“Are you thrilled?”, pregunta mi amigo escocés la mañana siguiente al triunfo argentino sobre Inglaterra. Le respondo que sí, que estamos mal dormidos y emocionados, con el corazón lleno de recibir tanto amor de nuestros hermanos de Irlanda, Gales y Escocia. “Anyone but England” —cualquiera menos Inglaterra— escribe después para dejar las cosas en claro. En el Reino Unido también hay problemas de unidad.

Donde pareciera no haberlos, donde parecieran consolidarse todas ventajas del trabajo en equipo, es en esta Selección Nacional. No solo en los once que salen de titulares a la cancha, sino en los que aguardan en el banco su oportunidad para poner lo suyo pero también en un cuerpo técnico obsesivo e inteligente, hábil y humilde al momento de tomar decisiones complicadas.

Es difícil hablar de equipo, es difícil porque muchos pueden tener un muy buen equipo pero lo de la scaloneta se parece más una hermandad. Cada cuerpo que la conforma sostiene un talento pero entre todos sostienen una lengua común. La de “jugar hasta el final”, la de “no dar una pelota por perdida”, la de “seguir intentando” aun cuando las papas queman y la pelota se empeña en no entrar. Pueden ser y sonar a frases hechas, a vocablos elementales repetidos hasta el cansancio una y otra vez a la infinidad de cronistas deportivos, pero en ellas podemos leer la voluntad y el hambre de supervivencia de cualquier argentino. Aunque entre ellos y nosotros haya millones de euros de distancia, tampoco somos tan distintos. Los argentinos supimos, sabemos y sabremos “darla vuelta” —dejo en puntos suspensivos el juego de palabras que se arma acá.
No hacía falta una cabeza detectivesca para entender que las declaraciones previas al partido frente a los ingleses cumplieron su propósito. Amén de las posiciones discursivas —hipervigiladas a nivel institucional pero también a nivel social—, circunscribir el enfrentamiento a los límites de la cancha sirvió para demostrar que, dentro de ella, somos mejores. Mejores futbolística y deportivamente. Pero también mejores porque, fuera de ella, podemos jactarnos de no tener colonias, y de no importar de territorios sometidos, robados y disciplinados jugadores, como si fueran frutas y hortalizas, para enaltecer los símbolos del opresor. Somos mejores porque los que inventaron el racismo fueron ellos y así les jugamos. ¿Nosotros? Argentinos.

“Es solo un partido de fútbol”, claro. “No es una guerra”, claro. Pero la forma de salir al campo de juego de la Selección Argentina respondió a los latigazos que nos ha dado la historia. Cantar el himno a los gritos, torearse cuando hubo que hacerlo, saltar para no ser inglés, exhibir un trapo soberano pintado a mano con tinta negra y ponerse a la ofensiva, inmediatamente después del único gol de ellos, para cagarles el arco a pelotazos. Ahí radica la hermandad: en el deseo común.
La Inglaterra temida del muchacho Kane, con esa carita de lord que espera ansioso la hora del te, la Inglaterra poderosa de Jude Bellingham, que tuvo el tupé de querer explicarle a Lionel Messi una cosa o dos, se puso en ventaja gracias al chico Anthony Gordon, un personaje de Harry Potter que iba para mago pero prefirió la pelota, a poco de comenzar el segundo tiempo. El resto de los minutos, el equipo del alemán Thomas Tuchel se dedicó —cobardemente— a defender ese gol como si fueran soldaditos de la OTAN, tristes muquis de la corona, y ese 1 a 0 otro “territorio de ultramar”. Incluso el arquero Pickford tenía en su mema un machete en caso de empate y tiros penal, y quizás un poco de leche materna para sobreponerse al miedo. Hasta ahí lo de ellos. Nada más. Nada más.
De esa herida nació otro partido. Porque Scaloni metió cambios con la certeza de un complejo sistema matemático, sí, pero porque a Argentina, los ingleses no nos iban a ganar. Entonces, como en el cabezazo con los pies en la tierra del Cuti Romero contra Egipto, como en la pelota parada que ensarta Alexis Mac Allister con su calva roja contra Suiza, el partido se reinició. Huevo, sangre cimarrona, pero también mucho fútbol. Nada de football jugado en puntitas de pie, con temor a perder pero más temor todavía a jugar.
Los 39 años de Messi, El Sabio, aparecieron para oxigenar el juego. Con él, su liderazgo plástico y su jerarquía, la Selección Argentina no se acalambra ni se acalambró. Sus compañeros esperaron que Lionel reorganice el partido, que hiciera chispazo la técnica, el corazón y el azar. Se pusieron a disponibilidad para que el genio salga de la lampara; se mostraron, picaron, barrieron, saltaron a cabecear, tiraron centros y patearon al arco para su capitán, oh, mi capitán, nuestro capitán; lo intentaron y volvieron a intentar.
Hasta que arco inglés cedió. Porque todo cede alguna vez.
Asistencia de Messi y un pelotazo inatajable del pie laureado de Enzo Fernández desde fuera del área. Minutos después, apenitas, centro con la diestra de Lionel y cabezado, para los libros de historia, de Lautaro Martínez, ese Toro enamorado de las cosas simples de la vida. En el banco, el recato trastornado de Scaloni, cada día más difícil de comprender, los saltos y gritos de los jugadores, asistentes, preparadores físicos, utilero. La vena argentina dijo presente como “Inglaterra la concha de tu madre” dicen nuestras ya clásicas banderas. Final del partido, climax de Mundial, fiesta.
Argentina 2, Inglaterra 1. Leer, respirar y repetir. Argentina 2, Inglaterra 1. Los ingleses ya no podrán decir que les robamos un gol. Tendrán que ser honestos, alguna vez, y confesarlo: les robamos un deporte entero.

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Paula Puebla es autora de Una vida en presente, Maldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Da clases de escritura en NN, hace clínica de obra y colabora en medios. En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.






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