Las mujeres han tenido un lugar marginal en la historia política, y esto también se replica en las derechas. ¿Quiénes son? ¿Cómo se construyen, cómo llegan, qué representan? Muchos análisis tienden a pensar a las mujeres más cercanas a las agendas progresistas, pero las derechas también cuentan con figuras femeninas relevantes. Y no son pocas.
¿Quiénes integran ese panteón? Tal vez la figura indiscutible sea Margaret Thatcher, emblema del giro neoliberal en el Reino Unido; o Angela Merkel, con un perfil más pragmático y menos ideologizado. Más cerca en el tiempo encontramos a Giorgia Meloni en Italia, Alice Weidel en Alemania.




Aunque la historia política local no ha puesto suficiente atención en estas figuras, en Argentina también hay una genealogía: de Isabel Perón a Victoria Villaruel, pasando por Patricia Bullrich o María Eugenia Vidal.
En Venezuela, esa figura tiene nombre propio: María Corina Machado, conocida como “la sifrina”, la chica bien, o “la burguesita”, como solía llamarla Hugo Chávez.
No se trata de un bloque homogéneo, conviven tradiciones conservadoras, liberales y nacionalistas. Pero hay algo que sí las une: no son figuras decorativas ni encajan en los estereotipos sociales. Son dirigentes con poder y con capacidad real de intervenir en disputas centrales de su tiempo. Mirarlas de cerca permite entender mejor no sólo a las derechas, sino también las transformaciones de la política contemporánea.
La otra dama de hierro
“Teníamos muchos años sin ver a alguien con esa capacidad para animar a la gente. El último que lo logró fue –otra ironía de la historia–
Hugo Chávez”
(Osío Cabrices, 2026:43)

María Corina Machado nació en 1967 en una familia de la élite caraqueña. Fue dirigente estudiantil en su juventud y en 2012 fundó el partido Vente Venezuela. Hoy simboliza la principal oposición al chavismo.
Se crió en la casa de su abuela paterna, donde vivía con su madre, campeona nacional de tenis y psicóloga de profesión; su padre, empresario metalúrgico conocido por ser el segundo mayor productor de acero del país, y sus tres hermanas menores: Ana Teresa, Marian y Clara. Se formó en la Academia Merici, colegio de enseñanza bilingüe fundado en 1955 con el objetivo de que sus jóvenes estudiantes de la élite caraqueña pudieran estudiar inglés “como segunda lengua sin salir del país”, como todavía puede leerse en la propuesta pedagógica institucional. Estudió ingeniería en la Universidad Católica Andres Bello.
“Yo trabajaba en lo que quería”, afirma en una entrevista que le realiza su propia madre, y destaca que en su casa “ser mujer nunca ha sido un límite, era inconcebible que por el género algo estuviera limitado”. Como hermana mayor, considera que su carrera como ingeniera y su inmersión en la actividad empresarial fueron suficientes para demostrarle a su papá “que no hacía falta tener un hijo varón”.
Su figura combina un rostro angelical y una estética sobria –jeans, remera blanca, la bandera de venezuela y un crucifijo en el cuello– con uno de los discursos más radicales de la oposición al chavismo, incluso entre figuras como Capriles Radonski, Leopoldo López o Juan Guaidó. Fue Machado quien sugirió -y celebró después- la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela.
Traer a nuestros hijos a casa
Machado se casó muy joven, tuvo tres hijos y se divorció en 2001. Como en muchas otras casas venezolanas, sus hijos se fueron de Venezuela. Está decisión se vinculó con la actividad política de su madre: “no se querían ir”, pero “tenía que tener la tranquilidad de que iban a estar seguros”, afirma.
Este dato biográfico es significativo para sus adherentes. La “sifrina” no sólo es una dirigente de la élite económica sino una mujer más. “María vivió la separación de sus hijos como cualquier madre Venezolana. Esta es una conexión que ella tiene con las bases sociales”, sostiene una de las activistas de Vente Venezuela.
La narrativa familiarista no es una novedad en la política, en general ni entre las mujeres de derecha en particular. La historiadora Margaret Power estudió a las mujeres que apoyaron el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile y retrató lo que significaba para muchas de ellas el gobierno de la Unidad Popular: un tiempo de escasez, colas para conseguir alimentos, caos, violencia y desorden. Su activismo se articuló con la narrativa anticomunista, era necesario salvar a la patria y a sus hijos del comunismo. Para eso reclamaron la intervención de las Fuerzas Armadas, en quien depositaron expectativas por verlas como garantes del orden, la disciplina, la autoridad y el control.
La militancia en torno a María Corina Machado, fuertemente feminizada, puede leerse desde el prisma de esa demanda: terminar con el socialismo del siglo XXI, resolver la escasez de alimentos, la crisis económica y el desmembramiento familiar. En definitiva, “traer a nuestros hijos a casa”, como remarcó Ana Corina cuando leyó, en la entrega del Premio Nobel de la Paz en Oslo, el texto redactado por su madre. En ese marco, también articula una agenda pro capitalista que dialoga con la figura de una mujer liberal “empoderada”.

La feminización incluye la elaboración de un diagnóstico de la crisis económica y social desde la perspectiva de las mujeres. María Oropeza es una dirigente joven de Vente Venezuela. Estuvo detenida durante un año y medio en el Helicoide, de donde fue liberada en febrero de 2026. Pocos días después, el 8 de marzo, participó de manera remota de la conmemoración por el Día Internacional de la Mujer organizada en Buenos Aires por las activistas de Ladies of Liberty Alliance. El evento tenía a Oropeza y a María Corina Machado como principales oradoras y emblemas del activismo femenino. María mencionó que en Venezuela “el 69% de los hogares está liderado por mujeres”, aunque aclaró que no siempre son las madres las que están en los hogares: “debido a la migración forzosa, muchos de esos hijos son criados por abuelas, tías o hermanas que se quedaron y les tocó criar”. Mencionó el peso del empleo informal entre las mujeres (“solo cuatro de cada diez mujeres participa del mercado laboral formal”) y las dificultades que encuentran cuando deben parir en hospitales sin recursos, la falta de acceso a anticonceptivos, los problemas que causa el embarazo adolescente y la pobreza.
¿Qué significa la vida para las mujeres venezolanas? ¿cómo se sostiene una casa, cómo se cuida, cómo se trabaja, cómo se pare y se cría en medio de la crisis? Las críticas al socialismo del siglo XXI no siempre se construyen desde una clave ideológica, sino que conectan con las consecuencias de la crisis venezolana en la vida cotidiana de las mujeres.
De “mosca” a líder
Uno de los momentos más recordados de la carrera de María Corina tuvo lugar en 2012 en pleno discurso de Hugo Chávez frente a la Asamblea Nacional.
Tras nueve horas de alocución, Machado lo interrumpió y, sin rodeos, le dijo que el país que describía en su discurso era “muy distante del que vivimos las mujeres y las madres venezolanas”. Habló de la escasez de alimentos, de la leche que no se consigue y escaló el tono hasta apuntar al corazón del modelo: “la Venezuela decente no quiere lanzarse hacia el comunismo, quiere respeto a la propiedad. ¿Cómo puede hablar de que respeta al sector privado si se ha dedicado a expropiar? Expropiar es robar”.
La respuesta de Chávez llegó de inmediato: “Me has llamado ladrón en público”, y remató: “pero no te voy a responder, porque águila no caza mosca. No estás a mi altura para debatir conmigo; si ganas las primarias, entonces debatiremos”. La escena fue breve pero tuvo fuerte resonancia. También la descalificación.
Meses después, Machado compitió en las primarias opositoras. Obtuvo apenas un 5% de los votos. El anti chavismo terminó abroquelado detrás de Henrique Capriles.
La trayectoria política de la “sifrina” siguió un camino sinuoso: destituida, inhabilitada, acusada de traición a la patria y desplazada del sistema político formal. El 22 de octubre de 2023 cambió el rumbo: María Corina ganó las primarias opositoras con más del 90% de los votos.
Pese a encontrarse inhabilitada por la Contraloría General de Venezuela para ejercer cargos públicos, se configuró como la principal figura para competir contra Nicolás Maduro en las elecciones de julio de 2024.
Adriana tiene 32 años, es referente del comando de Vente Venezuela en Argentina. Se fue de Barinas, su ciudad natal, a los 23 años después de recibir una orden de detención. Ella había tenido una militancia activa en el movimiento estudiantil, un bastión de la oposición tras la muerte de Chávez en 2013 y la asunción de Maduro. Su hermana y su cuñado eran dirigentes políticos y estuvieron detenidos. Adriana permaneció escondida varios meses pero decidió migrar tras las advertencias que le hizo el abogado de la familia. Salió del país en el 2018 rumbo a Argentina. El viaje fue un periplo de varios días que incluyó cruzar la frontera con Colombia a pie para, luego, tomar un vuelo sola hacia Perú. Desde ahí viajó a Buenos Aires, donde vive. Desde ese momento no ha vuelto a ver a sus padres que tras su partida emigraron a Perú.
Evoca el día de las primarias con dos imágenes contrapuestas: la expectativa y la improvisación. “La gente ponía plata para imprimir las boletas, para hacer las cajas de votación, para las libretas”, relata sobre aquella jornada. “No hubo edificios oficiales. Los centros aparecían donde se podía: el patio de una casa prestada, un taller mecánico, una plaza”. Cuando no había otra cosa, se apelaba a la creatividad: “en algunos lugares, una mesa de planchar hizo de mesa electoral”.
La actividad partidaria de Vente Venezuela tiene elementos singulares porque una parte significativa transcurre fuera de las fronteras venezolanas. La diáspora no sólo es un dato social, también modela una estructura política. Redes de militantes, comandos en distintas ciudades, actividades organizadas en el exterior.
La consigna de la campaña de María Corina Machado en las primarias de 2023 fue “Vamos hasta el final” y, con los resultados de las primarias en mano, manifestó: “hoy no es el final, pero es el principio del final”.
“No hay ni una sola posibilidad, pero ni una, ni media, ni 0,2%, ni 0,1% de posibilidad de que una persona que esté inhabilitada pueda ser habilitada para participar en una elección presidencial”, afirmó Diosdado Cabello, primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela. Machado no pudo presentarse como candidata a la presidencia. Tampoco Corina Yoris, profesora universitaria con la que se intentó reemplazarla. En su lugar, el candidato fue Edmundo González Urrutia. Aunque el Consejo Nacional Electoral proclamó a Nicolás Maduro como ganador, las elecciones fueron cuestionadas por no cumplir con estándares internacionales de integridad electoral y por la falta de transparencia con los resultados electorales ante el desconocimiento de las actas electorales.

La vida política venezolana está atravesada hace años por la sensación de un cambio inminente. El activismo opositor adoptó esa consigna, que comparte en redes sociales y sus activistas sostienen en pancartas y carteles. El “final”, para éstas, se asocia con dos procesos convergentes: terminar con el chavismo y concretar la tan mentada reunificación familiar (“volver a casa”).
Para los sectores oficialistas, por el contrario, es una expresión propia de la “cultura del odio, del fascismo, del supremacismo, de la arrogancia, de no aceptar al diferente”, como manifestó la presidenta interina Delcy Rodríguez, sucesora de Maduro.
Entre Chávez y Trump
En octubre de 2025, María Corina Machado recibió el Premio Nobel de la Paz. El Comité Noruego destacó “su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo de Venezuela y por su lucha en favor de una transición justa y pacífica de la dictadura hacia la democracia”.
La recepción del premio fue cinematográfica. Tras una salida clandestina del país, María Corina no logró llegar a tiempo al acto oficial. En su lugar, el premio lo recibió su hija, a quien no veía desde hacía más de dos años. Machado llegó a Oslo en medio de la noche y salió a saludar desde el balcón del hotel en el que se alojaba. Debajo la escuchaba un grupo nutrido de venezolanos que entonaron el himno nacional y gritaron “libertad, libertad”,
Semanas después, Machado ofreció a Trump su medalla a modo de reconocimiento y ante el malestar del primer mandatario estadounidense por no haber sido galardonado. Este le devolvió el gesto de un modo peculiar: afirmó que para Machado sería muy difícil ser una referente porque “No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene ese respeto”.
Mosca para Chávez, nice woman para Trump. Dos posiciones políticas, el mismo problema.

La operación militar encabezada por Estados Unidos la madrugada del 3 de enero de 2026 culminó con la captura de Nicolás Maduro y reavivó las expectativas depositadas en la figura de Machado desde sectores opositores al chavismo. La inminencia del tiempo político parece acelerarse en un tiempo signado internamente por dos caminos contrapuestos. Ambos encabezados por mujeres.
Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito
Melina Vázquez es Posdoctora en Investigación en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, doctora y magíster en Investigación en Ciencias Sociales (UBA). Investigadora independiente del Conicet (IIGG/UBA). Codirige el Grupo de Estudios en Políticas y Juventudes y coordina el Diploma Superior en Juventudes (Clacso). Además de artículos en revistas científicas, escribió Juventudes, políticas públicas y participación y participó del libro Está entre nosotros (Siglo XXI).
Carolina Spartaro es Doctora en Ciencias Sociales (UBA) y magíster en Comunicación y Cultura. Investigadora adjunta del Conicet (IIGG/UBA). Es docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y dictó cursos de posgrado en varias universidades del país. Participó como coordinadora del volumen Del margen a la institucionalización. Feminismos, estudios sobre sexualidades y políticas de género en la Facultad de Ciencias Sociales, UBA (1988-2022).






Deja un comentario