Hace unos meses volví de España, donde estuve viviendo un par de años. Cuando me fui, llevaba mis valijas un par de proyectos (como terminar el máster que fui a cursar, conseguir un trabajo), ropa, algún que otro libro sin el cual, asumí que, no podía vivir. Pero, en especial, llevaba la insólita idea de creer que migrar es fácil.

Migrar te desarma. No te rompe. Te desarma. Porque se te desarman los códigos y las formas de manejarte. Se disuelven las redes de amigos, familiares, de compañeros de trabajo y de aventuras que formaste a lo largo de tu vida, junto con códigos culturales con los que creciste y creíste que eran compartidos en todo el mundo. Y cuando llegás a otro lugar, ese lugar rápidamente te hace dar cuenta de que esas redes no están más. Con el correr de los días y las semanas, junto al incipiente desamparo, comenzás a entender cómo son las cosas y cómo se han hecho ahí “toda la vida”. La nueva situación te va llevando de una forma pasivo-agresiva hacia “tu lugar”. Como si te hubieras sentado en tu butaca y de repente viene alguien a decirte: “A usted no le corresponde estar acá”. Podés enojarte y patalear pero, al final del día, vas a terminar yendo hacia donde “te corresponde”. Y más te vale que lo aceptes y le agarres la mano rápido.
Al poco tiempo de llegar me di cuenta de que cuando estás afuera todo se intensifica. No solo porque los argentinos llevamos un porcentaje de intensidad superior a la media, sino porque todo te pega distinto. Porque por más de que hables el mismo idioma y haya ciertas cuestiones en las que te podés ver reflejado —al menos en algunos códigos familiares— somos distintos. Nos reímos de cosas distintas, pensamos los problemas de manera distinta y nos enojamos por cosas distintas. Ni mejor, ni peor. Distinto.
En ese contexto, mediante algún tipo de instinto de supervivencia, te empezás a juntar con otros argentinos. Estás más atento. Como si fueras un animal en medio de la selva en estado de alerta para no ser boleta. Afinás la vista y el oído de una manera muy particular cuando vas por la calle y escuchás un “che”, “chabón”, “boludo”, “boluda”, “te querés matar”, “no lo puedo creer” y esas Yes bien marcadas.
El Mundial de Qatar me agarró viviendo allá. Hacía poco tiempo que estaba instalado en Madrid pero a esa altura ya estaba al tanto de que ser turista es muy distinto a ser vecino. Lo notás tanto en la relación tóxica que mantenés con Extranjería, sus múltiples, insólitos y hasta creativos pedidos de documentación —junto con el maltrato y ensañamiento impartido en sus oficinas— como cuando vas al supermercado e intentás descifrar cómo le dicen los españoles a la lavandina, a la crema. También, y sobre todo, cuando llevás una imagen de una vaca sectorizada, como si fuera una tabla periódica, para tratar de explicarle al carnicero el corte de carne que querés.
Y en esa especie de magnetismo que tenemos para juntarnos con otros para intentar sobrevivir, por una sucesión de casualidades (sumada a la causalidad del mundial), en poco tiempo formé parte de un grupo de amigos con quienes establecimos el piso de uno de ellos, en el barrio de Arganzuela, como sede para ver a la Scaloneta. La amiga rosarina contrató un pack de fútbol que incluía una televisión tamaño Imax y el resto siguió el protocolo clásico del mundial starter pack: picada, Fernet (caro y difícil de conseguir), cábalas y banderas.
Si bien en el partido contra Arabia Saudita recién empezábamos a vernos, desde el segundo sentí que empezábamos a fundirnos en un grupo. Deben haber sido esos días de tensión hasta el partido con México, el grito desaforado que brindó el gol de Messi o el festejo que hicimos post partido lo que generó nuestros primeros recuerdos juntos. O quizás fue transitar ese mes mundialista de principio a fin, plagado de sufrimientos agudos y picos de euforia para culminarlos en un abrazo colectivo entre lágrimas con el penal de Montiel, y vernos después copando la Puerta del Sol. Fuimos miles de Argentinos cantando juntos, colgados de lugares frente a españoles atónitos —en especial, madridistas dolidos por el encumbramiento definitivo de Lionel Messi sobre Cristiano—, y fue esa abrumadora alegría colectiva lo que hizo que sintiera que estaba empezando a tener mi propia tribu en un lugar extraño.


Comparada con Buenos Aires, Madrid es una ciudad pequeña. Podés llegar a cualquier lado en media hora. Todo se encuentra relativamente cerca, no solo porque tiene una red de subtes de maravilla sino porque también podés hacer tramos en bici o caminando. Es una ciudad perfecta para un tipo como yo, que disfruto mucho de ir a pie hacia todos lados. Me gusta llegar a tiempo pero no rápido, mirar la postal urbana, la gente y descubrir cosas, sonidos, lugares, fachadas, monumentos, bares y los misterios que cada lugar posee.
Durante esas caminatas comencé a percibir cómo una simple bandera colgada en un balcón se convertía en algo más. Luego de cada partido, volvía a mi piso caminando. Eran unas 15 cuadras en las que avanzaba aliviado por las victorias sucesivas del equipo dirigido por Scaloni en Qatar. Y entonces miraba alrededor. Y pensaba. En Argentina, en época de mundial, una bandera en un balcón es una señal de bancar al equipo. Estando afuera, una bandera en un balcón es una especie de embajada. Es la señal de que en ese lugar hay otro como vos. Hay un argentino, otro argentino, viviendo ahí. No sabés si hace poco o hace mucho. Pero sabés que el loco o la loca está ahí. Bancando. Como vos. Sabés que toma mate, que ya debe tener un lugar en el que sabe que está la yerba que le gusta. Que descubrió dónde conseguir Palitos de la Selva y que seguro ya tiene vista una pizzería o local de empanadas donde las hacen como en casa. Sabés que banca al Diego, que escucha a los Redondos, a Soda o a Charly. O quizás no, y escucha a Q’Lokura o a la T y la M, Lali, Emilia o la Joaqui. Pero no importa, lo que importa es que es de los tuyos. No podés evitar decir “acá hay uno de los míos”, le sacás una foto a la bandera o mirás para arriba con una sonrisa.
Y eso no pasa solo la primera vez que ves una albiceleste colgada por ahí, porque la sorpresa te invadió y tocó una fibra tuya. Eso pasa cada vez que ves una bandera. Cada vez que escuchas un “chabón” o “culiado” en la calle. Cada vez que ves un paquete de yerba en una verdulería o unas Don Satur en un local de productos latinoamericanos. Esas imágenes se vuelven y son partes de uno. Como los horrocruxes de Harry Potter, te componen. Son rastros que están mezclados en la ciudad que, cuando los advertís, sentís que estás mirando por una ventana hacia tu casa.



Al mismo tiempo, ves que el de la bandera en el balcón, sea quien fuere, “pudo”. No sabés si le va bien o no, si tiene un buen laburo o uno malo o si en realidad fue por una beca o un intercambio. Ese loco o loca está ahí. Intentando. Dándolo todo. Igual que vos. Y a veces uno lo único que necesita saber es eso.
Hoy me toca bancar a la selección nacional en mi suelo. El sábado terminó la primera ronda del mundial con un Messi pletórico y mientras me complico solo pensando en la formación que va a poner Leónidas de Pujato frente a Cabo Verde, salí a caminar por Caballito. Un poco porque me gusta y otro poco porque quiero abrazar esa fiebre mundialista nuestra que en Qatar vi a lo lejos.
Desde que volví, estoy disfrutando de todo eso (y esos) que tuve lejos. Pero dentro de los varios cambios que noto en mí y en la ciudad (probablemente incluidos en alguna otra nota), cuando veo una bandera en un balcón me pega distinto que antes. Ya no siento que esa bandera está solamente bancando al equipo o señalando una embajada. Hoy me hace pensar en mis amigos argentinos que siguen allá, afuera, en España, o en alguna otra parte del mundo. Remándola y dándolo todo, como siempre. Y si llegaran a leer estas palabras, lo que me atrevería a decirles es que hoy (lejos esta vez) hay uno que piensa en ustedes y que también está dándolo todo. Como siempre. Como sabemos hacer.
Vamos Argentina.
Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito
Camilo Genoud tiene sus lealtades repartidas entre Caballito, Baradero y River Plate. Es historiador, docente y magíster en producción de podcast y audio digital. Se considera divulgador, aunque esencialmente un contador de historias. Trabajó en medios como Revista Anfibia, Revista Crisis y Carne Cruda (España). Recientemente lanzó Chulengo Media, su sello de producciones multimediales. Es guiado espiritualmente por Patricio Rey.







Deja una respuesta