“No puedo levantar la mirada, lo siento. Estoy muy emocionado. Qué grupo de jugadores, hermano. Ya está, me tengo que ir. Dejá”. Las disculpas le pertenecen a Lionel Scaloni, Leónidas de Pujato, que partido a partido hace un esfuerzo por blindar sus emociones, por dejarlas amuralladas dentro de ese cuerpo que alguna vez corrió detrás de la pelota y hoy se para con autoridad fuera de las líneas de cal. Ayer, pese a su empeño, el DT de la selección argentina lloró. Más tarde, en conferencia de prensa, contó que sus jugadores le dicen «la llorona».

También lo hizo Lionel Messi cuando escuchó el silbatazo final del francés Dracois Letexier. Oyó la estridencia del alivio, se plegó sobre sí mismo, cubrió su cara con las dos manos para, segundos después, dejarse ver con las lágrimas deslizándose hacia abajo, en dirección a las franjas celestes y blancas de la camiseta de las tres estrellas. Sin solución de continuidad, el 10 siguió llorando mientras abrazaba y era abrazado por compañeros, cuerpo técnico y esos personajes vestidos de traje que suelen salir de debajo del césped cuando el partido termina y uno no sabe quién carajos son. Ya lo habíamos visto llorar en el debut contra Algeria. Y también presenciamos lo que, penosamente, sucedió después en los medios.

Foto: Justin Setterfield/Getty Images

Me gustan estas imágenes, las de los Lioneles llorando. Porque no lloran para la cámara, lloran a pesar de ellas, a pesar de que el mundo los observa. Para ellos, dos tipos metidos en el artesanado del fútbol de alto rendimiento, la descarga de la angustia no es íntima. No puede ser ni podría serlo porque el momento para llorar es aquel, cuando director técnico y capitán dan cuenta de la quijotada deportiva que acaban de conseguir. 

Ni Messi ni Scaloni, dos miembros célebres de la historia del fútbol mundial, saben lo que significa del todo y para todos verlos llorar. ¿Cómo esos machos de competencia, que no han sido tocados por la varita mágica de la declamación progresista, muestran sus lágrimas, tienden su moco a un público de millones que todavía no puede bajar las pulsaciones? ¿Cómo, encima, le dan una inmensa alegría a un pueblo castigado pero, sobre todo, a esos sobregirados del análisis que extorsionan con la frivolidad y la impertinencia distractiva del fútbol? ¿Cómo abren de asombro tantas bocas a la vez? ¿Cómo las cierran? 

Hay algo profundamente humano en esas explosiones de llanto. Algo que ya no puede ser contenido. Algo que es espontáneo y, por naturaleza, va en contra de los modos especulativos de ser que impone la vida en este siglo de mierda. Lionel Messi y Lionel Scaloni son lo contrario de la basura efectista que nos quieren hacer creer genuina, saludable, cruelty free, feminista línea Levy con conciencia de clase. Lionel Messi y Lionel Scaloni son fruta del árbol del esfuerzo; del esfuerzo que es pelea, que es cuerpo presente —¡qué fácil sería si alcanzara con palabra!—. Son un 2 a 0 abajo y también un 3 a 2 arriba. Son nuestra angustia. Nuestro estómago cerrado, nuestra cagadera, nuestras uñas comidas. Y también son nuestro pase a cuartos, nuestro orgullo, nuestra mayor alegría. Y tal vez, la cancha, el último espacio donde se cosecha rebeldía.

Debería corregi todos esos “nuestra” y “nuestro” que vengo desparramando en el texto. Pero me gusta la insistencia, no aparece porque sí. Es otro efecto de la Selección Nacional, de esta nueva cara de sufrimiento que muestra y deja ver sin pudor. Porque además de los laureles, pareciera que esta alianza sentimental entre DT y capitán ponen a trabajar, como un músculo atrofiado, la primera persona del plural argentina. Empatamos. Ganamos. Sufrimos.

Trasvistan a la verdad de lo que quieran, pero hay mucho más sentido de pueblo en Messi y Scaloni que en un manojo de suscripciones que pretende ser comunidad. Y lloren, chicos. Lloren que hace bien.

Suscribite a Vayaina Mag o colaborá con un Cafecito


Descubre más desde VayainaMag

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

TEMAS

  • El retorno de Kate Moss

    El cuerpo de las mujeres nunca dejó de estar en disputa. De la “heroin chic” de los 90 al “slim thick”, del body positive al wellness y de las dietas al Ozempic, los modelos corporales cambian pero la exigencia permanece: transformar el propio cuerpo para acercarlo al ideal que dicta el mercado. Por Valeria Berman.

Descubre más desde VayainaMag

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo