Me encanta la relación de amor que estoy construyendo conmigo. Hace muy poco me separé, pero no quiero hacer de eso la centralidad de este relato. Tampoco quiero armar una justificación intelectual de mi situación para darle mayor peso a esta experiencia. O quizás sí.

Me gustaría conversar con ustedes sobre los sentidos que tiene la soltería para las personas socializadas como mujeres. Ya sé que hay mucho escrito sobre este tema. Pero considero que no resulta suficiente, porque siempre se nos está queriendo zarpar un poco más. Máxime en estos tiempos de hiper precarización, derechas en el poder y primacía de los entornos digitales.

Vuelvo a la centralidad de mi reflexión. Decía que estoy construyendo una hermosa historia de amor conmigo misma. Tenía ganas de darme el gustito de la soltería alguna vez en mi vida. Es curioso, cuando era chica y fantaseaba con mi vida adulta, nunca me pintaba viviendo en pareja o formando una familia. Siempre pensaba en mi yo adulta como una profesional vinculada al mundo intelectual y a las artes. Con un lindo departamento en Capital Federal, lleno de libros y  gatos. Sin embargo, desde los dieciséis años armo casitas y salto de pareja en pareja. Y lo que resulta la peor traición a mis fantasías —del tipo de traición que incluye puñalada trapera— es que lo más probable, ya siendo adulta, haya creído que no podía vivir bien, arreglármelas sin problemas si no tenía un tipo al lado. Cuando lo cierto es que a todas mis parejas, en algún momento de la relación, las sostuve económicamente. Ni hablar emocionalmente.

Nisa, de Marie-Denise Villers.

¡¿Entonces no sólo podía bancarme a mí misma, sino que podía estirarme aún más, hacerme más grande y poderosa y bancar a dos?! Exclamé, extasiada, cuando después de mucho, demasiado tiempo, me cayó la ficha. Y es que esa evidencia —a pesar de estar a la vista— me tomó tres convivencias para volverse una verdad irrefutable.

Y aquí estoy —de nuevo yéndome por las ramas, como en mis clases de la universidad— feliz con mi soledad y mi soltería. Claro que cuando recién me separé fui todas las Andrea del Boca posibles. Pero, a las pocas semanas, el manejo de los tiempos para hacer todas las cosas que me gustan se convirtió en un gran aliado. Pase por clichés clásicos y me anoté en yoga y pilates. Y me gustó darle otra movilidad al cuerpo, más allá de los fierros. Y me prometí no contarme a mí misma todos los cuentos tristes asociados con la soltería y con la soledad del amor romántico.

En cambio, me dediqué a leer mucho, con mates, gatos y sahumerios cerquita. Retomé la grata tarea de ser una buena señora de las plantas. Dibujé, pinté algún mueblecito con colores estridentes. Decoré la casa, caminé al sol escuchando músicas y también con amigas por las plazas de Avellaneda. Quedé con otras en cafecitos y tuve charlas amables e inspiradoras. Entrené más días a la semana. Y fisurié todas las series y películas que quise. Empecé a escribir una obra de teatro. Y también,  escribí mucho, de todo, en diferentes cuadernos y superficies digitales. Y no faltó esa lluvia de ideas de proyectos que cae cuando los días se hacen más nuestros.

(Mientras escribo está nota aparece de fondo We have all the time in the World interpretada por The Fun Lovin’ criminals. Parte de la letra dice: “Tenemos todo el tiempo del mundo. Tiempo suficiente para que la vida se desarrolle. Todas las cosas preciosas que la vida tiene guardadas. Y tenemos todo el amor del mundo”) 

Me fascinó ver toda la disponibilidad de tiempo que tengo. El día se pasa volando, y rara vez me aburro. Aunque a veces me visita esa amiga tóxica e insistente que es la ansiedad. Pero no me quedo mucho rato a fumarla. Salgo rajando a mover el cuerpo. Porque ya sabemos cómo es: te quema el bocho.

Soltería y soledad: bien utilizadas pueden ser el complemento perfecto para pasarla bien. Y hacer todas esas cosas que necesitamos y que tenemos ganas de hacer. ¿Quién nos convenció de que estar solas o solteras era y es un problema a resolver? ¿Por qué tenemos que pensar la soltería como una carencia o una etapa a superar?

En la serie de cuentos en los que el amor romántico en clave patriarcal nos educa, aparece la idea de que la pareja es el principal proyecto de vida. Y que, por el contrario, estar sola significa estar incompletas. O peor, que nadie te eligió porque seguro hay algo malo en vos. Sin embargo, ¿qué aparece cuando dejamos de organizar nuestra vida alrededor de una pareja?

Marie Joséphine Charlotte du Val d’Ognes, de Marie-Denise Villers.

La respuesta es bastante amplia: tiempo, autonomía, energía, las amistades, deseo, creatividad, otros proyectos, tranquilidad, un mayor conocimiento de una misma, otra capacidad de elegir. Porque aun en los vínculos más deconstruidos, nosotras somos siempre las que llevamos la delantera en la gestión de las emociones, en recordar los pendientes, en organizar las tareas y los viajes. Ni hablar de quienes, además, deben lidiar con vínculos de pareja con una inmensa desproporción en las tareas de cuidado y de reproducción.

Y acá es donde quiero meter una pregunta que tiene que ver con algunas de las indagaciones que realizo desde fines del año pasado: ¿sabemos cuánta potencia se nos expropia por el sólo hecho de estar socializadas como mujeres? ¿Alguna vez nos preguntamos cuánto de todo eso que damos a otros, a veces, incluso en detrimento de nuestra propia felicidad o a costa de un gran dolor, podría ser reconducido a nosotras mismas en un acto de amor propio? Y entiéndase bien, no hablo de ahondar en un individualismo egoísta. No, de eso ya tenemos un montón en estos tiempos. De lo que hablo es de tener cuidados más amables con nosotras mismas, entendernos un poco más y mejor. Conocer acerca de nuestra historia sistemática de opresiones y no darnos con un palo todo el tiempo o no castigarnos con comparaciones imposibles. Es decir, me refiero a qué pasaría si en vez de ir en búsqueda de un otro como principal objetivo de vida , fuéramos en búsqueda de nosotras mismas; de nuestro deseo; de nuestra agencia. O de esa exploración que permite entender que algunos deseos o sueños que portamos no se ajustan a lo que hoy sentimos, a lo hoy necesitamos y a lo que nos hace vibrar. Y finalmente, ¿qué pasaría si nos cuidamos como queremos que nos cuiden o con el mismo amor que cuidamos a otros?

(El día que escribo esta nota, me hago por primera vez una carta natal y, Gigi, la astróloga, me dice que no voy a durar mucho soltera: tengo mucho fuego y a Venus en mi carta…)

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Florencia Podestá es periodista. Se especializa en temas de cultura, comunicación y género. Es docente e investigadora universitaria. Creó y coordinó el Programa de Popularización del conocimiento y la cultura científica de la Universidad Nacional de Avellaneda. Produce iniciativas de promoción de la lectura, entre ellas, el Encuentro Lúdico de Literatura Erótica.


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