Después de las elecciones de 2024, cundió el pánico entre los demócratas por la ausencia de un Joe Rogan liberal. ¿Se podía encontrar uno? ¿Se podía crear? Fue un ejercicio notable donde se terminó de entender lo importante. No se puede tener un Joe Rogan liberal porque Rogan no es especialmente político. Su audiencia se consolidó alrededor de conversaciones con comediantes, luchadores de MMA, fisicoculturistas y psiconautas. Eso es lo que lo volvió políticamente influyente: podía llegar a millones de personas que de otro modo no estaban interesadas en la política.

El problema que realmente tenían los demócratas —uno de ellos, al menos— era que no les gustaba Rogan y criticaban a otros por ir a su programa. Intentaron, repetidamente, cancelarlo por sus comentarios sobre personas trans y su escepticismo respecto de las vacunas contra el Covid. Si hoy es percibido como una figura asociada a la derecha, no es porque haya empezado así. Las opiniones políticas de Rogan son mixtas. Apoyó a Bernie Sanders en 2020. Defiende la cobertura universal de salud y el derecho al aborto; rechaza los mandatos de vacunación y el control fronterizo laxo. Pero no debería haber sorprendido que, tras años de ataques desde la izquierda, apoyara a Donald Trump en 2024. La forma más simple de decirle a la gente de qué lado está es decirle cuánto la odia tu lado.

Esto me lleva a una controversia más importante de lo que parece, que estalló en torno al streamer de izquierda Hasan Piker. Tuvo un momento de explosión en el último año, cuando los demócratas empezaron a obsesionarse con la falta de un Joe Rogan liberal y Piker, que mezcla política de izquierda con una estética medio “bro”, fue propuesto como posible respuesta (un error de categoría porque, otra vez, el punto del poder político de Rogan es que su programa en gran medida evita la política). Pero si uno revisa los años de transmisiones de Piker, puede encontrar cosas ofensivas que ha dicho. Entre ellas: que Estados Unidos “merecía el 11 de septiembre”, que su bandera favorita es la de Hezbolá, que un sionista liberal es equivalente a un “nazi liberal”.

“Un streamer dijo cosas ofensivas” no es realmente una noticia. Pero luego Abdul El-Sayed, el candidato más cercano a la órbita de los Socialistas Democráticos en las primarias demócratas al Senado en Michigan, empezó a hacer campaña junto a Piker. Eso llevó a Third Way, un grupo centrista que previamente había exigido que los demócratas “trazaran una línea en la arena” y marginaran a “Hasan Piker y sus compañeros que odian a los judíos”, a enviarle una carta a El-Sayed pidiendo detalles sobre “qué tan estrechamente se alinea usted con sus opiniones más aberrantes”. Jonathan Greenblatt, jefe de la Liga Antidifamación, dijo que Piker reflejaba “la peligrosa normalización del antisemitismo en nuestra política”. Luego Politico preguntó a varios posibles aspirantes demócratas de cara a 2028 si participarían en el programa de Piker: el gobernador Gavin Newsom y Rahm Emanuel dijeron que sí. Los representantes Ro Khanna y Alexandria Ocasio-Cortez ya lo habían hecho. Los senadores Cory Booker, Ruben Gallego y Elissa Slotkin dijeron que no.

Creo que hay bastante contenido en esta controversia, así que vayamos por partes.

¿Es Piker un “odiador de judíos”, como sostiene Third Way? En una entrevista con el escritor Aaron Regunberg, Piker abordó algunos de sus peores comentarios. Algunas de sus respuestas me resultan convincentes y otras no tanto. La comparación entre sionistas liberales y nazis, por ejemplo, es repugnante y no mejora demasiado con la aclaración de Piker de que se opone a los etnoestados. Lo que hizo a los nazis notables no fue su apoyo a un etnoestado. Los etnoestados son comunes. Lo que los hizo notables fue su intento de exterminar al pueblo judío. Y la afirmación de Piker de que su oposición es a toda “ideología reaccionaria” es difícil de conciliar con su admiración por Hezbolá.

Pero centrarse solo en esos comentarios es perder de vista mucho más de lo que Piker ha dicho y cree. También ha dicho: “Desde los pogromos hasta el Holocausto, los judíos siempre han sido señalados por quienes están en el poder como chivos expiatorios de la inestabilidad y la volatilidad económica que esos mismos poderosos provocaron. Un antisemitismo resiliente y latente es una amenaza constante”. Ha calificado al antisemitismo como “repugnante”, “inmoral” y “un crimen de odio”. Ha promovido a Jon Ossoff, senador demócrata de Georgia que es judío, como posible candidato presidencial en 2028. En primarias presidenciales anteriores, Piker apoyó a Sanders, que también es judío. Es una forma bastante inusual de odio a los judíos aquella que denuncia el antisemitismo y promueve a judíos estadounidenses para la presidencia.

Tengo desacuerdos profundos con Piker, pero no es un “odiador de judíos”. Es un antisionista. Y aquí creo que se ve lo que realmente está en juego. Estamos atravesando una ruptura tanto en el significado como en la realidad de Israel. Una encuesta de Gallup de febrero encontró, por primera vez, que más estadounidenses simpatizaban con los palestinos que con los israelíes. Entre los demócratas, la brecha era abrumadora: 65 % simpatizaba más con los palestinos y 17 % con los israelíes. La diferencia, como he argumentado, es en gran medida generacional: los estadounidenses mayores siguen viendo a Israel con más simpatía, pero entre los de 18 a 34 años, el 53 % se inclinaba por los palestinos y el 23 % por los israelíes. Esto es nuevo. Antes de 2023, los jóvenes y los demócratas tendían más a apoyar a Israel.

Esto no es resultado de un psyop internacional ni de una explosión de memes. El Israel que conocen los jóvenes no es el que recuerdan los mayores. Responde a la brutalidad del 7 de octubre arrasando Gaza en una campaña devastadora que mató al menos a 70.000 gazatíes, tomó control de más de la mitad del territorio y confinó a más de dos millones de personas en lo que queda. La vida allí sigue siendo infernal. Israel ha vuelto fantasiosa la esperanza de una solución de dos Estados al fragmentar Cisjordania con asentamientos y tolerar la violencia constante de colonos, manteniendo además una presión permanente sobre la Autoridad Palestina. Ha aprovechado la guerra con Irán para lanzar una invasión en el Líbano, desplazando a más de un millón de personas y anunciando que hasta 600.000 no podrán regresar a sus hogares hasta que Israel lo decida. El Knéset acaba de votar para legalizar la horca como castigo para palestinos condenados por matar israelíes en ataques terroristas.

Third Way sugiere que se puede identificar a los “odiadores de judíos” por el uso de “términos pesados enseñados en seminarios de justicia social (‘apartheid’, ‘genocidio’, ‘colonialismo de asentamiento’)”. Si ese es el criterio, entonces un gran número de judíos estadounidenses hoy lo incumple. Israel, tal como se comporta hoy y como se está configurando para el futuro, es incompatible con cualquier comprensión normal de los valores liberales.

“No habrá un Estado palestino al oeste del río Jordán”, ha dicho Benjamin Netanyahu. “Durante años he impedido la creación de ese Estado terrorista, frente a enormes presiones, tanto internas como externas. Lo hemos hecho con determinación y con habilidad política. Además, hemos duplicado los asentamientos judíos en Judea y Samaria, y seguiremos en este camino”.

El antisionismo está creciendo como respuesta a lo que Israel está haciendo. Simplemente no será posible tratarlo como una postura marginal que pueda avergonzarse o marginarse hasta volverla invisible. Sí, el antisemitismo a menudo se disfraza de antisionismo. Entonces no hagan el trabajo de los antisemitas por ellos. Si siguen diciéndole a la gente que, si se oponen al Estado judío, entonces deben odiar al pueblo judío, eventualmente lo creerán.

El impulso de cortar vínculos con quienes no estamos de acuerdo va mucho más allá de Piker o del debate Israel-Palestina. Está en el corazón de la cancelación como táctica política. Se basa en una creencia en el poder de los “gatekeepers” que pudo haber sido cierta en otra época, pero que ya no refleja cómo se gana y se sostiene la atención. Tucker Carlson fue expulsado de Fox News y se fortaleció en X y YouTube. Nick Fuentes fue expulsado de las principales plataformas y creció en las sombras. Trump pasó de estar prohibido en todas las grandes redes sociales a recuperar la presidencia.

Pero no se trata solo de que la cancelación no haya logrado silenciar a quienes apuntaba; también debilitó a quienes la usaron. El Partido Demócrata —y el movimiento progresista— se perjudicó al creer que podía definir los límites aceptables del debate. Al reducir el margen de con quién podía hablar, limitó lo que podía escuchar y a quién podía llegar.

Yo no he estado en el programa de Rogan, pero sí en algunos de ese ecosistema más amplio, como “Flagrant” de Andrew Schulz y el podcast de Lex Fridman. Me sorprendió cuán frustrados estaban los conductores por su incapacidad de conseguir demócratas en 2024. Habían dicho cosas que el universo progresista desaprobaba o habían conversado con personas expulsadas por la izquierda. Y por eso los demócratas evitaron en gran medida esos espacios, cediéndolos a la campaña de Trump.

Esto no fue solo una mala política, sino también una mala práctica democrática. Estos programas surgieron de la nada y reunieron millones de oyentes fieles. Ganaron su audiencia expresando algo que hacía que millones de estadounidenses se sintieran vistos, escuchados o al menos interesados. Al evitar esos espacios, los demócratas evitaron el contacto con los votantes que dicen representar. Este es el error que suelen cometer cuando analizan qué hicieron mal en 2024: ahora entienden que deberían intentar hablar con quienes escuchan estos programas; menos probable es que entiendan que deberían escuchar a quienes hablan en ellos.

Debajo de todo esto hay un principio importante: el diálogo no es una recompensa que se otorga a quienes están de acuerdo con nosotros; es un hábito necesario en una democracia. El objetivo no es tanto llegar a un acuerdo como profundizar la comprensión. Hablar con otros es creer en la posibilidad de cambio —de ellos y de uno mismo—. Que te guste todo lo que alguien ha dicho debería separarse de la cuestión de si vale la pena hablar con esa persona.

Antes, el espacio para ese tipo de conversaciones solía ser más amplio. En 1968, William F. Buckley Jr., el archiconservador fundador de National Review, entrevistó a Eldridge Cleaver en “Firing Line”. Ninguno estaba allí para respaldar la posición política del otro.

“Me gustaría comenzar preguntándole al señor Cleaver si considera coherente con su ideología alentar el asesinato del señor Richard Nixon”, dijo Buckley.

La respuesta de Cleaver: “Diría que si Richard Nixon fuera asesinado, solo resultaría en que hubiera otro cerdo en la fila que posiblemente también necesitaría ser asesinado”.

Buckley más tarde invitó a Cleaver a su casa. Era otra época, pero dejó un registro duradero. La entrevista tiene cientos de miles de visualizaciones en YouTube y sigue siendo fascinante.

¿Hay personas que no invitaría a mi programa o programas a los que no iría? Claro. Pero esos juicios, en mí caso, tienen más que ver con lo que creo que será productivo que con quién creo que puede ser incluido. Del mismo modo, no juzgaría a Booker, Gallego o Slotkin por evitar el programa de Piker. Son personas ocupadas, y puede no ser así cómo quieren usar su tiempo. Pero hay algo extraño en aspirar a liderar la coalición de izquierda del país convertir en un principio el hecho de rehusar interactuar con figuras relevantes de la propia izquierda. Más aún hoy, cuando la atención no se otorgada por unos pocos elegidos desde cadenas de televisión y redacciones, sino que se gana o se pierde en un mercado feroz que recompensa la indignación y la controversia.

Hoy, los ganadores de la batalla por la atención suelen ser personas que dijeron cosas escandalosas en el pasado —o que las siguen diciendo—. Cuando se trata de podcasters o streamers que hablan de manera desestructurada y sin guión durante horas cada semana, si no todos los días, es prácticamente inevitable que se pueda armar un dossier de declaraciones torpes. Excluir a esas personas del discurso político aceptable es encerrarse en un rincón cada vez más pequeño y esterilizado del espacio público.

Booker admitió en “Pod Save America” que cuando dijo que nunca iría al programa de Piker, en realidad nunca había oído hablar de él. Su director de comunicación le había leído una lista de las cuatro o cinco peores cosas que Piker había dicho, y Booker usó eso como base para su respuesta. Recibió críticas por esa admisión, pero a mí me resultó honesta. Es, en la práctica, una versión de cómo muchos formamos nuestros juicios.

Los medios algorítmicos son una máquina de descontextualización motivada. Vemos a otras personas en fragmentos que sirven a la agenda de quienes los recortan. Nos alimentan clips de 30 segundos extraídos de transmisiones de varias horas, citas de dos frases arrancadas de conversaciones largas, comentarios viejos que ocultan cambios posteriores. Tenemos que tener cuidado de no caer en la ilusión de que esos fragmentos representan a la persona completa. No deberíamos temer descubrir quiénes son realmente esas personas, intentar cambiarlas o permitir que ellas nos cambien a nosotros.


*Ezra Klein se incorporó a la sección de Opinión del NYT en 2021. Es el conductor del podcast The Ezra Klein Show y autor de Why We’re Polarized y, junto a Derek Thompson, de Abundance. Anteriormente, fue fundador, editor en jefe y luego editor general de Vox. Antes de eso, fue columnista y editor en The Washington Post, donde fundó y dirigió la sección Wonkblog. Está en Threads.

La traduccion es de Vicky Sosa Corrales y el artículo original en inglés se lee aquí.

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Vicky Sosa Corrales es licenciada en Ciencia Política y trabaja en comunicación. Es asesora de imagen profesional y colabora en distintos medios. Creó y escribe el blog de moda y política @realpolitichic. Junto a Paula Puebla es CEO de Vayaina Mag.


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