Cornetas, bubuzelas, tizas para pintarse la cara. Remeras con la cara del Diego, las silueta de las Islas Malvinas, camisetas con el Messi estampado en la espalda. Espuma de carnaval, vinchas albicelestes, Fernet viajero, banderas, banderitas, banderones. Los buscas muestran su mercadería, gritan los precios, los senegaleses tienden su manta. Hay que vender igual, sacarle algo a la derrota, recuperar al menos la inversión, que no sea todo pérdida aunque la Selección Argentina haya perdido, aunque hayamos perdido. Exhaustos, físicamente agotados y con menos horas de descanso que el rival, drenados por una semifinal que pareció haberse llevado lo que quedaba de la hermandad comandada por Messi, un jugador menos y un cuerpo técnico tal vez demasiado aferrado a la rémora de Qatar, España convierte un gol en tiempo suplementario. Y gana.

Foto: EFE

Llegar al Obelisco desde el extremo oeste de la ciudad resulta demasiado sencillo. No hay gente desbordando las calles ni intersecciones cortadas ni caos en el tránsito. Salvo en el Cid Campeador, donde hay música y algunas banderas, la noche parece una más. Sopla un viento frío y el cielo está cargado de agua: parece que se va a romper sobre nosotros pero aguanta pese a que no da más. En el auto, mientras escuchamos la voz quebrada de Lionel Scaloni en la conferencia de prensa que no puede sostener, pienso en lo fácil que es salir a la calle cuando ganás, lo difícil que es hacerlo cuando perdés. Son impulsos, es la naturaleza: lo que intentan disciplinar en cada uno de nosotros. Moralizar también.

Leo en redes sociales que es “muy de cogido” volcarse a la calle a festejar un subcampeonato. Lo dice seguramente alguien que no salió, alguien que “no está cogido”. Pero salir a la calle en Argentina, desde hace un tiempo —diciembre de 2022– no es sinónimo de festejar. Más bien al contrario; las calles alojan penas, reclamos, deudas, el duelo ante la muerte de nuestros ídolos. A la calle también se sale a abrazarse con otros, a ponerse un poco en pedo, a bailar cuarteto y saltar con desconocidos, a clavarse un choripán purulento, a llorar —por qué no. A estar menos solos. A tratar de hacer algo con eso que duele y no encuentra lugar en la intimidad.

Foto: Reuters.

Más tarde reprimirán las fuerzas de seguridad desplegadas por el alcalde de la Ciudad de Buenos Aires —¡y nos acusan de racistas!—, mientras tanto, en las inmediaciones del Obelisco se despliega algo así como una celebración. Los buscas, que apostaron todo su merch a una victoria, pero también miles de familias, parejas, amigos, niños con carita triste, turros y turras que se autoconvocaron. ¿Para festejar? No necesariamente. Aunque sí para mostrar un orgullo y una gratitud que no nace para nada más que para la Selección Nacional. El pueblo argentino —nuestros negros, los negros nuestros— es capaz de la más grande de las epopeyas cuando ve que alguien se esfuerza por él. Cuando uno va al piso a barrer una pelota imposible de un ataque implacable, cuando otro corre de su posición defensiva al área rival para embocar un cabezazo de gol, cuando sale el potrero de adentro para revertir un 2 a o letal, cuando el 10 juega con el tobillo infiltrado. Amor con amor se paga. Somos un pueblo honrado, dispuesto a honrar a quien juegue por nosotros y para nosotros. Teléfono para la política, que hace rato juega para ella misma, su conchavo, su listita, su cargo, su caja, su sobrevida. Al pueblo, ni un vaso de agua, ni las gracias; al pueblo, nada.

Está en el aire y en el cielo que aguanta la lluvia para que podamos reconocer la tristeza escondida en cada sonrisa: la calle del subcampeonato denuncia una crisis de representación. Política, sí, política. Porque no hay nadie disputando ese corazón del argentino. Nadie luchando por ese amor tan hermoso, tan disponible. Mérito aparte de la scaloneta, que subió uno por uno a su proceso de construcción y conjura de la historia para llevarnos a conocer lo alto, a ganar hasta hacernos olvidar de lo que era la derrota. Tapia, Scaloni y Messi: la santísima trinidad de política, estrategia y liderazgo. Eternos los laureles.

Foto: Reuters.

Sobre la avenida Corrientes, y en las calles aledañas, se llenan las copas de fútbol champagne y se brinda por esos jóvenes millonarios que vistieron la celeste y blanca y lo dejaron todo por alegrar a su pueblo, a su club de barrio, a su viejo laburante, a su mamá y la cama tendida. A esos pibes que honran lo que han sido y que no fueron a Malvinas pero mostraron el trapo más justo y lindo de todos. Ellos —“los jugadores argentinos residentes en Europa” según el escritor argentino residente en Europa Caparrós, “los desclasados hermosos” según el rabioso Galperín— entienden que son un eslabón más en la historia del país y hacen lo que está en sus manos, en sus piernas hipertróficas y pies bendecidos, por la felicidad común. Subrayo: felicidad común. Para el cartonero que tira del carro y para los que gastaron 20 mil dólares en un viaje relámpago a Nueva York para ver la final. Para los negros de Fiorito y para los chetos del bajo de San Isidro.

“No hay que politizar el fútbol”. ¿Y si es al revés? ¿Y si hay que futbolizar la política? En la cancha las cosas son claras: el adversario es de otro país y viste una camiseta bien distinta a la tuya. Él te quiere ganar a vos, vos le querés ganar a él. Hay una pelota que obedece a las leyes de la física, un tipo que imparte la ley. Punto. Esta descripción rudimentaria es lo contrario a la viscosidad de la política, que también roba del deporte para construir su jerga: ¿Para quién juega aquel? ¿Ese no jugaba para tal otro? Mugre, cálculo, mezquindad. El pueblo no es el trofeo, el pueblo es lo que pateás para hacerle daño al otro. Todo está mal ahí.

Los fuegos artificiales se superponen a la silueta precedible del Obelisco, en donde se mapean imágenes del partido contra Inglaterra. Miro alrededor, a la gente subida al semáforo, al techo del Metrobus, a la señora que hace vuelta y vuelta sus patys, a unas chicos que se pasan un porro y saltan cantando Muchachos, a las chicas que se hacen carpa al lado de los contenedores de basura para hacer pis como todo el tiempo hacen los hombres. Estoy ahí pero no estoy, estoy tan ahí que en algún momento la realidad me abruma.

Entonces lloro. Lloro porque perdimos, porque estoy triste, porque necesito liberar la angustia que se hinchó dentro de mí durante el partido final. Pero también lloro porque somos inexplicables, inentendibles, inalcanzables. Lloro porque somos el mejor pueblo del mundo, a pesar de tener el mundo en contra y justamente gracias a eso. Lloro porque nuestro corazón es enorme, porque siempre sabemos qué hacer para salir adelante, tocados, rotos, hechos mierda, pero mejores. Porque podemos lograr cosas hermosas cuando quedan en suspenso las formas contínuas y sistemáticas de horadación a nuestro espíritu, nuestra identidad, nuestro argentinismo. Lloro porque nos ganaron pero no nos han vencido. Lloro nuestra paradoja. Mi marido me abraza. Lloro. No entiendo del todo lo que pasa.

Mientras termino esta nota, llueve en la ciudad de Buenos Aires y en varios puntos del país. Llueve y lloverá por muchos días, como si el cielo empezara a duelar lo que también tendremos que duelar nosotros: la última de Leo, el posible final de Scaloni, el asedio judicial con el que esperan al presidente de la AFA en Ezeiza. Porque perder es un instante, duelar es un proceso.

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Paula Puebla es autora de Una vida en presenteMaldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Da clases de escritura en NN, hace clínica de obra y colabora en medios. En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.


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