Siempre se dijo que el busto de Eva Perón que Alberto González guarda en su casa había sido rescatado después de que una multitud lo arrastrara por la calle y que un grupo de hombres armados decidiera “rematarlo a balazos en la cabeza”. El rumor se confirma en un insólito video en el que se puede ver a González, histórico militante de la localidad cordobesa de Río Tercero, sentado junto a la imagen petrificada de una Evita visiblemente lastimada. Debajo de un limonero de cuatro estaciones, una imponente escultura femenina –con cabeza y torso– reposa en un sillón de jardín. El rodete, las cuentas engarzadas sobre un pronunciado escote en ve, el clásico prendedor en forma de rosa y múltiples excoriaciones completan el atuendo de la abanderada de los humildes. Así, refugiada en un hogar justicialista, Evita pasa sus días con una media sonrisa y las heridas a flor de piel. “Este busto está igual que cuando se lo recuperó. Tiene los mismos golpes, la misma pintura. Yo no lo reparé, porque todas esas marcas son el símbolo de la barbarie del ‘55”. Efectivamente, la estatua exhibe las raspaduras, laceraciones y magullones provocados por una turba de ciudadanos que, el 16 de septiembre de 1955, sintió que al fin le había llegado la hora de desquitarse con la imagen de la difunta esposa del general.


La historia es conocida y se repite a lo largo del país: en el mismo momento en el que Perón era derrocado, los bustos de Evita que habían proliferado en plazas, escuelas, rotondas y avenidas fueron arrancados de sus bases, encadenados, remolcados por las calles, pintarrajeados y molidos a mazazos –cuando no arrojados al río o prendidos fuego– por bandas de exacerbados que, bajo el grito de “libertad, libertad”, se disponían a festejar la caída del gobierno y, en un mismo acto, saludar la llegada de los militares al poder. Aunque suene extraño, este episodio forma parte del manual que los argentinos hemos ido escribiendo sobre nuestra particular manera de resolver los conflictos y procesar las diferencias.
Tren de doble vía
“Pertenezco –antes de nacer– al movimiento peronista”. La vida de Beto González resume buena parte de la historia argentina de mediados del siglo XX: hijo de un dirigente ferroviario, integró la juventud peronista sindical. “Cien por ciento compromiso, cero ambición. Sacrificio, esfuerzo, hacer campaña, fabricar engrudo, salir a pegar afiches de noche, recorrer las unidades básicas”, sintetiza. El telón cayó de golpe, el 24 de marzo de 1976, cuando lo cesantearon de su puesto de planta permanente en la municipalidad, adonde recién pudo regresar en 2015, tras tener que ganarse la vida, durante décadas, con un pequeño emprendimiento textil montado en su casa.
Él mismo recuerda que su abuela materna, al quedar viuda y con siete hijos, decidió escribirle una carta a Evita para pedir ayuda. A los días, recibió una notificación en la que se le indicaba que debía pasar a retirar, por el correo local, una máquina de tejer –toda una novedad en aquel entonces– y el certificado de una pensión. Como otros pobladores de Río Tercero, en octubre de 1946, la mujer ya había recorrido a pie el trayecto que separaba su casa de las vías del ferrocarril, para ver con sus propios ojos a Eva Perón en su paso triunfal hacia Córdoba capital. En el mismo tren donde iba la primera dama –junto a un vagón repleto de muñecas, pelotas de fútbol, juegos de dardos, camisetas, zapatillas y bicicletas– años después, viajaría escondido el busto que hoy conserva Beto González en su casa.
Dura de matar

La noche del 16 de septiembre de 1955, el busto de Eva Perón fue derribado por una cuadrilla de hombres a caballo dispuestos a terminar, aunque más no sea en términos materiales, con la devoción popular por esa figura política. González escuchó el relato de boca de su padre y no tiene certezas acerca del lugar exacto donde ocurrieron los hechos, aunque cree que posiblemente haya sido en la localidad bonaerense de Avellaneda. Lo cierto es que los trabajadores ferroviarios, el mismo día del golpe de Estado, se organizaron para rescatar la estatua de Evita y entablaron una batalla cuerpo a cuerpo. “A las trompadas, a rebencazos, a latigazos y azotes la recuperaron, se la llevaron y la escondieron”, rememora. En medio del caos y los enfrentamientos, los militantes decidieron poner el busto a resguardo. “No tuvieron tiempo de embalarlo ni encajonarlo. Hicieron un pozo y, así como estaba, lo enterraron”.
Beto acaricia el cuello de Eva, para señalar las marcas de las cadenas y amarras con las que fue atada y arrastrada por los denominados comandos civiles, aquellas organizaciones clandestinas integradas por partidarios del radicalismo, el socialismo y otras fuerzas conservadoras que trabajaron codo a codo con los militares en la cocina del golpe. La mano de González se desliza suavemente hacia el hombro. En ese recorrido táctil, referencia cada una de las heridas y contusiones hasta detenerse en la parte superior de la cabeza donde la figura presenta un impacto de bala. “No alcanzo a entender de qué material está hecha, es indestructible”.
La escultura que hoy descansa en el fondo de su casa permaneció bajo tierra durante catorce años hasta que en 1969 los obreros ferroviarios –atentos a los movimientos que vaticinaban un posible retorno a la vida democrática– decidieron desenterrarlo y despacharlo hacia algún lugar donde la jefa espiritual de la nación pudiera estar a salvo. “Lo embalaron en una caja de madera y lo subieron a un tren, en un coche-encomienda”. Así, disfrazada de paquete, viajó Evita de pueblo en pueblo. El padre de González, secretario general de la Unión Ferroviaria de la región sur de Córdoba, se ofreció entonces para recibir el envío. “Lo bajaban en una estación, lo dejaban diez o quince días y cuando estaban seguros de que no venía ningún inspector, lo volvían a subir hasta otra estación”. De este modo, con paciencia y organización, los obreros del ramal Mitre lograron concretar, en seis meses, el arriesgado traslado desde Retiro hasta Río Tercero. La información para coordinar las acciones y evitar los controles se transmitía vía telégrafo y las órdenes se respetaban a rajatabla: hasta que alguien no diera la señal, la señora debía permanecer de incógnita en el depósito de encomiendas.
Una vez más, las vías se entrecruzan y los hechos se proyectan difusos entre la humareda que arroja la locomotora de la historia. El movimiento que realizó Eva Duarte con apenas quince años –subir a un tren en Junín, en el corazón del territorio bonaerense, con destino a la ciudad de Buenos Aires para convertirse en actriz– treinta años después se repetiría en sentido contrario. Transformada en piedra, Evita viajará clandestina desde la capital rumbo a un pueblo perdido en el interior.
Frutos prohibidos
“A los siete años ya conocía el ritmo de la marcha peronista. Escuchaba a mi padre, cuando se juntaba con otros trabajadores ferroviarios, en un patio bien escondido, para cantar la marcha en voz baja. A mí me llamaba la atención, ¿por qué no la cantaban en voz alta ni podían hacer gestos, si era una marchita hermosa, pegadiza? Después mi padre me explicó que estaba prohibido decir ‘Perón’ en cualquier lado. Ni en la escuela ni en la calle. Y eso me fue haciendo cada vez más peronista”, recapitula Beto González. Efectivamente, la proscripción establecida por el decreto del 9 de marzo de 1956 del gobierno militar –titulado “Prohíbase el uso de elementos y nombres que lesionan la democracia argentina”– no había hecho más que activar el deseo contenido de evocar la profusa simbología peronista. En esa época, un discreto ramito de nomeolvides –esa delicada florcita celeste con centro amarillo– prendido en la solapa, se convirtió en el santo y seña de los militantes para poder reconocerse en la vía pública y, al mismo tiempo, mantener viva la consigna de luchar para que Perón vuelva al país.
En un contexto de proscripción y censura, y convencidos de que era posible terminar con un mito a martillazos, los simpatizantes del nuevo gobierno –sulfurados por el nivel de adoctrinamiento y el culto a la personalidad que se había registrado durante los mandatos peronistas– se tomaron a pecho la consigna de aniquilar los bustos que habían sido levantados en la mayoría de los pueblos y ciudades del país –y multiplicado exponencialmente– tras la conmoción causada por la prematura muerte de la ex primera dama. Fue en esos días que el Papa recibió en el Vaticano unas 26 mil cartas enviadas por los fieles pidiendo que Evita fuera santificada.
Demoliendo estatuas
En consonancia con la desbordante imaginación popular, las estatuas de Evita dispersas en el territorio argentino respondían a las más variadas formas de lo femenino: ninfa, funcionaria, guerrera, femme fatale, virgen, madre, abanderada, emperatriz. Las figuras moldeadas en yeso, arcilla, bronce o mármol establecían múltiples cruces entre deseo, poder, protección y trascendencia. En Río Tercero, la escena vandálica post-golpe se tiñó de notas espirituales: un cura enlazó el busto de Eva y lo ató a su motocicleta. A esa primera avanzada de la Iglesia local se le sumaron otros vecinos que, con el aporte de un vehículo Ford A, lograron finalmente voltear la estatua y arrastrarla por la avenida principal. “Muchos pensaban que el busto que está en mi casa es ese que fue arrastrado por el cura y otras personas provenientes del radicalismo más rancio –explica González–, pero a ese lo terminaron destruyendo a mazazos”.
A pocas horas de consumado el golpe contra Perón, la noticia de las estatuas derribadas se esparció como reguero de pólvora y produjo un efecto dominó en todo el país. En Rosario, por ejemplo, un comando civil atacó un busto de Eva. “Lo ataron a un auto, lo arrastraron hasta la plaza Pringles. Y fanáticos lo escupieron, lo orinaron y lo terminaron destrozando”, resume uno de los testimonios. Algo similar ocurrió en la patagónica ciudad de Comodoro Rivadavia, cuando una horda de descontrolados desbarató una talla de Evita y la remolcó por varias cuadras. Ni la inscripción “seguiré siendo la esperanza”, que estaba en una placa sobre el pedestal, pudo salvarse. En la localidad entrerriana de Gualeguaychú, el busto también fue arrancado a la fuerza y paseado por las calles, hasta que agrupaciones contrarias lograron cortar la soga con la que lo habían atado y así ponerlo a resguardo. La imagen fue escondida en casas particulares y reinstalada, el 26 de julio de 1997, en la plazoleta que hoy lleva su nombre.


El caso de Campana, en la provincia de Buenos Aires, es llamativo porque la escultura de bronce que estaba en el Campana Boat Club fue arrojada al río Paraná. Pese a estar un tiempo sumergida, la figura de Eva fue rescatada y luego escondida en un sótano. Por el peligro que revestía la posesión de “ítems y simbología peronista” era necesario moverla permanentemente de un lugar a otro. “Hasta estuvo en un gallinero”, contó uno de los protagonistas de la gesta. Con el regreso de la democracia, la estatua fue donada a la sede local del partido justicialista. En Cañuelas se repite la historia, sólo que cuando el municipio, en 2006, decidió reponer el busto, el intendente recibió un llamado anónimo de alguien que quería donar la placa original que había estado adosada al monumento derribado. Con marcas visibles de la violencia recibida, la placa recortada finalmente se incorporó en uno de los laterales del remozado pedestal.
Pocos podían imaginar en 1951 que el busto descubierto durante la inauguración del flamante estadio del Club Atlético Sarmiento –en la localidad de Junín– años después terminaría desparramado como escombro molido por las calles del pueblo donde Eva había pasado parte de su infancia. Con la presencia de Elisa Duarte, hermana de Evita, y la organización de un partido amistoso entre el equipo local y River Plate, la ceremonia inaugural mostró la esfinge tallada en mármol. También era difícil sospechar en ese momento, de tanta euforia y algarabía, que el cartel donde se leía “Eva Perón” iba a ser arrancado de cuajo y que, por expresa disposición de una normativa del club, durante décadas, sólo subsistiría la palabra “Estadio” en la marquesina del predio futbolístico.
En la localidad tucumana de Concepción, la Eva de bronce –luego de que fuera desmoronada con un tractor y despegada con soplete– terminó partida en dos. Un vecino juntó ambas piezas y las enterró en el fondo de su casa donde permanecieron ocultas por más de sesenta años. En 2014, los peronistas del pueblo decidieron recuperar la estatua decapitada. “Vamos a unir la cabeza con el torso –explicó el artista, a cargo de la restauración– para que vuelva a ser una sola pieza. Hay que reparar el hundimiento que tiene en el maxilar (producto de un golpe), pero otras huellas de raspaduras podrían quedar”. En la foto de esa Evita en refacción puede observarse la cabeza casi suspendida en el aire, apenas sostenida por una especie de cuello ortopédico metálico, que le aporta un toque moderno –incluso vanguardista– a la desconcertante figura.

Aunque es poco conocido, en Sierra de la Ventana la cosa pasó a mayores durante el levantamiento de 1955, cuando aviones comandados por los militares golpistas bombardearon la ciudad, mientras que soldados del Ejército, leales a Perón, resistieron los ataques con baterías de artillería antiaérea. Hubo muertos y heridos. Pero ni el clima bélico, ni el desplazamiento de tropas, ni las escenas de combate lograron intimidar a la caravana de antiperonistas que, entre disparos y estruendos, marchó decidida hacia la plaza principal para sujetar el busto de Eva con alambres de púa, derribarlo y posteriormente arrastrarlo por las calles del pequeño poblado. Según la prensa local, el rostro de Evita –parte de la nariz, un ojo y su pómulo derecho– fue destrozado con una llave metálica. Pero el asunto no concluyó ahí. A pesar de que la escultura terminó en el fondo de la fuente de la plaza, esa misma noche, tres militantes se dirigieron discretamente al lugar, la recuperaron y luego emprendieron la fuga a caballo para ponerla a salvo en una cueva ubicada en las sierras del Pillahuincó.
Evita a la intemperie
Los casos referidos son apenas una pequeña muestra de la cantidad de localidades donde se produjeron embestidas y agresiones contra estatuas y edificios, sin contar los cambios de nombres de calles, plazas y avenidas. Pero si de destrucción se trata, en la ciudad de Buenos Aires el proyecto de borramiento de símbolos dio un verdadero salto de escala. Como ocurrió con el sospechoso incendio que redujo a cenizas el anfiteatro “Eva Perón” levantado en 1953 en el Parque Centenario: un hemiciclo gigante, símil del teatro Colón pero de cariz popular y al aire libre, con diez mil butacas e ideado por la misma Eva poco antes de morir. La empresa fue de rápida ejecución dado que la obra se había construido en madera –para mantener cierta armonía con el entorno arbolado– y las causas del siniestro quedaron envueltas en la espesa cortina de humo generada por el mismo incendio, sin que nunca se llegara a saber quiénes fueron los responsables.

Otro tanto sucedió con el edificio estilo neoclásico –con cinco pisos, dos subsuelos y una columnata coronada por diez estatuas de mármol de carrara que representaban los “valores peronistas”– que albergó a la Fundación Eva Perón, la institución emblema a través de la cual Evita canalizó su voluntad de brindar asistencia y socorro a quienes poco y nada habían recibido en la vida. Para los militares conspiradores del ‘55, la construcción, donde actualmente funciona la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, era un blanco fijo en el mapa de los estragos: la sede fue vandalizada y las esculturas desmontadas. Pero quizás la demolición del Palacio Unzué, la residencia presidencial donde Eva pasó sus últimos días y donde apareció pintada la frase “viva el cáncer”, sea el arquetipo del afán derribador del gobierno de facto. Es sabido que, atemorizados porque el lugar se convirtiera en un santuario de peregrinación popular, los militares optaron por tirarla abajo –sin importarles siquiera que esa mansión fuera una verdadera joya arquitectónica del siglo XIX– y, de paso, robarse todo lo que había adentro. Emplazada en ese mismo lugar, donde luego se construyó la Biblioteca Nacional, actualmente se puede ver, escondida entre el follaje, una escultura inconclusa de la musa del peronismo. Es una Eva delgadísima y solitaria, en una extraña posición –no sabemos si avanza hacia el futuro o huye de una persecución– completamente desguarnecida y sin la compañía de las figuras humanas que formaban parte del diseño original. Así, Evita parece estar al borde de un abismo, con un vacío detrás que, según los planos, debía completarse con un conjunto de estatuas representativas de la ancianidad, la infancia y las mujeres que nunca se instalaron.


No me olvides
Un capítulo aparte merecería el “Monumento al Descamisado”, la obra gigantesca –se esperaba que fuera la más alta del mundo– que soñó Evita para homenajear a los trabajadores y que, luego de su muerte, se convirtió en el proyecto (trunco) de cobijar a su propio cuerpo embalsamado. Efectivamente, se preveía que la tumba alojara en su interior un sarcófago con una cubierta de plata que reprodujera la figura yacente de Eva y que cada 26 de julio –fecha de la muerte de la líder justicialista– esa tapa se levantara, con un sistema de arrastre por cadena, para que el cuerpo quedara a la vista. Una abertura en el techo permitiría el ingreso de un haz de luz para iluminarla eternamente. Pero el faraónico plan –que también contemplaba la realización de réplicas a menor escala en las capitales de todas las provincias–, a cargo del artista italiano Leone Tommasi, se interrumpió con la llegada de la Revolución Libertadora: se cubrieron los cimientos y se destruyeron las cinco estatuas de mármol blanco –con cuatro metros y medio de altura y más de 35 toneladas cada una– que iban a ubicarse, junto con otras diez, alrededor del mausoleo. Dos de esas estatuas desaparecieron para siempre. Otras dos fueron decapitadas y arrojadas al Riachuelo. Una de las figuras descabezadas era Eva con un ejemplar de La razón de mi vida entre sus manos. La otra representaba al trabajo y tenía el rostro de Juan Domingo Perón y las manos mutiladas. Las dos estatuas sin cabeza fueron rescatadas del río y ubicadas en la quinta de San Vicente a donde posteriormente también fueron trasladados los restos del líder justicialista para su descanso final.


La última escultura, que representaba la “Independencia económica”, permaneció por más de 25 años en el puerto de Quequén embalada en una caja. Tiempo después fue llevada al puerto de Mar del Plata hasta que en 1987, en la intersección de las calles Martínez de Hoz y 12 de Octubre –otra jugarreta del destino–, se la instaló bajo un nombre cambiado: “Monumento al hombre de mar”. Según las crónicas del momento, la decisión de modificarle el nombre se tomó para “no generar polémica” entre los agentes portuarios. Recién en 2022, se le devolvió el título original a esa escultura de Tommasi compuesta por la figura de un muchacho que lleva una cadena cortada en su mano y que con su cuerpo fornido aplasta a un pulpo –posiblemente, símbolo de una Argentina victoriosa frente a la dominación inglesa– junto a un ancla y una rueda dentada que representa al comercio y la industria. En tanto que, por ordenanza municipal, en 2018, la arteria Martínez de Hoz de la ciudad feliz pasó a llamarse “Avenida de los trabajadores”.

Resta consignar, en una última línea de la increíble historia del Monumento al Descamisado, que en el lugar donde originalmente se habían cavado las bases –frente al desaparecido Palacio Unzué y junto a la Facultad de Derecho en la capital porteña– hoy se encuentra una moderna y desangelada escultura de acero inoxidable y aluminio, llamada “Floralis Genérica”.
El pozo de los vestigios
Beto González recuerda que a mediados de 1970 y, tras décadas de proscripción, comenzaron a reabrirse las unidades básicas en diferentes puntos del país. En Río Tercero, los obreros ferroviarios se prepararon con entusiasmo para exhibir en 1972 su más preciado trofeo, pues esa imagen de Evita representaba, como ninguna otra cosa, los años de la resistencia peronista. Así fue que en el flamante local del PJ, ubicado en calle Esperanza, el busto pudo mostrarse nuevamente en público, esta vez, protegido por el fervor y la devoción de la militancia.
Pero la alegría duraría poco. “Unos días antes del golpe de Estado de 1976, los peronistas –que ya estaban duchos y sabían cuándo llegarían los militares al poder– tomaron los recaudos del caso y, con la experiencia vivida en 1955, sacaron el busto de la unidad básica, lo escondieron en el baúl de un auto y lo llevaron a un pueblo cercano”, repasa González. Una vez más, la esfinge debía cambiar de residencia a causa de un levantamiento armado y, en este caso, el nuevo domicilio quedaría establecido a doce kilómetros de Río Tercero, en una chacarita ubicada en la vecina localidad de Tancacha. Los militantes evaluaron que el mejor lugar para ocultar el busto, en esa ocasión, era dentro de un aljibe en desuso. “Estas marcas que se ven acá, este rayón que tiene en la nariz –Beto señala– fueron producto de la desesperación por bajarlo”. La acción fue ejecutada justo a tiempo ya que, horas después del traslado, los militares allanaron el local del Partido Justicialista y varias viviendas en busca de materiales propagandísticos y con “simbología peligrosa”. Al igual que el cadáver de Eva Perón que, durante años, permaneció sepultado clandestinamente en una tumba perdida en un cementerio italiano, bajo el nombre falso de María Maggi de Magistris, esta Eva de piedra resistiría en las profundidades de la tierra, olvidada en un pozo, a la espera del día en que en la Argentina volvieran a soplar nuevos vientos.

La mujer del destino
A 74 años de la muerte de Eva Perón, la presencia misteriosa de esa figura de molde en la casa de un dirigente asoma hoy como un enigma inquietante, sin que sepamos a ciencia cierta cuándo llegará el día en que el busto de esa mujer –la más amada y la más odiada– pueda ser exhibido sin correr riesgos. La disyuntiva está planteada: saber si la esfinge peronista resulta inmune al paso del tiempo y continúa con sus capacidades intactas para encender la imaginación política, o si se convertirá en una pieza olvidada sin más valor que el de una reliquia difícil de clasificar.
¿Cuánto queda hoy de tanto encono y de tanta veneración? La moneda está en el aire. Una vez más, los argentinos asistimos perplejos a una pulseada difícil en la que se juega la existencia misma de ese lazo milagroso que, durante años, unió el legado de Evita con el sueño de un país mejor. Como un flechazo que surca las décadas, sólo ella parece conocer las coordenadas exactas por donde discurre el deseo popular. Una corriente eléctrica que, cada tanto, vuelve a conectar el recuerdo de un pasado próspero y feliz con las miserias del presente.
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Fernanda Juárez nació en Río Tercero. Es profesora en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba y en la Facultad de Arte y Diseño de la Universidad Provincial de Córdoba. En la década de 1990 trabajó con el escritor y crítico de arte Jorge Baron Biza junto a quien colaboró en la sección Cultura de La Voz del Interior y en Arte al día Informa, entre otros. En 2018 publicó Al rescate de lo bello (Caballo Negro Editora), un libro que recopila los escritos de Jorge Baron Biza. En 2019 obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para la creación del archivo digital que reúne la obra periodística y literaria del autor. En 2025 publicó Fuego amigo. Las explosiones de 1995 en Río Tercero (Caballo Negro Editora). Actualmente, publica sus artículos en suplementos y revistas culturales y escribe textos de sala para muestras de arte.







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