cerúleo incluidos), campañas de influencers y eventos glamorosos que vinculaban arte y moda como fue el caso de los museos de Frida Kahlo y Anahuacalli en México y el Malba en Buenos Aires. Esta estrategia no tiene nada de novedosa: Barbie fue en 2023 un suceso global con acciones de marketing coordinadas. La moda se presta especialmente bien para esto, ya que su facilidad discursiva permite tomar elementos concretos (prendas, marcas, accesorios) y convertirlos en imágenes virales. Como ocurrió con Barbie, casi en ningún momento se discute el film en términos formales, sino que la discusión suele referir a la relevancia cultural o a la capacidad de movilizar tendencias en redes sociales.

El Diablo viste a la moda se estrenó hace 20 años, en 2006.

Es por eso que resulta más preciso pensar a El diablo viste a la moda 2, no como un producto audiovisual sino como un artefacto de moda, uno especialmente repetido, especialmente redundante. No es un vestido, ni una cartera, ni un perfume, pero cumple una función específica dentro del mundo de la moda: reproducir su costado más mercantil, su rol como «la hija predilecta del capitalismo».

Al respecto, el académico Robert Burton, en «Haunting Alternative Fashion Futures» (retomando a Deleuze y Fisher), propone pensar el «giro espectral» dentro de la moda: una discronía atemporal donde las repeticiones siempre regresan. Esta cualidad fantasmagórica aparece en hitos fundantes de la moda moderna, como el New Look de Dior, que revivió la silueta de reloj de arena del siglo XIX. Para Burton, esta tendencia a la reiteración es simultáneamente lo que causa la decadencia de la moda y lo que la redime: esa visión espectral debe reimaginarse como un espacio de encantamiento donde los objetos, las cosas, las personas y las ficciones coexistan en las múltiples historias del mundo que nos rodea.

La moda siempre se nutrió de épocas pasadas, de hecho, el sistema de la moda del siglo XIX coincide con una mirada historicista donde las influencias de diferentes períodos aparecieron en diversas tendencias, desde los vestidos de muselina hasta las faldas rococó. Giacomo Leopardi ya lo había dictado en 1824: la moda y la muerte son hermanas, ambas hijas de la caducidad: dedicadas a deshacer y transformar lo que tocaban. Leopardi comprendió tempranamente que para que una tendencia nazca, otra tiene que morir.

Pero la moda también está obsesionada con «volver» del olvido. El ciclo de tendencias funciona en períodos de aproximadamente 20 años (aunque parece estar acortándose). Octave Uzanne lo formuló así: «Una moda antigua es siempre una curiosidad. Una moda apenas caduca es un absurdo; solo la moda reinante, donde bulle la vida, nos cautiva con su encantadora gracia y triunfa más allá de toda discusión». Lo complejo parece ser encontrar la dosis justa de caducidad y por eso hacemos malabarismos todo el tiempo con los conceptos de la moda pasada: ¿es viejo o es vintage? 

¿Pero es lo mismo una tendencia que regresa que un revival? Giulio Argan desde la historia del arte problematiza estos temas señalando que “el revival, por el contrario, rehúye todo juicio, niega la separación existente entre la dimensión del pasado” esta línea entre los tiempos es entonces la que transforma el revival, lo deforma, trayendo de manera acrítica imágenes y objetos del pasado como un viajero del tiempo confundido. Quizás es esta la razón por la cual El diablo viste a la moda 2 no se siente para nada parecida a la original; en cambio, parece completamente estancada. 

A diferencia de Argan, yo sí creo en la potencialidad de un buen revival, es decir, uno que nos hable de dos épocas al mismo tiempo y con la misma fascinación. Pero no parece que este sea el caso. En la película original se retrata un momento crucial de la industria editorial, previo a la explosión de las publicaciones online; una época que para el personaje de Andy Sachs es una promesa: de crecimiento profesional, de desarrollo personal, de buscar y de encontrar la propia brújula moral en un mundo que parece desprovisto de lealtad. La nueva película parece más preocupada por tildar todas las problemáticas del mundo actual pero sin utilizarlas para contar una historia, de una manera que recuerda a “el carácter apolítico y aeconómico de los revivals” (Argan). Como sucede con la creación de una prenda, se puede tener muchas piezas correctas pero la confección tiene que reunirlas correctamente para que funcionen. 

Podría argumentarse que es una película para divertirse. Punto. Y hay algo de razón en eso: la moda tiene un componente lúdico, del goce, que no necesita ser solemne. Quizás soy una aguafiestas, como diría Sara Ahmed, pero es justamente porque respeto demasiado la moda como fenómeno que quiero interpelar este y otros artefactos de moda. Es por esa admiración por este campo tan inabarcable y cautivante que no quiero verlo convertido en una fotocopiadora de prendas o escenas “icónicas”; una mera cáscara vacía. 

That’s all.

Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito

Helga Mariel Soto es diseñadora textil (UBA) y becaria doctoral en el área de diseño (CONICET). Es docente en temas de moda, género y diseño en diferentes instituciones públicas y privadas. Escribe un newsletter quincenal llamado Sin Etiquetas.


Descubre más desde VayainaMag

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

TEMAS