Primer acto
Guardo algunos recuerdos de los años verdes. Los pañuelos colgados de las carteras y mochilas, el emoji de corazón junto a los arrobas, los hashtags. Los debates televisivos, los esfuerzos de las influenciadoras y de la farándula culturizada de la Argentina en cuanto espacio fuera posible, intentando convencer a aquel considerado un bárbaro. Recuerdo la virtud argumental de mujeres muy inteligentes y hábiles, pero también los lugares comunes, los recursos discursivos y extorsivos a los que se acudía por reflejo, siempre al alcance de la mano, en demostraciones de pereza intelectual, acaso el Monte Everest de la épica liberal del yo durante aquellos días de revuelta feliz. Recuerdo un par de títulos de los libros que se publicaron a un ritmo vertiginoso, el boom editorial de las chicas que se escribían a sí mismas. Recuerdo las contorsiones de los tipos para no quedar parados en la baldosa equivocada, cómo muchos eligieron la sobrevida haciendo su perfo feminista, en vez de tener los huevos de la honestidad y el privilegio. Recuerdo las exposiciones ofrecidas en las comisiones parlamentarias —muchas buenas, muchas malas— por militantes, periodistas, y siempre el mismo manojo de actrices y escritoras. Recuerdo las evocaciones a las mujeres pobres o “de bajos recursos”, como un bloque sin fisuras pero sobre todo sin el permiso de clase a la voz propia, en nombre de quienes había que despenalizar el aborto. Recuerdo las charlas en el trabajo, las discusiones familiares, los “antes y después” en los distintos vínculos cuando no había posición consensuada, y la enorme cantidad de mujeres que, después de años de culpa y silencio, pudieron decir “yo aborté”. Recuerdo el apoyo de organismos internacionales, el dibujo de la percha, cómo se fue por la canaleta el sentido del humor. También recuerdo esa mancomunión de poroteadoras y buenas voluntades llamadas “Las sororas”. Conformados como Avengers de la Cámara Baja, diez mujeres y un hombre (el aliado Daniel Lipovetsky) de partidos distintos y opuestos, desfilaban por los pasillos vestidos para la ocasión, nos contaban sus logros en las copiosas coberturas de prensa y nos hacían reverenciar las mieles de la “transversalidad”.

En esa época, alquilaba un departamento en la intersección de las avenidas Belgrano y Entre Ríos, una zona en la que ignorar la movilización social es imposible, aun cuando uno se lo propone. Recuerdo la masividad y el estruendo, también la división y la tensión en las calles, las caras de hartos de los comerciantes y porteros de edificios, el mentón en alto de las mujeres que se sentían, al fin, en el centro de la discusión. Recuerdo haber atravesado el sector de las Dos Vidas mientras la performer Viviana Canosa hacía una ecografía en vivo, sobre el escenario, y haber llegado al lado verde de la Plaza de los Dos Congresos en algún momento impreciso durante el debate en Diputados. Recuerdo haberme ido, rauda y con taquicardia, de ahí. No soportaba los cantos, el glitter, la víspera, la celebración. Ajena, fuera de lugar, impropia y amarga, mi corazón necesitó terminar esa jornada tomando vino hasta emborracharse en un bar random del centro, intentando transmitir a entonces mi novio el extrañamiento que me generaba aquella situación tan totalizante que reeditaba malos momentos. No pude hacer nada con lo que, en la superficie y en lo profundo, sentía como la frivolización total de un tema estrictamente político. ¿Por qué esa plaza no fue mi plaza si yo también suscribía —suscribo y suscribiré— a la interrupción voluntaria del embarazo?
Cómo olvidar que aquellos eran tiempos de Mauricio Macri presidente. Ojos de cielo habilitó el debate que las chicas en la calle pedían y se convirtió en “el feminista menos pensado”, como lo caracterizó Fabiana Túñez, al frente de Instituto Nacional de las Mujeres, vale decirlo imbécilmente, dándo mucho más de lo que seguro le pidieron. No hacían falta tener ni estudios de género ni un ejemplar del diario del lunes para saber que al hijo de Franco no le interesaban en lo más mínimo las políticas sanitarias y la irresuelta demanda feminista: bastaba conocer el paño, aún epidérmicamente, y leer la postal política y económica en la que se encontraba el gobierno de Cambiemos en el año 2018. Los globos amarillos habían empezado a desinflarse en el electorado luego de los tarifazos y la infame represión por la reforma previsional en diciembre del año anterior, orquestada por la diosa griega del gas pimienta, Patricia Bullrich, igual que en el presente. Pero más importante aún, la nafta en el motor del cambio se acababa conforme los miembros del poder permanente —los empresarios y los dueños de la Argentina, socios naturales de Macri— corrían por derecha al presidente de la (entonces) derecha. Le reclamaban un ajuste intenso, veloz e impiadoso como el que hoy lleva adelante Javier Milei, haciéndolo quedar como un verdadero gonca. Gradualismo, sí, sumado a corridas cambiarias, sequía de inversiones, rifa de reservas, y la promesa de salir del cepo incumplida: así se vio la película escrita y dirigida por “el mejor equipo económico de los últimos 50 años”. Volver a pedir un préstamo del Fondo Monetario Internacional durante los debates parlamentarios sobre la IVE puede haber sido una coincidencia, un chiste que se contaría solo si no supiéramos de qué maniobras y artefactos está hecha la política.
Mientras la tele, las redes, la conversación pública y las calles estaban tomadas de forma indefectible por la marea verde —y su contraparte celeste se levantaba con una fuerza inaudita y un feto gigante como insignia de lucha— se tejía la entretela de la deuda monstruosa que, al día de hoy, de mañana y de pasado, se paga con “la nuestra”. El apostol de la malversación Federico Sturzenegger y Nicolás Dujovne anunciaban juntos el día 7 de junio el acuerdo alcanzado junto a Christine Lagarde por un préstamo Stand-By. El día 8 de junio Luis “Toto” Caputo, otrora ministro de Finanzas y actual ministro de Economía, lo presentaba con la ropa interior por los tobillos frente a inversores y agentes de la bolsa. El día 20 de junio el Directorio Ejecutivo del FMI finalmente lo aprobaba.
Segundo acto
La mañana del 14 de junio de 2018, a todo esto, luego de una sesión maratónica de más de veinte horas en la Cámara de Diputados y a la par de la resaca que había llevado conmigo al trabajo, un nombre propio brilló sobre todos los demás. Ahí estaba, lacia y rubiecita, prolija y adecuada, el ángel de la blusa blanca, Silvia Lospennato. Una de las autoras originales del proyecto de ley de despenalización, miembro clave de “Las Sororas” como la carita “progre” del PRO, la legisladora hizo despliegue de una oratoria precisa, inteligente. Con su physique du role de hada de cuentos, Lospennato tuvo el buen tino de hacer un reconocimiento histórico a quienes precedieron la lucha por el aborto legal. Subrayó el poder de las alianzas más allá de las banderas partidarias —“Esta multipartidaria de mujeres llegó para quedarse en la política argentina, unidas en nuestra diferencia pero siempre a favor de las mujeres”— y se aferró a esa ficción de unidad, frágil y volátil, publicitada como se publicitaban las Spice Girls, para felicitar y reconocer la “madurez” de sus colegas. Y, por supuesto, dio cuenta de lo que ocurría afuera: “Miles y miles de mujeres pasaron la noche en la plaza esperando que alumbráramos esta ley y pudieron conocer las caras de sus diputados y diputadas y los nombres y nos interpelaron con el interés genuino de conquistar este derecho”. Como una buena alumna liberal, como una hija sana del antiperonismo, también como la amiga que te tiene la puerta del baño cuando vas a hacer pis o te presta la oreja para que llores porque el que te gusta no te fueguea las stories, Silvia conmovió a todos con la quebradura de su voz, las lágrimas contenidas y el puño en alto, con el pañuelo verde de brazalete, al finalizar aquel discurso encendido de honor y verdades. El recinto se puso de pie en ovación y Silvia Lospennato se convirtió en la heroína del debate, en la abanderada de la cruzada macrista en el Congreso, en la demagoga de los buenos modales que le cae bien a todo el mundo. Recuerdo las loas en los artículos periodísticos, recuerdo las entrevistas pautadas en todos los medios y, si me concentro, todavía puedo oir los aplausos que la militancia profería y conminaba a proferir —algo en extremo paradójico si se tiene en cuenta que el movimiento feminista se plantaba como el principal opositor a las políticas del macrismo. Sabemos que en los escenarios de polarización cada voto cuenta, pero algo muy distinto es el fandom o el fanatismo por lobotomización. La historia es conocida y lo que pasó en la Cámara Alta semanas después no es solo un recuerdo mío.

Que pin, que pan. Mauricio Macri no pudo reelegir y ganó el grisáceo de Alberto Fernández, el elegido de Cristina, el terminador del patriarcado, hoy imputado por lesiones graves contra Fabiola Yáñez. Con la fuerza del feminismo plegada a un Ministerio, la marea verde se vio domesticada y solo estuvo semiactiva hasta el momento de aprobación de la IVE en diciembre de 2020. Luego, como en un pase de magia, el movimiento institucionalizado se replegó hasta evaporarse y se conformó con ocupar puestos de injerencia dentro de la estructura del Estado, para alegría de las garantes del cupo femenino. Con el Frente de Todos en el gobierno, los problemas de las mujeres cesaron su existencia o se redujeron a una mínima expresión, pese a que los números hacia el fin de la gestión indicaban exactamente lo contrario. Pero mejor no digamos nada, no le hagamos el juego a la derecha.
Tercer acto
Ganó la derecha. El masterplan de no hablar de lo que quizás hubiera sido saludable y prudente hablar, al final no funcionó. Todo pasó mientras hacíamos fuerza para no abrir la boca y convencernos de que Sergio Massa es peronista. En un mismo movimiento, La Libertad Avanza le quebró los tobillos a la unidad inflacionaria y atada con alambre del peronismo y le llenó el rostro de huellas digitales a la escuadra de Juntos por el Cambio, que quedó herida por salir cola pero además, y sobre todo, por ser la versión virgin de la propuesta chad del excéntrico y desnivelado Javier Milei. Desde diciembre de 2023, el PRO se encuentra frente a un proceso de sangría y desintegración, y su todavía lider, Mauricio Macri, humillado en formas creativas y diversas por el primer mandatario, El Jefe repostero y Santiago comillas el asesor comillas Caputo. Muchos de sus funcionarios, aquellos que no abrieron las alas y rajaron, piensan en LLA como una agencia de colocación. Son los primeros en la fila de la casta que el presidente desprecia a viva voz para rubricar cuanto antojo le valga, para correr detrás del mandado más alocado, para levantar la mano y pasar la ley más regresiva, antirrepublicana o destructora. Los segundos en la fila usan boina blanca, pero no abramos esa pestaña. También hay terceros. Quizás lo que separa a unos de otros, a buenos de malos, ya no sea la distancia entre ideas sino apenas los modales, la boludez de las formas. Son interminables los episodios del narcisismo de las pequeñas diferencias.
Entre estas luminarias de la democracia, y entre notables como el ex “zurdo” y autor de ¿Qué significa hoy ser de izquierda? Fernando Iglesias o Cristian Ritondo, la jornada del 9 de octubre de 2024 nos volvió a encontrar con otro memorable discurso de la querida Silvia. Ya no tan rozagante como en la primavera verde, esta vez prestó su apoyo al veto de la ley de financiamiento universitario. Lospennato, comadre. Recuerdo sus días de bestia pop, cuando señalaba con lágrimas en los ojos la importancia del Estado en los asuntos de los menos privilegiados. Recuerdo su foto orgullosa, menos de tres años atrás, cuando festejaba los 200 años de la UBA, y comunicaba el deseo de que todos los argentinos tuvieran la oportunidad que tuvo ella de formarse en la educación pública. Recuerdo su declaración de principios en X, en 2022: “Mañana se vota un brutal recorte de la Educación Pública y hoy no hay ni una marcha, ni una toma, ni una asamblea. Aturde el silencio de los que solo hacen política con la educación”. Pero, en la Argentina de remate, se ve que esos principios ya no gustan; por suerte, ella tiene otros.

Sería injusto decir que Lospennato es la excepción. Pero la politóloga es indiferente no solo al archivo de su función pública sino que eleva la apuesta y, escorpiana, traiciona las fotos de su propio album familiar. Es hija de laburantes y hermana mayor de una línea de cinco. Las cuatro mujeres estudiaron y se recibieron en la Universidad de Buenos Aires, son fieles ejemplos de la movilidad social ascendente argentina. Ella trabajó y estudió al mismo tiempo, era la típica estudiante que no se conformaba con una nota menor a 10. Creo que hoy se le dice mérito a lo que siempre fue voluntad de progreso.
Ayer, Silvia Lospennato primero defendió al derrotadísimo Horacio Rodríguez Larreta de la apurada soft que se comió en la última marcha universitaria, solo para dar comienzo a su despliegue de rabia y antiperonismo, reflejo amoroso ineludible de la siempre robusta comunidad gorila. Como una consorcista enojada de Recoleta, acaso vecina de la ex gobernadora y ex chica de Flores, hoy compañera de banco María Eugenia Vidal, Silvia sentenció: “La plata que se robaron, que se patinaron, es la que hoy nos falta, entre otras cosas, para pagar buenos salarios públicos, para pagar buenos servicios, para desarrollar infraestructura”. Citó Sinceramente, el libro azul de Cristina Fernández, porque como todo buen hater —que no hace otra cosa que autoestimularse el músculo del odio— no puede dejar de pensar en ella. Y pese a sus buenos puntos, pese a los que podrían considerarse aportes a la discusión sobre la universidad pública, pese a las coordenadas donde podría dársele la razón, no pudo sino derrapar para ofrendarle a Milei, de rodillas, una victoria más. Pero además, fuera de cámara, Silvia se dedica a asesorar en la laberíntica parlamentaria, en yeites y roscas, al amateurismo oficialista. Es la Señorita Maestra de los liberdiputados: su vocación de servicio no tiene final.

De lo que dijo, en casi quince minutos de oratoria de alta peluquería, hay una frase que vale la pena destacar: “Es esa hipocresía por la que millones de argentinos ya dejan de creerles ese relato de que [los peronistas] son los únicos que defienden la educación pública”. De la deuda de 50 mil millones de dólares tomada por su patrón, a espaldas del pueblo, mientras a ella la cononaban Reina del Aborto Legal no hubo menciones ni noticias. El tiempo es vil para todos los mortales pero parece que no para la clase política que vive en una dimensión de puro presente: la negación del pasado para garantizarse, a fuerza de especulación, dinero y promesas escritas en el aire de puestos y lugares estratégicos, un lugar en el futuro. Ojalá Silvia Lospennato no se sorprenda cuando la historia la anoticie de que fue apenas un instrumento para los libertarios, una proxy del vaciamiento. Ojalá no sufra tanto cuando, al fin, en la soledad de su casa, sin nadie alrededor que la aplauda o le ponga muy bien 10, se pare frente al espejo y los ojos grandes de la hipocresía le miren el alma.
Paula Puebla es autora de Una vida en presente, Maldita tu eres y coautora de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Dicta talleres de narrativa, colabora en medios diversos y, junto a Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.







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