“La primera vez que mi viejo me compró unos botines, soñé con hacer este gol”. El campeón del mundo, Lautaro Martínez, se esfuerza para no llorar. Se le quiebra la voz mientras menciona a su madre: cuenta que, cuando él se fue, ella siguió tendiendo su cama todos los días. Lo siguió cuidando. Interrumpe el relato, el recuerdo lo atraviesa. Y se le caen las lágrimas porque “este gol” no es cualquier gol. Ayer, Lautaro convirtió el de la victoria en un partido del que se habló mucho desde el momento en que supimos que la selección argentina se enfrentaría a los ingleses. El Toro sufrió como nosotros. A él nada le fue fácil en este Mundial, al igual que al resto de los jugadores. De hecho, la actuación del equipo se caracterizó más por la épica grupal que por individualidades destacadas. Sufrimos, para variar. Para volver a recordar que, para nosotros, nada es tan sencillo.

«Nada te va a devolver la vida de un argentino por más que vos le hagas siete goles a Inglaterra», dijo alguna vez nuestro número uno. El mismo cuya personalidad también fue utilizada para hacer sociología de la argentinidad: el alimento de algunos sommeliers de morales ajenas. 

Esos incontinentes de la verba son los que en estos últimos días también se dedicaron a explicarnos que no conviene mezclar todo. Los que hacen pseudociencia de la diferencia entre la politización y el fútbol, y quieren enseñarnos a los argentinos que un partido de semifinal contra el país que nos invadió no debería confundirse con viejos resquemores, solo es ocio. Pasión y nación, asuntos separados.  

¿En qué país viven, que no saben que nuestros fines de semana transcurren entre partido y partido de la escuelita de fútbol de los hijos, los sobrinos, los hermanos, en los clubes de barrio? Nuestras vidas transcurren atravesadas por este deporte. Los maridos, los hermanos, que una vez por semana dejan todo de lado para alquilar una cancha con los amigos, hacen de eso un ritual. El fútbol es, para nosotros, con todo lo demás. Esos, que se jactan de entenderlo todo, ¿no saben que sus compatriotas son capaces de llorar con un partido de la B nacional? Tal vez no lo saben porque se auto perciben escindidos del común de la población, esa gente cuyo comportamiento les obsesiona como si fueramos un bicho raro. 

Que la guerra no se soluciona con un partido de fútbol. Nos lo dicen en serio, no es una broma: intentan demostrar, con evidencia y hechos concretos, que la ocupación de las Islas Malvinas no se va a resolver si le ganamos este partido de semifinales a la selección inglesa. ¿Para eso fueron a la universidad? ¿Qué querrán decir cuando aseguran que hay que “soltar” el pasado? Es solo un partido de fútbol. ¿En qué planeta viven? Ni siquiera es una cuestión ideológica: es una carrera para ver quién desciende más rápido al subsuelo de la estupidez. ¿A quién se le puede ocurrir que el hecho de reconocer la relación intrínseca entre todas nuestras pasiones nos haga olvidar que la soberanía se dirime en ámbitos en los que ninguno de nosotros tiene injerencia? ¿No se les ocurre que existe lo simbólico, la tradición, la cultura?

También creen que pueden contarle las costillas de la ideología política a nuestros jugadores. Que si dicen A o si dicen B. Que la gente está muy politizada, que no entiende, que hay que separar la paja del trigo, que los jugadores son cipayos, que no dicen lo que les gustaría escuchar, que las esposas, que los hijos nacidos acá o allá. Son el monumento al “careta”, el triunfo de la declamación por sobre todo lo demás.

También creen que si no se nombra, no existe. Cómo los voceros del buenismo y la seguridad, que se vanaglorian de la eliminación de los estandartes: si la palabra Malvinas no entra al estadio, Malvinas no existe. Por suerte, al final del túnel, los jugadores “desclasados» se encargaron de desplegar un trapo en el campo de juego para reivindicar que las Islas son argentinas. 

No, no era un partido más. Después de romperle el arco a Pickford, Enzo Fernández dejó un mensaje claro: hablaron de más y, en la cancha, ellos respondieron. 

Nuestra identidad no exige tantas credenciales, y el purismo nos es ajeno. No hay argentinidad en una entelequia denominada “el bien”. Lo nuestro es embarrarnos, estar al borde y resucitar. Por eso podemos insultar a los jugadores en un partido malo y adorarlos cuando ponen lo que hay que poner. Todo, en los mismos 90 minutos. 

No precisamos exportar las formas de otras latitudes. Tenemos las nuestras, las del caos y el corazón. Podemos discutir en un conflicto de tránsito por la mañana y abrazarnos a la noche, en la calle, porque somos finalistas del mundo. 

Es verdad eso de que “no lo entenderían” porque el ser argentino es incompatible con los sistemas binarios. Salvo contadas excepciones, cómo es el caso del director de cine, Paolo Sorrentino, que ama a Maradona y, por ende, ama a Argentina —porque una no puede ser sin la otra—, es cierto que no es sencillo para los nacidos en otro territorio. Tampoco para los nativos con ínfulas de superioridad. ¿De qué país serán los que no pueden alegrarse con la felicidad de su pueblo? ¿Cuáles serán sus ídolos?¿A quién le rezan cuando tienen miedo?

Nosotros no necesitamos estar libres de contradicciones. El fútbol nos permite ser felices también porque, a través de eso, sentimos que podemos exorcizar la malaria y vengar al ladrón. Ahí está toda nuestra tradición junta, mezclada desde siempre. A Dios, gracias, porque no necesitamos ser puros para disfrutar y porque en ese encuentro, en esa amalgama, está nuestro más inmenso valor.

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Florencia Lucione es abogada en ejercicio y se especializa en casos de subrogación de vientres. Colabora con columnas sobre actualidad en distintos medios de comunicación. Escribe para saber qué piensa sobre las cosas que no entiende.


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