Bianca Brandimare es escritora, tatuadora y actriz. También edita y diseña en la editorial independiente Punto y Cabra. Presentó Afuera el campo y quedó finalista en el premio Futurock Novela 2025. Fue Amuleto quien publicó la historia de Elena: un derrotero íntimo donde cuerpo y campo se tensionan y dan paso al abismo. “Últimamente me vence el cansancio apenas se termina de ir el sol. Tengo el cuerpo agotado, la mente también, como si hiciera muchas cosas -no hago nada-, y me duermo apenas apoyo la cabeza en la almohada. Hoy, a pesar del cansancio, todo lo contrario”.

En Afuera el campo, la herencia no es solo material sino también simbólica y afectiva. ¿Cómo trabajaste esa tensión entre lo que se recibe y lo que se elige conservar o rechazar?

Creo que más que elegir, lo que se hereda es involuntario. Hay cosas que por imitación o por oposición son más pregnantes que otras, pero no sé si hay un momento en que uno pueda decir: esto lo descarto. O sí, pero primero mirado esas cosas a los ojos, y después haciendo mucha terapia.  Creo que si Elena está en constante lucha con la herencia es porque de alguna manera la dejaron a su suerte. La  pregunta es de dónde aprendemos cuando nadie nos enseña, porque en esa ausencia también nos están diciendo algo sobre el mundo. La abundancia material es justamente lo que pone en evidencia la profunda carencia afectiva, la soledad, etcétera.

El espacio rural aparece cargado de memoria, pero también de extrañamiento. ¿Qué te interesaba explorar en esa relación entre territorio e identidad?

Cuando apareció el campo como escenario, me divertía explorar cómo se cuenta ese lugar desde afuera, desde el desconocimiento real que yo y ella tenemos de lo que es la vida en el campo. Y cómo es hacerse parte de un lugar nuevo, desconocido. Qué partes de uno emergen cuando la identidad no está definida o enmarcada en lo que se espera de nosotros. Siento que cuando se está en soledad la introspección es casi inevitable (o al menos lo es para mí), entonces la decisión de ella de quedarse responde un poco a eso, a la curiosidad de ver hasta dónde se puede ahondar, qué otras cosas de sí misma pueden aparecer. Es como mirar al vacío desde un lugar alto: hay una mezcla de adrenalina, miedo, curiosidad, que nos hace seguir mirando.     

La novela parece moverse entre lo íntimo y lo inquietante. ¿En qué momento decidiste correrte de una lectura más realista para acercarte a zonas más ambiguas o perturbadoras?

La verdad no fue una decisión. En un momento apareció como un juego, casi un chiste interno de Elena, donde los límites entre lo que está pasando realmente y lo que ella construye como posible realidad se van difuminando. No sé si ella cree que esas presencias están en la casa o si imaginárselas es un pasatiempo. Ahora mismo no lo tengo claro, pero me inclino a pensar que es un lugar más lúdico que perturbador. Y también una manera de acercarse a algo que produce dolor, una presencia que siempre fue un poco fantasmal. Quizás es más fácil hacerse la señal de la cruz al pasar por la puerta de una habitación que preguntarnos qué nos duele de esa ausencia.  

Hay una construcción muy precisa de la voz narradora, atravesada por silencios y omisiones. ¿Cómo fue el proceso de encontrar ese tono?

Bueno, esto para mí es lo más divertido a la hora de escribir, de acercarme al material que sea. No la voz en sí, que creo se va construyendo con el correr de darle vueltas, sino preguntarnos cómo se piensa, en qué cosas pensamos. Me imagino que debe ser distinto para cada persona, pero yo me encontraba deteniéndome bastante en mis propios pensamientos, haciendo un análisis de cuánta información nos damos a nosotros mismos. Elena omite porque ya sabe, porque no necesita decir con palabras todo, y creo que es un poco lo que hacemos. Entonces los silencios que son omisiones para el lector son simplemente un no subrayar lo que ya se conoce de uno mismo. También están las omisiones de lo que no somos capaces de decirnos, hay un poco de ambas cosas. 

Para mí la primera persona es fundamental: no sé escribir de otra manera (o no lo encuentro tan entretenido). No sé en qué libro es que Emmanuel Carrère dice que cuando agarra un libro en primera persona la empatía es directa, y cuando lo leí dije claro, es eso lo que me pasa cuando escribo. Hay algo de no distanciarse del personaje que nos permite el ejercicio de pensar cómo piensa, valga la redundancia. 

Bianca Brandimarte

En tu libro, el pasado no termina de pasar: insiste, reaparece, condiciona. ¿Pensás la escritura como una forma de ordenar esa persistencia o más bien de intensificarla?

Hasta que no las resolvemos las cosas siguen apareciendo, es inevitable. Con más o menos trauma de por medio, es imposible dejar el pasado enterrado en un lugar de nosotros al que no haya acceso. Creo que la escritura es definitivamente una forma de ordenar la persistencia, de darle cauce. Primero porque creo fervientemente en la importancia de nombrar las cosas, del análisis, y segundo porque muchísimas veces al escribir nos encontramos con algo que desconocíamos o a lo que no habíamos pensado de esa forma. Un recuerdo vuelve resignificado y nos ayuda a entender cosas que en una de esas no teníamos muy claras.

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Mayra Andrade (Buenos Aires, 1994) es periodista y Licenciada en Ciencias de la Comunicación, especializada en literatura. Colaboró con diversos medios como TN, Clarín y La Nación. Dirige Lectura Criminal, un proyecto de contenidos dedicado a libros, clubes de lectura y suscripciones literarias mensuales. Es fundadora de Relámpago Prensa, una agencia de comunicación enfocada en el sector editorial. Actualmente se desempeña como directora editorial de Infame Editora.


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