1.

Todo indica que el psicoanálisis debería desaparecer.

Es cierto que la práctica que inventó el viejo Freud ha sido sentenciada a muerte infinidad de veces, pero hoy el diagnóstico suena más certero, más incuestionable. Casi diría: basado en evidencia.

Porque un oficio que se aparta tanto de los criterios de la época debería finalmente reposar en el museo como un objeto perimido. Se comprende bien ese ofuscamiento que provoca en los detractores del psicoanálisis su tenaz persistencia: cómo podemos seguir leyendo con tanto interés lo que dijo un vienés del siglo diecinueve, un varón judío burgués que tuvo la osadía de alejarse de la neurología para inventar una práctica no medible, que no promete la curación, que no tiene un protocolo estandarizado. Hay que privatizar las universidades que siguen dando lugar a los historiales freudianos, tanto más cercanos a la poesía que a un solemne manual diagnóstico, llegan a sentenciar algunos, encolerizados.

Y sin embargo.

2.

“Hace tiempo he reconocido que el inevitable destino del psicoanálisis es mover a contradicción a los hombres e irritarlos”, escribió Freud en 1914.

Una teoría falocéntrica y misógina para buena parte del feminismo, un cúmulo de especulaciones infalsables para los devotos de cierto tipo de cientificidad, un dispositivo de normalización según la lectura foucaultiana: desde sus orígenes, el psicoanálisis ha sido cuestionado por las más diversas disciplinas. Muchos de esos cuestionamientos han dado lugar a debates riquísimos: en argumentación, en ejercicio del pensamiento y en la legítima afirmación del disenso, de la diferencia.

Is this all there is?, por Sam Evans.

Hoy parece que, así como el psicoanálisis es parte del acervo cultural de la sociedad —mientras hablamos un poco a pata suelta de los fallidos de tal diputado o del complejo paterno del presidente— cierta crítica al psicoanálisis también se ha popularizado, pero vaciada de toda potencia polemizadora. Discurre con esa violencia implicada en la urgencia por la aniquilación del otro. “Vivimos metidos en la lógica ‘el otro o yo’, tan eficazmente producida por la noción de ‘grieta’. Solo hay dos posiciones: estás conmigo o estás en mi contra. De polémica, ni hablar”, dice Alexandra Kohan en uno de sus artículos publicados en Cenital, Elogio de la polémica.

Me pregunto cuánto se ha leído acerca de eso que tanto disgusta, cuánto se sabe. Porque a veces da la sensación de que las críticas apuntan a un hombre de paja, a un psicoanálisis estereotipado, a una caricatura pobremente construida. No es exclusividad del psicoanálisis despertar este tipo de reacciones, carentes de todo relieve o matiz, es cierto. La lógica del blanco/negro, la grieta despolitizada y desvitalizante se ha convertido en el pan nuestro de cada día.

3.

Pero volvamos al psicoanálisis. En cualquier caso, ¿por qué disgusta tanto? ¿qué es lo que hoy provoca tal irritación?

Si nos preguntamos qué pide el Zeitgeist a una práctica psi, hoy resulta claro que la eficacia demostrable, la brevedad, los resultados cuantificables son atributos que cotizan en alza. Y han surgido una cantidad de disciplinas más o menos científicas que parecen ofrecerle al mercado una propuesta donde la curación se plantee en términos de adaptación del individuo a cierto modelo establecido de salud. Cuanto más rápido, mejor.

La cientificidad no es la vara con la que quiero medir las diferencias entre las distintas orientaciones frente al sufrimiento humano, pero si me pongo un poquito gramsciana rápidamente podría discutir contra la exaltación pro-científica señalando que ciencia y tecnología están siempre subordinadas a los intereses de la clase dominante. Y, además, que la ciencia tal como la conocemos es un producto del capital: incorpora su dominio y lo reproduce.

Lacan decía que “al fárrago de sucesiones colectivas de experimentaciones finalmente paliativas que se concreta bajo el rótulo de la psicología moderna” hay que reconocerle su eficacia: “hay allí formas leves de sugestión que no dejan de tener efectos, y que pueden hallar aplicaciones interesantes en el campo del conformismo, incluso de la explotación social”. Pero esta eficacia tiene como condición “descomponer hasta la necedad todo dramatismo de la vida humana”. Me gusta el término dramatismo: ahí resuena la tragedia del deseo, la pulsión, el síntoma. Todo lo que, en el ser hablante —precisamente por el hecho de estar atravesado por esa peste que es el lenguaje— supone conflicto, división, causa.

De todo eso se ocupa el psicoanálisis.

4.

Como escribe Darío Charaf en un artículo publicado en Revista Polvo, el psicoanálisis surge en el contexto de expansión del capital, y probablemente sería impensable sin el desarrollo del capitalismo. Pero también, y sobre todo, el psicoanálisis surge debido a las fallas del capitalismo, a lo que el capitalismo deja por fuera.

Verificamos a diario en la experiencia clínica el enorme padecimiento que generan los mandatos de la época, esos que alimentan un superyó voraz, al tiempo que llaman a rechazar la experiencia de la angustia, ese afecto que no engaña; a callar el síntoma, el huésped mal recibido que a su modo indica que la cosa no marcha. No obstante, las malas noticias del psicoanálisis sostienen su vigencia: pese a los esfuerzos de la autoayuda y el coaching, eso insiste, al modo de una objeción, una disidencia. Inevitable y afortunadamente.

Tony and Dr.Melfi, por Sam Evans.

5.

Me gustaría cerrar estas derivas pensando qué es lo que sí debemos exigirle al psicoanálisis, o mejor, a los psicoanalistas que somos, en definitiva, quienes ponemos el cuerpo para que esa experiencia sea posible. En este sentido, me pregunto cuál es la rigurosidad que debe exigírsele a la práctica.

Siguiendo a Lacan, pienso que el psicoanálisis trabaja con una verdad —la del sujeto— que no es cuantificable: verdad y exactitud no son términos equivalentes. Pero aun cuando no es cuantificable, los psicoanalistas debemos ser rigurosos respecto a esa verdad que se pone en juego en un análisis, debemos poder dar cuenta de los efectos que un análisis produce en un sujeto que sufre, debemos poder decir acerca de la dimensión terapéutica de un análisis también, a saber: que poner a hablar esa verdad que se juega en el síntoma, en lugar de desconocerla intentando su supresión, produce alivio.

Con esto no quiero decir que los psicoanalistas empecemos a hablar como quiere la época: basta de tiktokizar nuestra práctica, de mostrar obscenamente lo que pasa en un consultorio, de publicar manuales de lectura fácil que degradan la potencia y la complejidad de nuestro oficio. Porque ahí radica un peligro más filoso: el de terminar proponiendo un psicoanálisis acomodaticio, de salón. Y el psicoanálisis, como dice Lacan, es otra cosa.

La psicoanalista francesa Colette Soler no se preocupa tanto por la desaparición del sujeto analizante. Aunque se multipliquen las terapias rápidas y eficaces, mientras haya analistas siempre nos tocará atajar a los “heridos” del capitalismo: aquellos que padecen el malestar de nuestra cultura, aquellos que hacen carne la inoperancia de los discursos de la autoayuda y de los expertos del alma. Lo que sí constituye una amenaza, dice Soler, es la extinción de los psicoanalistas. Y, si bien es una provocación que hoy suena distópica —sobre todo en nuestro país—, como escribí en otro lado, creo que algo agoniza cuando el modo en que padecemos nosotros mismos las contradicciones del capitalismo termina eclipsando la ética que orienta nuestra praxis. Cuando nos volvemos complacientes de la subjetividad de nuestra época.

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Águeda Pereyra es psicoanalista y autora de Putas. Erotismo y mercado (Síncopa 2022), coautora de Todo Diego es político (Síncopa, 2020). Colabora en Polvo, #lacanemancipa y otros medios.


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