El 2 de noviembre de 2020 Los llanos de Federico Falco es elegido libro finalista del 38º Premio Herralde. No entiendo cómo tardé seis años en leer esa novela. Está en mi casa hace tiempo, pero hasta las vacaciones de este 2026 no me había hecho el tiempo. ¿Será algo del orden del prejuicio lo que ralentizó mi acto? Escuché muchas veces comentarios que no le hacían honor. Ahora me pregunto: ¿Cómo no le dieron el Herralde a Los llanos? No quiero leer Cien noches de Luisgé Martín para descubrirlo. Elijo pensar que ha operado un error que ya no tiene solución, el mismo que lo hace un libro emblemático y perfecto en ese mismo equívoco. Su sentido no buscado termina en la injusticia poética de los concursos.

Los llanos es una novela disruptiva. Podría parecer un remanso, pura calma pampeana, monotonía, la mera construcción y contemplación de una huerta, sin embargo, y al mejor estilo de Emmanuel Carrère en Yoga, lo que Falco retrata con su prosa pulcra y detallista es el modo en que se contiene una mente creativa que podría desbocarse; la forma que encuentra una pasión plena —y tan agitada como el mar— para poder existir.
Rosario Bléfari se pregunta en alguno de sus diarios si hay una forma de vida posible para ella en este mundo. Algo de eso también se intuye en el espíritu del narrador, al leer este libro revolucionario. Pienso en la velocidad en la que vivimos, en las breves y superficiales interacciones a las que hemos sido condenados por la comunicación vía smarthphone de esta época, en ese fluir de veradades y mandatos que leemos a diario en las redes: cómo movernos, qué conviene ejercitar, qué comer, qué no comer, cada cuántas horas hacerlo, por qué es mejor ayunar, qué música va, de qué modo cuidar nuestra piel, cómo invertir, por qué hay que incorporar al otro, por qué es mejor alejarlo, qué no podemos dejar de leer… y así. Decía, entonces, que en una realidad de órdenes y contraórdenes, la novela de Falco es un llamado por los malos poetas, una invitación a mirar detenidamente, a eliminar, incluso en la escritura, ese imperante mandato productivista en el que todos estamos sumergidos aunque no lo veamos. “La naturaleza tiene un lenguaje hecho de recurrencias. Aprender a leerlo implica saber detenerse, tomar nota, reconocer, mirar de cerca”, escribe.
Lo que el protagonista de Los llanos se pregunta, lo que hace de este libro una novela y no un diario de la huerta, es esa búsqueda por dejar de ordenar palabras, párrafos, o capítulos, sin —al mismo tiempo— dejar de hacerlo. Falco escribe como evitando escribir. Lo hace al tiempo que intenta negárselo. Lo hace ubicando el germen enfermo de la escritura, sofisticando su prosa transparente, superando un duelo, escondiendo lo más posible ese dato que se revelará con el correr del dolor atado, oculto en un interior de mil capas y colores, en la intensa vida psíquica y emocional del tipo.


La construcción de un hombre así de complejo podría haber resultado un fracaso, o haberse parecido demasiado al perfil de personajes que ya existen en libros que se han escrito hace tiempo. Sin embargo, el modo en que se entretejen los distintos escenarios temporales y los conflictos de la trama (que anticipo sin spoilear no corresponden únicamente a un duelo) demuestran el gran trabajo que hay detrás de la parte del conflicto que sí aparece. Eso que se oculta y que todo el tiempo está a punto de develarse, o estallar, mantiene el interés y predispone al lector a recibir reflexiones sobre la escritura, sin que este libro pueda asociarse a ese género de los libros metadiscursivos pensados solo para ser leidos entre escritores.
En esa demora del conflicto aparece un registro que permite ubicar a Falco (a partir de este libro) en la tradición de los raros, como Rodolfo E. Fogwill, Ángel Rama o Mario Levrero. Sobre todo este último. Algo del dolor se tamiza en la espera de que crezca un repollo, florezca la rúcula o salga por fin una zanahoria. En el Diario de la beca, primera parte de La novela luminosa, Levrero deja asomar una desesperación que arrastrará por decenas y decenas de páginas para hacer explotar de un modo alucinante en la segunda parte. Falco se toma otro tiempo; el de las heladas y los calores extenuantes, para hacer coincidir los ciclos de la naturaleza —que no pueden verse más explícitamente en ninguna parte mejor que en una huerta— con los ciclos del duelo. Pero, a la vez, su prosa salta sin demasiadas explicaciones o preludios, de la narración de un tiempo presente a un pasado anterior, el de la infancia o la juventud, que por momentos es también un pasado reciente, o incluso el pasado de sus antepasados, a quienes alude en su retorno al campo.
La búsqueda no es solo personal —volver a sí mismo luego de una ruptura— sino la de un origen identitario. Habría que separar el “buscar a un familiar” del “buscar un origen del ser”, para comprender esa distancia inteligente que el personaje marca en estas páginas. Si bien pareciera que todo el tiempo buscamos ser uno y solo uno, ¿es esto posible? El paso del tiempo, o el cambio de escenarios, nos cambian. El otro con el que formamos una pareja, si bien es otro, nos refleja algo personal, algo nuestro. Desandar una relación de pareja es perderse un poco. Falco lo escribe así: “Algunos, cuando la vida se les desarma, vuelven a la casa de sus padres. Otros no tienen dónde volver. Yo volví al campo. Armé una huerta para llenar el vacío. El ancho tiempo vacío. El tiempo sin narrativa, sin historias. El tiempo del llano”.
En Los llanos, y desde el título, lo que se intenta atravesar es esa pampa lisa, esa planicie por momentos desértica, la cuaresma de los días sacrificales previos a la resurrección, esa sequía del alma o el frío extremo de los que han perdido algo imprescindible y no tapan su dolor con ropa o relojes, cosas o experiencias excitantes.
Falco transforma el dolor en otra cosa y parece preguntarse de qué está hecha esa paciencia que hay que tener para permitir que un duelo pueda suceder en el tiempo que cada uno necesite. Las preguntas que se hace el autor, a lo largo del libro, entran sin pretensión de filosofía. Por el contrario, lo hacen creando algo que antes no era. Una pieza artística.


El desafío más importante en este libro es el de no ordenar(se), —en el sentido de no darse órdenes sobre lo que es dable escribir—, no estructurar una historia tradicional, no racionalizar u otorgar sentido. ¿Se puede hacer esto con las palabras? Falco plantea el intento de un arte de la escritura abstracto —como podría ser la plástica—, un arte sin forma definida, que no invite a la interpretación. Como comunicarse sin escribir también pudiera volverse un modo de expresarse sensoialmente, con el cuerpo. ¿Es posible realmente algo así? La búsqueda está. Cada uno habrá de responderse esta pregunta. Yo creo qué sí se puede, cada vez que nos ponemos en riesgo al escribir, cada vez que dejamos, sin miedo, el placer de la interpretación a los lectores. Algo que parece haber guiado la intención de este libro, algo que nos invita a escribir.
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Leticia Martin es escritora, editora y crítica cultural. Obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA) y el Posgrado Internacional en Gestión Cultural (FLACSO). Creó junto a Nazareno Petrone la editorial Qeja. En 2023 ganó el Premio Lumen de España por su novela Vladimir.






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