Había pasado más de un año viviendo en Tokio cuando encontré las calles de mi Buenos Aires natal en Shitamachi.
Permítanme empezar por el principio. Soy Francisco, nací y crecí en Buenos Aires, Argentina. Específicamente en el barrio de Flores, en una casa pequeña de clase media-baja en un pasaje sin salida donde solo había doce casas. La mía era la número uno. El barrio y su gente me forjaron, fueron el camino a que todo lo que me defina como persona se limite entre la enseñanza y la literatura. Cuando digo todo, me refiero a la mayoría, y cuando digo la mayoría me refiero a un contundente noventa por ciento. La enseñanza ha sido mi carrera y, en cierto modo, un legado familiar del que soy la tercera generación. La literatura ha sido mi relación más estable, desde una adolescencia temprana que pasamos horas juntos todos los días.

Flores parecía poseído por esas características. La enseñanza era lo que experimentaba a diario, ya cuando fui al Provincia del Chaco o al Justo José de Urquiza. Inevitable en años formativos. La literatura también, pero más como un refugio. Tomé mis primeras clases de escritura en un centro cultural Roberto Arlt, el escritor más famoso del barrio. Estuve obsesionado con la casa del poeta Baldomero Fernández Moreno, dando la bienvenida a la zona de las casas municipales y a la vuelta de lo de mi tío. El negocio de ropa en la calle Terrada, justo enfrente de la casa de mi mejor amigo, que llevaba el nombre de mi poeta favorita: Alejandra Pizarnik, porque allí había vivido un par de años. Incluso las paredes del hospital Álvarez o las cortinas metálicas de los negocios de Avellaneda estaban decorados con graffitis referenciando a Las crónicas del Ángel Gris, el libro de Dolina que le regaló una mitología a la zona. Y quizás fue esa inspiración en las historias de Flores, las viejas y las nuevas, de Alfonsina Storni a César Aira, y el hueco que quedaba para que yo escribiera las mías, las que encontraba en las calles vacías por la noche, los puntos de encuentro donde paraba esos sábados a la noche cuando era un adolescente. Los lugares que no debías visitar o que solo podías visitar porque sabías que estaban mal. El Polideportivo en la calle Condarco, la heladería en Pedernera y Bonifacio. Desde las prostitutas de la calle Bacacay a la iglesia a menos de doscientos metros de ahí, Flores es una hermosa contradicción. Sentir el peligro más extremo con tiros por la noche, y la seguridad de eso que nunca cambia. Te hacía odiarlo, y añorarlo si no vivías ahí –confieso que me mudé dos años a Parque Chacabuco. Porque, como dijo Dolina: «Flores es el mundo, porque el mundo entero es, al mismo tiempo, vecino de otro mundo más grande, intuitivo por sus revelaciones».

Cuando dejé mi barrio definitivamente fue para venir a Japón. La decisión se justificó, por supuesto, en una de esas cosas que me definen: ingresé al Programa de Perfeccionamiento Docente del Ministerio de Educación Japonés. Y después de un año y medio —y una serie de acontecimientos que llevarían más renglones de los que tengo— terminé por mudarme al barrio de Uguisudani. Era 2017 y todo parecía mucho más urgente que Flores, que pensar cuánto lo extrañaba o cómo esa ausencia se manifestaba. Con el paso de los meses, regresar a Uguisudani a diario empezó a tener una familiaridad cómoda. No sé si surgió en las escaleras sucias de la estación, el local de yakitori lleno de humo que ocupaba parte de la calle o las luces de los telos al por mayor. No sé si tuvo que ver con Higuchi Ichiyo –la escritora que tiene un museo en el barrio y su rostro en el billete de cinco mil yenes– o Nagai Kafu, pero adopté esa familiaridad como una cara conocida que se encuentra a diario, en el tren o en la calle.
Este proceso alcanzó su punto cúlmine cuando empecé a trabajar en Koganji, en Asakusa. No era una escuela internacional –como en la que había trabajado antes– sino el jardín de infantes de un templo budista. La tradición ya no estaba solo en el barrio, sino en un jardín de más de setenta años de antigüedad en un templo con sus trescientos años ahí. Por supuesto, lo que me decidió originalmente estaba más cerca de casa, pero lo cierto es que ese lugar ofrecía la motivación de una nueva experiencia. Esa expectativa fue superada por otros –mejores– atributos. Koganji me abrió las puertas como docente, mostrándome cómo hacían las cosas y aprendiendo cómo las hago yo, encontrando puntos en común y conciliando nuestras diferencias.
Así como yo encontraba mi lugar en el trabajo, el efecto no tardó en reproducirse como un eco alrededor del barrio. En Shitamachi la vida se construye a partir del entorno, debe ser por eso que es uno de los pocos barrios de Tokio donde la gente no busca mudarse, sino vivir ahí toda la vida. Tenía el mejor ejemplo en Koganji, donde algunas de mis compañeras de trabajo fueron alumnas de la escuela y algunos de mis alumnos son la segunda o tercera generación de la misma familia.

Ahora bien, ¿cómo me integro yo ahí? ¿Qué me motiva a pasar nueve años –y contando– en el mismo lugar? Todo empezó con un grupo de padres a los que les encanta el fútbol y, tan pronto como se enteraron de que era argentino, me invitaron a jugar con ellos. Ese abrazo fue mutuo y absoluto. Entre partido y partido nos convertimos en amigos cercanos. Ese espíritu se multiplicó, como si en los grupitos de chat de las mamis se hubiera corrido la bola que siempre estaba para sumarme a algún plan, y empezaron a aparecer cervezas después de un evento escolar, padres que me invitaban a las fiestas de cumpleaños o se ponían a charlar cuando me cruzaban en el matsuri del barrio. La clase media en Tokio no es igual que la clase media en Argentina, pero mantiene un sentido de comunidad, un valor que compartía con mis recuerdos de Flores. Yo quería conocerlos tanto como ellos querían conocerme a mí. Amor a primera vista, y a segunda y tercera. Y, a estas alturas, una relación de años. Un amor que se hizo espejo en mis alumnos. Ellos me hicieron parte de sus vidas, invitándome a verlos jugar en un torneo de fútbol o su presentación de ballet de fin de año. Niños que pedía ver mis tatuajes, esos que no puedo mostrar durante el horario laboral; y se olvidaban que los tenía al instante, porque no les importan esas convenciones, solo si puedo jugar un rato.
Exactamente 18,358 km separan mi casa en Shitamachi de aquella en la que crecí en Flores. De mi familia. De mis amigos. Y por mucho que los extrañe a todos, tuve la suerte de encontrar una comunidad para sobrellevarlo. Gente que se preocupa por mí y que me permite preocuparme por ellos. Acepté a los personajes de este barrio tanto como a los de Flores, desde el tipo que camina con un pájaro en una jaula junto al jardín de niños tratando de llamar la atención de los niños, hasta el fantasma de un anciano que cruza Shirahige-bashi todas las noches a las ocho de la noche.
Como si eso no fuera suficiente para encontrar un sentido de pertenencia, los niños se encargaron del resto sin siquiera saberlo. En seguida me transformé en una figura nipona bajo el nombre de yochien-no-papa, una especie de padre del corazón. Ellos querían compartir el almuerzo, invitarme a sus casas a jugar. Los padres me hacían parte de esos pequeños momentos de amor, contándome cómo una niña de 3 años dijo que cuando creciera quería ser Fran —no maestra de inglés, solo Fran—; o enviándome una foto de su hija llorando a mares con un letrero que decía gracias después de llegar a casa en su último día en mi clase. Mis compañeros de trabajo también colaboraron. Me presentaron a sus padres e hijos, me trajeron comida aquella vez que me contagié de Covid y estaba solo en casa, me regalaron pequeños corazones de chocolate en San Valentín que sus hijas habían hecho para mí.

Los libros, los escritores, los maestros y probablemente todos quieren lo mismo: no ser olvidados. Depende de cada uno de nosotros encontrar la manera de hacerlo. No sé si alguna vez escribiré algo por lo que se me recuerde, pero enseñar en Koganji me ha dado la oportunidad de vivir para siempre en este pequeño lugar, en la pequeña vida de estos niños y en los grandes corazones de las mamás y los papás que me lo permitieron.
Algunas cosas nunca cambiarán. Por ejemplo, en mis sueños, en ese recoveco del inconsciente donde vive esa plastilina marrón que mezcla los colores del recuerdo, ideas, deseos, ambiciones y una deuda terapéutica; en mis sueños, todo sucede en el barrio de Flores. Sin excepción. Pero muchos de los protagonistas de esos sueños vienen de Shitamachi, de Koganji. Han enriquecido mi vida al hacerme parte de la suya. «El Ángel Gris atraviesa los sueños de todos aquellos que se atreven a dormir en Flores», dice el libro de Dolina y quizás estas sean sus contraindicaciones.
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Francisco Villarreal es un docente y escritor argentino viviendo en Japón. En Argentina participó en revistas literarias como Esas Perras Negras, Megafón y Brando. Especializado en literatura japonesa, participó en el programa de Teacher’s Training del Ministerio de Educación Japonés, donde continuó su carrera docente. Sus textos literarios también han aparecidos en medios en inglés como The Blotter Magazine, Foreign Literary Magazine y la antología parts:whole. En 2024 también organizó la primera muestra colectiva de Cut from Whole Cloth, mezclando fotografía y obras literarias originales de diversos autores de distintos rincones del mundo.






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