Todas estamos fascinadas con la serie de Moria Casán. Y no podemos evitarlo. Incluso salimos a declamarlo en cualquier espacio que permita que nuestros comentarios sean leídos o escuchados. Moria es auténtica y sincera. Y nosotras la disfrutamos tanto porque todas quisimos ser como ella alguna vez, o varias veces, en nuestras vidas.
Escrita y dirigida por Javier Van de Couter, y con una producción de About Entertainment para Netflix, la ficción construye un manifiesto anti-careta de la realidad. La serie es sensual, porosa, colorida, brillante, barroca. Por momentos —muchos— te cachondea y te dan ganas de salir a disfrutar como ella. Es una exaltación del goce y un tributo a la vida en todos sus matices. Cuenta con una puesta en escena preciosista con actrices que te hacen olvidar los nombres gigantes que están detrás del personaje: Moria las devora a todas y al mismo tiempo les permite lucirse como las divas que son. Es un gesto, a la vez, mágico y antropofágico.

“Moria es una energía”, declara Sofia Gala Castiglione en una entrevista en la que le preguntan cómo fue interpretar a su madre. En otro momento de la nota, menciona la experiencia de un gesto catártico. No es la única que señala la fuerza radical que representa el personaje. En una de sus declaraciones en el canal de streaming Olga, Griselda Siciliani habla del poder que le confieren las hermosas tetas de Moria y el regalo actoral que fue, para ella, representarla. Por su parte, Cecilia Roth relata que fue uno de los personajes más difíciles que hizo en su vida. Moria se le iba, se le escapaba, era escurridiza.
En la pantalla vemos escenas plagadas de goce de una joven Moria nadando desnuda en la piscina de su casa en Parque Leloir. Vemos a la Moria madura desplazarse con esas batas de seda que acarician el vasto, inabarcable territorio de su cuerpo. La vemos comer, coger, chupar, fumarse un churrito a la hora del desayuno en su balcón mientras la brisa matinal recorre sus gestos y nosotras, como espectadoras, nos sentimos extasiadas. La serie es infinitamente sensorial y todo el tiempo nos reconduce al vínculo con el cuerpo como un santuario del placer al que se le tributan todas las ofrendas de esta tierra y, también, de todos los cielos posibles.

Capítulo a capítulo, se nos libra a todas del ideal de amor romántico que, históricamente, nos encorseta. Y a su vez, se nos advierte que por más plantadas que estemos, no vamos a zafar de los dolores del patriarcado. Aun así, durante toda la serie, la protagonista huye con fiereza del lugar de la víctima que amenaza con dejarla desprovista de su autonomía y de su poder.
Moria nos ofrece la posibilidad de saber que el amor no basta para mantener una relación de pareja. Que el éxito y el desarrollo profesional las más de las veces se oponen a los que podemos construir con nuestros amores y rompe con esa mirada totalizante de lo que la heterosexualidad como régimen político nos obligó a elegir. En cambio, nos da cuenta de ese amor visceral, descarnado y siempre complejo que representa el vínculo de una madre que prioriza sus necesidades y que no se deja tirada por cumplir con los mandatos estructurales de quienes se desdibujan para poder maternar.

Moria, además, nos redime y nos enaltece. La vemos como nuestra wonder woman criolla: celebramos con ella sus triunfos y sus yeites para sortear los desafíos de los ambientes machistas del espectáculo en los que se mueve y sacarle plata a los tipos que manejan el show-biz. Pero también, nos muestra que siempre podemos ser unas gilas y que a todas, alguna vez, o varias, nos van a zarpar.
Arrinconadas y humedecidas en nuestros reductos más íntimos, Moria nos hace saber que todas somos unas putas o que, aunque sea parte de nuestros secretos menos confesados, muchas deseamos serlo. A veces, sólo nos quedamos en putitas de café con leche y medialunas. Pero Moria no nos juzga. Ella cachetea la moral y nos reconduce al goce porque sabe que en el placer yace la potencia, la fuerza creatriz y salvaje que nos libera, y a su vez, nos empodera a todas.
Moria es el personaje que el marqués de Sade no se animó a concebir. Es la celebración ditirámbica que la cultura argenta, con todo su barro y su brillo, puede producir. Su historia de vida nos permite pensar que el trauma y la herida, también, son parte del goce; la vuelta retorcida que sirve para domar el dolor y que no nos consuma. Y, así, salir adelante. No le esquiva las tetas al fantasma que sobrevuela su historia, pero no le tiene miedo. En cambio, lo ridiculiza para que se anoticie de que acá la única mostra es ella.

En una de las escenas finales del capítulo ocho, se hace la recreación de la última cena de Moria en la cárcel de Paraguay. Su celebración de despedida en la que es honrada como toda diosa pagana lo merece: plagada de manjares, de música, de baile, de canto, de colores vivos y de derroche. Rodeada de esas mujeres paraguayas que saben del goce a pesar de la adversidad y que llevan consigo esa hermosa manera de hacer comunidad y exaltar los placeres del presente ante un futuro que les es esquivo y lejano. Todas entonan una cumbia con las estrofas de A mi manera. Y parece el cierre perfecto, pero todavía falta que nos den un poco más. Porque la inmortalidad es así, se despliega hasta márgenes impensados. Y, entonces, asistimos a la fiesta de su cumpleaños número ochenta y nos conmueve hasta las lágrimas, a pesar de que ya lloramos antes, no importa. La belleza de una vida es eso: permitirse sentir de principio a fin.
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Florencia Podestá es periodista. Se especializa en temas de cultura, comunicación y género. Es docente e investigadora universitaria. Creó y coordinó el Programa de Popularización del conocimiento y la cultura científica de la Universidad Nacional de Avellaneda. Produce iniciativas de promoción de la lectura, entre ellas, el Encuentro Lúdico de Literatura Erótica.






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