«La imposibilidad daña. Salvajemente»
María Malusardi
«¡Ya quisieran muchas! ¡Ya quisieran que su descendencia pudiera ser comprada en el supermercado como un pollo congelado!»
Paula Puebla

1.
Hace unos días, Lena Dunham se sumó a la (cada vez más larga) lista de celebridades que acceden a la “mapaternidad” vía alquiler del embarazo. La guionista de Girls eligió una influyente revista de moda, belleza y lifestyle para contar esa experiencia a partir de un texto intimista, impostadamente devocional hacia una gestante sin nombre, sin rostro, con un cuerpo sano y fuerte como único objeto de cambio.
Me llamó la atención ese inventario minucioso de las marcas de ropita de bebé que Dunham confiesa haber acumulado durante la dulce espera. Párrafos enteros dedicados a esa selección cuidadosa y estudiada, un deleite para las lectoras de Vogue. En cambio, ni una mención al contrato, a las condiciones, al pago que la unieron durante unos meses con esa mujer desconocida entre cuyas piernas dice haber esperado el nacimiento de su hija. La misma pluma que alguna vez fue leída como voz de un feminismo cool y desaliñado relata hoy la maternidad subrogada en un registro casi de consumo aspiracional, sin fricción, sin Estado, sin clase.
Para que pueda existir ese relato individual, estetizado, en torno a la subrogación, es absolutamente necesario omitir la estructura material que hace posible esta práctica. Precisamente ese mismo gesto que convierte la crónica de Dunham en contenido viral es el que sostiene, en el plano jurídico, la defensa de la subrogación como derecho: la experiencia de quien contrata desplazando por completo a la de quien gesta.
2.
El enfoque de derechos reviste la subrogación de una gramática poderosa, casi inapelable para los sectores progresistas, incluido el feminismo. ¿Qué alma biempensante osaría estar en contra de un derecho?
La noción de derechos reproductivos, nacida al calor de las luchas feministas, no se agota en la anticoncepción y en la prevención y atención de enfermedades de transmisión sexual, sino que se extiende a métodos, técnicas y servicios que contribuyen a la salud reproductiva, incluyendo el acceso a las técnicas de reproducción asistida. Hasta ahí los acuerdos que hemos establecido como sociedad, hasta ahí lo que afirmamos como conquistas.

El paso que nos invitan a dar los promotores de la subrogación es el siguiente: admitir que si el derecho a decidir “libre y responsablemente” sobre la propia reproducción es innegociable, ¿por qué no habría de incluir la posibilidad de contratar a otra persona para gestar? El argumento avanza rápido: de la autonomía sobre el propio cuerpo se salta a la libertad de elegir “alternativas reproductivas”, y de ahí a un supuesto derecho a tener hijos por cualquier vía disponible. La estrategia que nivela un deseo legítimo con un derecho absoluto también iguala la subrogación al resto de las técnicas de reproducción asistida (TRA).
Pero ningún derecho es absoluto, y la subrogación no es una opción más en materia de reproducción asistida: es una práctica cualitativamente distinta al resto de las TRA y, por ende, requiere un examen diferencial.
3.
Entonces sí, podemos reconocer el derecho a formar una familia y afirmar, a la vez, que alquilar un embarazo no es un derecho de nadie. Convertirlo en derecho es exactamente lo que hace un sistema que no logró garantizar la vivienda o la salud de las enormes mayorías.
Si tuviéramos la posibilidad de escuchar la experiencia de las gestantes de nuestra región, nos encontraríamos con una cantidad de mujeres a quienes el Estado les viene fallando en lo más básico. De hecho, basta navegar por los grupos que en redes sociales abundan destinados a la oferta y la demanda de vientres para corroborar la principal motivación de las mujeres que se ofrecen como gestantes, por fuera de todo marco legal. Hablar de la subrogación en términos de derechos reproductivos para los pocos que tienen la posibilidad de pagar los oceánicos costos que supone la práctica y no hablar de los derechos insatisfechos de quienes gestan es prestarle un vocabulario noble a un vínculo sostenido en la desigualdad.
4.
Entonces pienso, otra vez, en las estrategias del feminismo, en las herramientas discursivas, en lo que de las luchas históricas se ha coagulado en el sentido común. En la necesidad de problematizar todas esas consignas que, bajo la lengua del derecho o en clave propietarista, nos dicen que podemos hacer lo que queramos con nuestros cuerpos sosteniendo un universal mentiroso, un “todas” que se desmorona tan pronto como advertimos las escandalosas diferencias que nos separan a unas y a otras, y que determinan el reparto de los cuerpos en la nueva división del trabajo que introducen las tecnologías reproductivas.
Sabemos que nuestra región es un territorio deseable para las agencias que reclutan gestantes, sabemos que miles de mujeres ya están ofreciendo su cuerpo para gestar bebés ajenos por fuera de toda regulación estatal. Me pregunto por qué el debate no se impone. Me pregunto a quién le sirve que no estemos discutiendo esta práctica. El problema no es teórico, es práctico. Porque las consecuencias impactan en las vidas y en los cuerpos de los sujetos en juego.
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Águeda Pereyra es psicoanalista y autora de Putas. Erotismo y mercado (Síncopa 2022), coautora de Todo Diego es político (Síncopa, 2020). Colabora en Polvo, #lacanemancipa y otros medios.







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