1.

En la casa de Independencia donde vivieron mis abuelos hasta que se murieron, en Zárate, hay una foto de Messi. Hace un tiempo, la casa está vacía, naturalmente, y este fin de semana la tenemos que ir a desarmar.

Mi abuela guardaba muchas cosas. En la caramelera de arriba de la cómoda, seguramente todavía haya caramelos de miel y gomitas. Tenía cantidad de tapados de invierno, pero casi siempre usaba la misma ropa. También zapatos. Era raro verla en zapatillas, aunque también hay cajas de Nike dentro del ropero. En un momento, dijo que iba a empezar el gimnasio y se compró una caminadora y una banda para entrenar. Era coqueta. Por eso también tenía esa máquina con mini agujas para penetrar la piel y humectarla, cremas caras, perfumes, maquillajes. Tenía muchas cosas, aunque usaba pocas. Le gustaba comprar.

Mi abuelo no. Siempre usaba los mismos mocasines, el mismo jean, el mismo jogging de entre casa. Nunca se puso zapatillas. Tuvo los mismos marcos de anteojos toda la vida: unos para ver de cerca y otros de lejos. En el mueble del baño había (todavía hay) un mueble de varios cajones. Mi abuela ocupaba todos con maquillajes, él solo tenía un cajón con remedios. Sobre el final, ni siquiera compraba el diario. En la habitación más chiquita, donde se sentaba a ver el noticiero, tenía una foto de Messi. Se la regalé yo.

Es la foto de Messi de costado, extendiendo la camiseta con el 10 del Barcelona a la tribuna del Real Madrid. De aquella vez que hizo el 3 a 2, después de una patriada de Sergi Roberto y un pase atrás al borde del área, esa bendita zona predilecta, de Jordi Alba. Messi la clavó contra un palo cuando el partido terminaba y el resto fue historia. Historia de esa historia, porque después sabemos que vinieron muchas más.

Foto: Juan Carlos Hidalgo/European Pressphoto Agency

2.

Mi abuelo no fue la misma persona conmigo que como padre de mi mamá. Conmigo, de chica, lo recuerdo afectuoso. Me iba a buscar al colegio, me llevaba en la caja de su camioneta de vidriero, y me hacía milanesas con papa fritas. Me dejaba jugar con masilla arriba de la mesa donde medía y cortaba los vidrios. También nos peleábamos por fútbol. Una vez, después de un partido en que Racing le ganó a Boca, lo empujé. Era cargoso y cascarrabias, pero también me cantaba tangos, me agarraba de los cachetes y me tiraba de los dedos del pie porque así me expiaba las mentiras.

También me acuerdo que una vez le pregunté a mi mamá por qué a ella no le decía nunca que la quería. Nunca le daba un abrazo, nunca un beso. Creo que ni siquiera le decía hija. Mi mamá fue la que lo encontró tirado en el baño cuando se descompuso, la que lo llevó a la clínica porque se había golpeado la cabeza y, ella sola, la que finalmente lo enterró.

Con el paso del tiempo, el abuelo que yo recuerdo se volvió más parecido al papá de mi mamá. Dejé de verlo como lo veía, dejé de ir a su casa y empecé a pelearme mucho más. Ya no por fútbol sino por denuncias en la policía, por separaciones de mi abuela, por reproches que teníamos y que nunca nos habíamos hecho. De lo único que hablábamos en buenos términos, lo que nos quedaba como asunto compartido, era de Messi. Si yo iba a verlo y no sabía qué decirle, le preguntaba si había visto el último partido del Barcelona. Hablábamos del último gol, de la última asistencia, del último título. Le pregunté si había visto el gol que hizo Lio después de la muerte de Maradona. Después Leo se fue a París, al PSG, y mi abuelo dejó de ver fútbol. Llegó a verlo campeón del mundo y también hablamos de eso. Cuando le configuré la nueva red de WiFi, después de salir campeones en Qatar, puse “MessiCampeón” de contraseña. Fue un chiste, porque ni siquiera usaba internet. Pero nos reímos los tres, creo que por última vez.

Foto: Barcelona.

3.

Messi es un idioma. Bueno, como el fútbol. Pero para mí, Messi es un idioma. Lo era con mi abuelo con quien, sobre el final de su vida, apenas tenía de qué hablar. Hablábamos los dos la misma lengua: la de las maravillas que hacía en la cancha, la de los amagues a la velocidad de la luz. Él nos permitía evocar algo parecido a la felicidad compartida, a la sorpresa permanente y colectiva, por ver algo efímero en la magnitud de la vida, como la carrera de un deportista.

El domingo pasado, cuando terminó el mundial, y Lionel se fue a llorar de cara a la hinchada, pensé en mi abuelo. En las cosas que terminan y también en la primera vez de todo. En el miedo de que Messi se vuelva latín o sánscrito, o en esas lenguas de pueblos perdidos que se van muriendo cuando ya no se los recuerda. “Nostalgia del presente” dijo alguna vez Casciari sobre ver jugar a Messi. Nostalgia siento yo cuando me acuerdo de cómo compartí a Messi con alguien que ya no está y que, en ese presente pasado, sentía la misma felicidad que yo al verlo.

Por eso, cuando dicen que Messi es aburrido, que no habla de nada importante, que no tiene nada interesante para decir, no lo entiendo. ¿Alguna vez le preguntaron qué le dijo Guardiola cuando lo mandó a jugar de visitante contra el Madrid de falso nueve? ¿Le preguntaron qué analiza cuando decide cómo patear un penal? ¿Le preguntaron si vio el ángulo atrás del arquero del Betis adelantado y se la picó desde afuera del área? ¿O sobre cómo le pegó, casi sin recorrido de la pierna, para clavarla cortando la bocha en el techo del arquero egipcio este último mundial? ¿Por qué encaró para tirar un centro de diestra y se la puso en la cabeza al Toro Martínez para ganarle a Inglaterra? ¿O cómo se dio cuenta de que podía jugar a espaldas de Aurélien Tchouaméni en la final de 2022, quien nunca lo pudo agarrar? En vez de preguntarle qué se siente ser famoso o qué se siente que te quieran o que te odien o cómo es que toma vino con Sprite, ¿le preguntaron alguna vez sobre fútbol, sobre lo que a él le gusta hablar?

Messi es un idioma: el que entienden dos personas que no comparten demasiado pero sí a él. Que lo miran maravillados. Que lo aman y lo amaron. Que lo entienden y entendieron. Que encuentran y encontraron en su fútbol una manera de ver el mundo. Y que hoy, lloran, porque ese idioma se va extinguiendo. Estas lágrimas son por el pasado, por Lionel Messi, por el lenguaje compartido.

El sábado tengo ir a desarmar la casa de mi abuelo. La foto de Messi me la voy a llevar yo.

Foto: AFP/PATRICIA DE MELO MOREIRA

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Emilia Cerra es politóloga de profesión. De día trabaja en temas de desarrollo; de noche habla y escribe sobre literatura, política y fútbol.


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