Cuando pasaste por los TCA durante mucho tiempo, es fácil confundirlos con tu identidad. El tema te satura, te persigue y siempre pensás ojalá sea la última vez que odie estos rollos, ojalá sea la última vez que odie ese pocito en el culo, ojalá este pantalón hoy me quede más suelto. O, con la misma facilidad, te pasa lo contrario: odiás tus tetas planas y tu eterna flacura.

Siempre me molestó la postura aleccionadora que grita en tu cara que no te querés. La culpa es tuya por no seguir simplemente el mandato de quererte, ¿cómo se te ocurre?

Nunca me pensé víctima, tampoco me creo heroína de nada. Soy solo una más que pasó mucho tiempo por el desierto de los TCA. Y ahora, con 39 años, llegué a un momento en el que no sé si estoy plenamente recuperada; lo que sí se es que estoy harta. Y estar harta es un estado recomendable. Es un combustible que, bien administrado, te moviliza, te empuja, te saca de la mera complacencia.

Recuerdo que hace varios años, en uno de mis episodios de anorexia nerviosa, usaba mucho Instagram. Subía fotos de mi flacura, seguía cuentas de personas que pasaban por lo mismo. Un círculo vicioso que retroalimentaba obsesiones y miedos. El refugio se convertía en parte del pozo.

Luego cobró auge el body positive, coincidió con el apogeo del feminismo, con movimientos masivos como el #MeToo. En este contexto, el body positive funcionó como un brazo estético al momento de abordar y representar la diversidad de cuerpos, sobre todo los que no responden a cierto canon establecido. Era común encontrar notas y publicaciones que hablaran de aceptación corporal y querer tus “defectos”, decenas de hashtags en Instagram apelando a incentivar la autoestima. Admito que parecía un soplo de aire fresco.

Entonces, ya con kilos ganados y el ímpetu del “comenzar a quererme”, empecé a consumir y leer y seguir gente que hablaba de que tenías que amarte, aceptarte plenamente, que tenías que sentir que debías querer tu cuerpo siempre. Cuando venís del vacío y la lucha solitaria y agotadora de un TCA, lo lógico es que sí, que tenés que aprender a amarte. Verte al espejo y pensar cómo me gusta mi cuerpo así, me acepto toda tal cual soy. Sobraban las fotos de mujeres mostrándose con orgullo, “romantizando” supuestas imperfecciones. Todo sobre un trasfondo de “antes me odiaba, ahora me quiero”. Una causalidad un tanto extraña, ¿dónde está el conflicto real, la constante ambivalencia?

Mientras tanto, pasa el tiempo y sus grandes vaivenes. Hay días, pocos o muchos, en los que no es todo tan sencillo como quererse. No es tan fácil deshacer toda una historia de aprendizaje en donde ciertas conductas fueron reforzadas desde que prácticamente sos chica. Dietas de modas —todas la misma basura con diferentes nombres—, idolatría por el ejercicio físico, apps para contar calorías y nutrientes, y sí, el retorno de la delgadez extrema como parámetro de belleza y deber ser. Vuelven los huesos marcados, las caras angulosas. Se puede ver claramente en figuras públicas con cambios drásticos, lo que coincide con el uso indiscriminado del famoso Ozempic, como una droga mágica que echó a tierra el discurso florido del quererse y aceptarse sin más. Ahora esa voluntad se cambió por el ideal que pretendía desbancar. Se vuelve a lo homogéneo y encorsetado. Cambios en actrices como Rebel Wilson, entre muchas otras, son notables.

Rebel Wilson body positive VS. Rebel Wilson en su Ozempic era.

Es importante destacar que esto no ocurre en el vacío. El control social del cuerpo no es algo nuevo, ya Naomi Wolf habló en El mito de la belleza sobre la obediencia y cómo las dietas funcionan como “sedantes políticos”. Pienso precisamente en cómo algo que parece inofensivo y naturalizado termina consumiendo gran parte de tu tiempo y energía, relegando tu vida a una obsesión vacía, tu valor como persona reducida a cuánto pesás (spoiler: nunca es suficiente), el ser exitosa como sinónimo de cómo lucís.

Hay que decir que no es coincidencia que esta arremetida se dé con el nuevo ímpetu de las derechas globales, ¿qué mejor que individuos planos, sin fisuras? No hay queja ante el sistema.

Así, de autoexigencia en autoexigencia, la mayoría ridículas, se te va yendo la vida. En el medio te seguís preguntando si te querés o no lo suficiente, cuál debe ser el problema; tu problema. No te cuidás, no meditás, no te abrazás lo suficiente. Hasta que, de alguna forma, el hartazgo toma forma. Sí, estoy harta. Hartísima.

Darse cuenta de que los TCA forman parte también de una maquinaria que te aplasta y despersonaliza, en función de un sistema asfixiante, no es un momento épico ni emocionante, es un pensamiento denso que te atraviesa mientras lavás los platos y sacás la basura, o mientras escribís un poema sobre un tema que te duele. No querés pasar el resto de tu vida pendiente de una porción de fideos ni achurándote mentalmente ni deseando ser menos porque te enseñaron que eras demasiado.

Hoy no sé si me quiero, pero tampoco me odio. La medianía de ciertas emociones cierra. Después de conocer el caos, no me obsesiona volver a él. Asumo mi corporalidad como aquello que me permite estar en pie y funcionar. Juego con el pocito que se forma en mi nalga (puede ser relajante), compro ropa vintage que me gusta y me queda con mi cuerpo de hoy y no el de un mañana en el que quizás ocupe menos espacio. Mis brazos fuertes ayudan a sostener a mi padre con demencia.

Probablemente no se trate de quererse y odiarse, sino de asumir, con la suficiente indiferencia, que tu cuerpo tal vez es lo menos interesante que tengas para ofrecer. Aunque se sepa que el tema corporal en los TCA es sólo la punta del iceberg.

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Natasha Esteparia es escritora, poeta y estudiante de Psicología. Mientras trabaja en su primer poemario, escribe para habitar las grietas de la memoria y la identidad.


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