Un chico de quince/dieciséis años, armado con una escopeta 12/70 y un cinturón porta cartuchos, entra a su escuela en la provincia de Santa Fe y, pasadas las siete de la mañana, abre fuego contra sus compañeros, asesinando a un niño de trece años e hiriendo a otros ocho.

Dos semanas después, como una plaga que se expande, en Corrientes, en Entre Ríos, Mendoza, en distintos colegios, aparecen pintadas con amenazas de tiroteos.

Converso con una amiga, profesora de literatura de nivel secundario, y le pregunto qué opina. Dice que esas cosas siempre existieron. Hago memoria y recuerdo. El “juego de la ballena azul”, por ejemplo. Un desafío viral que surgió en Rusia y que llegó a la Argentina en 2016, en el que los participantes recibían retos diarios durante 50 días, que incluían desde autolesiones hasta suicidio, en algunos casos. Una extorsión que funcionaba a través de redes sociales, en el que los administradores amenazaban con lastimar a los seres queridos de las víctimas o publicar su información personal privada. 

Foto de Clint Patterson en Unsplash

El chico de Santa Fe tiene dieciséis años, la misma edad que /1404er/, el protagonista de Amigdalatrópolis, la primera novela de B. R Yeager, publicada en 2025 por Caja negra editora. 

/1404er/ es el nombre que utilizan todos los usuarios de los foros en los que bucea el /1404er/ de Amigdalatrópolis de modo que, en ciertos pasajes, él bien podría ser cualquiera de los otros que están detrás de sus respectivas pantallas. De hecho, el formato que predomina en la novela son fragmentos de conversaciones por chat en donde, por momentos, los /1404er/ que participan, funcionan como un coro griego. Y el protogonista, su sketch de personaje, también podría ser más o menos el mismo que el de los demás: un joven adolescente que crece a espaldas de sus padres y de frente al “rostro de la Computadora”, separado, además de por la puerta de su cuarto, por la brecha tecnológica. 

Yeager, de quien en Argentina se publicó primero Espacio negativo (Caja negra, 2023), se caracteriza por llevar el horror al extremo, casi hasta el paroxismo de la belleza, ese límite incómodo y difuso en el que uno se funde con otro. Pero ¿es esta una novela de horror? ¿son los personajes de Amigdalatrópolis casos extremos? La situación del protagonista es que, con su trabajo a distancia, les compra a sus padres el dormitorio principal de su casa y allí vive. Su madre, con quien se comunica a través de la puerta y vía mail, le deja la comida y los pedidos que /1404er/ hace por internet, ahí mismo. Comiendo fideos ultraprocesados, durante un tiempo, únicamente abandona la habitación cuando está seguro de que no va a cruzarse con sus padres.

“/1404er/ nació gracias al video. Así fue que encontró su propio camino entre los hilos. Sus ojos pudieron traducir la luz del stream. Pero antes de que pudiera traducir la luz del stream, apenas si era una persona”. Marginal, outsider, con habilidades sociales cada vez más reducidas, considerado por su familia como un chico con agorafobia aún no diagnosticada, crece enredado en las raíces oscuras de las profundidades de internet. Lo que sucede en ese magma corrosivo, en el anonimato de la virtualidad en donde todos los filtros sociales están caídos, es el intercambio de materiales perversos e ilegales: videos de pedofilia, abusos, asesinatos, mutilaciones, discursos de odio y claves de acceso a la internet más recóndita. 

B.R. Yeager

La No Man’s Land en la que bucean estos muchachos no solo es la espiral en la que viajan en búsqueda de sucesos digitales cada vez más extremos, sino también la viva expresión de la oposición entre experiencialidad y contemplatividad. Si, atrincherados detrás de sus computadoras, los foristas de Amigalatrópolis comparten un pacto de veracidad —es decir, un estatuto de violencia documental que exige que los materiales que intercambian sean reales—, es justamente porque han sido eyectados del mundo social donde podría tener lugar la experiencia corporal.

Desamparados por el bajón del efecto exacerbado de lo que para ellos constituye un acontecimiento estético, van en búsqueda de dosis cada vez más altas de perversión. Estos consumos están siempre atravesados por discursos de odio: yihadismo, misoginia, nazismo, homofobia, etc. Es un odio que, a medida que prolifera a través de la red y multiplica su voltaje, funciona como sesgo de confirmación, pero también va dejando de encontrar medios de canalización. 

Insistentemente se menciona al pene flácido del protagonista. Su miembro está muerto, anestesiado de horror. La impotencia se vuelve física frente a la hiperestimulación digital. La sucesión de imágenes explícitas, inoculadas por la vía privilegiada de la digitalidad, la visión, acaba por ocluir la imaginación, sin la cual no es posible revitalizar el deseo. En cambio, aparece su reverso en la misma potencia: la pulsión de (dar) muerte, en una cinta de moebius en la que están atrapados los personajes, como en un séptimo círculo del infierno. Basta mencionar las fantasías violentas y sexuales que el protagonista tiene con su madre. De hecho, si estas fantasías no se consuman es porque en el episodio en el que está a punto de ocurrir, el protagonista se ve impedido por su propia fobia al contacto con pieles ajenas.

El gran acierto de Yeager en la construcción de este universo, es que sus personajes incels están lejos de ser representados como losers, tontos y  ratas de computadora. Por el contrario, lejos de subestimarlos, Yeager capta toda su potencia, sus condiciones materiales y sus efectos en la realidad. Algunos no solo son conscientes del segmento social al que pertenecen, sino que muchos se ajustician con pasajes en donde despliegan conocimientos agudos sobre distintos temas alejados del grueso sobre el que prima la conversación de los foros. Y todos, sin excepción, son astutos para escapar de las garras de la ley.

Pero, además, son humanos. Profundamente humanos. Y es ahí en donde el texto se vuelve incómodo y perturbador. Tiene un efecto parecido al de la saga de películas Nymphomaniac Vol. I y Vol. II, de Lars Von Trier: en ese y en este catálogo de atrocidades, late el pulso aterrado del espectador/lector al ritmo de una pregunta: “¿en cuál de todas estas escenas perversas voy a descubrir que algo le hable a mi propio deseo?”. 

/1404er/ compra dientes humanos por internet. La piel de los otros se vuelve plástica. Las caras de las víctimas se borran y la de él también. Solo, atrincherado en su casa durante años, incluso después de la muerte de sus padres que tampoco logra sacarlo de su cuarto, el protagonista es arrasado por el delirio alucinatorio del encierro. “Antes, el rostro de la Computadora dominaba todo. Ahora metía su propia cara en cada haz de luz que encontraba y cerraba los ojos. Su mente también se volvía rosa y naranja. (…) Era como un sopor, un sueño de líneas vacías y formas que se retorcían en la nada, infinita e indefinible”. Yeager logra eso que parece imposible: el declive final de /1404er/ termina provocando una profunda pena y compasión, llevándonos del horror crudo y explícito a la piedad. Una disolución psicodélica y triste en donde la realidad se desintegra. 

Mi amiga, la profesora de nivel secundario, no está preocupada por las amenazas de tiroteos en las escuelas. “Los chicos hacen chistes con eso. Desarrollaron un humor negro para lidiar con el entorno”. El cinismo es la ideología de nuestro tiempo. Pero para reírse de algo hay que entenderlo. Sentirlo, de alguna manera, próximo. Quizás por eso pueden reírse. El resto miramos con zozobra. Elegimos creer que estos hombres jóvenes y no tan jóvenes están  desterrados y pertenecen en mayor medida a la dimensión intangible de la digitalidad. En el acto de mirar desde la ilusión de la seguridad de nuestra distancia moral, nos purificamos en la hipocresía. Nos negamos a ver en ese espejo deformado algo que es nuestro. “Ellos” son el síntoma de toda una generación eyectada del sistema, pero su vacío es el nuestro. Todos caminamos hacia la habitación de /1404er/.

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Agustina Espasandín nació en 1992. Es licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes. Publicó Que pase algo pronto (Sigilo, 2024).


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