“No tiene nombre lo que me molesta estar en una sala de espera y que haya gente que escucha audios y mira videos a todo volumen como si estuviera cagando en el baño de su casa”. 

Descargos como este colman las redes sociales, en particular X. Si bien no todos habitan esos espacios digitales con sus respectivas catarsis de odio y frustración, el sentimiento es conocido. Incomodidades, impaciencias e intolerancias como las del tuit se cruzan por nuestra cabeza a diario. La coyuntura económica y política argentina no ayuda. El otro sos vos, nos dice la comunicación mas reciente del GCBA de Jorge Macri mientras nos muestra imágenes de porteños pisando caca. No es novedad que la presencia del otro puede llegar a ser insoportable.  Ahora mismo, mientras escribo este texto, suben por la ventana del balcón de mi oficina los ruidos metálicos de herramientas chocando contra el asfalto, mezclados con melodías de rocanrol barrial y los gritos de vecinos a los que les pareció un emprendimiento sensato el armado de un taller mecánico a cielo abierto; sin consultarlo con nadie, desde ya, y sin solicitar habilitación alguna, por supuesto. 


Por su capacidad de generar cercanía e identificación, pero también de producir fuertes carcajadas, Neighbors (“Vecinos”), la docuserie estrenada el pasado febrero en HBO, está destinada a ser, si no un éxito, una buena pieza documental de culto de la época fuera de quicio que nos toca vivir. Producida por Harrison Fishman y Dylan Redford (el nieto de Robert), la primera temporada —recientemente se confirmó que habrá una segunda— consta de seis episodios que versan sobre disputas entre vecinos en ciudades a lo largo y ancho de Estados Unidos. Cada capítulo se enfoca en contar dos casos en un estilo visual frenético que marida a la perfección con la crisis nerviosa al borde de la cual parecen estar los protagonistas. 

Si The Bear y The Pitt te dan ansiedad, pensalo dos veces antes de dar play. En Neighbors la sensación permanente es que las cosas pueden desmadrarse y pasar de la comedia a la tragedia en un abrir y cerrar de ojos. Pero ¿por qué pelean estas personas? Mayormente, por cosas absurdas. Una guerra estalla entre dos señoras por la titularidad de un rectángulo de pasto ubicado en el medio de sus casas. Un político republicano se obsesiona con el muro que decidió levantar su vecina de enfrente porque se parece mucho a la construcción del terrorista internacional Osama Bin Laden y le afea el panorama. Una pareja de ancianos homosexuales ve estropeada su vida soñada de jubilados —con jacuzzi en el medio del living incluido— cuando el nieto de la vecina decide emprender un proyecto de granja en el jardín. Puedo seguir, pero lo que en rigor está detrás de todas las disputas siempre es, por supuesto, la vieja, conocida, sagrada e intocable propiedad privada. Se sabe: nada triggerea a las personas como la amenaza sobre ella, ya sean sus posesiones o su cuerpo/espacio personal.

Estamos de acuerdo junto con Caetano Veloso en que nadie de cerca es normal, pero esta gente va un poquito más allá. Ninguno parece tener todos los patitos en fila y esto es lo que en definitiva termina atrapando de la serie, más que las disputas mismas. Así, descubrimos, por ejemplo, que un “vecino” es, al mismo tiempo, un fanático declarado de Ellen DeGeneres y un actor frustrado con un mambo cuanto menos extraño con la paternidad, los niños y la orientación sexual. Otro maneja un auto enteramente decorado con carteles y fotografías de Trump, una especie de Trumpneta. Y una mujer solía vender el pis del hijo a personas random que precisaban hacerse tests de orina (!). La serie parece dejar en claro, por si aun había dudas, que la post pandemia y  el trumpismo recargado dieron a luz a un manicomio a cielo abierto. Ya no hay muros que separen el mundo de los locos y de los cuerdos. Un verdadero freak show
La mayoría de estos personajes no cuentan con un trabajo tradicional que les proporcione una rutina. Algunos tienen dinero, otros no tanto, pero fundamentalmente disponen de tiempo. Tiempo para devanear y chusmear por la ventana a ver en qué anda el resto. ¿Será su pasto más verde? Varios han convertido su propia vida en una suerte de reality, creándose una personalidad para las redes con cientos de miles de seguidores, a quienes también involucran en las disputas con sus vecinos para que tomen partido por ellos. Así, han conseguido monetizar su propia vida. Pero no son influencers, son personajes sueltos en busca de un autor. Si en Estados Unidos todos tienen un arma, o al menos muy fácil acceso a ella, lo mismo podemos decir de las cámaras de seguridad con las que ven y son vistos. Un combo complejo de paranoia, vigilancia, autodefensa. Y mucha soledad.  

Mientras asistimos a cada una de estas historias hay que decir que, después de las risas, sobreviene un mini terror en nuestro interior, apoyado en una verdad que por autopreservación necesitamos negar: que estas personas no nacieron así de rotas. Que no vienen así de fábrica. Esa monstruosidad espiritual, y a veces física, es adquirida. ¿Cómo llegaron a esto? ¿Qué les pasó en la vida? Alguna vez fueron niños y niñas con ilusiones y sueños, con inocencia, con cuerpos no afeados por el exceso, por un estilo de vida horrendo sustentado en el consumo infinito y la precariedad. ¿Podemos nosotros acaso terminar así? ¿Qué es lo que todavía nos mantiene de este lado? ¿Cuán lejos estamos? Parecería que muy, pero no hay garantías. La vida es jodida. Quién nos asegura que no vamos a terminar obsesionados con rescatar dos docenas de gatos o negando la muerte en una tanga amarilla sobre una bicicleta fija en el patio delantero de nuestra casa, como el señor del ultimo episodio. Y esto, en Argentina, en el mejor de los casos, por cierto. Hay algo en la locura y en la pobreza, en la desgracia ajena en general, que nos dispara pánico y rechazo por el temor a terminar igual, a que eso que vemos pueda ser un espejo. 

Neighbors bebe de fenómenos televisivos como el Show de Jerry Springer, uno de los reyes de la televisión trash. Pero también de otros realities como Cops y Hoarders, que nos hacen partícipes de un abanico de miserias humanas, oscuridades y violencias. Hay, también, dos películas estrenadas en 2025, que conectan con la serie y que me atrevo a recomendar: Sovereign, sobre un hombre perteneciente al movimiento de Ciudadanos Soberanos (SovCit), que sostiene que el gobierno es ilegítimo y las leyes no les aplican, y Eddington, un western moderno que retrata una serie de encuentros entre vecinos de un pueblo chico que van dejando al descubierto tensiones ocultas, prejuicios y resentimientos acumulados, en un clima cada vez más denso y perturbador.

Lo interesante de Neighbors es que funciona en dos niveles. En la literalidad más obvia —los vecinos son quienes viven del otro lado de la pared— pero también opera como una metáfora social más amplia, de lugares de convivencia menos permanentes, aunque no por eso menos reales: el subte, el bondi, el tren, el gimnasio, la facultad, una sala de espera, etc. Las redes sociales, por su parte, replican esta lógica vecinal. En todos esos ámbitos, estamos más o menos obligados a coexistir y a sostener intercambios con otros —aunque nadie nos obligue. La cercanía puede ser circunstancial, pero sus efectos muy concretos: roces, incomodidades, conflictos que, como en Neighbors, pueden escalar más de lo esperable.

Bastante antes de que existiera la cancelación como fenómeno, allá por 2008, el prestigioso intelectual George Steiner le dio una entrevista al diario español El País, y lo mataron por una frase que, en su arbitrariedad e incorrección, contenía una verdad incómoda. Cito: “Es muy fácil sentarse aquí, en esta habitación, y decir: ¡El racismo es horrible! Pero pregúnteme lo mismo si se traslada a vivir a la casa de al lado una familia jamaicana que tiene seis hijos y escuchan reggae y rock and roll todo el día. O cuando mi asesor venga a casa y me diga que desde que se mudó a mi lado la familia jamaicana el valor de mi propiedad ha caído en picada. ¡Pregúnteme entonces! En todos nosotros, en nuestros hijos, y por mantener nuestra comodidad, nuestra supervivencia, si rascás un poco, aparecen muchas zonas oscuras. No lo olvide”.

Creo que lo que Steiner con genuina buena intención intentó recordarnos, tal vez de una forma bruta y antipática, es la cuestión de cómo vivir juntos, que siempre fue y continúa siendo una de las grandes preguntas de la Política: cómo se hace para compartir espacios y pensar un proyecto de país con gente que piensa que moler a palos a jubilados está bien, o al menos les resulta indiferente; que no tener para comer no es tan grave; en suma, el desafío radica en cómo hacer para que, eventualmente, la sangre no llegue al río.  

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Vicky Sosa Corrales es licenciada en Ciencia Política y trabaja en comunicación. Es asesora de imagen profesional y colabora en distintos medios. Creó y escribe el blog de moda y política @realpolitichic. Junto a Paula Puebla es CEO de Vayaina Mag.


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