¿Es ficción? ¿Es autoficción? Si se trata de Besos, no, la primera novela de Victoria Liendo, estas preguntas resultan fútiles. Porque lo más importante en la historia no es cuánta realidad haya en ella, cuántos hechos reales, sino el ejercicio literario que la sostiene. Besos, no puede leerse como una historia de amor. Mejor dicho, como una historia de amores: un marido, un amante, un primo, un padre, un país. Y también puede leerse como el rechazo a todo eso, como la búsqueda errante que una mujer es capaz de encarar cuando las cosas, vistas de cerca, no son lo que parecen. Porque Besos, no, ante todo, es un libro sobre la decepción.
En un hiato de sus encuentros de trabajo con María del Carril, autora de Hielo Seco y con quien escribe una novela a cuatro manos sobre las mujeres de clase alta en los años noventa, Victoria Liendo recibe a Vayaina Mag en el living de su casa. Afuera despunta el otoño y Buenos Aires está en pleno concierto. Adentro, el tiempo corre más lento y Hernández, el pequeño gatito blanco y negro, juega con su propia sombra.

La novela comienza con un casamiento que, según la narradora de Besos, no, resultó en “una gran pérdida”. De esa escena en adelante, ese juego de estados de ánimo, esa distancia entre la expectativa y la realidad aparecen de modo continuo. Como si ese altar —“una imagen difusa, vaporosa”— preanunciara todo lo que a la protagonista le sucedería. ¿Qué se fracturó allí camino al atrio? ¿Qué la esperaba después de todo ese tul de seda inglés?
La realización, cualquier realización, corta en seco el camino de la posibilidad, de la imaginación. En el momento en que algo sucede, ya fue de esa manera y no lo podés cambiar. Eso siempre me resultó tremendo. La vida es hacia adelante, le importa nada lo que soñamos, nada las horas hombre que gastamos en construir expectativas, en diseñar con la imaginación los grandes ritos de nuestras vidas; las cosas salen como salen y se sigue, la dirección no se altera. Orfeo tenía razón en sufrir, pero fue tonto en quedarse ahí. Querer retocar el pasado es como querer controlar el futuro: no sirve, ningún esfuerzo alcanza. A mí toda realización me resultó dolorosa, me resultó la destrucción de lo que yo entendía por el porvenir. Haber hecho todo mal, querer empezar de nuevo y no poder.
¿Mi mamá caminó contenta al altar? Mis papás son dos personas muy particulares, aunque, después de conocer muchas familias, considero que he sido bendecida con una perfectamente neurótica en la que todos los personajes son buenos. Entiendo que hay gente que se aburre en sus casas, y salen a buscar la diversión, la identidad, con los amigos. En mi casa estás en el teatro constantemente, es difícil quererte ir. Mi madre es muy literaria, su vida siempre irrigó mi fantasía. Me deslumbró descubrir, cuando fui creciendo, mucha porosidad en la historia de ellos. El día de su casamiento, mi papá pensó que ella no iba a llegar nunca a la iglesia, y estaría todavía esperándola ahí, el tipo es muy tranquilo. Mamá llegó una hora tarde, no sé qué problema tuvo, y además estaban peleados, al punto que ella le había dicho “yo no me caso”. Ella, una figurita difícil, una mujer distinta, muy libre, no tan católica, canchera, cero mundo militar y bastante más grande que él.
Toda la relación, en el relato, es él tratando de que ella no se escape. Él ya la venía llevando.
¿Hay algo de ese matrimonio en el matrimonio de Besos, no?
Es un modelo, una historia y un amor muy fuertes. Mi padre se enamoró mucho de mi madre, perdió la cabeza de amor por ella. O no la perdió, la entregó, porque es una cabeza conciente, él nunca larga el control. Una vez me dijo: “No es que yo me enamoré de tu mamá y me casé sin pensar”, no. Él, en su cabeza, había pensado todo, tenía su plan: la primera década va a ser así, la segunda así, estas van a ser las vicisitudes que probablemente encuentre en la quinta década, etc. Yo no lo podía creer, pero para él era obvio. No deja mucho librado al azar.
Mi mamá le decía “no me caso, esto es un error, cuando sea vieja te vas a ir con otra” —algo con lo que le insistía mucho su madre, mi abuela—, y él nada, sus decisiones tienen el aplomo de una cordillera, pero yo me quedé con el terror que en el reparto de males le había tocado a ella, vivir con ese miedo, casarte con un tipo que te tiene que prometer que te va a seguir queriendo a pesar de la diferencia de edad, que en esa época era un tabú. La gente les dejaba de hablar, se ponían incómodos; ellos eran distintos, los conservadores más disruptivos que podés conocer, y eso que no era tanta la diferencia, 7 años, él tenía 22 y ella no estaba lejos de cumplir 30.
Era una señora para la época.
Una solterona. Entonces, ¿qué pasá? Él le dice “perfecto, no hay ningún problema, si querés después nos divorciamos, pero mañana nos tenemos que casar, está todo hecho, todo pago, sería una falta de respeto para todos”. Él, vivísimo. Y en eso mi padre es parecido a Lucien. En la novela, el marido es muy paciente.
Lo que es conocer a las personas, ¿no?
Claro. Mi papá me dice que tengo un problema de percepción. No entiendo cómo se relaciona con la realidad él. Yo, cuando las cosas son distintas de las que imaginé, el duelo me lleva un montón. Nunca hice bien un rito de pasaje, a todos entré sugestionada, aturdida, sin entender lo que estaba pasando y pensando que lo manejaba. Ahora ya me acostumbré.

La narradora de la novela, que es al mismo tiempo su protagonista, vive en París, mientras hace un doctorado en Letras y se codea con cierta tribu académica. Sin embargo, hay una tensión permanente entre la ensoñación de Francia, y su Buenos Aires querido, su Argentina conocida. La novela tiene tintes de nostalgia, pero no una nostalgia bobalicona sino como mecanismo de puesta en valor. ¿Qué busca alguien de una élite que migra? Pero más aún, ¿qué encuentra?
Me encanta esta pregunta, nunca me la hice. Devoré en París los estudios de David Viñas sobre los señoritos de nuestra literatura, sobre sus viajes europeos de iniciación y la ternura que guardaban en sus diarios por sus criados favoritos, pero nunca se me ocurrió que yo fuera una versión de ellos en la actualidad. ¿Qué fui a buscar, qué encontré?
En mi casa en particular, los apellidos nunca fueron un tema, pero yo me daba cuenta de que había algo ahí y, de más grande, como a los 27, empecé a interesarme por toda esa cosita de la élite. Y después te pasa como a Proust que conocés algunas personas que acá son super bien, decís “ah, ¿es eso?”
Con París no me pasa eso de preguntarme “¿esto era París?” Nunca. Los franceses están y se parecen a lo que son. Me acuerdo de dos pibes, que no sé si eran obreros, hablando en un café lumpen en la esquina de mi casa: la boina para atrás, la manera en la que estaban sentados, todo estaba bien. No sé cómo hacen para tener ese resto de belleza. Gombrowicz decía que en Buenos Aires la gente era elegante, y a mí con los franceses me pasa eso. Me parecen elegantes todos, ves la fauna en la terrace de un barrio de turisteo lumpen clásico y no decepcionan. De lejos son siempre pasto verde y de cerca, medio que también.
¿Pero qué buscamos cuando vamos? Sí, recuerdo estar en el Microcentro —para muchos porteños, el país es la ciudad, la cosa porteña te come— y sentir que mi amor por Buenos Aires era ridículo. Antes de irme –me iba por tres meses– filmé no sé cuántos videos, compaginaba fotos de faroles con tangos de fondo. Hice una fiesta de despedida, contraté a la banda de Pablo Dacal para cantar yo una canción con ellos porque me iba a Francia. Lloré encerrada en el baño en mi vestido de lentejuelas rojas, desconsolada por ese desarraigo que no era nada. Pero no era fingido, Paula, era absoluto. Llegué allá con una sensación de desamparo total, de ¡por qué me obligan…! Incluso siendo chica, sabía que en algún momento me iba a tener que ir.
Dijiste algo por la mitad. ¿Quién te obligaba?
Mis padres.
¿Te obligaron a ir a Francia?
No, me obligaron a tener una experiencia abroad, pero no cualquier cosa. Boludeces, no. Ya había estudiado Letras, lo que no les había parecido una gran idea, menos en Puan. Porque terminaba a las 11 de la noche, y mi mamá pensaba que me iban a matar; para mi papá no, porque él hizo toda su carrera en la pública. Mi sensación es que había un control muy fuerte sobre nuestros cuerpos, un “que no nos toquen a las nenas”.
Pero sí, tenés razón en señalar lo que señalás. Incluso antes de eso, de más chica todavía, yo sabía que iba a tener que irme. Por mis padres y por mí, por Raucho y por la literatura, porque todos se iban en un momento. Había que hacerlo.
¿Una manera de realizar un camino?
Una manera de ser argentino con mundo, así como hacer el viaje al sur de mochilera era serlo para adentro. Tenés que hacerlo. Yo no lo quería hacer, lo padecí, pero lo hice.
“Es mi culpa, seguramente, que el tiempo tenga otro color cuando estoy sola en el cuarto de una ciudad que no es la mía, donde no hay nadie y yo puedo ser nada”. Si esta mujer podía darse el lujo de ser nada en París, ¿qué sí era entonces en Buenos Aires? ¿Qué debía ser en su país?
Todas cosas que no podía ser en su país, porque en su país ya era. Para empezar, tenía portación de apellido. A pesar de ella, antes de ella: ya era. Estaba marcada por todos lados. En Buenos Aires me veían mis padres, y todos. Ellos siempre esperaron la excelencia de nosotros. Que fuéramos buenas personas y que hiciéramos las cosas bien; no que fuéramos felices, eso para ellos se daba por añadidura.
Entonces en París yo podía hacer algo bien, sabía que me daba la cabeza, y lo hice a mi manera, haciendo nada. Algo que acá no podía hacer. “Levantate, hija”, “¿Qué hacés ahí?”, “Está todo el cuarto desordenado”. Yo tenía ganas de perder el tiempo, de estar tirada mirando las tres sombras sobre la pared que eran iguales todos los días, pero yo necesitaba meses para darme cuenta cuán iguales eran. Eso era un permiso que me daba y no quería vivir enfermándome para poder tenerlo, como las mujeres de mi familia materna, pasando una temporada en el Mater Dei. No tenía ganas de vivir enfermándome, prefería estar medio muerta todo el tiempo en París.
¿París una zona liberada?
Yo apagaba mi teléfono en mi buhardilla y pensaba “nadie me puede contactar, nadie puede saber nada de mí”.

La lengua también irrumpe en la novela. “Un sonido fuera de lugar, una letra de menos, y toda la estructura de la lengua se oscurece de golpe, un apagón general, una noche cerrada que no los deja arrancar para ningún lago, y ahí está el francés mirándote con la boca abierta, los ojos fruncidos sin la menor mala fe”. ¿Se puede amar en otra lengua?
No creo que haya otra lengua. Creo que una tiene una lengua que se va armando. Yo no sé si hablo francés como hablan los franceses. Seguramente no sea el mismo idioma, pero no por eso es menos francés, aunque mi francés, mi español y mi inglés —el que aprendí en la televisión— es una lengua sola. Con mi marido existió el amor porque él aprendió a hablar como yo. Cuando le preguntaban dónde había aprendido a hablar tan bien, él decía que hablaba “Vicky Liendo”, que no hablaba español. Todos mis novios extranjeros hablaron Vicky Liendo.
A mí me gustó mucho el comentario a lo francés, que ahora siento que no lo querés decir. Hay mucho en la novela sobre el mito de la Francia iluminada, sobre la Francia cultural, que vos rasguñás…
Con los franceses nunca me pasa de que los veo y no son nada. Siempre los veo e impactan, no quita que sean re gomas en Francia. Dejame explicar. ¿Viste cuando traés un esquiador barilochense a la ciudad y no funciona? ¿O te llevás un porteño a la montaña y no va? ¿O el novio yankee que no habla español y arruina un poco todos los asados familiares? Fuera de su elemento, la gente pierde mucho capital erótico. Bueno, el francés pierde en Francia. Quiero decir en su cultura local, en su costado provincia intestina, la cosa chica. Una no se lo imagina, porque en lo grande son sublimes.
Letal.
Pero no lo saben. Ellos no lo ven. Pierden para todos los demás, no para ellos. En Francia, los programas de televisión son gomas, la cultura del día a día no tiene chispa, no son graciosos como nosotros; no tienen carteles falopa como nosotros, escenas urbanas llenas de ternura como nosotros. Son más chatones, mucho más provinciales en un sentido más simplón, ramplón. La clase media de francia es meeh, y la clase media argentina es chispa. Por eso los extranjeros se vuelven locos con la Argentina.
Y, académicamente, en Francia era re loser todo. No como en Estados Unidos que, aunque no lo viví, para mí es shiny. Cuando entré al master, mi director de tesis me dijo “acá los seminarios son malos”. El que daba él era excelente pero, claro, el nivel es muy bajo en la universidad francesa. Son muy mediocres los que llegan allá. Hay algunos brillantes, por supuesto, pero el ambiente es mediocre. Pintorescamente mediocre. Tipo la película Puan, es así, son siempre los mismos. Por eso te digo que la vida allá me parecía una vida de nabos. Acá somos mucho mejores. De afuera sonará bastante tonto esto que digo, pero la pertenencia es así, una cuestión de sabor, y el sabor va por dentro.
¿Qué mitos de su clase social en Argentina se trastocan en la novela? ¿Se resintió algo en el entorno?
No me doy cuenta qué hago con la gente de acá. Tal vez, para vos, yo soy una mega cheta, pero yo conozco gente tan cheta que no sé si soy tan cheta.
Siempre hay alguien más cheto que uno…
Absolutamente. Uno de mis mejores amigos tenía un grupo de amigos donde eran todos muy bien, todos me parecían elegidos por Dios para continuar una tradición literaria de generaciones. Yo fui una vez a uno de estos encuentros en la calle Posadas, a través de este amigo. No me daba cuenta de que había sutilezas de clase, porque siempre pensé que yo era el modelo. Sí recuerdo ir al castillo de Hearst en California con nueve años y que se me rompiera el corazón, pero después se ve que volví a mi vida de todos los días y me olvidé.
Una vez Ernesto Montequín me preguntó si nunca había querido ser alguien diferente de quien era. Y cuando le dije no, él me dijo que nunca iba a poder hacer literatura. Después se sorprendió porque la novela era buena. Menos mal. Para mí, lo que él no entiende es lo fantástico, inquietante y aterrador que resulta el mundo cuando vos te tenés como medida de las cosas y no se te ocurre ser otra.
No sabés lo que fue crecer, descubrir que había gente distinta. Hay tantas capas que tenés que quebrar. Tantas revelaciones. Pero no, nunca se me ocurrió que yo podía ser algo distinto. Nunca apliqué a una beca en mi vida porque nunca pensé que me la podía llegar a ganar. Nunca pensé que nadie se iba a enamorar de mí tampoco. Nunca pensé que iba a aprender a leer. Crecí abrazada a una duda acerca de mi capacidad. Es una inseguridad que no se ve tampoco, porque soy muy segura. Pero son creencias de base: “Esto, yo no”.

¿Cómo ves a tu personaje en relación a los personajes femeninos que inundaron las librerías argentinas esta última década? ¿Qué dirías que tiene de distinto?
El personaje de María Gainza me parece lo más. A veces me puede dar vergüenza ajena o me puede parecer medio pava, pero le veo riesgos y me gusta ese borde, que el amor sea ambivalente, que me cueste y me guste al mismo tiempo. ¿Y por qué? Porque es muy graciosa. Muy she’s alive. Me atrae la cosa viva cuando está en letras de molde. Puedo apreciar la potencia que tiene una voz como la de Carla Quevedo, en un género ya totalmente distinto, aunque sea una chica de mundo hablando del mundo. Me gustan porque hablan con una lengua que se habla acá.
Héctor Coire, tan odiado en X, hizo un comentario pseudo negativo de Besos, no en un tuit. Cuando le pedí que me dijera todo, me respondió por privado que le había encantado, que era una declaración de amor a la Argentina, y que estaba escrita en argentino, no como otras que se mueren por vivir en el exterior y escriben como dobladas al Puerto Rico.
Es una novela muy argentina. Tiene algo de una argentinidad que está poco explorada pero es una argentinidad al fin. Y, además, mientras más tiempo el personaje pasaba en Francia, más argentina se volvía.
Eso es así. Ahora, ¿no es medio como una parodia?
Es una puesta en valor de la Argentina.
Vos ves una impertinencia en el mundo del personaje. Es una mina que puede irse a hacer nada y dejar todo lo que podría ser.
¿No es una mujer que está buscando un riesgo?
Yo me podría haber quedado acá, pero no estaba invitada a la fiesta. Por mi apellido, no podía entrar. Era realmente algo cerrado para mí. ¿Me hubiera gustado formar parte de algo como Belleza y Felicidad, armar lo que tiene Pilar Gamboa con su grupo o vivir como Mariano Llinás, que son todos amigos y hacen cosas hermosas? Me hubiera encantado, y sin embargo, me repele la lógica de grupo, me repele su jerarquía interna tácita, esa energía innombrable que regula las relaciones, y cierta anulación del individuo en la reverencia al alfa de la manada. Yo me debilito en la manada, desaparezco. Mi cuerpo no quiere estar ahí.
Igual lo que dijiste sobre el personaje me parece tremendo: que deja todo para ir a ser una persona gris en un mundo gris. Ella no se anima a tener: entre la carencia y el miedo, ella elige la carencia. Ahora debería elegir el miedo a tener. lo que mas le gusta es el poema de Sor Juana Inés de la Cruz que dice: pues si perdí el tesoro / también se perdió el miedo / No tener qué perder / me sirve de sosiego / que no teme ladrones /desnudo el pasajero.
Esa es la protagonista, tiene miedo. No quiere ser ella, no quiere ver todo lo que podría ser, todo en lo que se podría convertir. No quiere saber que sabe leer, que sabe escribir, que pueden quererla. No quiere ser la argentina que siente que es, le da vértigo.
Bueno, en Francia nadie sabe su apellido.
Lástima que los cinco argentinos que sí estaban lo sabían de memoria. Pero bueno, eran cinco. Uno que yo consideraba mi amigo me citó una medianoche en un bar para preguntarme por qué quería a mi padre y cómo no despreciaba a mi abuelo. De la nada, eh, nos conocíamos poco, pero viste que allá te hacés amigo en dos minutos, esa complicidad de inmigrantes, y yo venía chocha pero me quedé helada. La intención de él habrá sido ser mi amigo a pesar de mi familia, pero para mí era muy violento el planteo. Esas cosas chiquitas, menores pero cortantes, podían suceder, sucedían, había que estar alerta, no flashear y aceptar el rechazo de antemano. De todos modos, yo no me fui a París a hacerme amiga de tal o de cual, me fui a quedarme sola. Llegué a unas reuniones de unas amigas de mi mamá y entendí que ahí no iba a aguantar dos minutos, no podía con el small talk, y con los franceses es imposible, no podía pasarme el apéro hablando con semi desconocidos de la taxe d’habitation. Era realmente estar París y yo. Nunca tuve otra ambición.

Si tuvieras que nombrar una virtud y un defecto del estado del arte de la cultura argentina, ¿cuáles serían?
¿Qué me parece re copado y que atraviesa a todos los partidos? Todo lo que es el murmullo argentino. Los memes, los chistes en las redes, los videitos que recogen pedazos de cosas. Yo vivo de todas esas boludeces de los argentinos. Hay gente que no tiene eso en ningún momento del día, nosotros lo tenemos en el aire. El chiste lo puede hacer un libertario o un kirchnerista y probablemente sea igual de gracioso. Eso no es valorado como cultura, pero el juego con el lenguaje es constante, maravilloso, rico y horizontal. Lo hacemos entre todos.
Ahora lo que es cultura-cultura, admiro lo que hace Joanna D’Alessio. El otro día le dije que era la persona más parecida a Victoria Ocampo del mundo de hoy. Porque no para de hacer, de financiar, de delegar, de revisar e impulsar un proyecto tras otro. Le pone marketing y uno diría que el marketing es lo que mata las cosas, pero no sé si las mata en este caso. Les da color, circulación. Crea algo vivo. La gente que hace, la que está atrás de las cosas, me produce admiración. Es el soplo creando algo entre nosotros.
No me gusta la parte más corporativa. La fiesta de compartir los temas, emocionarnos por las mismas cosas, hablar siempre bien de lo que hacen nuestros amigos, qué sé yo. También me dan envidia los grupos del audiovisual. No sé, vas al cumpleaños de Piroyansky y parece un recital de Cattaneo. ¿Qué onda? ¿Son todos amigos acá? Se cruzan, hacen cosas juntos, guionan. Son grupos cerrados que parecen abiertos, con un tipo de amistad gregaria que no sé si tiene profundidad pero funciona en el colectivo. Yo veo una trama mafiosa en ese tipo de amistades, que percibo desde mi envidia, porque estoy afuera y no paro de ver cómo se abrazan dos progres y sale del medio un tercero, se reproducen de una manera impresionante. Me maravilla.
¿Te bancarías la fiesta del lado de adentro?
No sé. Me da vértigo, me hace sentir que dejo de ser yo. Preferiría mantenerme alejada y soñar en la ducha (como hago) con escenas en las que soy el centro absoluto y todas las luces me enfocan a mí. Termino agotada.
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Paula Puebla es autora de Una vida en presente, Maldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Da clases de escritura en NN, hace clínica de obra y colabora en medios. En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.







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