Es difícil ponerle palabras a algo que se vivió con tanta intensidad. Este mundial me transformó para siempre. Debo confesar que cuando arrancó estaba bastante descreída, a pesar de que amo el fútbol: verlo, jugarlo, pensarlo. No me agradaba ver el show de Trump, ni la pausa de hidratación, ni los destratos a la Selección de Irán luego de ser bombardeados, y un largo etcétera. Todavía me dolía ese saludo, ya saben a cuál me refiero. No sentía esa mística que se produjo con Qatar 2022, la conexión de todo un país por una causa común: teníamos un equipazo, era obvio que íbamos a ganar, y el Diego era el motor principal de esa victoria anunciada, merecida, para Messi, para toda la Argentina. Y aunque no me pasó nada de eso, al final me pasó algo mejor.

Cuando la pelota rueda pasan cosas mágicas y hay que decir que cuando juega la Selección Argentina también. ¿Cómo podía ser que con 39 años Messi diera una clase magistral en su primer partido? Tres goles y después dos más; después otro y las asistencias, poner la pelota en la cabeza de Lautaro Martínez para el 2 a 1 contra Inglaterra. Lo cierto es que aquel martes 16 de junio, cuando Argentina jugó su primer partido, la llamita ya estaba encendida. Fue resurgiendo de a poco la alegría de ver el buen fútbol. El entusiasmo, el orgullo, lisa y llanamente: el amor a la patria, que fue creciendo partido a partido.
Comprendí que estaba bastante equivocada con mi frustración dirigida a un grupo de jugadores que hace años no hace más que brindarnos alegría y dignidad. Me gustó lo que expresó la AFA en su interesante comunicado: “Cada vez que la Selección Argentina sale a una cancha, no solo representa a una asociación deportiva. Representa a la Argentina. Lleva consigo una identidad, una historia y una forma de entender el juego que el mundo reconoce, respeta y admira”

Y así fuimos. La primera parte soñada. 9 puntos en fase de grupos. Un equipo invicto, demostrando por qué en ese momento eran los actuales campeones del mundo. Y después se complicó, vino el 1 a 1 a Cabo Verde que nos llevó al alargue, con un Vozinha cuya historia es conmovedora, gigante. El gol de Lisandro Martínez y la patada al ángulo del 13 de ellos, el 2 a 2. ¡Qué manera de sufrir! Hasta que por fin el gol del Cuti nos sacó de ahí. Entonces el tango ya era parte del baile: primero hay que saber sufrir… y así seguimos.
No te des por vencido, ni aún vencido. No te sientas esclavo, ni aún esclavo
Egipto, ¡cuánto aprendizaje en un partido! Creo que ahí empezó la macumba, esas acciones místicas que convocamos cuando necesitamos fuerza (sí, está dicho así nomas). Velitas a Maradona, cambiarse de lugar, ir a dar una vuelta, pensar qué no hicimos igual que en los otros partidos para merecer esto. Dos goles de un equipo que jugó al contragolpe se sintieron como cuchillos en la garganta. Sobre todo el segundo… ¿Cómo dar vuelta un partido en cinco minutos en una fase eliminatoria de la competición más importante del fútbol? Parecía imposible. Pero estos jugadores están locos, lo ganaron igual. Todos a bailar el tango de nuevo.

Qué locura el corazón del argentino. Sur, paredón y después: empezó la campaña en nuestra contra. Que compramos el mundial, que los árbitros cobraron a nuestro favor, que el gol no valía y la que más gracia me da: que somos racistas. Sí, eso decían los países que se construyeron colonizando y saqueando América Latina, África y la India. Eso decían países en los que hasta hace algunas décadas negros y blancos no podían compartir el colectivo. Hipocresía. Como dijeron los muchachos de Sharap Fútbol: nuestro amo juega al esclavo. Cortita y al pie. Pero nada de eso impidió que nuestra bandera fuera levantada en Bangladesh, en Nápoles, en Gaza, en Escocia, en Irlanda… porque cuando Diego Armando Maradona hizo sus goles más recordados impartió justicia más allá de nuestras fronteras.
A la altura del partido con Suiza ya era sabido que si se sufría primero posiblemente después la cosa se inclinaba a nuestro favor. Y así fue. Por fin a Julián Álvarez y a Lautaro Martínez se les abrió el arco. Nuevamente las acusaciones de “favores” a la Argentina. Declaraciones que contrastaron con las del DT, Lionel Scaloni, que durante todos estos años condujo este equipo a la gloria sin perder nunca la humildad, y con las de los jugadores que cada vez que hablaron demostraron respeto por el rival y afirmaron lo más obvio del fútbol: que nadie es invencible.

Pero el murmullo contra la Selección crecía y en ese contexto llegó el partido quizás más importante de nuestra historia después del 86. Y tal vez esta fue nuestra verdadera final. A un pasito de volver a disputar la Copa, primero teníamos que vencer a Inglaterra. Las habladurías no hicieron más que obligarnos a mirar nuestra propia historia y reivindicarla. ¿Cuánto hacía que este hermoso pueblo no tenía oportunidad de hacer relucir el orgullo que lo define? Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo… Messi, que nunca había enfrentado a Inglaterra. Estaba todo dado, era la reedición del mito para nuevas generaciones. El partido con que todo chico sueña, como dijo Paredes. Maradona, Maradona por todos lados, en el recuerdo de todos, fuente inagotable de alegrías y de orgullo. ¡Qué hermoso es el fútbol!
Ese día, el miércoles 15 de julio, antes del partido, por lo menos en Córdoba, pero sospecho que en otros lugares también, el clima era distinto al de los anteriores. Nadie hablaba mucho, no hubo preguntas por el partido en el kiosco ni en ningún lado. Había tensión, un poco de preocupación también, mucho silencio. Pero a veces no es necesario hablar, hay cosas que se sienten en lo más profundo. No podíamos perder. A pesar de las declaraciones, “solo es un partido de fútbol”, todos sabíamos y sentíamos lo que significaba.

Ganamos desde el Himno. Después, con el marcador abajo, ganamos con buen fútbol, el mejor partido de Argentina en el mundial. Enzo Fernáandez confesó haber visto en la habitación que comparte con Julián Álvarez, 4 o 5 veces el partido que Diego jugó hace 40 años. Sean eternos los laureles que supimos conseguir. Eterno Maradona. Ese día fuimos muchos los que lloramos y seguramente lo hagamos cuando lo recordemos.
Y aunque fue solo un partido de fútbol, lo más importante fue la bandera que levantaron los jugadores, escrita de manera urgente, llevada en clandestinidadclandestinamente, como se pudo: “Las Malvinas son Argentinas”.
¿Qué más se puede pedir? Esta Selección me recordó el valor que tienen los gestos. Porque en realidad, el fútbol está hecho de mucho más que la destreza física o el talento, y es lo que viene representando este equipo hace años: los gestos. El valor que tiene la comunidad, el trabajo, el cariño, el compañerismo, la gratitud, el orgullo, la alegría. Todo eso lindo de la vida que hoy quiere ser destruido, amenazado. Contra la individualidad, el aislamiento, la frustración, el enojo. Por eso lo que hacen cada vez que se ponen la camiseta es mucho más que fútbol. Cuánto necesitábamos encontrarnos en la alegría. Cuánta falta hacía algo que nos conmueva colectivamente. Que nos convoque. Que nos recuerde quiénes somos.

Y no nos olvidemos de una cosa: lo que genera Argentina en el fútbol no es normal. ¿Cómo puede ser que Maradona y Messi sean nuestros? Tenemos muchísimos, pero muchísimos menos recursos que los países del “primer mundo”, y sin embargo hace 50 años que somos una potencia que se sostiene. Estuvimos en tres de las últimas cuatro finales que hubo (2014, 2022 y 2026); en la reciente edición hubo 6 entrenadores argentinos: Lionel Scaloni en Argentina, Marcelo Bielsa en Uruguay, Sebastián Beccacece en Ecuador, Néstor Lorenzo por Colombia y otro que hizo historia, Gustavo Alfaro al mando del Paraguay que eliminó a Alemania. En el fondo, no creo que sea casualidad que el talento que sale de nuestra patria tenga esas cualidades. Nuestro hambre también es hambre de justicia, de gloria, de victoria. Pueden faltarnos muchas cosas, pero nunca una pelota y un par de amigos y amigas con quienes jugar. Acá, esa pasión no solo puede hacer a veces que haya pan en la casa, sino que hace que muchos tengan una vida mejor.
Esto es lo que nos deja este mundial, lo que vamos a recordar, y no el maremoto de fake news y la campaña de demonización de la Argentina impulsada por los magnates de las tecnológicas y los dueños del mundo.
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Guillermina Huarte es Licenciada en Comunicación Social. Creadora del primer programa de stream cordobés de fútbol femenino “El repique”.







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