Hace unos años, un sábado primaveral cruzamos gran parte de New York caminando. Cada barrio que atravesábamos tenía una personalidad particular, un olor, un idioma: todos los que la han visitado pueden confirmar que es la ciudad con más países dentro de ella. En un momento llegamos a Williamsburg, el barrio de los judíos ortodoxos. Era pospandemia así que mis últimas referencias de ese lugar eran la serie Unorthodox de Netflix. Al ser sábado todo estaba bastante vacío, los típicos edificios de ladrillos estaban como dormidos, solo había un par de chicos jugando en la calle y mujeres con peluca y polleras largas que nos miraban de reojo. Parecía el fin del mundo y me tranquilizaba pensar que se veía así. Nosotras estábamos vestidas un poco estridentes y se nos veía mucho la piel, era un día caluroso de primavera. El contraste era divertido y peligroso al mismo tiempo. Nadie nos decía nada, pero nos miraban. Mi compañera, Julia Kornberg, me traducía los carteles en hebreo. Cuando terminó de leer, la mire y parecía estar en otro lugar.
Atomizado Berlín se escribió mucho antes de este paseo, aunque no puedo dejar de pensar en sus coincidencias. La primera novela de Julia Korberg se publicó por primera en 2021 por la editorial platense Club Hem, una casa de publicación pequeña, lejos del centro, que, sin embargo, ha sabido sacar a la luz voces fuera de la norma de la literatura argentina. Paso el tiempo, el libro se dejó de conseguir, pero Julia no paró de crecer: Anagrama decidió reeditar Atomizado Berlín y acá estamos con una nueva versión.

Me interesan las reediciones y cómo eso puede afectar a un libro. En este caso no sé que tipo de conjuro o magia tecnológica usó Julia para corregirla pero Atomizado Berlín es un rayo fresco, tierno y al mismo tiempo cínico y descarado. Tiene el impulso punk de la primera escritura y la rigurosidad de las relecturas. Además, nada más difícil que publicar una novela sobre el fin del mundo y qué harían los ricos en el 2026, cuando este apocalipsis sin épica nos respira en la nuca.
La novela se divide en dos partes: “Los chetos también se quieren morir (2004-2018)” y “Economía de guerra (2018-2034)”. La primera narra la historia de Nina Goldstein y sus dos hermanos, Mateo y Jeremías, durante su adolescencia y los primeros años de la adultez. La novela se cuenta a partir de un archivo, un documento que no nos termina de quedar claro recabó en la vida de estos hermanos. La voz narrativa es la de Angie, la mejor amiga de Nina, quien más tarde, en París, en el año 2027, se convierte en una activa organizadora de La Nueva Resistencia, “una amalgama cosmopolita de izquierdistas: terroristas latinoamericanos, narcotraficantes y hackers profesionales, ecoterroristas, adolescentes nerds y hombres autistas marxistas”. En la segunda parte, por distintos motivos y en distintos momentos los tres hermanos abandonan Argentina en búsqueda de algún tipo de fe, de trascendencia: Mateo se une al ejército israelí, Jeremías se va a Francia para tener una vida bohemia y Nina busca ser alguien a su pesar.
Atomizado Berlín es la novela apocalíptica de la juventud rioplatense: los hermanos Goldstein son unos chetos inadaptados que buscan desesperadamente la gracia, que algo se les revele, están sedientos por algo que los atraviese. Julia Kornberg, la hija tercermundista de Salinger, construye a los Goldstein casi en espejo de los brillantes hermanos Glass y también así escribe su ocaso. Los Goldstein tienen una característica especial: huyen en todos los sentidos que caben en la palabra huir. En este huir, su característica de argentinos chetos judíos genera un sentimiento profundo de empatía aunque parezca difícil. Quizás el lector no pueda saber qué es Nordelta, tampoco los kibutz, el llamado Colegio o Cemento pero sí puede conocer el profundo misterio y la desazón que corre por las vidas superficiales y no tanto de estos hermanos. Jeremías y Nina, detectives bolañescos con plata para tickets de avión, buscan en el arte, en la música, en el amor algo que les dé lo que la familia y su patria no les dio. Un vacío ingenio, lúdico, como el supuesto desierto argentino que permite llenarlo con toda la posibilidad que da la imaginación.

Julia escribió una novela valiente de verdad porque en una época en la que todos se jactan de escribir el libro que defiende a migrantes, indígenas, el medio ambiente y cuanta minoría exista, ella escribe desde la incomodidad, desde el lado que nadie quiere saber, y ese lado no es el blanco rico sino que ese lado es la mediocridad. Ninguno de estos personajes quieren ser protagonistas de su propia vida, lo viven como una condena y cuando ese protagonismo llega, estallan en el aire, como las esquirlas de los huesos de la cabeza de Viel Temperley.
Hablando de Viel Temperley, su gran poema-libro Crawl empieza así: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis aunque comulgue como un ahogado”. Jeremías y Nina llegan a una especie de gracia también ahogados: por la guerra, por la falta de amor, por la revolución que en realidad no les pertenece. Atomizado Berlín también nos ahoga, es intensa, un punch en la cara, te deja cansado pero con revelación. Así por lo menos son todas las cosas que más me gustan en la vida.
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Sofía de la Vega (San Miguel de Tucumán, 1993). Estudió Letras en la Universidad Nacional de Tucumán y es investigadora doctoral. Organiza el Festival Internacional de Literatura Tucumán (FILT). Publicó los libros de poesía, Blancas y plateadas (2018), La idea es vivir cerca pero no encima (2019) y Los ángeles son vacas (2025), y el de cuentos De los potrillos nacen ríos (2025). En 2024 obtuvo el Premio Estímulo a la Escritura Todos los tiempos el tiempo en la categoría Narrativa.







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