“¡Vengan, ingleses hijos de puta! ¡Vengan! ¡Viva la patria!”, gritaba Gustavo Pedemonte, cabo de infantería, Jefe del 1er Grupo de la Segunda Sección de la Compañía B del Regimiento de Infantería 7, desde su posición en el Monte Longdon. Gritaba y al mismo tiempo tiraba, sin haber recibido órdenes precisas y concretas, a los hombres comandados por el Teniente Coronel Hew Pike que se aproximaban en la oscuridad estrellada del monte. Los ingleses avanzaban y se encontraban a no más de cuarenta metros cuando sintieron los primeros disparos de los fusiles argentinos.

Esta es la postal del enfrentamiento en Monte Longdon, uno de los combates más sangrientos de la Guerra de Malvinas. Se inició la noche del 11 de junio de 1982, pocos días antes de la firma de la rendición en Puerto Argentino, tras un mes y once días de soportar el asedio armamentístico de las fuerzas británicas. Aun “a la intemperie, fríos y mojados”, aun “muy cansados, muy agotados” de sobreponerse, hora tras hora, a la violencia del clima invernal de las Islas Malvinas y de advertir cómo la presencia imperial se cernía sobre ellos, el correntino de 20 años Gustavo Pedemonte y sus compañeros de posición lucharon primero, resistieron después. Pero no solo eso. Antes también tentaron al enemigo; convocaron a viva voz a una de las fuerzas militares entonces más grandes del mundo con sus gritos viscerales, cargados de adrenalina y patriotismo: “¡Vengan, ingleses hijos de puta!”. Es importante ubicar estas palabras, ofrecidas al archivo de memorias Voces de Malvinas, al comienzo de este texto para volver a ellas más adelante.
Nada de esta escena, o nada de una escena como esta, aparece en Los Pichiciegos, la novela que inaugura tempranamente el capítulo de la Guerra de Malvinas en la literatura de nuestro país. Escrita por Enrique Fogwill, esta primera ficción sobre la guerra despliega más bien el reverso del testimonio del VGM Pedemonte y se ocupa de describir, en palabras de Julio Cardoso, fundador del Observatorio Malvinas en la Universidad Nacional de Lanús, “un tiempo argentino ajeno a todo heroísmo” en el cual “un grupo de desertores […] intenta colocarse al margen de la guerra, se encierra en su propio bunker y desde ahí despliega estrategias” para sobrevivir. Y lo hacen escondidos bajo tierra, debajo de los enfrentamientos y a expensas de los valores comunes de los tiempos de paz. Para estos hombres, los de Fogwill, construir un refugio, agazaparse y esperar es la única forma de sobrevivir. “Les dio licencia y empezaron a cavar. De noche el Sargento les prestaba soldados, para ayudarlos a picar en la piedra. De día cavaban los tres solos y algunas veces el Sargento se arrimaba a mirar cómo iba la obra”, escribe Fogwill para dar cuenta de la construcción de ese espacio en la guerra por fuera de la guerra.

Los pichiciegos —publicada por primera vez en 1983 por Ediciones de la Flor bajo el nombre Los Pichy-cyegos. Visiones de una batalla subterránea— está blindada por el mito alrededor de su escritura, iniciado en los paratextos del libro por el propio autor. Cuenta Fowwill que, el primer martes de mayo de 1982, “al llegar a la casa encontré a mamá y a la empleada que la cuidaba pegadas al televisor y mamá me recibió gritando entusiasmada: ‘¡Hundimos un barco..!’”. Sumido en algún rapto de indignación, desconociendo tal vez aquella faceta patriótica de su madre anciana, Fogwill, quien vivía unos pisos encima del departamento de su mamá, subió a su pocilga y escribió una frase que quedó para la posteridad: “mamá hoy hundió un barco’”. Nos ahorraremos toda interpretación freudiana para no desviarnos del asunto, pero sí subrayaremos la tensión que Beatriz Pinzón soltó al aire, sin proponérselo, en ese uso particular de la primera persona del plural para referirse al hundimiento del destructor Sheffield –en rigor, HMS Sheffield, Her Madjesty’s Ship: el barco de su majestad, porque en un reino todo pertenece a la corona. Doce horas después, en el amanecer del día miércoles, Fogwill ya había “completado la mitad del relato”. Luego el mito crecería para alegar que Los Pichiciegos fue escrita de corrido en 36 horas —o 72, una cantidad imposible de determinar— bajo los efectos del consumo de cocaína. “La leyenda no le da más valor, pero a mí me da orgullo. El valor literario se puede malversar, es cuestionable. Pero hay un valor ético, que es el de haberla hecho y haberla hecho como la hice”, declararía Fogwill en entrevista con Fernández Santos, en el año 2010, para El País.
Para leer, o más bien para escribir una lectura, es importante contextualizar el tiempo de la escritura, porque en él se comprenden los tiempos históricos y políticos en los que autor y lector se insertan y relacionan. En el caso de Fogwill, además de una urgencia, parecía imponerse cierta reacción a los modos de hablar de la guerra, de narrar y comunicarla, incluso de vivirla como espectadores de un reality show que ocurría demasiado cerca de casa. Si el relato oficial de la guerra se fundaba en el heroísmo de los soldados, la reparación de una injusticia iniciada en 1833 y una victoria inevitable, incipiente, entonces el autor eligió operar sobre su reverso: narró la cobardía de quienes debían combatir, la indiferencia a las heridas provocadas por el coloniaje y la derrota.
Por supuesto: no se le puede pedir a la ficción que conjure los hechos de la realidad. No es justo acotar la laxitud de la imaginación a los límites de un acontecimiento —sumamente, desbordantemente— real, como una guerra, como esa guerra. Y el autor de Vivir afuera conocía esta licencia y gozó del derecho pleno a novelar, con los sucesos bélicos todavía en desarrollo, las esquirlas haciendo estragos a su paso y el sonido de la artillería retumbando en las entrañas del Atlántico Sur.
Así, entonces, Fogwill se opuso al tiempo de la guerra, al patriotismo y las épicas de la hora, tal vez sin imaginar los efectos que Los Pichiciegos tendrían en el canon literario argentino, pero aun más en esos soldados que, como Pedemonte, eligieron lo contrario al camino vergonzante de todos sus personajes. En “los pichis”, sus soldados imaginados, Fogwill descargó, con toda su vena cínica, la suma de lugares comunes acopiadas en el corazón de un sector de la sociedad cuyo orgullo se funda en permanecer siempre al margen de los sentires populares, más sumidos en una preocupación por el bienestar económico individual que por los asuntos nacionales, soberanos, colectivos. El realismo sucio fogwilleano, su tono farsesco, su inocultable impronta porteñista, se imprime sobre los relatos totalizantes que blandían, por entonces, el periodismo y los comunicados del gobierno de facto. Lo dice mejor el escritor y sociólogo Hernán Vanoli, en el artículo “El segundo naufragio de los pichis” publicado en Revista Crisis; lo que Fogwill hizo fue “una resonancia magnética al ethos de amplias capas de la sociedad que, en lugar de pelear la guerra capitalista del todos contra todos, preferirían también quedarse en la trinchera […], haciéndose los boludos mientras esperaban para hacer sus negocios en democracia”. Como apunta María Moreno en Pero aun así. Elogios y despedidas, el autor se oponía a las pancartas de un progresismo que pujaba por la democracia aunque no por sus “golpes de efecto” sino porque “en sus coqueteos fascistoides o en sus eslóganes reaccionarios había siempre un punto de razón, cuando no el síntoma de un duelo patológico por la revolución”.
Todos lo saben. Fogwill era publicista, sabía direccionar el lenguaje y utilizarlo para provocar gestos, cambios de consumo, nuevos comportamientos. Manejaba de memoria la botonera. Y la elección del objeto simbólico que titula y trabaja la novela, desde luego, no tiene nada de casual. De todos los animales posibles, el autor elige al pichiciego —el chlamyphorus truncatus, pequeño y muy frágil—, un bicho que vive gracias a su capacidad de leer el peligro y esconderse bajo tierra. No hay ninguna característica de este mamífero de pelaje blanco y piel rosada que pueda asociarse a un soldado en un entorno de guerra, salvo en la que es narrada en Los Pichiciegos.

En este punto es necesario volver sobre los hombres como Pedemonte que, incluso con miedo, aun con temor a morir o ser muertos, eligieron vivir tomando la vía del combate. Es decir, peleando. Esto plantea una fricción ética y moral irreconciliable entre las posiciones subjetivas de los combatientes y las de los protagonistas de la novela, aun compartiendo el objetivo común de poder regresar con vida a sus hogares. Ni los hombres de la historia argentina ni los de la novela quieren morir, solo que los primeros se sobreponen a la amenaza inminente sobre sus vidas y los segundos, ceden ante ella lo que queda de su hombría. Ni los hombres de la historia argentina ni los de la novela quieren ser víctimas, solo que los primeros luchan —convocando a los gritos al enemigo usurpador— y los segundos se esconden, como un animalejo que siente la amenaza sobre su cuerpo. “El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo —a una patrulla perdida que te puede cruzar, a una bala perdida—, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo”, escribe Fogwill.
La irrupción del pichiciego aparece en la novela por primera vez a través de un diálogo entre los jóvenes desertores y sirve a un propósito distinto que el de comparar a los soldados con la fragilidad del animal. Mientras fumaban y escuchaban el sonido del combate retumbar en los muros de la pichiciera, los hombres conversaban:
—Qué hambre —dijo uno.
—¡Con qué ganas me comería un pichiciego! —dijo el santiagueño.
Y a todos les produjo risa porque nadie sabía qué era un pichiciego.
—¿Qué…? ¿Nunca comieron pichiciegos…? —averiguaba el santiagueño—. Allí —preguntaba a todos—, ¿no comen pichiciegos?
Había porteños, formoseños, bahienses, sanjuaninos: nadie había oído hablar del pichiciego.
El autor utiliza este diálogo para interrogar sobre la idea de lo nacional. La mención del pichiciego por parte del soldado santiagueño se enfrenta al desconcierto de los otros hombres provenientes de diversos puntos del país; es una forma coloquial y sencilla de sugerir que si no existe una lengua común entre soldados, difícilmente pueda existir otra cosa que los reúna más que la circunstancia —es decir, la guerra, que en Los Pichiciegos se circunscribe a los eventos en y alrededor de la pichicera. En Fogwill persiste el rechazo a esa primera persona del plural con la que lo recibió en casa su madre, a las creencias compartidas, a la identidad argentina; impugna la posibilidad igualadora de un nosotros a pesar de las diferencias. Sin lazos de ningún tipo, tiene sentido que en Los Pichiciegos salir al combate sea considerado un acto imposible, y que gritar “¡Vengan, ingleses hijos de puta!” sea considerada una frase escrita para un héroe en el guión de una película bélica hollywoodense (la estela del cine nacional quedó lamentablemente signada en 1984 por Los chicos de la guerra, dirigida por Bebe Kamin).

Si Fogwill escuchara a Gustavo Pedemonte, si escuchara la corroboración que el Teniente Raúl Fernando Castañeda, del Regimiento de Infantería 7 de La Plata hace de la intensidad de los combates —“Monte Longdon era un inferno”, sintetiza—, seguramente haría algún comentario cínico primero, y un señalamiento al inverosímil de sus testimonios después. Realidad y ficción no se parecen ni reflejan, sino que se invierten, en los propios términos que plantea el autor; porque al querer construir un relato “contra una manera estúpida de pensar la guerra” —como se constata en el prólogo—, al querer complejizar la narrativa bélica, destruye la posibilidad del heroísmo y soterra a sus protagonistas. Los entierra vivos. Los priva de poder convertirse en héroes, o simplemente combatientes, con el pretexto de evitar que se conviertan en víctimas; para Fogwill, “los vivos” de la guerra son los que evitan la muerte eligiendo ellos mismos una forma de victimización fundada en la parálisis, la inacción. El autor ubica a los pichis, espacialmente, en un lugar sin libertad de movimiento ni accionar, un lugar de presunta protección que es, además, una zona de confinamiento y control con rasgos comunitarios pero con fines, en definitiva, individuales e individualistas. En cualquier caso, la pichicera se conforma como un espacio liminal donde impera la negación, con todas sus fisuras. Porque dentro de ella no desaparece la guerra; por el contrario, la guerra parece existir todavía más en tanto supone una supervivencia que depende enteramente de otros. Los pichis son más testigos que partícipes y dialogan sobre la guerra como si no estuvieran en las entrañas del teatro de operaciones, exentos de participar en ella:
—¿Y a vos qué te gustaría que pasara?
—Que gane la Argentina.
—¡Y vas en cana!
—¡Yo qué sé! ¿Vos?
—Yo quisiera que pacten y se dejen de joder.
—¿Vos?
—Que pacten, que podamos volver.
—¿Vos?
—Que ganen ellos, que los fusilen a todos, y que a nosotros nos lleven de vuelta a Buenos Aires en avión.
Idea de porteño
La pichicera que Fogwill sitúa en la turba de las Islas Malvinas está, en realidad, imaginaria y metafóricamente lejos de lo que describe Gustavo Pedemonte en la guerra contra el imperio británico, sobre los sucesos crudos ocurridos en Monte Longdon. Los pichiciegos funda el sistema de creencias de sus personajes en el negativo de aquellos hombres que, apostados en sus pozos de zorro, abrieron fuego contra los ingleses con vivas a la patria. En Los Pichiciegos la patria pareciera estar muerta. O existir como un territorio que no nos pertenece.

El autor inaugura no solo el capítulo de la literatura sobre la Guerra de Malvinas en nuestro país pero también se anticipa a la desmalvinización; una maniobra política de vergüenza y silenciamiento, de victimización y desplazamiento de la identificación con el enemigo, que se instalará como matriz de interpretación en la posguerra inmediata y se derramará al regreso de la democracia y hasta nuestros días. Incluso hasta hoy.
Malvinas ha logrado romper el cerco de la efemérides del 2 de abril para convertirse en un tópico permanente en las conversaciones cotidianas y la agenda política. Sin embargo, los lugares comunes —esos voceos vueltos verdades a fuerza de vaciamiento y repetición— empapan la conversación pública con comparaciones efectistas, hipérboles sin contexto y sentencias taxativas. Es un mal de época, una que pide atención monetizable para voceros que pueden medir lo que quieren leer o escuchar sus seguidores. Pero al mal de estos años se le superponen los discursos finamente labrados a la sombra de nuestra soberanía. Desde el presidente al usuario anónimo de cualquier red social.
Estos vicios poco tienen que ver con la complejidad y la entretela de la última experiencia bélica de la que participó Argentina. Una última experiencia que se da en el camino de salida de un gobierno de facto que todavía tiene secuestrada nuestra lengua. Nada más ni nada menos que un efecto colateral de largo alcance que condiciona la forma en la que deberíamos poder pensar una causa nacional: sin apóstrofes ni peros.
*Esta es la adaptación de un trabajo confeccionado para el seminario Voces de Malvinas en la Universidad Nacional de Defensa. 2026.
Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito
Paula Puebla es autora de Una vida en presente, Maldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.






Deja un comentario