8 de julio de 1990. La hora no la sé, aunque podría buscarla: en mi recuerdo es de noche, pero posiblemente tenga que ver con el invierno y sus días cortos. Tengo tres años y medio y estoy parado sobre un mueble de mi casa. Mi papá me acaba de alzar hasta ahí y me está poniendo una campera. Vamos a festejar, me dice. Me pregunto qué es lo que vamos a festejar si acabamos de perder. La siguiente imagen es en la calle, tocando bocina, en nuestro fitito, el Fiat 600 amarillo que algunos años después nos van a robar. 

De fondo, como si se pudiera poner una banda de sonido a los recuerdos, suena Un’estate italiana, interpretado por Gianna Nannini y Edoardo Bennato.

Treinta y seis años después, los argentinos seguimos recordando el Mundial de Italia ’90 con una extraña alegría y orgullo. Como si lo hubiéramos ganado. 

Uno podría decir que el tiempo agiganta las hazañas, o bien que conserva solo lo que queremos recordar de un hecho que en realidad es más grande y complejo. Pero como por suerte todavía tengo memoria, puedo decir que desde el día en que terminó ese mundial y hasta hoy, todos sentimos (los que lo vivimos de alguna manera, quiero decir) que hay algo irrepetible. Porque segundos volvimos a salir en 2014, pero no fue lo mismo. Entonces me pregunto: ¿por qué Italia ’90?

El recorrido

No vamos a hacer un recorrido exhaustivo sobre el desempeño argentino en este mundial. Trataré de ser conciso y de escribir solo lo que recuerdo, sin repetir y sin googlear.

La selección llega como campeona del mundo. Debuta contra Camerún, un equipo desconocido, sin historia. Pierde con un gol tonto que se come Pumpido. En algún momento entre ese partido y el siguiente (que acabaría ganando contra la URSS por 2-0), Bilardo le dijo al plantel que si llegaban a perder, él prefería que el avión se cayera al mar antes que volver a casa en primera ronda. Y no lo dijo metafóricamente.   

El último partido de la fase de grupos sería un sufrido empate ante Rumania, en el que Argentina pudo haber perdido y terminó empatando. Un gesto crucial: luego del 1-0 de cabeza (que llegó medio de casualidad, porque Rumania jugaba mucho mejor), Diego se arrodilló, juntó sus manos y agradeció a Dios, suplicando clemencia.

El tercer lugar en el grupo condenaba a Argentina a jugar contra Brasil, quizás la mejor versión en años de la verdeamarela. El partido es el inicio indudable de la épica que da origen a este escrito. Basta con ver un resumen para darse cuenta de la superioridad física, técnica y actitudinal de ese Brasil. Tiros en los palos, Goyco figura (que ya había entrado tras la lesión de Pumpido ante la URSS). Todo hasta que Diego, en una apilada fenomenal, deja solo al Cani contra Taffarel. Minuto 36 del segundo tiempo. 

Foto: La Nación

Un párrafo aparte merecería el episodio conocido hoy como el bidón de Branco, el hecho más bochornoso pero cierto del bilardismo que nos ayudaría a llegar a la siguiente ronda. Al parecer, el cuerpo técnico argentino cargó unos bidones de agua con Rohypnol, un somnífero potente. De ese bidón, que convenientemente ofrecieron a los brasileños, habrían bebido un par de jugadores, entre ellos Branco. Las imágenes, post-ingesta, dan cuenta de la pérdida de reflejos del crack brasileño.

El partido de cuartos de final contra Yugoslavia (ahora que pienso, Argentina despidió antes de que desaparecieran de la faz terrestre a las dos potencias al este del Muro: la URSS y Yugoslavia) fue uno de los partidos más aburridos de aquel mundial, según los que saben. Cero a cero y penales. El Diego erra el suyo, Troglio también. Goyco nos salva. A semis contra el local.

La semifinal parecía imposible. Argentina llegaba de casualidad, jugando mal y con el tobillo del Diego como una pelota. Italia, con su goleador Salvatore “Totò” Schillaci, pero también con Roberto Baggio, Walter Zenga, Franco Baresi, Paolo Maldini et al. Se juega en el San Paolo, el estadio de Napoli. El San Paolo es el palacio del rey de los humildes, Diego Armando Maradona, amo y señor del sur de Italia. 

Durante la semana previa al partido, la ciudad de Napoli duda entre hinchar por Italia (con el fervor nacionalista que solo regalan los mundiales) o por Diego. La duda parte al medio a Napoli. Muchos eligen a Diego por sobre la Azzurra. 

El partido arranca como se esperaba: a los 17′ ya va ganando Italia. Cuando la cosa parecía irremontable, Cani descuelga un centro extrañísimo y lo empata a los 22′ del segundo tiempo. Penales de nuevo. Goyco más héroe que nunca, de nuevo. 

La final tiene el sabor que termina de darle forma al relato: Argentina, sin Caniggia (suspendido por tarjetas amarillas), con el tobillo del Diego más inflamado que nunca, contra la Alemania de la reunificación, que como tren bala llegaba a la final. Antes del partido, el público romano abuchea unánimemente nuestro himno. Diego responde cuando pasa la cámara con un hoy clásico ¡hijos de puta!

Partido friccionado, que se destraba con la puñalada del poder: un penal inexistente concedido a Alemania, que Andreas Brehme convierte en gol cinco minutos antes del final. Llanto, decepción, orgullo. 

Vamos en el auto y mi papá toca bocina. No es el único, no está loco. La ciudad parece de fiesta, como en un luto eufórico, un desahogo necesario. La gente grita y canta. Perdimos, vuelve a decirme mi yo de tres años y medio. 

La huella genética

Si me propusiera un listado exhaustivo de causas por las cuales este mundial tiene más asiento en la memoria popular que otros (sin ir más lejos, que el de Brasil 2014, en el que también salimos segundos), probablemente sucumbiría a la tentación enciclopedista de abarcarlo todo. Mencionaré lo que me viene a la mente mientras escribo.

Hay un primer rasgo de argentinidad que es el del sufrimiento como condición sine qua non. Pasar cagando, jugando como se puede, ganando de casualidad a los mejores, en el último minuto. 

Si algo nos ha distinguido (hasta hace poco, cuando la historia comenzó a cambiar) de los brasileños es que cuando ellos nos hacían un gol, festejaban sambando al lado del córner, absortos en su propia virtud. Cultores de la gracia futbolística, del jogo bonito, los brasileños saltaban como cisnes que toman breve vuelo. Nosotros, en cambio, corremos atados al piso, tironeados por un sentimiento de enjundia, de venganza constante. Disfrutamos más de festejarles en la cara, enojados, más felices por su derrota que por nuestro propio éxito. Si ellos juegan desde la gracia, desde la abundancia de recursos, nosotros lo hacemos desde la necesidad y la tensión. 

Ser argentino es sufrir como condición necesaria, sufrir contra los rivales buenos pero también contra Camerún o Rumania. Sufrir para que la victoria tenga sabor a justicia poética. Sufrir colectivamente, compartiendo la desgracia y glorificando la victoria cuando tras el padecimiento llegue el alivio.

Atada al sufrimiento como vehículo del goce está la derrota con dignidad. La certeza de haber dejado todo, de no tener más nada para dar, y sobre todas las cosas de saber que hemos perdido porque nos cagaron. El penal contra Alemania; el árbitro Codesal como responsable del robo; el Diego negándole el saludo a Havelange tras la derrota. Pero también la hostilidad de los italianos; la sensación de que todos están en contra nuestra; que no nos iban a dejar ganar una vez más. No a Maradona, no otra vez.

El Diego tiene un capítulo especial en este recorte. El Diego es el condensador. Su figura, radiante como un rayo en México ‘86 y cascoteada, inflamada, exhausta en este Italia ‘90. El cuerpo del Diego funciona como sinécdoque del equipo: llega roto del tobillo, llega cansado. La imagen de su tobillo recorre el mundo, pero no como muestra de debilidad sino como prueba irrefutable de una valentía sin límites. El Diego exhibe en su tobillo edematizado la imagen del que ha sido el mejor y paga el precio de su osadía, como un héroe que ha cometido el error trágico de equipararse a los dioses y se apresta a recibir un castigo ejemplar. Tampoco importará que se lesione Pumpido y que tengamos que meter a un joven Goycochea, ni que nos saquen a Cani para la final. Llegaremos como se pueda, pero llegaremos. 

También Diego es condensador del contra todo el mundo. Su insulto al público que nos insulta, su estoicismo para estar de pie, para llorar como un niño frente a la injusticia tras la final, su confrontación al poder. En él, en sus ojos, en sus piernas, viaja parte de aquello que anhelamos ser los argentinos.

Pero no es solo nobleza lo que nos conecta con Italia ‘90. El bidón de Branco es nuestra contracara, la de la viveza criolla, llevada al extremo de lo indecible. Que el fin justifique los medios, que las reglas se salteen cuando sea necesario (o cuando no, pero acorte el camino). La contracara de nuestra genialidad, de nuestro talento para sortear todos los obstáculos. Hay que decirlo: también es la soberbia con la que nos apuntan el dedo, nuestro poco apego al statu quo, o a la ley cuando menos. 

Italia ’90 no es el mundial en el que Argentina se luce, gana de punta a punta, da muestra de su buen juego. El potrero en este mundial será el reservorio de todo otro conjunto de técnicas que también se aprenden ahí: defender bien, hacer tiempo cuando corresponda, jugar astutamente, entender las armas que uno tiene. Porque el potrero es belleza y desfachatez, pero también escuela de supervivencia, un kit de herramientas para seguir vivos. 

El contexto, el contexto

Buscar respuestas a estas preguntas en el contexto del país puede ser un poco traicionero. Es decir, está claro que a mediados de 1990 Argentina está en una situación muy compleja: reciente hiperinflación, cambio de gobierno (que se resolvió en forma adelantada por la crisis económica), con cercanos levantamientos carapintadas (y uno último por venir, en diciembre de ese año). 

Me resulta tentador pensar al equipo nacional como un pequeño espejo de esta transición democrática que resulta más compleja de lo que desearíamos. Una transición que nos cuesta, que nos agota, de la que no salimos con elegancia sino con sufrimiento. 

Dicho esto, es bastante simplista asociar un hecho deportivo al estado de un país. Para el caso, Argentina tiene crisis importantes cada cierto tiempo y si analizáramos los resultados de cada mundial en función de la situación política o económica de ese año, no podríamos formular ninguna tesis. 

Sí me atrevo a algo un poco más general: el fútbol, o bien el Mundial de fútbol, en Argentina está lejos de ser un mero evento deportivo. Supongo que pasa en muchos países, pero al menos en el nuestro es una ventana a un nacionalismo sin matices, un cierto chauvinismo de temporada que finaliza con la participación de nuestra Selección en la contienda. 

Durante un tiempo, un mes si tenemos suerte y llegamos a la final, no hay diferencias (no quiero decir grieta pero claro que me refiero a eso). Durante un mes, ser argentino es sinónimo de orgullo y no se escucha tanto eso de que este país es una mierda. Los problemas no terminan ni se resuelven, pero quizás se suspendan o se maticen un poco durante ese lapso de tiempo. El mundial es, para los argentinos, la forma posible del carnaval: una celebración popular, transversal a todas las clases, en la que los roles sociales se suspenden y una tónica de éxtasis recubre todo desde el cielo. La abuela que canta rodeada por jóvenes, el colectivero que frena para abrazar a un pasajero, los llantos multiplicados, la gente colgada de semáforos o del Obelisco. 

En la búsqueda de la argentinidad, durante el Mundial llegamos a regocijarnos en algunos apoyos externos e incomprensibles, como el de los bangladesíes, y llegamos a decir que el argentino nace donde quiere, haciendo gala del preámbulo de nuestra Constitución Nacional y olvidando nuestros racismos, nuestras miserias y nuestras tragedias.

El fútbol, al menos en Argentina, ha logrado la sublimación que el olimpismo contemporáneo soñó, esa de juntarse a hacer la guerra por otros medios, a resolver los odios (con los ingleses, en nuestro caso), en una cancha en igualdad de condiciones. ¿Cómo no pensar en el Diego y en sus dos goles a Inglaterra? Primero el del robo (la venganza del robo, en nuestro imaginario), la pelota golpeada con la mano ante el estupor del mundo. Y luego aquel otro, el de la belleza total, un gol que debería valer al menos por dos o tres. 

Una vuelta en fitito

Estoy sentado de nuevo en nuestro fitito amarillo. No sé si tengo una banderita argentina en la mano, pero hagamos de cuenta que sí. Miro por la ventanilla y veo gente que me sonríe, otros cantan. Uno se abraza con otro. También hay lágrimas. El aliento es sostenido, como en procesión. Todos nos esforzamos por demostrar que somos argentinos, que estamos dolidos pero juntos, que nos cagaron una vez más, pero que no nos pueden quitar el orgullo. 

No es que salimos a festejar una derrota, sino que salimos a festejar que esa derrota es profundamente nuestra, que nos pertenece. Que en la imagen final de ese equipo agotado, lesionado, diezmado, por momentos superado y finalmente estafado, vemos nuestra propia imagen cotidiana de esfuerzo y recompensa insuficiente. La tristeza no queda absuelta, pero sí explicada. 

Entonces, mi papá toca la bocina al ritmo de los cantos, se da vuelta y me mira. Algo me estará enseñando. Hoy, mirando a mis hijos llorar con el empate de Messi ante Egipto, entiendo que ese algo ya se los pasé.

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Tomás Dotta es gestor cultural, programador y guionista. Es Mag. en Políticas Públicas (Universidad Austral), Lic. en Artes (UBA) y egresado de la carrera de Realización de Cine y TV en el CIC. Fue Director de Programación de Kino Palais entre 2011 y 2018. Trabajó en BAFICI y en el Festival de Mar del Plata y fue invitado como programador o jurado en festivales como Âge d’Or (Bélgica), Cero Latitud (Ecuador), Nordic Youth Film Festival (Noruega). Coescribió Vendrán lluvias suaves (Iván Fund, 2018) y Ensayo de despedida (Macarena Albalustri, 2016). Actualmente se desempeña como Coordinador General del Museo Nacional de Arte Oriental y como Productor General del Festival Internacional de Cine de Entre Ríos (FICER).


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