Vladimir Nabokov era arquero. Lo sabemos por sus memorias y sus otros escritos, sobre todo a partir de su poema “Fútbol”, de 1920, que después amplió en su obra más extensa de 1927. Se ubicó por primera vez debajo de los tres palos en la Escuela Tenishev de San Petersburgo, centro del que también se graduó otro poeta que escribió sobre fútbol, Ósip Mandelstam.
En un recuerdo temprano de sus memorias Habla, memoria, Nabokov escribe: «El director, que poco sabía de deportes —aunque valoraba enormemente sus virtudes para fomentar la camaradería— veía con recelo que yo siempre jugara de arquero ‘en lugar de correr por ahí con los demás jugadores’». Según Nabokov, en su informe escolar de educación física le habrían reprochado ser un exhibicionista, un inconformista y, lo que es peor en una escuela “democrática”, un individualista.
Cabe suponer, entonces, que lo natural era que eligiera jugar como arquero. Al fin y al cabo, Jonathan Wilson, en su magnífica historia sobre la portería titulada The Outsider, describe ese rol como alguien «fiel al arquetipo: un outsider, un solitario con una sombra en el alma».

El libro de Wilson plantea varias teorías interesantes sobre las razones de este fenómeno y hace referencia a Nabokov en diversas ocasiones: una vez, al incluirlo en una nutrida lista de intelectuales que jugaron como arqueros, y la otra al citar de Habla, memoria su magnífica descripción del arquero ruso como héroe mítico: «En Rusia y en los países latinos, ese arte gallardo siempre ha estado rodeado de un halo de singular atractivo». «Distante, solitario e impasible, el extraordinario portero es seguido por las calles por niños fascinados. Compite con el matador y el aviador como objeto de una admiración entusiasta. Su suéter, su gorra con visera, sus rodilleras y los guantes que asoman por el bolsillo lateral del pantalón corto lo distinguen del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre de misterio, el último defensor».
Pero, para examinar con mayor detalle al Nabokov arquero, vale la pena fijarse en el Nabokov escritor y en cómo presenta al Nabokov personaje. Como escribe Dean Flower en su artículo “Nabokov’s Personae”: «Todo ‘yo’ nabokoviano que se encuentra en su obra —ya sean memorias o entrevistas, novelas o cartas, prólogos o conferencias— es una ficción. Si bien esto puede decirse de muchos escritores, resulta especialmente cierto en el caso de Nabokov, en parte porque recurre de manera intensa y directa a su propia historia, pero también porque exige al lector que lo busque en sus creaciones (tal como hacía Hitchcock) para siempre culminar estas caracterizaciones con un acto de desaparición».
Nabokov recuerda cómo, en algunos partidos, la realidad de su papel como arquero pasaba a un segundo plano frente a sus impulsos artísticos. En Habla, memoria describe extensamente su experiencia defendiendo el arco del equipo del Trinity College, en Cambridge: «Por fortuna, el juego se desplazaba hacia el extremo opuesto del campo empapado. Una llovizna débil y lánguida comenzaba, vacilaba y volvía a reanudarse… Los sonidos lejanos y difusos —un grito, un silbato, el golpe seco de una patada— carecían por completo de importancia y no guardaban relación alguna conmigo. Más que el defensor de un arco de fútbol, yo era el guardián de un secreto. Mientras me apoyaba de espaldas contra el poste izquierdo con los brazos cruzados, disfrutaba del lujo de cerrar los ojos; así escuchaba los latidos de mi corazón, sentía la llovizna ciega en el rostro y oía, a lo lejos, los sonidos entrecortados del partido, imaginándome como un ser fabuloso y exótico disfrazado de futbolista inglés, componiendo versos en una lengua que nadie entendía sobre un país remoto que nadie conocía. No es de extrañar que no gozara de mucha popularidad entre mis compañeros de equipo».
Este pasaje está impregnado de la figura de Nabokov como héroe imaginario de su propia narración. Como partido, el encuentro descrito parece inverosímil, incluso ficticio, a menos que el equipo del Trinity de 1919-1921 fuera extraordinariamente bueno y capaz de mantener al rival acorralado en su propio campo durante largos periodos. Wilson señala también que, por aquel entonces, se esperaba que los arqueros permanecieran pegados a la línea de meta; por ello, la falta de atención de Nabokov solo se hacía evidente cuando el rival amenazaba su arco, en tanto no tenía necesidad de merodear por el área y podía, de hecho, apoyarse en un poste. El partido es, entonces, mítico, del mismo modo que lo es el heroico arquero de Nabokov: arraigado en la realidad, pero utilizado en la página para significar o permitir algo más de lo que la versión real podría.

Más interesante, sin embargo, es la imagen del joven poeta Nabokov, a quien los avatares del tiempo de juego le permiten componer versos. Thomas Karshan ilustra cómo Nabokov emplea una idea similar en su poema “Fútbol”, donde escribe sobre sí mismo ubicado en el arco, descrito por un espectador como alguien «nacido / de aquel país salvaje donde la sangre cae sobre la nieve».
Las facetas de Nabokov como poeta y memorialista se superponen y se funden, unidas por su posición en el campo de juego y por la otredad conlleva intrínsecamente. Desde una perspectiva dramática, jugar en la portería le brinda a Nabokov tiempo para componer y la oportunidad de escuchar las conversaciones de los espectadores. En “Fútbol”, Nabokov se dirige a un espectador: «No podías saber / que uno de los jugadores despreocupados / está —pacientemente— creando, / en silencio y de noche, / armonías para otras épocas».
El acto de creación poética se traslada, al menos en parte, fuera del terreno de juego hacia un espacio más íntimo, aunque se evoca el partido, tal vez para contraponer la seriedad de la poesía a la naturaleza “despreocupada” del deporte. Cabe señalar que Nabokov escribe en Habla, memoria que «los círculos literarios… veían con malos ojos otras aficiones mías, como la entomología, las bromas pesadas, las chicas y, sobre todo, el deporte».
Y, sin embargo, todos estos aspectos son elementos fundamentales de las distintas facetas de la personalidad de Nabokov. El ruso, por ejemplo, estudió y escribió sobre mariposas y polillas en revistas académicas; de hecho, en un eco de su faceta como guardameta, Roger Deakin escribe que le fascinaban por el “vínculo inmemorial” entre vencer la gravedad y trascender la muerte.

Nabokov se permite una broma personal sobre cómo la actividad —aparentemente frívola— de jugar como arquero ofrece, de hecho, tanto la oportunidad de escribir versos como la base para la acción dramática en la obra resultante de esa escritura. Un elemento clave de estas facetas es la posición de guardameta, cuyo aislamiento —tanto literal como metafórico— hace posible ambas cosas. Nabokov se presenta como un elemento ajeno al equipo, pero su naturaleza artística innata acentúa aún más esa condición de “ajenidad”. Nabokov se concebía a sí mismo ante todo como un individuo —tanto en su faceta de artista como en la personal—, y la de arquero es la posición hacia la que habría gravitado de forma natural.
Nabokov crea deliberadamente personae en su obra y que, para él, el ideal mítico del arquero constituía un arquetipo fértil. ¿Fue Nabokov portero en la vida real? Niels Bohr, galardonado con el Premio Nobel de Física en 1922, jugó como portero en el equipo danés Akademisk Boldklub en 1906, pero encajó un gol desde larga distancia —o tal vez no; las versiones difieren— por estar distraído con una ecuación matemática que escribía en un poste de la portería. Bohr cursó estudios en el Trinity College en 1911. Resulta sugerente imaginar al joven arquero Nabokov escuchando esta anécdota en algún momento y guardándola en su memoria.
Por último, cabe señalar que Nabokov podía utilizar el propio fútbol como metáfora. Vladimir escribió al crítico marxista Edmund Wilson que deseaba que sus discusiones fueran como «aquel choque de opiniones del que brota la verdad», semejantes a una pelota de fútbol que provoca, una y otra vez, una pugna frenética. Al emplear el fútbol como símil en este contexto, tal vez esté evocando la naturaleza caótica de los partidos que presenció en los campos embarrados y anegados de Cambridge. Unos encuentros que, pese a su desarrollo desordenado, eran capaces de generar momentos de gran belleza. Aunque nunca sabremos con certeza si aquellos partidos eran realmente tal y como Nabokov los describía.
Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito







Deja un comentario